En las obras dramáticas del antiguo teatro griego, las escenas de violencia y muerte nunca sucedían sobre el escenario, a la vista del público, sino que eran narradas por un mensajero que, en su recitación, contaba a los asistentes lo que había sucedido fuera de la escena, lejos de sus ojos.

El autor del Manuscrito de Paros utiliza algunas veces estos relatos de mensajero. Hoy voy a reproducirles uno de obra y autor desconocidos, utilizado por el autor del Manuscrito en un contexto que no está demasiado claro. Parece que el fragmento puede pertenecer a una obra que tenía por título Ὁ τύραννος, El tirano, desaparecida para nosotros.

Sin duda no pasará desapercibido a los lectores que  la reflexión que incorpora podría haber sido hecha en relación con recientes acontecimientos.

  

MANUSCRIPTUM PARIUM, 8.1

Mensajero:

“El tirano, en el momento de enfrentarse con la muerte, apareció erguido y tranquilo, con el rostro apenas velado por las preocupaciones que, muy pronto, ya no habrían de formar parte de su vida. Sin utilizar apenas las palabras, sólo moviendo los ojos en silencio, impartió sus últimas órdenes a los verdugos, a los  ejecutores de la sentencia que le había condenado a muerte unos días antes.

Rechazó que su rostro fuera cubierto y sus miembros atados con infame cordel, y, sin mudar su semblante ante la inminencia de la muerte, pronunció palabras dirigidas a los dioses mientras la soga que habría de quebrar su vida se enroscaba en su cuello como una serpiente surgida de las grietas del Tártaro.

Observándolo en su hora decisiva, no pude evitar que algunos recuerdos asaltaran mi mente como un latigazo surgido del pasado: los campos yermos tras el paso de sus soldados; las aldeas asaltadas y sus habitantes pasados a cuchillo; el olor de la muerte pegado a mi cuerpo mientras intentaba huir de todos los fanáticos que cumplían sus órdenes; los gritos de las mujeres abrazadas a sus hijos en un vano intento de evitarles la muerte…

Mas hoy, con el tirano ejecutado y la tiranía supuestamente abolida, con otro ejército ocupando las tierras de mi patria, al contemplar el cuerpo sin vida del que creyó ser tan poderoso como un dios, no he sentido alegría; mi ánimo no se ha regocijado, pues, más allá de las paredes que escondían la infame ceremonia de la muerte legal, la otra muerte, la que no entiende de leyes ni de reglas, se ha enseñoreado de mi país como una plaga incontenible.

Oigo los mismos gritos que antes; veo la misma sangre humedeciendo las tierras de mis antepasados. Sobre los saqueados altares de los templos ya no se amontonan las ofrendas, y entre la velada luz de las madrugadas se filtran las oscuras sombras del miedo y la barbarie. Ningún bálsamo, ningún anhelo, ninguna paz me ha llegado con la muerte del tirano. Mi ánimo está más yermo que los desiertos.

Con el cuerpo del opresor caliente todavía, los servidores de los nuevos déspotas han sido arrogantes, han quebrado con su soberbia leyes no escritas y han esparcido con sus alaridos de victoria un nuevo torbellino de odio y de rencor. Un incierto futuro percibo delante de mis ojos mientras estos nuevos conquistadores saquean y destruyen su eterna Troya.

El tirano ha muerto. La soga, empero, de la que cuelga está tensada por manos que sirven a otros tiranos que, desde lejos, iluminados por sus dioses y votados por sus súbditos, promulgan leyes que convierten sus crímenes en gestas”.

 

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2 Pensamientos en Tiranos

  1. Elsa Oort dice:

    Estoy entrando a esta página y me he encontrado con dos perlas que prontamente he hecho mías, el artículo sobre los errantes y el de los tiranos. Gracias por publicarlos…

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