Candidato
Aquel día se despertó temprano. Encima de la silla encontró su toga candida, blanqueada al sol durante días y bañada de un blanco primoroso gracias a las finas partículas de cal con las que su esposa la había impregnado pacientemente. Aquel color blanco era el símbolo de la honradez, de la incontaminación, de la entrega al servicio del pueblo de Roma. Tomó con cuidado aquella toga cándida (que le daba derecho a ser llamado candidato) y la depositó encima de la cama mientras bebía un vaso de vino especiado que un esclavo le había dejado preparado encima de la mesa. El vino estaba caliente y su sabor profundo y perfumado lo envolvió por completo. Se sentó saboreándolo con calma antes de vestirse y salir a recibir a sus numerosos clientes, que ya le esperaban en el patio dispuestos a seguirlo en aquel día en que iba a pedir el voto a la plebe de la urbe.
Cerró los ojos. Para llegar hasta allí había comprado votos, había sobornado, había luchado a brazo partido contra quienes intentaban, como él, presentarse a unas nuevas elecciones y, sobre todo, había dejado en el camino las ideas (¡cuántas veces se esforzaba por intentar recordarlas!) que en otro tiempo lo embebieron por completo. En realidad, había perdido la conciencia de quién era.
Contemplando la toga cándida extendida sobre la cama, se preguntó si sería capaz de llevar una vida al margen de la actividad política; de recordar su antiguo oficio, de sentir, de nuevo, que era capaz de hacer algo más que vivir de la actividad y el dinero públicos. Entonces, se sintió repentinamente cansado. No era un cansancio físico, ni siquiera el agotamiento derivado de la dura tarea de atraerse los votos de los ciudadanos; era un cansancio íntimo, sutil. El cansancio de sí mismo.
Se levantó de la silla decidido a no dejarse vencer por aquellas sensaciones. Tomó la toga cándida y la observó despacio, empapándose de la belleza de aquel símbolo de civilización y de progreso. Se vistió con cuidado, velando por su pureza, intentando que ni una sola mota de suciedad la contaminara. Y salió a la calle rodeado de sus clientes.
Bajó por la calle de la Victoria para cruzar la cuesta Palatina y dirigirse al Subura, el barrio de la plebe y de los inmigrantes, donde una multitud de votantes malvivía en las insulae, las casas de pisos que serpenteaban por las laderas del monte Esquilino. No era un sitio agradable, pero cada habitante era un voto. De repente, al atravesar las Fauces del Subura, la plebe de Roma se agolpó alrededor de él. Le hablaban en idiomas desconocidos, intentaban tocarle, le hacían peticiones: termas, agua corriente, seguridad, papeles… Los clientes apenas podían sujetar a la turba que se acercaba al candidato.
Mas éste, con la mirada perdida, sin articular palabra, respiraba el hedor de los desperdicios y percibía la espesa oscuridad que la estrechez de las calles multiplicaba. Entonces, la vergüenza lo dominó súbitamente. Bajó sus ojos evitando las miradas de la gente mientras olía el aliento de sus bocas y el sudor de sus cuerpos, mientras sentía las manos duras de aquellos hombres sobre su hermosa toga cándida que ya no estaba blanca sino llena de suciedad.
De la suciedad que engendra la injusticia.
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— Bernardo Souvirón (@SouvironB) 21 de mayo de 2013







Como siempre que leo o te escucho, me siento en sintonía con lo que escribes o dices. Esa sensación no obstante, se impregna inevitablemente de tristeza porque a pesar del tiempo y del legado recibido, repetimos como sociedad, los mismos errores y padecemos de la misma ambición que condujo al fracaso
Pues la verdad es que sí, que tendemos a no superar los problemas que ya nos han hecho fracasar en la historia. En cualquier caso, cada vez tenemos más experiencia y, quizá, en algún momento, sepamos cómo utilizarla. Aunque tampoco parece que los tiros vayan por ahí. En fin, gracias por tu comentario.