Razas

Desde el templo de Apolo, situado en la bocana del puerto de Naxos, se divisa, recortada en el horizonte, la costa de la isla de Paros.

Aurelia recoge en el libro XXI del Manuscrito de Paros la parte más importante de su correspondencia con el romano Marco. Hoy les reproduzco otra de esas cartas. Hay algo fascinante en ellas, algo que parece estar más allá del tiempo y del espacio, y que me hace sentir muy cerca de sus autores, como si formaran parte de mi vida. En Aurelia y Marco, en sus palabras, en sus deseos, sus esperanzas y sus miedos me parece ver los rostros de todos los hombres y mujeres que, aun habiendo vivido mucho antes que nosotros, nos siguen hablando desde muy cerca, nos susurran, como si prolongaran en la nuestra su propia vida.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 21.6

Hoy he ido al puerto cuando ya estaba atardeciendo. Aunque me encanta pasear entre las redes, las cajas de pescado, las mercancías y el bullicio de la gente, hacía tiempo que no me acercaba a esa hora del crepúsculo en que, como si el día se resistiera a declinar definitivamente, la luz se torna casi desesperada y el color del mar se hace indefinible. Tú sabes cómo me gusta acercarme al puerto de Paros, cómo disfruto contemplando los rostros de quienes llegan o de quienes se van, pues siempre hay un gesto, una mirada que denuncia a los viajeros, a los afortunados que van a pisar la cubierta de un barco en busca de una costa distante.

Últimamente, sin embargo, me vence la melancolía, Marco, y no puedo evitar que la ansiedad me atrape cuando un barco enfila la bocana para entrar en el puerto. Supongo que siempre espero que aparezcas en alguna de esas naves de proas afiladas que, cada tarde, se abrigan en los muelles. Sé que no debería hacerlo; sé que tú estás atento a otros mundos, a otros quehaceres. Pero también sé que, como me dices en una de tus cartas, acabarás por venir a Paros a fundirte de nuevo con este paisaje del Egeo en el que todavía se agitan los días, los crepúsculos, las cálidas noches que nos inundaron de felicidad.

Pensaba en todo esto mientras paseaba por las callejuelas del puerto. ¡Qué paz se respira cuando sólo nos rodean personas y trabajos! ¡Qué asible parece la felicidad cuando los ecos de la política, la lengua de los dirigentes y los rugidos de los ejércitos se hunden en el horizonte! Y, sin embargo, qué frágil me parece todo, qué efímeros esos instantes en los que siento que todos los mundos que me rodean están en equilibrio; en dulce y pacífico equilibrio.

Cuando experimento esa sensación de paz, cuando miro a quienes me rodean en las calles sin ver en ninguna cara la cara de un enemigo, siempre pienso en ti. Daría cualquier cosa (déjame utilizar esta expresión tan tuya) por compartir contigo esa sensación que, sin darte cuenta, sin habértelo propuesto, me enseñaste a percibir hace ya tiempo, y por decirte que, aunque sólo eso me hubieses enseñado, mi deuda contigo sería ya muy difícil de saldar. Por eso, al contemplar los rostros de gente que ha nacido en mundos que nunca conoceré, me siento cerca de una felicidad que sólo podría compartir contigo. Que sólo deseo compartir contigo.

¿Qué hay en ti, Marco, para que no te sientas extraño en ningún lugar? ¿Qué clase de humores equilibran en tu alma los olores de oriente, la luz de Grecia, el calor de los desiertos, la furia y la calma del mar? ¿Qué clase de dulces, de frágiles cadenas te unen con las playas de Tiro, con las calles de Roma, con los bosques de Hispania, con las aguas del Éufrates o con las huertas de Cartago? ¿Qué misterio ha hecho que hayas nacido en Damasco y en Atenas, en Troya y en Gadir, en Asia, África y Europa?

Tu recuerdo me llena de sensaciones; te descubro en cada rostro de los marinos que arriban al puerto; te huelo en cada especia; te entiendo en cada lengua que escucho. Gracias, querido Marco, porque ahora, al recordar nuestras conversaciones debajo de la parra de mi casa de Paros, veo, sé, siento que tenías razón: el mundo es un lugar en el que habita un único linaje; una sola raza.

La raza de los hombres.

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2 comentarios

  1. Una sola raza…
    Pero los seres humanos tienen dos pulsiones. La pulsion de identidad, de pertenencia, y la pulsion de trascendencia.
    Y ahi anidan los dos peores lacras, el nacionalismo y la religión, que son utilizadas por los poderosos para sus intereses económicos.
    La guerra es una matanza entre gentes que no se conocen, al servicio de gentes que si se conocen.

  2. Precioso, conmovedor… Creo que pocas veces he leído algo tan bello y próximo a al amor, la añoranza, la esperanza… y a la vez una llamada rotunda a la paz entre los hombres y los pueblos.

    Gracias por compartirlo con todos nosotros.