La naturaleza de algunos hombres, especialmente los que se han entregado a la tarea política, propende a la corrupción. Basta con el hecho de que el poder los roce o que las elecciones los santifiquen para que sus ideas, intenciones y deseos, se conviertan en materia, en la seca y mísera materia con que se destruyen todas las ilusiones.

El pueblo parece haberse acostumbrado al diario saqueo al que es sometido por unos políticos rapaces que conciben su actividad como la de un depredador siempre dispuesto a exprimir, hasta la última gota, la sangre de sus presas.

Mas, a pesar de que la actividad política parece atraer a toda una larga lista de rufianes, a pesar de que la corrupción produce repugnancia en la conciencia de cualquier persona honrada y marchita a diario la raíz de todo estado de derecho, hay algo que me parece todavía más grave, más decisivo, que demuestra casi definitivamente el curso final de la historia de una sociedad.

No es fácil definirlo con una sola palabra ni precisarlo con una frase sencilla y certera. Los síntomas son varios y, con demasiada frecuencia, se camuflan con los que producen otras enfermedades de origen político: desencanto, resignación, pesimismo… El pueblo parece entregado, dispuesto, decidido a soportar toda la carga de iniquidad que la casta política le obliga a llevar sobre sus espaldas.

En el punto álgido su enfermedad, la gente común, aquella sobre la que se asienta todo el poder de los estados y de los gobiernos, parece inclinarse a admirar a los políticos corruptos, parece incluso envidiarlos, deslumbrada por la magnitud de sus ganancias, por el descaro de su riqueza y la dimensión de su poder. Entonces, febril como un enfermo incurable, los vota de nuevo, los defiende de los tímidos intentos del estado por poner coto a sus iniquidades y, finalmente, se deja gobernar de nuevo con resignación, pasivamente, por los mismos hombres que no sólo la engañan sin el más mínimo pudor, sino que la despojan, poco a poco, de todo ápice de dignidad.

No es fácil comprender la razón por la que esto sucede. Sin embargo, si cualquiera de nosotros estudia con calma los datos cotidianos, habla con la gente sobre los sucesos que caracterizan su vida diaria, y observa la pasión con que casi todo el pueblo vuelca sus afectos y frustraciones en las actividades privadas de aquellos que se autodefinen como famosos, comprueba rápidamente cómo la capacidad crítica ha sido completamente desactivada por un poder que fomenta, complacido, unos espectáculos públicos masivos basados en la más vergonzosa venalidad.

También es relativamente fácil constatar que la mayor parte de las personas valiosas, íntegras, capaces y sabias huye de la política como de una enfermedad incurable.

Si cualquiera de nosotros reflexiona un momento e intenta interpretar los síntomas que nos permiten identificar la enfermedad que parece haber hecho presa en nuestra sociedad, es muy posible que llegue a esta conclusión: la enfermedad no es desencanto, ni resignación ni pesimismo. La ascensión de los políticos corruptos, su permanencia en el poder, su inmunidad, están basadas en una enfermedad menos perceptible, pero mucho más grave: la estupidez.

Por eso la clase política cultiva con mimo el terreno sobre el que crece la droga de la estupidez.

 

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4 Pensamientos en Estupidez

  1. Fernando Garcia dice:

    Ese es el nudo gordiano. La estupidez fomentada por quienes se venefician de ella.
    Los que te leemos a ti y a otros (García Calvo, Rodriguez San Pedro, etc) estamos convencidos.
    El problema es esa inmemsa mayoría que solo se nutre de TV, emisoras de radio, y cunado lee lo hace en mamotretos de mil páginas, libros de usar y tirar.
    Esos han dado a la derecha más reaccionaria de Europa, un poder como no han tenido desde la dictadura.
    Y encima la culpa es de los políticos. Que bien si desaparecieran ellos y los Partidos, los Sindicatos.
    Me viene a la cabeza un párrafo de Werther de Goethe: “la gente no es buena ni mala, emplean la mayor parte de su tiempo en conseguir sustento, la poca libertad que les queda, darian lo que fuera por perderla”.
    Es el miedo a la libertad, tener que pensar, decidir. Que pereza. Es el framquismo metido en los genes.
    ¿Pero cómo se rompe eso? Gracias por tus reflexiones, son un placer literario e inteletual.

  2. Y gracias a ti por leerlas. Intentaré seguir desarrollando estas ideas en próximos artículos, especialmente en la sección “Ágora”.

  3. Julio dice:

    ¡Estimado profesor!:

    De nuevo, vuelvo a coincidir con usted en gran parte de su artículo. Sin embargo, hay un punto, un matiz que me gustaría considerar.
    Yo soy de pueblo chico y por aquí, eso que usted llama estupidez, también se deja sentir a la hora de las elecciones locales. Nos seguimos preguntando como podemos seguir apoyando masivamente las mismas opciones y a las mismas personas por un tiempo largamente indefinido, a pesar de haber demostrado su ineficacia, mala gestión y un sin fin de despropósitos.
    Pues bien, algunos hemos llegado a la conclusión que esa supuesta “estupidez”, ha sido muy bien fomentada por este tipo de políticos a través de una vieja fórmula que se llama “clienterismo”.

    Revisando los resultados a través del prisma del “clienterismo”, ¿quizás mis paisanos no sean tan estúpidos a la hora de votar?, ya que cada uno, a su manera lo que intenta es arrimar el ascua a su sardina, sin tener en cuenta mas que el bienestar particular, desdeñando la colectividad…
    Y quizás, tal vez, ahí resida una pequeña parte del “éxito” que han alcanzado estos nuevos autoproclamados semi-dioses, es decir, su éxito ha sido “estupidizarnos” (si se me permite este término), potenciando nuestra individualidad, egoísmo y el deseo de acumular “¿tesoros?” materiales.

    Un fuerte abrazo, profesor. Encantado de haberle conocido y con la esperanza de poder saludarle personalmente en algún lugar, en algún momento.

    ¡Salud!

    Julio.

  4. Paulina dice:

    No sé, es muy dificil concentrar lo que está pasando en un solo concepto. Si bien, como dice Julio en el comentario, está claro que en un pueblo chico la gente se mueve por la fórmula del clienterismo, yo te voto si tú me das… y el que más da, más tiene y lo nuevo pues da miedo… simplemente miedo, a las personas, desafortunadamente, no nos gusta la autocrítica, pensar, no sabemos pensar ni queremos, es más fácil que piensen por nosotros, no queremos reconocer que hay generaciones digamos “perdidas”, desafortunadamente mucha incultura, ni ganas de culturizarnos. Esto da como resultado una población conformista y sin criterios propios. Tal vez erróneos, pero própios. La gente solo sabemos hablar de fútbol, que no está mal, pero es fácil, deberiamos ser más exigentes y críticos con nosotros mismos (los ciudadanos también exprimimos, lo que podemos) deberiamos ser doblemente cultos, somos un país, creo, de acomplejados e incultos. No somos sinceros, también somos unas aves rapaces…, por eso la fórmula del clienterismo por ahora no desaparece.
    Señor Bernardo no le conocía, forma parte de mi incultura, pero es una suerte que personas como usted nos hagan reflexionar y pensar. Seguiré leyendo sus artículos, me gustan. Gracias.

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