La Odisea y Tarteso

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La costa norte de Creta

Vivimos en un planeta que no deja de moverse, que transita imperceptiblemente a través de una ruta fijada por fuerzas extrañas que, sólo recientemente, nos ha sido dado comprender. Vivimos en un planeta viajero que va dejando su rastro en el cielo, un lugar aparentemente desordenado, caótico, que han observado noche tras noche los ojos de muchos hombres deseosos de comprender el mundo en que vivían.

Buena parte de esos hombres curiosos advirtieron muy pronto que en el viaje, en la contemplación de tierras y mares desconocidos, se encerraba buena parte de las claves que, al cabo, habrían de hacer nuestro mundo comprensible. Esos primeros viajeros, asumiendo todo riesgo imaginable y desafiando cuentos y leyendas que invitaban a permanecer en los viejos y estrechos límites de lo conocido, hicieron los primeros mapas, descubrieron que había muchas formas distintas de seres humanos, se plantearon por primera vez la necesidad de convivir con hombres que creían en otros dioses y tenían otros sueños, y nos mostraron las nuevas rutas del conocimiento, embarcándonos en una aventura que va más allá del espacio y del tiempo. De algunos de esos hombres trata este artículo.

Estaño y Edad del Bronce

La llamada Edad del Bronce, (desde 3500 a. C. hasta el año 1000 a. C. aproximadamente, pues la cronología puede variar ostensiblemente de un lugar a otro) fue posible gracias a la aparición de una tecnología que permitió la aleación del cobre y el estaño. El cobre abunda en el Mediterráneo, pero el estaño es un producto difícil de encontrar en esa zona geográfica, por lo que era necesario traerlo de los lugares en que se encontraba. Según las fuentes antiguas, especialmente las griegas, el estaño se encontraba en las llamadas “islas del estaño” o islas Casitérides (del griego kassíteros “estaño”).

En términos generales, la historiografía moderna identifica las islas Casitérides con las islas Británicas o, en general, con lugares situados en el golfo de Vizcaya, entre Finisterre y la Pointe du Raz, el punto más occidental de Francia, en la actual Bretaña. De estos lugares provenía el estaño que entraba en el Mediterráneo para, aleado con el cobre, alimentar la floreciente y lucrativa industria del bronce.

Sabemos que los fenicios, los más eficientes navegantes mediterráneos, introducían el estaño en el Mediterráneo, utilizando sus eficaces naves mercantes para distribuirlo por los lugares en los que la tecnología hacía posible su aleación con el cobre. Esta actividad debió de ser especialmente rentable para los experimentados comerciantes fenicios, hasta el punto de que pusieron en circulación toda una serie de leyendas que hacían del estrecho de Gibraltar, las famosas columnas de Melkart (la divinidad fenicia proveniente de la ciudad de Tiro, metrópoli de Cádiz), más tarde conocidas como columnas de Heracles o Hércules, poco menos que el último lugar de la tierra, la puerta hacia mundos imposibles en los que el océano se desplomaba sobre un abismo insondable.

Sin embargo, difícilmente naves fenicias hubieran podido hacer la travesía desde el promontorio sagrado (actual cabo S. Vicente) hasta las islas Casitérides. La razón es que estaban dotadas de una sola vela cuadrada, con la que resulta prácticamente imposible remontar la costa de Portugal, librar Finisterre y adentrarse por las peligrosísimas aguas del golfo de Bretaña, que suelen convertirse en una auténtica ratonera cuando el viento sopla del noroeste. Las velas cuadradas resultan en esas condiciones casi inútiles, pues no son capaces de hacer que un barco ciña, es decir, que navegue contra el viento.

Pues bien, si los barcos fenicios sólo introducían el estaño en el Mediterráneo desde la zona de Cádiz (ciudad fundada por Tiro en el año 1100 a. C.), ¿qué naves, entonces, eran capaces de enfrentarse con las peligrosísimas costas de Portugal, librar Finisterre y adentrarse con éxito en las duras y traicioneras aguas del golfo de Bretaña? La respuesta a esta pregunta es, según creo, fundamental para entender esta época decisiva de la historia antigua y es el marco, a su vez, de una asombrosa (e ignorada) historia de viajeros y descubridores. Es la historia de un pueblo que hizo de sus naves su razón de ser, y del mar su patria.

El mundo de la Odisea: una ruta hacia el océano

En este punto entra de lleno el relato homérico de la Odisea. Como el lector sabe bien, buena parte de la obra se desarrolla en la isla de Esqueria, lugar donde habita un pueblo misterioso: los feacios. Allí llega Ulises procedente de la isla de Ogigia, la paradisíaca morada de la ninfa Calipso, después de veinte días de navegación con rumbo este (Od. 5. 271 y ss.). El tiempo que dura la singladura de Ulises y el rumbo que sigue son dos datos de gran importancia, que Homero repite en varios pasajes de los cantos V, VI y VII. Durante su estancia en el país de los feacios, invitado por el rey Alcínoo, escucha por primera vez el relato de los sucesos de Troya, especialmente el episodio del caballo, de labios del aedo Demódoco (Od. 8. 486 y ss.), y no puede contener la emoción: sus ojos se llenan de lágrimas a pesar de su esfuerzo por evitarlas. Alcínoo, que está cerca de él se da cuenta, ordena al aedo que cese de cantar y pide a su huésped que revele por fin su identidad.

Ogigia, Esqueria, feacios… son nombres que la mayor parte de los estudiosos han tomado como simple producto de la fantasía del autor de la Odisea. Honestamente, creo que Homero nos ha revelado demasiadas cosas, nos ha guiado con demasiada precisión como para creer que sus relatos son producto de la fantasía. Personalmente dudo mucho que Homero, ni sus contemporáneos, tuvieran la posibilidad de fantasear, es decir, de inventar sin más esos nombres que realmente estaban situados muy lejos de su mundo, en el extremo occidente. La fantasía es un lujo al alcance de quienes tienen ya un sistema, del tipo que sea, tan sólidamente constituido que les permite precisamente fantasear en relación con él. Y este no es el caso de Homero, según creo.

Por el contrario, Homero utiliza nombres aparentemente inventados para describir pueblos y lugares que están al otro lado de su mundo, quizá porque sigue tradiciones que, desdichadamente nosotros hemos perdido. Para que el lector se haga una idea de lo que quiero decir, es como si alguien dijera que ha viajado a Taprobane. ¿Sería justificado decir que es un nombre inventado sólo porque no sabemos que ese topónimo pertenece a una tradición diferente de la nuestra, que ha utilizado el término Ceilán o, actualmente Sri Lanka para designar el mismo lugar? Y, si estoy en lo cierto al suponer que Esqueria o feacios son topónimos homéricos que la tradición posterior ha sustituido por otros, ¿cuáles son esos nombres?

Para intentar averiguarlo debemos empezar por saber qué dice Homero de la situación de Esqueria, la isla de los feacios. Veámoslo. Poco antes de que Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, encuentre a Ulises medio muerto en la playa, les dice a sus siervas:

“ No existe mortal […] ni llegará a nacer […] quien llegue con ánimo hostil al país de los feacios, pues somos amados por los inmortales y vivimos lejos, dentro del mar de agitadas olas, muy apartados, y ningún otro de los mortales tiene relación con nosotros” (Od. 6. 201 y ss.).

Subrayo en negrita cómo la propia Nausícaa enfatiza la lejanía de Esqueria. Mas, poco después, cuando ya ha encontrado a Ulises, vuelve a insistir sobre este hecho cuando le pide que camine apartado de ella, no vaya a ser que alguien, al verlos juntos, murmure diciendo: “¿Quién es ese fuerte y hermoso extranjero que si­gue a Nausícaa? ¿Dónde lo encontró? […] Acaso lo recogió, extraviado, de alguna nave de hombres lejanos, pues nadie vive cerca de nosotros” (Od. 6. 276 y ss.). La característica más señalada es la lejanía. Lejanía, obviamente, del mundo de Homero, es decir, del mundo egeo. Si admitimos las indicaciones del autor de la Odisea, Ulises se encuentra en el extremo occidental del Mediterráneo, y no dando vueltas, perdido, por el mar Egeo o por las costas de Sicilia.

El lector se preguntará qué isla, a la que Homero llama Esqueria, puede haber cerca del extremo occidental del Mediterráneo. Si echa un vistazo al mapa del cartógrafo Abraham Cresques (atlas) verá que el Guadalquivir sale al mar por dos bocas, formando una isla justo en la desembocadura y otra más abajo. No puedo explicar aquí la influencia de los ríos en los cambios de las líneas de costa; sólo pretendo dejar constancia de que un mapa realizado tres mil años después de que ocurrieran los sucesos descritos por Homero, cartografía dos islas justo en la desembocadura del río Tarteso, es decir, el Guadalquivir. Y no es el único mapa que lo hace.  Pero creo que el propio Homero nos precisa todavía más.

Ulises ha llegado al país de los feacios procedente de la isla de Ogigia, hogar de Calipso. Homero nos informa de que tardó veinte días en llegar, navegando siempre hacia el este, “pues le había orde­nado Calipso […] que navegase teniendo siempre la osa a mano izquierda” (Od. 5. 272). Evidentemente, navegar con la estrella polar a la izquierda supone mantener un rumbo este o, lo que es lo mismo, venir desde occidente. La pregunta es clara: si el país de los feacios está en el extremo occidente del Mediterráneo y Ulises llega a él partiendo desde Ogigia, un lugar que está todavía más al oeste, ¿dónde está ese lugar?

Me temo que la respuesta es evidente, aunque perturbadora: Ogigia está en el océano. En el océano Atlántico.

Tarteso: el vértice de dos mundos

El topónimo Esqueria y el gentilicio feacios sólo pueden recubrir, respectivamente, los nombres de Tarteso y sus habitantes, los tartesios. Sólo ese lugar cuadra con todos los datos (de los que, en un artículo como éste, sólo puedo mencionar algunos) que Homero, y no sólo Homero, nos proporciona. Ahora bien, si el país de los feacios es Tarteso, ¿qué se esconde bajo el nombre de Ogigia? Miren un mapa y verán que sólo hay una respuesta posible: Azores. Y es una respuesta cargada de sentido. Permítanme que intente explicar por qué razón.

Cualquier nave que, después de librar el cabo S. Vicente, intentara remontar la costa de Portugal con la intención de dirigirse a las Casitérides en busca de estaño, podía encontrarse con viento del norte. En tales condiciones, la navegación hacia el norte, en busca de Finisterre, obligaría a las naves a desviarse hacia el oeste para encontrar un ángulo de viento más favorable, pues la costa de Portugal impide maniobrar hacia el este. Es muy posible que, con el viento del norte entablado, las naves llegaran a las islas Azores por casualidad (como tantas otras naves de todas las épocas), encontrando así una base fundamental de cara a la navegación hacia las islas Casitérides. No una base logística, sino más que eso, pues la posición de las Azores podía permitir a las naves que viajaban en busca del estaño establecer un triángulo de navegación (S. Vicente-Azores-Finisterre) que posibilitara  a esos esforzados navegantes evitar el obstáculo insalvable de un viento del norte persistente y remontar la costa de Portugal para poder llegar al lugar donde se encontraba el estaño. Pocos especialistas dudan hoy de que los fenicios llegaron a las islas Azores, pues cada vez hay más evidencias de su presencia en las islas.

Ahora bien, llegados a este punto, debemos hacernos las preguntas  decisivas. En efecto, antes de que los fenicios se establecieran en el sur de la península Ibérica, ¿quiénes se atrevían a internarse en el Atlántico? ¿Qué naves eran capaces de hacer tales singladuras? ¿Quiénes traían el estaño desde las islas Casitérides para que los fenicios pudieran introducirlo en el Mediterráneo desde Cádiz? La respuesta, de nuevo, parece clara: los tartesios, y de nuevo Homero puede orientarnos. Veamos.

De las naves feacias se dice que “son tan veloces como las alas o el pensamiento” (Od. 7. 36), o que están tityskómenai fresí, es decir, “dotadas de inteligencia” (Od. 8. 556). Alcínoo se ve en la obligación de explicar a Ulises esa sorprendente afirmación, y añade:

“No hay pilotos entre los feacios ni ninguna clase de timón […] Nuestras naves conocen (ísasi) las reflexiones (noémata) y los pensamientos (fré­nas) de los hombres. […] Recorren rápidamente los abismos del mar incluso cuando están cubiertas por nubes o por niebla, y no tienen miedo ni de sufrir daño ni de perderse. Yo he oído decir a mi padre […] que Poseidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos indemnes. Decía que algún día destruiría en el nebulo­so mar una […] nave de los Feacios […] y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.” (Od.  8. 557 y ss.)

El pasaje es verdaderamente perturbador pues, a pesar de que Alcínoo puede exagerar al resaltar las virtudes de sus naves, ningún otro texto de la literatura antigua (al menos que yo conozca)  habla en estos términos.

Así pues, éstas debieron de ser las naves que comenzaron a navegar hacia las lejanas islas Casitérides en busca de un producto que ha marcado buena parte de la historia antigua: el estaño. Las marinos de Tarteso  enseñaron, a bordo de sus impresionantes naves (las “naves de Tarsis” de los textos bíblicos), el camino y la técnica de navegación en las aguas atlánticas a los fenicios, especialmente a los habitantes de Tiro que, decididos a seguir lucrándose gracias al tráfico del estaño, se establecieron en Cádiz y “cerraron” las columnas de Melkart a toda nave que no fuera suya.

Tarteso se convirtió así en el vértice de dos mundos: uno atlántico, cuyos protagonistas vivían en una isla lejana, a la que Homero llama Esqueria; otro mediterráneo, protagonizado por los fenicios. Ambos mundos estaban fijados a través de una ruta, la del estaño, establecida desde los albores de la Edad del Bronce, a través de la cual Ulises, presionado por los acontecimientos que se desarrollaron después de la caída de Troya (la destructiva irrupción de los llamados “pueblos del mar”), se vio obligado a navegar , lejos de su patria. Ulises el astuto, el prototipo del hombre inteligente, nunca se perdió. Más bien se han perdido quienes, en un alarde de falta de respeto con el señor de Ítaca, han considerado que los feacios habitaban en la isla de Corcira, la actual Corfú.

En efecto, la mayor parte de los estudiosos modernos, basándose quizá en un texto de Tucídides (1. 25), han situado el país de los feacios en la isla de Corcira. Mas ¿cómo es posible que Ulises, el navegante caracterizado por su perspicacia e inteligencia, desconociera la existencia de un pueblo que se encontraba a un sólo día de navegación desde su patria? En realidad, decir que la isla de Corcira es el país de los feacios es el mejor ejemplo de geografía fantástica que conozco.

La Odisea es el reflejo literario de todo un hito en la historia de los viajes de descubrimiento, quizá el más importante de la historia antigua. Y no sólo porque nos ayuda a comprender lo que pasó, sino porque es una auténtica guía, un mapa que nos orienta a través de un mundo sin el que la Edad del Bronce sólo podría entenderse de una manera incompleta.

Ulises nunca se perdió. ¿Cómo podría haberlo hecho en un mar como el Egeo, lleno de islas, donde no es fácil perder la tierra de vista? Al contrario, su viaje es de descubrimiento, rumbo a tierras desconocidas. Un viaje cuya etapa principal tuvo lugar en el lejano oeste, en las tierras del ocaso, habitadas por un pueblo de marinos cuyas naves asombraron al propio Ulises.

Unas tierras que nosotros conocemos con el nombre de Tarteso.

 

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3 comentarios

  1. En alguna ocasión anterior había oído a Bernardo formular esta hipótesis, pero esta es la primera vez que la veo desarrollada, y me parece muy razonable. Ciertamente, las modas en la ciencia son de lo más estúpido, porque llevan a la comunidad científica al error sencillamente porque “esa idea no se lleva”. Bernardo, estoy de acuerdo. Los mitos hay que interpretarlos. Hay que saber leerlos. Y el que no sabe dice que “están verdes”. Nada nuevo bajo el sol.

  2. Sólo quiero decir que en tiempos de Homero no había estrella polar. Cuando Calipso habla de la Osa se refiere a la mayor, que estaba hacia el norte, con lo cual estaba indicando, como dice el autor, que navegara hacia el este. Pero no se refería a ninguna estrella en particular porque ninguna marcaba el polo en ese tiempo. La Polar se ha ido acercando al polo celeste y ahora está en un mínimo (medio grado); en tiempos de Colón estaba a 3,5 grados y en tiempos de Homero estaba lejísimos del polo, a más de 10 grados.