Despedida de Héctor y Andrómaca. El niño, Astianacte ('El señor de la ciudad'), en brazos de la nodriza, se encoge, asustado por el aspecto de su padre.

Homero es el primer escritor de occidente. Utilizando el alfabeto griego, recién creado, fijó por escrito las leyendas de Troya. Desdichadamente no sabemos nada de él, pues pertenece a una época en que la individualidad no existe todavía.

Aedo o rapsoda, poseído por la “locura” poética, Homero era para los antiguos un verdadero adivino; un adivino del pasado. Mas, con el correr del tiempo, llegó a convertirse en el educador del pueblo griego y, a la vez, en el forjador del carácter de los héroes o, lo que es lo mismo, del carácter masculino.

En los versos que les muestro a continuación, extraídos del canto VI de la Ilíada, puede verse con claridad este carácter educador de Homero. Aprovechando la despedida entre Héctor y su esposa, la hermosa Andrómaca, el poeta describe cristalinamente en unos cuantos versos los papeles del hombre y la mujer en la sociedad de los aqueos, es decir, en nuestra propia sociedad. Poco han cambiado las cosas desde entonces.

El gran caudillo de Troya imagina el cruel destino que espera a su esposa, sirviendo como esclava en la casa de cualquier aqueo. Prefiere la muerte antes que contemplar a su mujer en ese estado.

 

Ilíada, 6. 450 y ss:

Mas no tanto el mal de los Troes [1] tras mí que queden me importa
ni de Hécuba ni de Príamo rey la suerte que corran
ni de mis hermanos los muchos y bravos que bajo la horda
de los enemigos caigan al polvo en tal mala hora
cuanto de ti, cuando venga un Aqueo brónciga-cota,
que lagrimeando te arrastra y de libertad te despoja;
y aun puede que en Argos tejiendo el telar te veas de otra
y agua trayendo de fuente tal vez tesalia o laconia,
bien mal de tu grado; mas ley pesará sobre tí poderosa;
y alguno habrá quizá que te diga al verte toda llorosa:
“De Héctor he ahí la mujer, el que era primero en la tropa
de Troes potridomantes, cuando era la guerra de Troya”.
Así dirá alguno, y a ti te entrará una nueva congoja
por falta del hombre que a salvo de vida de esclava te ponga.
mas a mí ¡bien muerto me cubra la tierra en mi fosa,
antes que a ti arrastrada te vea y tus gritos que oiga!

 

El párrafo continúa con una de las escenas más conmovedoras de toda la Ilíada. Héctor toma en sus brazos a su hijo, apenas un bebé. El niño se asusta al ver el aspecto de su padre que, conmovido, se quita el yelmo y acaricia a su hijo entre sonrisas. Entonces reza rogando que aquel niño, al que sostiene entre sus brazos, llegue a ser un hombre digno de Troya y de su linaje. Las palabras que Héctor dirige a Zeus son muy reveladoras, pues muestran que la única gloria que puede ganar un hombre debe conquistarse en el campo de batalla.

 

Ilíada, 6.466 y ss. [2]

Tal en diciendo, al niño fue a hacerle una carantoña
Héctor preclaro; y al aya belcinta el niño chillando
atrás se le echó asustado a la facha del padre
y la sombra, temiendo del bronce y la cresta corcelifosca
al verla terrible del alto del yelmo agitándose en ondas;
y el padre se echó a reír, y con él la madre y señora.
Al punto quitó el bravo Héctor de su cabeza briosa
el yelmo, y en tierra lo puso fulgiendo en toda su gloria;
y ya que a su hijo besó y le hizo hacer en sus manos cabriolas,
a Zeus y a los otros dioses en rezo habló de su boca:
“Zeus y los dioses demás, otorgad que a mis votos responda
este hijo mío, en ser como yo y de los Troes corona
y tal de bravos en sus bríos, y sea rey sobre Troya,
y alguna vez uno diga: ‘mejor que el padre y con sobra’,
al verlo de guerra volver, y armas traiga en sangre aun rojas
de un hombre que haya matado, y se goce la madre en su gloria”.

 

Finalmente, Héctor decide que es hora de volver a la guerra. Pide a su esposa que vuelva a la casa, para que atienda allí a las tareas que le son propias. De nuevo el modelo, esta vez el femenino.

 

Ilíada 6. 490 y ss.

Mas ¡ea, véte a la casa, y allí tu atiende a tus obras,
al huso y la rueca y telar, y ordena a las servidoras
que hagan la jera avanzar!; que a los hombres guerra les toca,
a todos, y a mí el que más, los que son nacidos en Troya”.

 

La escena termina de manera conmovedora. Andrómaca vuelve la cabeza de vez en vez, mientras se encamina hacia su casa. Intuye que no volverá a ver vivo a su marido.

 

Ilíada, 6. 494 y ss.

Tal en hablando tomó el claro Héctor el yelmo de torna
el corcelicrespo; y camino a su casa iba yendo la esposa,
los ojos a trechos volviendo, en florido llanto llorosa.

 

En efecto, Héctor y Andrómaca no vuelven a verse más. La guerra continúa, pues sin ella la mentalidad masculina sería incomprensible. Es la guerra la que pone a cada uno en su sitio, la base de un tipo de sociedad vigente hasta nuestros días.

El triunfo de la sociedad patriarcal, cuyos postulados son transmitidos por Homero, depende de la existencia de la guerra.

 

 


[1] Troyanos.

[2] Utilizo la traducción de A. García Calvo (Ed. Lucina, Zamora, 1995). Es una traducción difícil, dura a veces, llena de neologismos. Es lo más parecido que conozco al lenguaje de Homero. Imprescindible.

 

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