E. Chillida. El peine del viento

El texto que les muestro esta semana trata de los sueños. Quizá su autor fuera uno de esos interpretadores de sueños que abundaban incluso en época clásica, o quizá, igual que hizo Aristóteles, sólo reflexionara sobre ese mundo que vive mientras nuestro cuerpo duerme. Aurelia lo incluye en el libro XIII de su Manuscrito, un libro en el que se sumerge en mundos que no están relacionados directamente con la política.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 13.1

A veces creo que nos confundimos al considerar que nuestros sueños forman parte de algo que nos es ajeno, y que, al cerrar los ojos cada noche, entramos en un mundo fugaz, irreal, rodeado de sensaciones ilusorias que se desvanecen con el alba.

Con frecuencia he pensado en la razón que nos hace distinguir de manera taxativa entre sueño y realidad. Esta distinción, que a muchos les parece elemental, no debió de ser tan clara entre nuestros antepasados, especialmente si pienso en la gente común que, igual que ahora, dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos a sobrevivir.

En realidad, ninguna conciencia claramente objetiva nos demuestra que la esfera de lo que llamamos realidad es más significativa que la de los sueños. Con frecuencia, incluso, el ámbito en  el que estos se producen es mucho más gratificante que el de nuestra realidad: los sueños nos permite comunicarnos con nuestros amigos lejanos, con nuestros amores perdidos, con nuestros muertos, y hacer cosas que serían impensables en el territorio de la supuesta realidad.

Si nuestros sueños formaran parte de un mundo irreal, irremediablemente perdido e inútil, ¿por qué habríamos de creer que en ellos se ocultan algunas de las claves que pueden ayudarnos a explicar nuestra manera de ser, nuestra naturaleza? ¿Por qué les contamos nuestros sueños a esos médicos del alma que, enfrascados en nuestras palabras, los analizan e interpretan?

Cada día que pasa me siento más propenso a considerar mis sueños como fracción esencial de esa parte de mí que no tiene nada que ver con el cuerpo, con la carne. Mis sueños, y los de todos los hombres, se producen cuando el cuerpo está inactivo, dormido, así que me es lícito pensar en la existencia de otra naturaleza, distinta al cuerpo, de la que depende esa otra realidad, esa otra experiencia que vivo cuando sueño. A esa naturaleza me aferro en tiempos como estos en que la realidad se me aparece cargada de oscuros presagios.

¿Qué sueñan los reyes, los emperadores, los poderosos? ¿Qué sueños los alcanzan cuando sus cuerpos duermen? ¿De quién huyen? ¿A quiénes persiguen?

Quizá los poderosos, los que desprecian la vida de los demás y glorifican la suya, ya no sueñan. O si lo hacen, olvidan sus sueños un instante después de despertar. O los desprecian y los desechan considerando que no existen.

Mas buena parte de los que sufren las dentelladas de la realidad y de la historia, cierran cada noche sus ojos con la esperanza de soñar, de sumergirse en esa otra realidad que se materializa cuando sus cuerpos están dormidos, quietos, inactivos. Entonces es realmente cuando sus tierras se llenan con el rumor de las cosechas; entonces sus hijos se confunden con el paisaje de su tierra; entonces la sangre y la muerte, el sufrimiento diario, la injusticia eterna, la guerra permanente, se desvanecen por unas horas, y la realidad adopta el rostro de un viaje.

Quizás haya un lugar en el que los sueños nos esperen.

 

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Un Pensamiento en Sueños

  1. Jorge Jorge dice:

    ¿Cuál es el objeto del arte? Si la realidad golpeara directamente nuestros sentidos y nuestra conciencia, y si pudiéramos entrar en comunicación inmediata con las cosas y con nosotros mismos, creo realmente que el arte sería inútil.

    Henri Bergson

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