Oasis

Palmira (Tadmor)
Palmira, cerca del Campo de Diocleciano. Al fondo puede verse el comienzo del Valle de las Tumbas.

Este texto es de nuevo una carta. Pero no es una carta más, sino una de las más importantes de todas las que he conseguido leer en mi diaria tarea por conocer a Aurelia. La verdad es que, enfrascado en la traducción de otras partes del Manuscrito, la había pasado por alto. El amigo (y en otro tiempo amante y compañero) de Aurelia, la escribe desde Tadmor, la ciudad a la que los romanos llamarían después Palmira. Al final de su carta revela un dato que, como verán mis lectores, es  muy importante.

MANUSCRIPTUM PARIUM21. 8

En realidad, querida Aurelia, no sabría explicarte las razones que me empujaron a realizar este viaje. Sin duda estarán dentro de mí, pues lo que siempre descubro cuando viajo es que en mi equipaje no sólo llevo algunos libros, alguna ropa y algunos recuerdos, sino también la mayor parte de mis preocupaciones y temores. Especialmente los que tienen que ver con la situación de nuestra patria, acosada hoy por los salvadores de siempre, por esa clase de canallas que no repara en nada con tal de aumentar su poder y, sobre todo, su riqueza.

Pero no es mi intención abrumarte con las preocupaciones que en los últimos años han asaltado mi mente, pues sé de sobra que tú, desde ese dorado exilio en el que vives, las compartes. ¡Cómo envidio la calma que parece desprenderse de cada una de tus cartas! ¡Cómo me gustaría compartir contigo la mágica luz de los atardeceres de Paros! Todavía recuerdo la Luna derramada sobre el mármol del templo de Apolo, junto a la bocana del puerto, y las cenas que compartíamos bajo la parra que cubría el patio de tu casa, encima del mar. A pesar de que los dos éramos unos exiliados, aquellos días han dejado en mi recuerdo algunos flecos de felicidad.

Tú, con una decisión que honra tu inteligencia, has elegido quedarte allí. Yo, sin embargo, regresé a Roma. Ahora sé que no debí haberlo hecho: mi vida, desde entonces, ha sido una constante decepción; amigos perdidos, sueños postergados, deseos incumplidos y, sobre todo, la sombría percepción de que ya no pertenezco a esta ciudad. Ni a este mundo.

A mi alrededor, las cosas han cambiado tanto que, por primera vez en toda mi vida, siento que el futuro ya no me pertenece y que la vida me ha dado ya todo lo que podía darme. Por así decirlo, querida Aurelia, he doblado la esquina de una calle que nunca volveré a transitar. Delante de mí ya no escucho los gritos de la juventud, no siento el vértigo del amor y sé que los lugares en los que fui feliz, en los que mi sudor se mezcló con el de las mujeres a las que amé, ya no existen. El paso del tiempo y la mano voraz de los que asocian el progreso con la devastación los han borrado de la Tierra.

Creo que esa es la razón que me ha empujado a hacer este viaje: intentar que la luz de estos lugares en los que nunca viví, llene mis ojos con nuevos paisajes y mi memoria con nuevos recuerdos. Aunque sé que acabaré en Paros (pues no puedo evitar el impulso de verte nuevamente), esta noche, sentado al abrigo de una de las muchas palmeras que llenan el oasis de Tadmor, mirando el horizonte rojo de este ocaso en la frontera del desierto, sólo deseo prolongar esta paz hasta el día en que volvamos a vernos.

Quizá bajo la parra del patio de tu casa, rodeados por la luz de la Luna y el rumor de las olas del Egeo, podamos evocar los días en que creímos que amarnos era lo más importante. Con esa esperanza he partido de Roma y me he adentrado en estas tierras, frontera del mundo.

Porque no quiero volver a mirarte antes de haber visto con mis propios ojos la tierra de tus padres.

 

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