Damasco

Zoco de Damasco
Saliendo del zoco, en dirección a la gran mezquita de los Omeyas, las columnas, dos dinteles y un arco del antiguo templo de Júpiter permanecen todavía en pie. En realidad, el zoco es el antiguo cardo romano.

Conservamos, al menos, una respuesta de Aurelia a las cartas que su desconocido amigo le envió desde oriente. En ella aparece por fin el nombre de ese misterioso varón que debió de compartir con ella muchas cosas en Roma y, por la información que cabe deducirse de estas cartas, también en Paros, retiro elegido por la autora del manuscrito.

MANUSCRIPTUM PARIUM. 21.9

Tus últimas cartas me han llenado de gozo y de melancolía. Desde este retiro dorado, rodeada por los recuerdos que un día fueron el alma de mi vida, tu evocación de algunos lugares de mi patria ha despertado dentro de mí sentimientos dormidos hace mucho tiempo.

Me dices ahora que no quieres volver a verme sin contemplar antes la tierra de mis padres. No deja de sorprenderme en el fondo que tú, un romano de los pies a la cabeza, consideres que hay otras tierras por conocer; que hay otros lugares que explican por sí mismos algunas claves difíciles de ver y de entender para vosotros, los conquistadores. No me interpretes mal; no estoy reprochándote nada. Al contrario, me complace imaginarte sobre las azules aguas del Éufrates, embriagado por el hermoso rumor de su corriente. Ni siquiera los dioses saben lo que daría por estar allí contigo, por compartir contigo algunas noches en las posadas del camino hacia Damasco, por adentrarme de tu mano entre los huertos cuajados de granados, vestidos con el olor del hinojo fresco y de la hierbabuena.

Muy poco puedo decirte de Roma. Apenas me llegan noticias, y las pocas que rompen la muralla de silencio que he levantado a mi alrededor apenas me interesan. Sé, sin embargo, que anuncian de nuevo grandes conflictos, que vuelve a ser difícil la convivencia entre los ciudadanos, asediada una vez más por las voces, afiladas como dagas, de los políticos. Nada nuevo como ves, querido Marco; nada que tú no conozcas mejor que yo, pues sé muy bien cuánto detestas la naturaleza violenta y desmedida de todo poder y la propensión que muestra la mayoría de los hombres que lo ejercen hacia la extrema simplificación de todos los problemas. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa es la guerra sino la más terrible de las simplificaciones? ¿Qué otra cosa sino la confesión más palpable de nuestra incapacidad para entender los puntos de vista de los otros?

Leyendo tus cartas siento que, por fin, estás percibiendo algunas de las cosas que, hace años, a duras penas eras capaz de sospechar, y sé que no me equivoco cuando te imagino sorprendido, fascinado por esas ciudades orientales y por esas gentes a quienes, con la displicencia natural de quienes estáis acostumbrados a ver el mundo con la sola luz de vuestros ojos, llamáis bárbaros.

Ojalá este viaje te sirva para comprender mejor a los otros; a esos que, sin ser romanos, existen también. Ojalá comprendas que son los dirigentes los que nos enfrentan, los que nos engañan, los que inoculan en nuestros sentimientos el veneno letal del recelo, del temor a lo que es diferente, del miedo a lo que no nos es dado comprender.

Damasco es un buen lugar para comprender estas cosas, Marco, porque es una ciudad eterna, mucho más eterna que Roma, y en sus calles palpitan los espíritus de la inteligencia.

Deja que la ciudad te envuelva con sus ecos, y vuelve a Paros con el aliento de esas tierras pegado a tus recuerdos.

 

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