El manuscrito conserva la respuesta de Aurelia a la carta de Marco, que titulé Miedo. En ella Aurelia continúa la reflexión que inició Marco en la carta que publiqué la semana pasada.

MANUSCRIPTUM PARIUM. Lib. XXI, cap. VI:

Después de leer tu carta no he podido hacer otra cosa que dejarla caer sobre mis rodillas y quedarme un buen rato mirando hacia el horizonte, tratando de imaginarme cómo lo contemplaría una de esas personas que nunca han tenido miedo.

Durante un buen rato intenté recordar con precisión tu rostro, Marco. Alcé mis manos imaginando que lo tenía delante de mis dedos, que podía acariciar tus pómulos, recorrer con las yemas los surcos que la vida ha grabado en tu cara igual que un artista avezado graba sobre el oro las líneas que harán del vacío trozo de metal una obra de arte.

Tienes razón. El miedo es el gran dios de Roma, el rector oculto, el axioma que explica la última razón de vuestros actos. No es nada nuevo, como sabes muy bien. Los poderosos, los dueños de tierras y de esclavos, los que, en cualquier parte del mundo, llenan las avenidas de las ciudades con los monumentos que dan fe de sus triunfos, están poseídos por el miedo, por la permanente turbación que genera la posibilidad de perder su botín.

Cuando los griegos tomaron Troya, el miedo se mezcló con los gritos de victoria. Ulises, el astuto, el sagaz urdidor de engaños, el héroe amoral que Homero ha convertido en nuestro padre, ordenó que Astiánax, el hijo de Héctor, el bebé que se alimentaba todavía con la leche de su madre, fuera despeñado desde las almenas de la ciudadela de Troya. El miedo dictó esa orden espantosa; el miedo a que un nuevo Héctor, nacido de su sangre, arrebatara a los aqueos el botín recién adquirido.

El miedo hizo al senado romano dictar el decreto que ordenaba la destrucción completa de Cartago y la siembra de sal en todo el perímetro de la ciudad. Sentado sobre las ruinas de Birsa, la espléndida ciudadela de la que un día había sido una de las ciudades más hermosas del mundo, Escipión lloró amargamente, creyendo que el fuego, los gritos de los moribundos, el llanto de los hijos huérfanos y de las mujeres violadas, eran, al cabo, el fruto no de la justicia, no del poder, sino del miedo de Roma.

La vida de los poderosos está presidida por el miedo, y me temo, Marco, que en el futuro, las cosas no habrán de ser muy diferentes. Los que están acostumbrados a gobernar, a dirigir, a conquistar y, sobre todo, a matar, seguirán siendo esclavos del dios Miedo. Un dios al que, con el fin de justificar los actos infames que genera, disfrazarán con las palabras más hermosas: justicia, libertad, democracia, progreso, igualdad…

Creo que esos hombres apegados al horizonte de los desiertos y a la lejanía de las costas, los que no tienen más que su vida y la de sus hijos como patrimonio, tienen mucho menos miedo que vosotros. Todo lo que poseen está en sus sueños y en sus recuerdos, no en los registros de propiedad, en las leyes y en los tribunales. Están acostumbrados a sufrir y saben que la muerte no les arrebatará otra cosa que la vida.

A vosotros, en cambio, que habéis convertido en prouinciae todas las tierras del mundo, la muerte os aterra igual que a un agricultor la sequía o el pedrisco. Porque vuestra espléndida cosecha, vuestras maravillosas comodidades, vuestro omnímodo poder es, a la vez, la causa de vuestro miedo.

Yo, igual que esos hombres de los que me hablas en tu carta, sólo poseo recuerdos. Mi único miedo es olvidarlos.

Olvidarte.

 

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2 Pensamientos en Miedo (II)

  1. Fernando dice:

    Efectivamente, cuanto menos botin menos miedo.
    Pessoa dice: “Si quieres poco tendrás todo, si quieres nada, serás libre, si ni tienes ni quieres eres un dios.
    Pero somos un animal politico que vive en sociedad, que nos condiciona y a la que condicionamos. Individualmente se puede renunciar a mucho. Pero el miedo y la codicia de los poderosos nos pueden arrebatar hasta la vida en este planeta.
    Por eso no podemos dedicarnos a la vida contemplativa.

  2. Julio dice:

    …Pero, a los que tenemos tan solo un poquino, nos paraliza el miedo a perder esa ínfima parte del tesoro.
    Y ahora, ¿qué hacer?, ¿hacia donde correr?…

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