Safo

ο]ἱ μὲν ἱππήων στρότον οἱ δὲ πέσδων
οἱ δὲ νάων φαῖσ’ ἐπ[ὶ] γᾶν μέλαι[ν]αν
ἔ]μμεναι κάλλιστον, ἐγὼ δὲ κῆν’ ὅττω
τις ἔραται.
[…]
κε βόλλοιμαν ἔρατόν τε βᾶμα
κἀμάρυχμα λάμπρον ἴδην προσώπω
ἢ τὰ Λύδων ἄρματα καὶ πανόπλοις
πεσδομ]άχεντας.
(Fragmento 16 LP)

Algunos dicen que nada es más hermoso sobre la negra tierra
que una muchedumbre de jinetes o de infantes o de naves;
Mas yo digo que aquel a quien se ama.
[…]
Cómo desearía ver su andar enamorado,
el chispeante brillo de su rostro
antes que los carros de guerra de los lidios
o una muchedumbre de soldados cargados con sus armas.

Estas palabras de Safo, este pequeño fragmento tan alejado del ideal heroico masculino, puede servirnos de introducción al tema que pretendo tratar en este artículo, que no es otro que el de una de las mujeres que, asombrosamente, se asomó al mundo de la literatura escrita y, por alguna razón difícil de explicar, consiguió que su nombre perdurara.

Pues, como mis lectores saben bien, la literatura griega antigua (y toda literatura) está llena de nombres masculinos y casi vacía, por no decir desierta, de nombres de mujeres. Es lógico, pues la sociedad de la Grecia antigua era una sociedad de hombres en la que las mujeres vivían confinadas en sus casas, dedicadas al trabajo doméstico y, sobre todo, a la producción de hijos. Esta situación de confinamiento era esencial para el asentamiento y la supervivencia de la sociedad patriarcal indoeuropea.

Por eso es verdaderamente sorprendente que nos hayan llegado algunos nombres de mujer vinculados a la literatura, especialmente en el siglo VI a. C.: Telesila, Mirtis, Praxila y la beocia Corina, que vivió en el siglo. V. a. C. Mas entre todos esos nombres hay uno que brilla con luz propia, que ha desafiado leyendas y mentiras, prejuicios e, incluso, ataques inicuos y crueles. Me refiero a Safo, la mujer cuyo nombre y el de su patria (la isla de Lesbos) han sido asociados por la tradición a la práctica del amor homosexual entre mujeres. Voy a detenerme un poco en ella.

¿Quién era en realidad Safo? Sólo puedo decir que era una mujer excepcional que, muy probablemente, desafió buena parte de las convenciones de su época. Quizá por eso la tradición, incapaz de terminar con su recuerdo, intentó hacer de ella un ejemplo asumible. Quizá por eso la tradición ha tenido siempre un enorme interés por hacer de ella un modelo asimilable desde el punto de vista masculino, asociándola sin el más mínimo escrúpulo a la figura de Faón, el hombre del que, según cuentan, se enamoró perdidamente. Como él no correspondió a su amor, Safo se suicidó arrojándose al mar desde una roca.

Nunca he creído esa historia. Siempre me ha parecido un invento interesado cuya finalidad era convertir a Safo en una mujer “normal”, tan sujeta a sus pasiones como para ser capaz de suicidarse por un hombre.

En realidad, lo que la tradición histórica ha debatido siempre es si Safo era, como afirma la Suda, una especie de maestra rodeada de alumnas, una mujer “casera y trabajadora” (P. Oxy. 2506, fr. 48) o, incluso, como se ha dicho con frecuencia, una especie de madame al frente de un grupo de hermosas cortesanas que no sólo se entregaban al placer heterosexual (pagado) con los hombres sino que, en sus ratos libres, no rehuían los placeres homosexuales entre ellas. Ésta opinión, groseramente malvada, está basada en algunos fragmentos de la propia poetisa, como el que reproduzco a continuación. A mi juicio se trata de algunos de los versos más hermosos que se han escrito en griego y, si no me equivoco, de la primera descripción de los síntomas físicos que produce el amor. Safo parece despedirse de una mujer con la que ha mantenido una relación íntima. La razón de la despedida que es la boda de su amiga.

Igual que los dioses me parece ese hombre
que está sentado frente a ti y cautivo te escucha
mientras le hablas con dulzura y le sonríes llena de deseo.
Y eso me ha desmayado el corazón en el pecho:
pues si te miro un solo instante
entonces no puedo, aunque hable, pronunciar ni una palabra;
mi lengua, así callada, se quiebra
y, de repente, debajo de mi piel, un tenue fuego me recorre;
nada veo con mis ojos, mis oídos zumban,
un helado sudor me envuelve, un temblor entera me sacude;
y estoy pálida, más que la hierba.
Siento que me falta poco para quedarme muerta.

(Fragmento 31 LP)

Versos como estos han ligado a Safo para siempre a la práctica del amor homosexual y han llenado su biografía de rasgos negativos. Sin embargo, el “morbo” que esta extraordinaria mujer ha despertado entre sus jueces masculinos no ha conseguido distorsionar irremediablemente su recuerdo.

Safo de Mitilene

Busto de la poetisa Safo de Mitilene. Museo Arqueológico de Estambul. Esmirna. Copia romana de una escultura perteneciente al Período Helenístico. Invt. 358 T Cat. Mendel 626. Dedicada a Luz Elena.

En efecto, la figura de Safo siempre ha estado teñida por colores completamente opuestos. De un lado, fue una mujer apreciada, al menos, por lo que podríamos llamar la comunidad intelectual de Mitilene, capital de la isla de Lesbos, tal como parece desprenderse de un comentario conservado en el P. Colon 5860 (que cita a Calias, un gramático mitilenio del siglo III a. C.). En él se nos dice que solía educar a las jóvenes procedentes de la nobleza de Lesbos y de toda Jonia en general, y que profesaba un auténtico culto a la areté o “virtud”.

Sin embargo, frente a este tipo de informaciones positivas (más bien escasas) aparecen otras de tinte claramente negativo, que finalmente calaron en toda la tradición posterior. Así, por ejemplo, una biografía (conservada en el P. Oxy. 1800, fr. 1) dice que “es acusada por algunos de depravada y amante de mujeres”. Las luces y las sombras adornaron desde el principio el recuerdo de Safo, aunque éstas últimas se fueron alargando cada vez más.

Algunos autores antiguos, como el gramático Dídimo, llegaron a preguntarse sin rubor si Safo había sido simplemente una prostituta, tal y como ha recogido Séneca en una de sus Epístolas (88.37). En esta misma epístola el autor cordobés afirma, de paso, que Dídimo se planteaba también “si Anacreonte (otro poeta lírico, aunque posterior) vivió entregado más a la voluptuosidad que a la bebida”, lo que desgraciadamente parece indicarnos que la costumbre de hurgar en la vida privada de los demás, especialmente si son famosos, tenía ya en la Antigüedad algunos partidarios. De tales individuos, tan presentes en todos los medios de comunicación de nuestro tiempo,  el propio Séneca llega a decir, con la ironía que le caracterizaba, que “nunca aprenden lo necesario por haber aprendido lo superfluo”.

Cuando el cristianismo comenzó a tener influencia oficial en la vida pública, las insinuaciones se trocaron en ataques, hasta el punto que un tal Ninfodoro  afirmaba (en Ateneo 596 F), tratando de hacer equilibrios, que había dos Safos en realidad: una, la poeta, nacida en la ciudad de Mitilene y otra, la prostituta, nacida en Éfeso. En fin, hasta Wilamowitz, el gran filólogo alemán, llegó a decir que era la severa regente de un pensionado de señoritas.

Personalmente, estoy de acuerdo con Máximo de Tiro (hombre del siglo II d. C.) cuando compara a Safo con Sócrates desde el punto de vista pedagógico. Y la comparación la establece de una manera simple y contundente: la pedagogía de Safo está dirigida a las mujeres; la de Sócrates a los hombres.

El delito de Safo es haber sido acusada por la tradición de ser homosexual, una acusación completamente extraña para cualquier griega o griego antiguos. El amor sáfico (o lésbico) es probablemente el amor más puro que pueda imaginarse, pues se planteaba fuera del contexto reglado de la sociedad, fuera del matrimonio.

El amor, desde luego, no formaba parte del universo de razones que inducen a un matrimonio. Por el contrario, el hecho de “ser casadas” (el verbo siempre aparece en pasiva en griego cuando el sujeto es la mujer) equivalía para la mayoría de las mujeres a ser abandonadas en un territorio hostil en el que el hombre, el marido, era un verdadero enemigo armado legalmente hasta los dientes. Y en ese territorio las reglas claves para una mujer tenían que ver con la supervivencia, no con los sentimientos. Las mujeres sobrevivieron en ese territorio hostil, igual que sobrevive un soldado dentro de las líneas del enemigo.

En una sociedad así, si una mujer deseaba amor, amor simplemente, no contaminado, puro, debía buscarlo fuera del matrimonio y, por lo tanto, lejos de los hombres. Debía buscarlo en otra mujer y acostumbrarse a vivir en dos mundos radicalmente diferentes pero forzosamente compatibles. Safo podía amar a otra mujer que formara parte de su grupo y, a la vez, mantener una vida familiar y un matrimonio, pues se trataba de universos completamente diferentes que sólo ocasionalmente establecían puntos de contacto. Safo estuvo casada con Cércilas de Andros, tuvo una hija de nombre Cleis y, a la vez, amó intensamente a las mujeres de su círculo y criticó a rivales como Andrómeda y Gorgo, que debían de dirigir otros grupos de muchachas parecidos al suyo.

La Grecia antigua era otro mundo, muy distinto del nuestro, sin el filtro de una religión (y de una cultura) que habría de condenar cualquier conducta homosexual como una práctica aberrante o, incluso, como una enfermedad.

Quizá el lector entienda mejor ahora los versos que ya ha leído al comienzo de este artículo o el que le propongo a continuación:

Estrella del ocaso, que recoges todo cuanto dispersó
la Aurora clara;
recoges a la oveja,
recoges a la cabra.
Mas de su madre a la hija separas.

(Fragmento 104a LP)

O este fragmento bellísimo, de una sensibilidad exquisita y atemporal:

οἶον τὸ γλυκύμαλον ἐρεύθεται ἄκρωι ἐπ’ ὔσδωι,
ἄκρον ἐπ’ ἀκροτάτωι, λελάθοντο δὲ μαλοδρόπηες·
οὐ μὰν ἐκλελάθοντ’, ἀλλ’ οὐκ ἐδυναντ’ ἐπίκεσθαι.

Como la manzana que, roja, se empina en la alta rama,
en lo alto de la más alta rama. Los cosecheros la olvidaron.
No, no la olvidaron. No pudieron alcanzarla.

(Fragmento 105a LP)

Y, finalmente, este último fragmento, melancólico, recuerdo de la juventud perdida para siempre:

παρθενία παρθενία ποῖ με λίποισ’ ἀποίχηι;
οὐκέτι ἤξω πρὸς σέ, οὐκέτι ἤξω.

- Virginidad, Virginidad. ¿Adónde te has ido, abandonándome?
- Ya nunca volveré a ti, nunca volveré.

 

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4 Pensamientos en Safo de Mitilene

  1. Fernando dice:

    Bellisimo y didáctico. Como este es un lugar de encuentro, sugiero para quien tenga interés en profundizar, en como las tres religiones del Libro matan a la Mujer, mediante el Matrimonio y la Maternidad, un libro.
    Tratado de Ateologia. Autor Michel Onfray. Editorial Anagrama.

  2. Miguel dice:

    Gracias… Leo los versos y no hay distancia…

  3. Juan Luis dice:

    Maravilloso artículo: didáctico, sugerente, lúcido, bello… Arte con las palabras.

  4. Marilu Caldera dice:

    Muy bueno, mi hija tiene exposición de Safo y Anacreonte y esto me ha ayudado a entender mejor para poder ayudarla. En forma didáctica.

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