En este tercer artículo de la serie dedicada a estudiar las raíces de la crisis que nos atenaza, voy a tratar de explicar alguna más de las causas que, a mi juicio, han hecho entrar a nuestro país en un camino del que nos va a ser muy difícil salir. En el artículo anterior analizaba las amargas consecuencias de la desaparición de los estudios de humanidades de los planes de estudio, y cómo la irrupción en ellos de lo que he llamado “nuevas humanidades” ha asentado las bases de un nuevo tipo de sociedad en la que el ser humano ha sido desplazado del centro del sistema, arrinconado por los criterios que esas nuevas humanidades han considerado prioritarios.

EL ORO DEL BECERRO

La Biblia cuenta (Éxodo, 32) que los hebreos, poco después de salir de Egipto conducidos por Moisés, cometieron un acto de idolatría que irritó profundamente a Moisés y a su dios, Yahvé. Mientras Moisés permanecía en el monte Sinaí, a cuya cumbre había subido para hablar con Yahvé, los hebreos se sintieron solos, desamparados ante la ausencia del hombre que les había conducido hasta allí. Los días pasaban y el sentimiento de soledad se acentuó hasta tal punto que, reunidos ante Aarón, el hermano de Moisés, le pidieron que les construyera la imagen de un nuevo dios, pues Yahvé los había abandonado.

Aarón pidió que le entregasen el oro que llevaban (pendientes, anillos…), lo fundió y construyó con él la imagen de un becerro, al que los hebreos adoraron y en cuyo honor hicieron sacrificios.

Supongo que mis lectores saben cómo sigue este relato bíblico, vinculado con la aparición de los diez mandamientos. No es mi intención centrarme en él sino, como suelo hacer con cualquier otra narración mítica, en el fondo, en el sustrato que hace posible su misma existencia. La imagen, en efecto, del pueblo hebreo sintiéndose abandonado por su líder (Moisés) y por su dios (Yahvé) es, a mi juicio, muy ilustrativa, y evoca muy vívidamente la situación en la que nos encontramos hoy día.

En su maravilloso libro El miedo a la libertad, el humanista Erich Fromm explica con extraordinaria brillantez los riesgos a los que el ser humano se enfrenta cuando se siente solo (sin líderes ni dioses que lo tutelen y lo guíen), y se ve abocado a gestionar por sí mismo su propia libertad. Los hebreos, recién salidos de Egipto, se sintieron solos cuando Moisés se retiró para hablar con Yahvé, y, ante la perspectiva de marchar sin su líder hacia el futuro, sintieron tanto miedo que, inmediatamente, se procuraron un dios al que adorar, un nuevo dios que justificara su miedo y su desesperanza, como si la inexistencia de un líder en la tierra y un dios en el cielo les hubiera inundado de un sentimiento de insoportable orfandad.

En estos momentos, la sociedad occidental se encuentra en un momento difícil. Los valores que la han hecho prosperar en todos los sentidos, han sido puestos en cuestión y, en cierta medida, abandonados. Países de larga historia parecen haber olvidado de repente las razones que los hicieron grandes. Por otra parte, las creencias religiosas han perdido fuerza y ha prosperado un tipo de persona, religiosa sólo en apariencia, “no practicante” ni comprometida con los ritos o con las obligaciones impuestas por la religión.

La experiencia, el conocimiento, el rigor y, en suma, el humanismo (tal como lo habíamos entendido hasta la etapa final del siglo XX), han sido desplazados o situados en un segundo término. El criterio de lo útil, de lo práctico, se ha impuesto al amparo de una nueva tecnología, la informática, que ha cambiado radicalmente nuestra forma de vida y ha transformado el universo de las relaciones humanas.

En una palabra, hemos demolido la casa en la que habíamos vivido durante buena parte de nuestra historia. Y lo hemos hecho antes de construir otra nueva, antes de tener un sitio en el que, al menos, refugiarnos. Llevamos años viviendo al raso, sin poder protegernos del sol y de las heladas, mirando hacia un horizonte que no sabemos dónde está. En una situación así los bandidos prosperan.

Mas, poco a poco, el nuevo mundo, la nueva casa en la que habrán de vivir nuestros hijos y nuestros nietos, parece que empieza a vislumbrarse. Como los hebreos expulsados de Egipto, hemos comenzado a moldear un único dios al que adorar, al que seguir. Y, si se me permite el juego de palabras que da título a este artículo, nuestro nuevo y todopoderoso dios no es el becerro de oro, sino el oro del becerro. El dinero ha pasado de ser el poderoso caballero de Quevedo a ser la omnipotente divinidad en cuyo nombre todo es posible, todo es plausible, todo es legal.

Los nuevos sacerdotes de ese dios no tienen rostro ni viven en templos; habitan en las bolsas de Nueva York, Londres, Pekín…, en los locales de las agencias de calificación (Standard & Poor’s, Fitch, Moody’s), en los despachos de los bancos, en las cloacas de los edificios gubernamentales, en las redacciones de los periódicos, en las emisoras de televisión y en el lado oscuro de cada uno de nosotros. No entienden de sufrimiento ni de justicia, y no conocen otra obligación que acumular dinero, aunque a su alrededor el resto del mundo se desmorone poco a poco.

Estos son los sacerdotes que nos gobiernan,  los prelados adoradores del oro del becerro: los bancos, los “mercados” y quienes obedecen sus dictados como si se tratara de preceptos y mandatos de una nueva religión cuyo dios supremo, el dinero, no tiene rostro humano, pues el hombre ya no presta su semblante, como antaño, para forjar la imagen de los dioses.

En España, y en Europa, ese nuevo dios tiene nombre: Euro. Está prohibido abandonarlo, volverle la espalda, abdicar de su fe. Si alguno de los países europeos se atreve a plantearse abandonarlo, los sacerdotes, sus adoradores, amenazan con castigos terribles: el infierno de la pobreza, el calvario de la marginación, la condena a una eterna indigencia. Cualquier cosa antes que abandonar al dios Euro, pues sin él pronto declinaría el negocio de sus poderosos servidores.

En nuestro país, la religión del dios Euro parece haber calado hondo, pues, bajo la teatral mirada de quienes nos dirigen (que hablan de tragedia sin verter una sola lágrima) la cifra del paro aumenta cada día. El drama de familias enteras que no ingresan ya ni un solo euro para poder subsistir es claramente secundario frente al equilibrio de las cifras, frente a la austeridad en los presupuestos. Ninguno de los dirigentes de los grandes bancos ni, por supuesto, ninguno de los dirigentes políticos, sus monaguillos, está dispuesto a poner en cuestión la raíz de la desigualdad, la raíz de la injusticia de una religión que asume sin pestañear que los dirigentes de las grandes empresas ganen ¡mil veces más que sus empleados!, disfruten de pensiones de retiro propias de magnates y ni siquiera se planteen asumir ni una mínima parte del coste de una situación que, en grandísima medida, han provocado ellos mismos.

Predican la austeridad, como los Papas, desde los balcones de sus palacios. Congelan el salario mínimo, reducen el sueldo de los empleados públicos, cierran guarderías, suprimen subvenciones a centros de ancianos, a dependientes impedidos, y, poco a poco, van haciendo que el desánimo se adueñe de toda la sociedad y que la mayor parte de la gente acepte que la única manera de salir de la crisis es volver a una especie de estado de vasallos, basado en la aceptación de reformas retrógradas, salarios de miseria y trabajo propio de esclavos.

¿Qué hacer para frenar a estos nuevos reyes-sacerdotes? ¿Cómo puede pararse ésta lenta e inexorable muerte de la sociedad de los derechos que nuestros abuelos y padres forjaron a base de sangre y sudor? ¿Cómo sacar del poder a los adoradores del oro del becerro? ¿Hay esperanza?

La respuesta es, a mi juicio, una sola: democracia y educación. Mas ¿qué clase de democracia? ¿Qué clase de educación? ¿Una democracia como la que tenemos? ¿Un sistema educativo como el que tenemos?

Intentaré contestar a estas preguntas en el próximo artículo de esta serie.

 

4 Pensamientos en La amenaza de la democracia (III)

  1. Fernando dice:

    ¿Qué educación? El sistema educativo lo harán a su convenencia, ahora que tienen mayoria absoluta.
    Ya desaparecieron las humanidades, ahora quitan Educacion para la Ciudadania. El diario Público a punto de desaparecer, miemtras subsisten diarios de extrema derecha con menor tirada.
    Las emisoras de TDT,están todas en manos de la extrema derecha, que no tiene problemas económicos. La Sexta absorvida por Antena3.
    ¿Qué hacer? Hacernos oir en todos los ámbitos, salir a protestar, y una vez mas Celaya: “Y mostrar que pues vivimos, anunciamos algo nuevo”.

  2. Fernando dice:

    Estoy totalmente de acuerdo en los comentarios, además pienso que la situación es provocada también por la Iglesia que vuelve a establecer sus valores antiguos a través de los gobernantes del PP pues la izquierda en la ultima etapa había adoptado muchas medidas de las que en otros tiempos la Iglesia Apostolica habría excolmugado a muchos cuando no les hubiera hecho sufrir castigos mucho peores que condenaran al infierno.
    Ahora volveremos a muchos dogmas ya olvidados pues con tanto poder casi no nos queda mas que soportarlo todo por cuestión de fé.

  3. Fernando dice:

    Totalmente de acuerdo contigo. No interesan este tipo de ideas, son demasiado profundas, sosegadas e intelectuales para quienes nos dirigen en estos momentos: palurdos e incultos movidos simplemente por la ambición.
    Un colega de profesión.

  4. Mari Carmen dice:

    Tras leer “Hijos de Homero” de Souviron, comprendí que estamos en la misma búsqueda ideológica de señas de identidad de Occidente, que parecen perdidas en este mundo de falsa seguridad y crisis global.
    Por suerte los valores que una vez sembraron los clásicos en nuestra conciencia a través de sus obras literarias están profundamente arraigados y tarde o temprano florecerá una cosecha nueva y distinta, aunque tenga sus mismas raíces.

    No somos los hijos del fiero capitalismo global, que va sembrando guerras y pobrezas por donde pasa, solo somos los sencillos hijos e hijas de Homero, aúnque podamos simpatizar con la cultura matriarcal Minoica más que con la patriarcal Micénica, de aquel pueblo Indoeuropeo. Simpatizar con la paz sobre la guerra; con el papel de la mujer en la sociedad civil frente a su oscuridad en el telar… Eso sí, el papel de la lengua y de la literatura, el mensaje de los antigüos griegos que florecería en las polis Jónicas y en Atenas.

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