Miedo

Reproduzco hoy la respuesta a la carta de Aurelia que publiqué la semana pasada. En ella Marco no sólo expresa, una vez más, la melancolía que le produce la ausencia de Aurelia, sino que reflexiona sobre el miedo en las sociedades poderosas, como la romana.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 21.6

Acabo de leer tu carta. Me halaga mucho que vayas al puerto de Paros con la esperanza de descubrirme entre los muchos viajeros que descienden de los barcos recién llegados. A pesar de que los años han nublado muchos de los antiguos rasgos de mi carácter, un resto de mi antigua vanidad persiste irreductible, y no puedo evitar sentirme completamente feliz, extrañamente fuerte, cuando percibo tu deseo por volver a verme.

Si las cosas van como deseo, pronto embarcaré rumbo a Paros. No hace falta que te diga que tú eres la razón de ese viaje que, créeme Aurelia, será el último sin ti. En estos postreros años, alejado de las voces del foro, he pasado buena parte de mi tiempo contemplando tierras que no conocía, mares que nunca había navegado y compartiendo otras formas de percibir el tiempo y la vida.  Y sólo ahora sé cómo te he echado de menos.

He visto muchas cosas, algunas crueles, otras hermosas; he compartido la comida con gente que ni siquiera sabía de la existencia de Roma, con personas que eran felices con un mendrugo de pan y una escudilla llena de gachas o de sopa; he conversado durante horas con hombres que miraban hacia el horizonte como quien mira hacia su hogar, hacia su patria, y he pasado muchas noches solo, rodeado de un mundo que yo creía hostil, pero del que nunca he recibido un solo ataque.

En esas noches solitarias, con tu recuerdo durmiendo junto al jergón que me servía de cama, rodeado de lugares desconocidos, envuelto por un silencio que nunca supe interpretar, en guardia siempre, con la tensión reflejada hasta en mis sueños, he comprendido una cosa sobre todas. Nuestra vida, la vida de los poderosos romanos, de los conquistadores y administradores del mundo, de quienes nos hemos creído con el derecho a dictar leyes sobre los demás pueblos, a cambiar sus costumbres y a colonizar sus mentes, está gobernada por un dios supremo, sin rostro, sin genealogía: Miedo.

Cada día la poderosa Roma tiene miedo: miedo a perder su poder. En todas sus fronteras empiezan a construirse muros y en las casas de los más poderosos hay catervas de vigilantes cuya misión consiste en mantener la dorada ilusión de la seguridad. En cada elección, los candidatos utilizan el miedo para lograr los votos de una población que siente pánico a perder lo que tiene y no se atreve a iniciar el camino para conseguir lo que anhela. Cada tarde, desde las tribunas del foro, se amenaza a todos con el miedo a los adversarios políticos, presentados siempre como destructores del Estado, como paradigmas de la cobardía y del entreguismo a los enemigos de Roma.

Sin embargo lejos del mármol del Senado romano, quienes viven en chozas de adobe, en cabañas de juncos, en frías casas de piedra, entre la neblina de los bosques o el sol de los desiertos, no tienen miedo. Esperan la noche, arropan a sus hijos, sueñan con despertar al día siguiente y con ver el rostro de la felicidad en algún momento de sus vidas.

Sentado frente a ellos, contemplando el mundo a través de sus ojos, he llegado a saber qué significa vivir sin miedo. Y me he sentido fuerte; mucho más fuerte de lo que nunca me sentí cuando todos creían que era un hombre poderoso.

 

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