rio_eufrates

El Éufrates, azul, tranquilo, deslizándose por las tierras de Siria. Al fondo la ciudad amurallada de Halabiyeh, el lugar donde Zenobia, la legendaria reina de Palmira, intentó refugiarse de los soldados romanos.

El fragmento que reproduzco hoy forma parte, como el anterior, de la serie de cartas que el desconocido amigo de Aurelia le remitió desde tierras mesopotámicas. De ellas puede deducirse, como veíamos en el texto anterior, que el origen de esta enigmática mujer parece estar en estas tierras y, también, que su verdadero nombre debía de ser otro. Quizá con el tiempo pueda llegar a descubrir quién se esconde tras el nombre de Aurelia.

MANUSCRIPTUM PARIUM 21.9

Muchas veces he asociado la vida con un río y, desde mi niñez, he deseado poder seguir el curso de algunos de esos grandes ríos cuyos nombres evocan lugares mágicos, distantes, deseados. Todavía hoy recuerdo cómo algunos maestros fijaron en mi mente la idea de que todo Egipto es un regalo del Nilo, el río sobre cuyas aguas se balancean, aún hoy, los ecos de una civilización mucho más antigua que la nuestra.

Sin embargo, a pesar de la fascinación que Egipto ha ejercido siempre en la mente de muchos de mis amigos, fueron, sobre todo, otros ríos los que llenaron mi imaginación de estudiante con la sonora magia de sus nombres; dos ríos que riegan la tierra de tus antepasados y a los que asocio con el olor suave, a fruta, de tu cuerpo.

He atravesado varias veces el río Tigris, Aurelia, y he caminado junto a su cauce jornada tras jornada. Muchas tardes he dejado que la luz del ocaso me atrapara entre las cañas de sus orillas, y he intentado imaginar, rodeado por esta tierra de misterios, los rostros de todos los conquistadores que han dejado aquí las huellas de sus pasos.

En cada yugada de estas tierras, en cada recodo del río, en cada rostro de quienes siguen habitando en sus riberas percibo que, en realidad, no me siento extranjero en ninguna parte y que mi patria también está junto las aguas del Tigris.

Ahora estoy cerca del río Éufrates. Sus aguas azules me recuerdan el fondo de tus ojos, y no puedo evitar imaginarte como la reina de sus orillas. Su curso se adapta a esta tierra tuya con la misma facilidad con que tú te has adaptado a la mía, casi sin esfuerzo, como si la supervivencia formara parte de vuestra naturaleza sinuosa. Me doy cuenta de que nosotros, los conquistadores, los vencedores, seremos más efímeros que estos pueblos hijos de tu río, en cuyas orillas, igual que espectros heridos por una luz que no les corresponde, abundan restos de ciudades destruidas. Al lado de almenas y murallas demolidas (algunas de ellas por nosotros, los conquistadores), el Éufrates fluye con calma, testigo inmortal de una historia que apenas lo alcanza.

Entre esas ruinas percibo algunas veces un extraño eco, una especie de rumor que no consigo identificar a pesar de mis esfuerzos. Algunas de estas noches he dormido entre los lienzos derrumbados de estas fortalezas, tratando de distinguir entre el sonido de la corriente y esos ecos repentinos, esos rumores inasibles que llenan estos lugares de un encanto inquietante. A veces, como si tu recuerdo pudiera ayudarme en esa tarea absurda, he sentido tu presencia de una manera casi física, como si, realmente, tu cuerpo estuviera al lado del mío y la luz que nace de la negra sima de tus ojos me guiara como a un viajero inexperto incapaz de distinguir los rumores de la noche.

Voy rumbo a Damasco, esa ciudad infinitamente más antigua que mi patria. He abandonado mi deseo de descifrar los mensajes encerrados en los rumores de las ciudades muertas del Éufrates. Creo que no quiero entender qué significan.

Anoche, mientras los oía, mientras intentaba entender sus extraños quejidos, me estremeció la convicción de que estaba oyendo el eco del futuro.


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Un Pensamiento en El río

  1. Susa Martin dice:

    Precioso¡¡¡

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