Ítaca (III)

cefalonia sami
Entrada a la acrópolis micénica de Sami, en Cefalonia. En el suelo, una abandonada caja de cervezas sirve de contenedor para el olvidado material arqueológico.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 5.3:

Por fin me acogen, una vez más, las tierras del Peloponeso. Nada mas desembarcar me he dirigido a Olimpia, pues quería pisar de nuevo la ciudad en la que los dos fuimos hace tiempo tan felices. Ayer estuve hasta el anochecer recostado sobre las suaves laderas del estadio, recordando los días en que los dos descubrimos tantas cosas descansando sobre esta misma hierba que, a pesar del sol implacable, resiste verde con una tenacidad casi romana.

Ahora me preparo para regresar a Atenas, en cuyo puerto embarcaré con rumbo hacia ti. Pienso con frecuencia en el pasado, aunque la mayor parte del tiempo me pregunto por los días que me aguardan. Te imagino esperándome en Paros pero, ahora que siento cerca el momento de volver a verte, no estoy seguro de que tus deseos sean los mismos que los míos. Como Ulises, estoy atrapado por la duda, por una duda que siembra en mi corazón mucho más temor que cualquier clase de enemigo.

Cuanto más cerca está el día de nuestro reencuentro más pienso en las incertidumbres que debieron de asaltar a Ulises, y lo imagino consumido por la angustia de no saber si Penélope lo estaba esperando o si, por el contrario, lo habría dado por muerto también en su corazón. Sin ella, sin la certeza de su amor, Ítaca hubiera sido un sueño perdido entre la niebla.

Después de tantas fatigas, de tantas pruebas, de tantos riesgos, después de sufrir la soledad en los desiertos y de conocer el terror en medio de las olas del mar, después de combatir a muerte contra mí mismo para no perder la esperanza, ahora me encuentro solo, convencido de que estoy a punto de emprender la etapa definitiva del viaje de mi vida sin séquito que me acompañe, sin compañeros que remen junto a mí, sin armas con las que defenderme de nadie, pues, al cabo, no hay enemigos acechándome, ni sirenas, ni cíclopes, ni monstruos ni adivinos.

¿Estarás esperándome? ¿Percibiré desde lejos tu presencia en los muelles del puerto de Paros? ¿Notaré tu aliento, tu olor, el eco de tu voz perdida entre el laberinto de lenguas y de cuerpos?

He pasado mi vida entre el polvo de los caminos y el estruendo de las batallas, he visto toda clase de calamidades y he aprendido a sobrevivir después de contemplar las atrocidades que la civilización es capaz de cometer. He conocido los honores, el triunfo, los elogios sinceros y los halagos fingidos; he pasado noches aterido de frío rodeado de gritos incomprensibles y feroces, y he visto mi vida en peligro en infinidad de ocasiones. Mas es ahora cuando me encuentro inerme, infinitamente angustiado, temeroso como nunca no de ser vencido o de morir, sino de haber sido olvidado por una mujer que me amó en un tiempo en el que yo no era capaz de intuir siquiera la importancia de sus besos, de sus gestos, de su presencia.

Releo tus cartas, cada una de tus palabras, e intento ver en ellas la señal inequívoca, la prueba indiscutible. Sé que me esperas, pero ahora, cuando por fin estoy llegando, el miedo me ataca como a un soldado que va a librar su última batalla.

El mismo miedo que robó a Ulises la paz de su regreso.

 

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