La nave del tiempo

Néa Kaméni, en Santorini (antigua Tera).

LA NAVE DEL TIEMPO

Los puertos de algunas ciudades de la Antigüedad debieron de ser, igual que hoy, el destino soñado de muchos hombres y mujeres abandonados por la fortuna. Como si se tratara de fantasmas sin presente ni futuro, quienes huían de la miseria, de las guerras, de las enfermedades y, en suma, de la muerte, vagaban por mares inhóspitos en embarcaciones miserables que casi nunca encontraban un puerto de destino.

Estos hechos no aparecen en los libros de historia, pues nunca han interesado a quienes sólo se fijan en los procesos, no en los individuos. Sin embargo, un capítulo entero del Manuscrito de Paros, está dedicado a ellos. Su autora lo tituló: “La patria de los que huyen es el tiempo”.

Digo autora y no autor porque este fragmento, igual que otros que el lector irá conociendo, está narrado en primera persona. Y esa primera persona es una mujer.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 4.2

En el puerto nada parecía distinto de otros días. El mismo bullicio, el mismo trasiego, la misma inquietud en los rostros de quienes iban a zarpar. Las naves, atracadas en los muelles o fondeadas en la dársena, ofrecían, con su tensa quietud, la impresión de un frágil equilibrio.

El viento del sur traía hacia las costas aromas del desierto, flecos de aire templado que anunciaban con su súbita tibieza la dulzura de la primavera. Sentada en un recodo del camino que lleva a la ciudad alta, aspiraba aquel viento, me dejaba abrigar por él y oía el silbido aflautado de mis cabellos y el dulce rumor de los recuerdos. A lo lejos, aproximándose con dificultad, los barcos enfilaban la bocana del puerto como en una danza tranquila y monótona, propia de ensimismados bailarines.

Mas una nave llamaba la atención de todos los que, en aquella tarde soleada, tratábamos de envolvernos con la calma del mar y la vida del puerto. Navegaba a duras penas, escorada, semihundida por el exceso de peso. No era fácil adivinar quiénes la gobernaban, si eran griegos, fenicios o romanos, pero su carga, exclusivamente humana, se hacía perfectamente visible.

Sobre el muelle en que se abarloaban las naves de guerra, una actividad frenética, casi histérica, tuvo lugar de repente, y en apenas unos minutos, los bancos de remos de una trirreme, verdadera flecha sobre la superficie del mar, hervían con el sudor de sus remeros. En muy poco tiempo, lanzada a toda velocidad por el empuje de los remos, la trirreme de guerra enfilaba la bocana del puerto y ponía rumbo directo hacia la extraña embarcación que, en ese instante, estaba ya muy cerca de la costa. Ahora podía ya contemplar con claridad el aspecto de sus tripulantes y la ruina, casi final, que roía todo su casco. No era una nave de carga, ni de pesca, ni de guerra. Era un barco de hombres desesperados que intentaban ganar la costa de la esperanza.

Pronto le fue negada la entrada al el puerto, y en unos minutos, el ruido de la cadena del ancla llegó a mis oídos con claridad. Pensé que aquella cadena ataba el barco al fondo del mar, y enterraba la esperanza de aquellos hombres en la profundidad del olvido.

No pude evitar permanecer allí hasta que la noche borró la silueta de aquel barco fantasma. De vez en cuando, algún grito, algunas voces, algunas palabras que no entendía llegaban hasta mí como el eco lejano de otro tiempo, como el lamento de un perro solitario que olfatea el vacío.

Abandonada, rechazada, casi definitivamente hundida, aquella nave sólo tenía un rumbo posible. No a otro puerto; no a otro lugar.

A otro tiempo.

 

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