Europa

El trono de Minos

Europa nació lejos de las tierras que, con el paso de los siglos, habrían de llevar su nombre. Su hogar de nacimiento fue Tiro, la gran metrópoli fenicia fundadora, en el año 1100 a. C., de la ciudad de Cádiz, más antigua que la propia Roma. Europa nació, como todos nosotros, en la maltratada tierra de Oriente Medio.

Creció feliz, rodeada de comodidades y de sueños, hasta que su belleza inflamó el deseo del gran dios Zeus. Y así, una tarde, mientras la hermosa muchacha miraba hacia el ocaso en la playa de Tiro, Zeus se acercó a ella trocado en un toro de majestuosa blancura y de cuernos brillantes y claros, como la luna creciente. Se tumbó al lado de Europa, sereno, calmado, y la muchacha, confiada, comenzó a acariciar su cuerpo, suave como una tela de Sidón.

Al cabo de unos instantes, confiada ya por completo, se sentó sobre el toro-Zeus, que permanecía tumbado, detenido, hospitalario. Europa se sintió cómoda y segura sobre la espalda de aquel animal apacible surgido de la nada; entornó sus negros ojos y pensó en el ocaso, en su padre Agénor y en las naves de Tiro que dibujaban en el horizonte su rumbo hacia el lejano Occidente, hacia la maravillosa ciudad de Cádiz, antesala de todos los misterios del Océano.

Mas, de pronto, el toro se alzó del suelo y se lanzó hacia el mar con la muchacha asida a sus resplandecientes cuernos. Nadie oyó sus gritos, acallados por el estruendo de las olas que, poco a poco, lejos ya de la orilla, iban cambiando la espuma nevada de sus crestas por el profundo azul que la soledad contagia. Navegando sobre el toro, desafiando el amenazante y eterno movimiento del mar inmenso, Europa llegó a una isla, pedazo de una tierra que, sin saberlo ella, habría de llevar su nombre para siempre.

Sobre la isla de Creta, al lado de la ciudad de Gortina, Zeus y Europa se unieron junto a una fuente, a la sombra de unos árboles que, desde aquel día, no volvieron a perder sus hojas. De aquel encuentro en la tierra en que habría de florecer la primera civilización europea, nacieron los primeros hijos de Europa: Minos, Sarpedón y Radamantis. Con ellos comienza la historia de todos nosotros.

Aquella mujer inmigrante, raptada por un dios enamorado, desafió el mar para llegar a una tierra que, desde entonces, nunca volvió a ser la que había sido. Una parte del mundo lleva hoy su nombre: Europa, “la de ancho rostro”.

Europa es hoy una tierra ancha, acogedora, en la que caben aquellos que, desafiando todos los peligros, siguen llegando a ella, altivos, agotados, aferrados con rabia al toro de sus sueños.

 

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1 comentario

  1. No hace ni veinticuatro horas que he sabido de Bernardo Souvirón; pero lo que de él he leído y escuchado (qué gran narrador es!) en este escaso tiempo, me ha producido la misma emoción que sentí al leer “Las bodas de Cadmo y Harmonía”, de Roberto Calasso. Lo dejo aquí escrito por si a alguien le condujese la curiosidad hacia ese mismo placer.