Descanso

“...La nueva ciudad de Atenas cubre todo el valle, escalando el flanco de las colinas circundantes. La ciudad de Atenas es casi un fenómeno. Está todavía en los dolores del parto: es desgarbada, confusa, tosca, poco segura de sí misma. Tiene todas las enfermedades de la infancia y algo de la melancolía y la desolación de la adolescencia. Sin embargo, ha elegido un magnífico sitio para elevarse; a la luz del sol brilla como una joya; durante la noche reluce como un millón de centelleantes luces que parecen encenderse y apagarse con la velocidad del rayo. Es una ciudad de sobrecogedores efectos atmosféricos: no está empotrada en la tierra sino que flota en un constante cambio de luz y su pulso late con ritmo cromático. No se puede hacer otra cosa más que caminar, moverse hacia ese milagro que sin cesar se repliega... Aquí todo habla, ahora como hace siglos, de luz, de jubilosa y cegadora luz. La luz adquiere en este lugar una cualidad transcendental: no es solamente la luz mediterránea, es algo más, algo insondable, algo sagrado”. (Henry Miller)

Algunas de las citas que el autor del Manuscrito de Paros utiliza están sacadas de obras literarias que conocemos bien. Otras, sin embargo, son documentos privados, anotaciones que, por alguna razón, nuestro autor incluyó en su obra. Éste es el caso del texto que voy a reproducirles hoy.

Se trata de una carta que aparece en una página cuya línea final, en la que previsiblemente iría la firma, es ilegible. No sé, por tanto, quién la escribió ni qué clase de relación tenía con el autor del Manuscrito, pero es posible que se trate de una carta dirigida a él. O, mejor, a ella, pues si, en efecto, la carta va dirigida al autor, entonces no habría duda de que en realidad se trata de una autora, quizá romana, cuyo nombre es Aurelia.

La carta me produce tristeza pero, a la vez, sosiego, pues trata el tema de la muerte con una imponente calma.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 3.1

[…] Sé, querida Aurelia, que a ti no pueden sorprenderte estas últimas palabras mías que, por lo demás, te escribo sólo porque creo que mereces saber de mi propia voz (te imagino poniendo mi voz a cada palabra de esta carta) lo que otros te contarán en pocos días, cuando ya sólo estaré vivo en el recuerdo de las pocas personas que me amaron.

Te escribo esta carta sentado al lado del ágora de Atenas, muy cerca del cementerio del Cerámico, el lugar en el que quiero que, sin lápida, sin estela, sin inscripción que recuerde mi nombre, descanse para siempre este cuerpo arruinado, embalsamado por el tiempo, que ha vivido ya todo lo que deseaba vivir.

Hace unos días decidí que, ya que vine a este mundo involuntariamente, como consecuencia de un acto que no dependió de mí y que no sé si fue fruto de la necesidad o del amor, los dioses aceptarían que en el trance de morir fuera yo quien decidiera, no el arma de un enemigo, ni el azar de un naufragio, ni las garras envenenadas de una enfermedad. No serán, pues, los dioses quienes me reprochen este acto postrero de libertad. Serán algunos hombres, especialmente los que nunca cruzaron conmigo una palabra, los que me juzgarán primero y, probablemente, me condenarán después.

En estos momentos, debajo de la luz de Atenas, empapado por el olor del mar Egeo, te recuerdo igual que eras hace ya tantos años, cuando caminabas por las calles de Roma igual que una reina por los pasillos de su palacio. Yo te contemplaba, seguía el movimiento de tu cuerpo con el dolor de saber que eras igual que una costa lejana, inalcanzable, a la que, como un náufrago agotado, nunca podría arribar.

Arribé, sin embargo, y ahora, a punto de iniciar el viaje definitivo, deseo decirte que aquellos días que compartí contigo serán el puerto del que zarpe.

No temo a la muerte y, hasta ahora, no me ha incomodado la vejez, pues lo único malo que la acompaña es la certeza de haber sido joven. Tampoco temo la enfermedad, que ahora mismo empieza a atenazarme, sino la horrible perspectiva a la que me condena: vivir cuando nada de mi cuerpo responda a mis mandatos y la vida sea ya sólo ausencia de la muerte.

Hace tiempo un buen amigo me dijo que la vejez es como la escena final de una obra de teatro de la que hemos de evitar cansarnos, aburrirnos, especialmente cuando estamos ya saciados. Yo lo estoy, pues sabes muy bien, amada Aurelia, que he vivido de manera que puedo decir: “no nací en vano”.

Recuérdame alguna noche e intenta comprender este acto mío de última y profunda libertad. Y consuela tu dolor sabiendo, como sé yo, que el camino que voy a iniciar es irrelevante si extingue mi alma enteramente, o deseable si la guía a un lugar en el que ha de ser eterna.

¿Qué puedo temer, pues, si después de la muerte no he de ser desgraciado o, incluso, he de ser, por fin, feliz?

 

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