Buceador

tumba tuffatore

Aurelia emprendió un último viaje a Italia después de su reencuentro con Marco. Probablemente trataba de poner en orden algunas cosas para no tener que volver a salir de Paros. En esta carta, camino quizá del puerto de Brindisi, nos habla de unas pinturas que, milagrosamente, han llegado hasta nosotros. Todavía pueden verse en el museo de Paestum.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 3.3

El camino desde Nápoles hacia el sur serpentea entre árboles frutales y flores silvestres, flanqueado por el mar y dominado por la presencia imponente del Vesubio. Todo parece pleno, fresco, como si la primavera estuviese aliada con las demás estaciones y una tregua suave y cálida presidiera el paso del tiempo. La paz parece amiga de esta tierra.

Sé que es una fantasía, Marco. Sé que la paz es un sueño, un deseo que nunca parece estar dispuesto a realizarse. Sin embargo, ahora que, lejos de mi casa de Paros, vuelvo a reencontrarme con Italia, siento una sensación de paz profunda, como si la contemplación de algunos de los restos del pasado me hubiera proporcionado una pequeña dosis de inmortalidad.

He intentado caminar con tus pasos, ver con tus ojos, imaginar mi casa habitada sólo por ti. Disfruto con calma sabiendo que, quizá por primera vez, estás haciendo lo que yo he hecho durante buena parte de mi vida: esperar. Ahora eres tú quien espera mi regreso, y sonrío al imaginarte echándome de menos.

Caminando a través de estas ciudades del sur veo más claramente que nunca lo grande que es Grecia, Marco. Estoy en Italia, pero es Grecia la que asoma en cada etapa del camino: Cumas,  Nápoles, Posidonia, Tarento, Regio… Toda esta tierra habla griego. Me recreo en la contemplación de los templos antiguos, de las avenidas, de los restos diseminados del alma griega. No sé por qué, pero me conmueven cada vez más los cementerios, esos lugares cargados de recuerdos, poblados por rostros que, igual que los nuestros, fueron queridos, acariciados, besados en otro tiempo.

Mas de todo lo que he visto, una cosa me ha impresionado especialmente, Marco: un dibujo sobre una tumba de Paestum. No sé muy bien lo que representa, pero da la impresión de que es un hombre que bucea en aguas tranquilas, flanqueado por algunas plantas marinas y por lo que parecen unas columnas, los restos de un edificio sumergido, igual que él. Sin darme cuenta imaginé que el pintor de esa tumba había querido simbolizar el tránsito de un mundo a otro, de una vida a otra. Un tránsito suave, casi placentero, como la sensación que un buceador siente al deslizarse por el suave universo de las aguas, dispuesto a sentir sobre su piel la caricia de lo desconocido. Nunca he contemplado una representación más sencilla, más conmovedora de la muerte.

Cuando me llegue la hora, amado Marco, quiero sentirme como el buceador de Paestum: ingrávida, flotando entre las aguas tranquilas de un mundo acogedor. Quiero descansar en ellas de todo el sufrimiento que, más allá, enturbia el dulce aliento de nuestro mundo.

 

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