Ítaca
El libro V del Manuscrito de Paros recoge también parte de la correspondencia entre Marco y Aurelia. Por lo que he podido ver hasta ahora, se trata de las cartas que ambos se escribieron antes de su previsible reencuentro. Hoy les reproduzco la primera de estas últimas cartas, escrita por Marco desde la isla de Corcira, la actual Corfú.
MANUSCRIPTUM PARIUM, 5.1
Ya estoy en el mar Jónico, Aurelia. Poco a poco la distancia se va acortando y los recuerdos se avivan a cada paso que doy hacia la isla de Paros. No sé qué fuerza es la que me impele hacia ti, ni si al llegar por fin al puerto de tu isla (siempre me ha parecido que Paros era tu isla) notaré ese calor interno que percibo siempre en los momentos decisivos.
A mi alrededor oigo ya hablar griego. Sé que es la lengua que amas, la lengua en la que mejor expresas tus sentimientos y tus emociones. En estos últimos días he recordado con placer las conversaciones en las que me decías que la lengua de Homero era capaz de expresar el amor, la pasión y las dudas con la dulzura de una caricia o con la aspereza de una roca. Ahora me complazco en recordarla, en hablarla de nuevo ya cerca de la tierra que hiciste tuya hace tiempo. Aquí, en Grecia, las palabras suenan con una cadencia distinta, con un eco que parece nacer de un mundo presente y ausente a la vez, como si el tiempo no fuera materia absoluta y pudiera ir y venir, avanzar y retroceder con la facilidad con que un arbusto es agitado por vientos contrarios.
No tengo prisa. Avanzo un poco cada día porque deseo acercarme a ti despacio, disfrutando de la sensación que me produce saber que estoy más cerca de mi destino. Perdona, amada Aurelia, el exceso de la palabra, pero sé muy bien que mi destino eres tú. Lo sé desde hace tiempo, pero sólo ahora lo he aceptado. No te asustes: es la verdad, independientemente de lo que nos parezca a los dos. Ahora sé que cumpliré mi destino el día que vuelva a verte.
Estoy en Corcira, la isla que la tradición define como la patria de los feacios, ese pueblo misterioso que acogió al agotado Ulises y lo llevó, por fin, a su patria Ítaca. Sé que tú la conoces, así que no voy a descubrirte su belleza, el verdor de sus bosques y la frescura de sus noches. Sumergido entre las laderas de sus colinas me he sentido igual que en los bosques de Germania o de Britania: rodeado por la sombra, acariciado por el olor de las umbrías de un paraíso.
Ayer estuve todo el día en la playa en que el náufrago Ulises fue rescatado de la muerte por la hermosa Nausícaa, la hija del rey de los feacios. Tumbado sobre sus redondos guijarros no pude evitar sentirme, si me permites esta comparación desproporcionada, como el propio Ulises: náufrago, perdido, abandonado por los dioses. Pero, igual que él, también sentí que todo lo he aprendido en el transcurrir de este viaje; que mi vida es este viaje.
Ahora que he visto el mundo entero sé que hay multitud de cosas sagradas y hermosas, lugares que sobrecogen, hombres de una extremada bondad y mujeres de una belleza casi dolorosa. Mas algo sé sobre todo lo demás: nada más hermoso para un hombre que su propio mundo, el lugar al que, por fin, pertenece.
Ahora sé que tú eres mi mundo, Aurelia. Ahora lo sé de manera definitiva. Mi Ítaca es la isla de Paros, en la que ni siquiera sé si ya me esperas. Tú eres mi Penélope, aunque algunas veces me torturo imaginándote seducida por las promesas de los voraces pretendientes.
Espero que Atenea me ayude, como a Ulises, a recuperar algo más que tu recuerdo.
Un Pensamiento en Ítaca
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— Bernardo Souvirón (@SouvironB) 21 de mayo de 2013







Las lectura de las cartas de Marco a Aurelia, me producen las mismas sensaciones que escuchar los Preludios de Chopin.