Tenía una voz maravillosa, llena de matices, de tenues gamas que a él le recordaban los colores del otoño. De vez en cuando, mientras deambulaba por la casa entregada a sus tareas, cantaba canciones extrañas que él escuchaba a hurtadillas; canciones nacidas de la tradición de su tierra, cargadas de nostalgia, de belleza y de velados recuerdos. Con frecuencia él apenas conseguía entrever las historias que encerraban, pero los retazos que podía percibir lo transportaban a un mundo tranquilo, suave y cálido, lleno de serenidad.

Ella era griega, nacida en algún lugar del oriente de la isla de Creta, según decía; pero eso era todo lo que él sabía. Formaba parte de sus ganancias de guerra, del botín que había conseguido en sus campañas en la Cirenaica, la provincia romana constituida por Creta y Libia.

Acostumbrados a repartirse el mundo, a utilizar a las personas como monedas o artículos de intercambio, la mayor parte de los romanos poderosos nunca habían pensado que una hermosa mujer extranjera pudiera ser otra cosa que un objeto de placer; un cuerpo en el que se escondían resortes que ellos podían utilizar para su propio deleite. Mas aquella extranjera poseía una fuerza extraña que él percibía como una vaga amenaza a su superioridad. Su manera de mirar, su forma de hablar y, sobre todo, el conjunto de su rostro, estaban siempre un paso por encima de él mismo y su sola presencia bastaba para perturbarlo. Notaba cómo algunos de los puntos en los que siempre había basado su equilibrio se desplazaban primero y se disipaban después. Era una sensación extraña, contradictoria, que lo llenaba de inseguridad.

Aquella tarde, con el ocaso adivinándose ya sobre los emparrados de la villa, aquella voz volvió a cautivarlo. Se esforzó por contener la respiración intentando captar sus matices y, a la vez, la historia que narraba. En verdad, nada parecía ser especialmente sobresaliente, pues la canción no hablaba de victorias ni de batallas ni de amores eternos o fugaces. Sin embargo, como tantas otras veces, se sintió prisionero de aquella música poseedora de un hechizo que él desconocía.

Se fue acercando a ella como atraído por una sirena atlántica, como un barco que se precipita irremisiblemente contra la costa que canta a sotavento. La observó con calma, casi con respeto y se preguntó, una vez más, cuál era la fuerza de aquella mujer desarmada, de aquella esclava en la que no se adivinaba ninguno de los atributos heroicos que él estaba acostumbrado a respetar. Y no pudo responderse.

Sin embargo la canción lo atrapó por completo. Contaba la desgracia de muchas mujeres como ella, cautivas de guerra, botín de soldados y de generales, siempre derrotadas, siempre humilladas, violadas, vencidas y, aun así, vivas, llenas de afán por perdurar. Y aquel hombre, miembro de una casta que dominaba el mundo, sintió entonces cómo comenzaba a comprender lo que hasta ese instante le había parecido un gran misterio.

Aquella mujer no necesitaba armas para vencer, ni arrogancia, ni violencia. Lo desafiaba con su voz, con su calma, con su paz. Y lo vencía, igual que las demás mujeres acabarían por vencer, sin armas, la arrogancia, la codicia, la violencia de los hombres.

 

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Un Pensamiento en Mujer

  1. Jorge Jorge dice:

    SACERDOTISA FEACIA

    Bernardo Souvirón. Mujer De Aire
    Abril, 1980

    Dime, dime el nombre de tus ojos luna,
    el nombre impreso en tu costado
    tus dientes o tus pechos

    mientras mis manos deshacen el espacio.

    ¿Por qué beber besar tus labios
    si sé que amarte es olvidar la vida
    romper el tiempo
    como un roble la noche
    o un mástil el silencio?

    quiero decirte que hasta mí venían escudos
    gaviotas azules que hilaban desde el sol
    nubes cargadas de ceniza,
    redondos santorales,
    brillantes inmóviles desiertos.
    Todas las noches oía herido sus chasquidos.

    Y ahora tú
    . . . . . . . . . . . . . . . . inmóvil
    donde el mar comienza extiendes tu cuerpo
    tus muslos empapados
    negando mi miseria
    con tu sexo bañado por océanos.

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