murallas micenicas

En Cefalonia, que muy probablemente formaba parte del reino de Ítaca en época micénica, enormes muros micénicos recorren las montañas.

Prosigo mi viaje, Aurelia. He recalado en Ítaca, donde llevo unos cuantos días intentando con todas mis fuerzas llenar mis recuerdos con sus límpidas costas, con sus montes cuajados de árboles y de matorrales olorosos. Me he bañado en sus aguas con tu imagen en mi mente, recordando los días en que nadábamos juntos en las costas de Paros, al otro lado de Grecia.

Por todas partes me parece intuir el reflejo de Ulises, el rey de estas tierras que (cada día lo veo con más claridad) debían de formar parte de un mundo más poderoso que el de Agamenón o Menelao. Donde quiera que miro, Aurelia, los restos del pasado afloran de manera impresionante: murallas gigantescas que recorren montañas, sepulcros imponentes que debieron de guardar los cuerpos de poderosos señores, necrópolis enormes llenas de tumbas.

Contemplando todo este mundo empiezo a comprender la razón que impulsó a Homero a hacer de Ulises el héroe superviviente por naturaleza, capaz de afrontar todas las dificultades y de convertir en simples contrariedades los apuros que detuvieron a otros hombres más fuertes que él: quizá ninguno de los destructores de Troya se vio obligado a abandonar una tierra tan hermosa.

Por eso, ahora que estoy a punto de embarcarme hacia el continente y de emprender el viaje que me hará cruzar toda Grecia en busca del mar Egeo, empiezo a creer que, si los hombres somos capaces de conservar para el futuro las obras de Homero, Ítaca acabará por convertirse en el símbolo de todos los viajes. He visto pocos lugares tan seductores, tan propensos a invadir de nostalgia a todo aquel que lo contempla.

Un pastor que sirve al dueño de la casa en que me alojo me llevó el otro día al lugar en el que, según decía, había estado la casa de Ulises. Me hablaba con un entusiasmo difícil de creer, con una franqueza que me recordó al porquero Eumeo. Es uno de esos hombres que tu llamarías indefinible, en cuyos ojos parece habitar una sabiduría velada y, a la vez, transparente. Me condujo a través de senderos de cabras, entre olivos centenarios que retorcían sus troncos asediados por el griterío de las chicharras. Un exquisito frescor nos envolvía; una paz serena.

Nos sentamos al lado del aprisco en el que guardaba sus cabras y, mientras yo intentaba recuperar el ritmo de mi respiración (y de mis emociones), comenzó a recitar en un griego perfecto algunos versos de Homero. Lo hacía con calma, casi cantando, como si esos versos formaran parte de su naturaleza y brotaran de su boca con la misma naturalidad que la más común de las palabras. Yo miraba alrededor mientras lo escuchaba, contemplando al oeste las costas de la cercana Cefalonia y al este una de las numerosas bahías de Ítaca: los versos de Homero parecían describir con precisión el lugar que contemplaban mis ojos, conformarse al ritmo de los versos, identificarse con cada uno de sus acentos, con su ritmo y con su significado. Tuve la misma sensación que he tenido en esos breves y escasos momentos de mi vida en que he presentido la contemplación de la verdad.

Cuando descendimos de nuevo a la pequeña ciudad en que habito, el pastor se despidió de mí con un gesto, no con palabras. Me pareció ver en sus ojos y en todo su rostro una invitación, una sugerencia, y el calor de sus manos al estrechar las mías todavía perdura en mi recuerdo.

Te escribo esta carta un día antes de embarcarme rumbo al Peloponeso. El deseo de volver a verte se mezcla con otro que no había previsto: contemplar estas tierras contigo, con tus ojos; a través de tus ojos. Mientras tanto, mi Ítaca, el mundo al que pertenezco, mi patria verdadera, comienza a dibujarse con una precisión que a mí mismo me sorprende.

Tú eres mi patria, Aurelia. La Ítaca a la que debo volver después de todo el viaje de mi vida.

 

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