Los restos del palacio del pretor romano de la Cirenaica, que comprendía Creta y Libia, siguen impresionando todavía hoy. Al lado de lo que queda de la ciudad de Gortina, apenas algunos visitantes se adentran en ellos.

He rastreado el libro XXI del Manuscrito de Paros en busca de más correspondencia entre Marco y Aurelia. La carta que les reproduzco hoy es un documento que parece ahondar en las convicciones “pacifistas” que Marco profesaba en ese momento de su vida. No sé si ésta carta está escrita antes o después que las que he publicado en días anteriores, pues la cronología es muy difícil de precisar y, en cualquier caso, no puedo establecerla de manera completamente segura. Sin embargo creo que esta carta parece preceder casi inmediatamente a otras que presagian, como veremos, el inminente encuentro de ambos.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 21.5

Aurelia, sé que esta carta va a parecerte más propia de un adolescente que de un hombre maduro como yo, pero no puedo evitar el impulso que me lleva a escribirte como si tuviera que comunicarte una importante noticia, un descubrimiento que me ha estado aguardando desde hace muchos años. Hoy estoy convencido de que hay un lugar en el mundo donde la paz fue posible.

Estoy viviendo en Gortina, la ciudad cretense en que reside la autoridad romana, la capital de nuestra provincia Cirenaica. Desde el imponente edificio del pretor, en el que me alojo, contemplo una fecunda llanura cuajada de olivos y de flores, donde la luz toma una tonalidad que no he visto en ninguna otra parte. Con frecuencia paseo por los alrededores del teatro, contemplo los acueductos que suministran agua a la ciudad, disfruto con el colorido de la multitud que se agolpa cada tarde alrededor de las tiendas de los mercaderes y charlo con gentes deseosas de regalarme historias acaecidas en otros mundos. Ya ves que hago, por fin, lo que siempre me ha gustado hacer.

La tranquilidad es la característica que parece empapar todos los lugares de esta isla amurallada por el mar. Y, sin embargo, una tenue tensión me invadía cada tarde; una sensación de desazón, de íntima tristeza, como si la paz que se desprende de esta tierra estuviera contaminada por algún elemento extraño, ajeno a su naturaleza. Algunas noches, cuando las luces de las antorchas iluminan los patios de la residencia del pretor, algo me obligaba a pasear solo, a oír los lejanos rumores del agua y abstraerme por completo de mi naturaleza de romano, de hijo de un pueblo que ha establecido sus raíces sobre la hoja de una espada.

En una de esas noches, cuando mi pensamiento estaba clavado en tu memoria, creí percibir una especie de revelación, algo que me asaltaba de repente con la prontitud de las cosas evidentes. Sonreí en silencio y bajé mis ojos hacia la tierra, como si hubieses sido tú la que me sugería aquel pensamiento fugaz que, repentinamente, me hizo comprender por qué razón Creta me había parecido hasta entonces un lugar extraño, tocado por el halo de una calma anómala.

Antes de amanecer ya estaba sobre los lomos de un caballo. Cabalgué hacia el norte, hacia el lugar en el que se asentó en algún tiempo remoto el palacio del legendario rey Minos, el laberinto donde Teseo fraguó su inmortalidad y su desgracia. Sólo cuando estuve dentro del recinto me di cuenta de algo que debería haber sabido desde siempre: no hay rastro de ninguna muralla.

Desde entonces he recorrido Creta de lado a lado, y en ninguno de sus restos antiguos, en ninguno de los lugares que fueron gobernados por los monarcas nacidos de los mitos, he podido encontrar vestigio alguno de la guerra: ni murallas, ni representaciones de batallas, ni armas que adornen los vestíbulos o las habitaciones de sus antiguos reyes.

Ahora sé la causa de la desazón que me asaltaba en estas tierras. Creta es la isla de la paz, la prueba irrefutable de que la guerra no ha formado parte de la naturaleza humana desde siempre. Creta es el testigo arruinado de un mundo nacido del vientre de una diosa.

Al regresar a Gortina, rodeado por soldados, armas y murallas, contemplé la silueta del pretorio como si fuera la guarida nocturna de un insaciable violador.

 

Etiquetado en:
 

4 Pensamientos en Creta

  1. Miguel dice:

    Qué bueno saber de lo que fue bueno para que pueda ser de nuevo…
    ¡Enhorabuena por la página!

  2. Fernando Garcia dice:

    Hay un lugar en el mundo en el que es posible la paz. La paz con uno mismo. Solo quien está en paz consigo mismo, puede transmitir paz a los demás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

El rayo y la espada I
Desde la convicción de que los mitos griegos han formado nuestro carácter y han definido nuestro modo de actuar desde hace más de tres mil años [...]
Hijos de Homero
Firmemente convencido de la existencia de una cultura matriarcal en el área egea, cuyos restos visibles más importantes permanecen en la isla de Creta [...]
Hijos de Homero
Bernardo Souvirón realiza un interesante y original recorrido por la antigua Grecia, por sus mitos, su geografía y sus obras capitales [...]

El rayo y la espada

UNA NUEVA MIRADA SOBRE LOS MITOS GRIEGOS