C. P. Cavafis y el siglo XXI

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Constantinos Petros Cavafis es uno de esos griegos nacidos fuera de Grecia, en una ciudad griega situada lejos de Grecia. Sus padres procedían de otra ciudad griega que había dejado de serlo (Bizancio, Constantinopla, Estambul), de manera que por sus venas corría sangre griega cosmopolita.

Cuando corrían los años centrales del siglo XIX, la familia del poeta se instaló en Alejandría, donde había de nacer Constantinos el 29 de abril del año 1863. El niño Cavafis recibió una esmerada educación inglesa, de forma que el inglés se convirtió en su segunda lengua (si no en la primera, como sostienen algunos especialistas en su obra) y en inglés hizo sus primeros experimentos poéticos.

En los versos de Cavafis habita una belleza extraña, nacida de la cohabitación de varios mundos. De entre todos ellos, el mundo antiguo, el mundo de la antigua Grecia, prevalece, concediendo a la poesía de Cavafis un tono inmortal, un aura atemporal que sobrevuela con simplicidad espartana casi cada uno de sus versos. Confieso que esa mezcla de mundos, ese transitar entre la Ítaca de Ulises y las Ítacas de cada uno de nosotros ha sido lo que me ha mantenido fiel a este poeta, en cuyos versos he encontrado, a lo largo de muchas lecturas, a lo largo de muchos años,  la sensación de hallarme a las puertas de varios mundos reunidos en uno solo.

Si alguien tiene el mérito, la rara habilidad, de encontrar en el mundo antiguo los ejemplos que se repiten en nuestros días, de dotar a sus versos del don de la eterna vigencia, ese es Cavafis.

Ésta es la razón de este artículo. Al releer los versos de Cavafis en estos días, de nuevo he sentido esa sensación de eternidad a la que aludía hace un momento. De nuevo he sentido que sus palabras, escritas hace tiempo para describir sentimientos de otro tiempo, se llenaban de un significado que puede aplicarse no sólo a nuestra época, sino a estos días aciagos en los que toda Europa parece estar empeñada en desvanecerse.

Hace unos días tuve que pronunciar unas palabras en el acto de graduación de los alumnos de bachillerato del Instituto en el que trabajo. El día anterior, sin saber todavía el tono que debía dar a mi intervención, me puse a hojear un libro que contiene los versos de Cavafis. Enseguida tuve delante algunos poemas que, de nuevo, como tantas otras veces, parecían interpretar certeramente, como un oráculo, los sentimientos que, en ese momento, quería transmitir a los jóvenes ante quienes debía hablar. Cuando llegó mi turno, no pude evitar leer, entre las palabras obligadas en un acto solemne, pero alegre, como ése, este poema llamado Murallas:

Sin miramiento, sin pudor, sin lástima
altas, sólidas murallas han levantado a mi alrededor.

Y ahora, aquí estoy, quieto, desesperado.
No puedo pensar en otra cosa: este destino me devora el alma;

porque yo tenía muchos proyectos que realizar ahí, afuera.
¡Ay, cómo no me di cuenta cuando levantaban las murallas!

Mas nunca oí ruido, nunca oí las voces de los albañiles.
Sin que me diera cuenta me han encerrado fuera del mundo.

En medio de invocaciones a la suerte y de palabras que hacían alusión al esfuerzo, a la difícil situación que los espera, deslicé estos versos de Cavafis con la esperanza de que sus ecos perduraran en la memoria de alguno de esos alumnos que me escuchaban en silencio, algo extrañados por el tono, algo sombrío, de ese griego “moderno” nacido en la ciudad de Alejandro.

Sólo leí ese poema. Sin embargo, la tarde anterior leí otros que me parecieron extrañamente vigentes, como si su autor hubiera estado contemplando desde alguna atalaya anclada sobre el tiempo los días de nuestro presente. Uno de ellos, tan a la manera de Cavafis, titulado Los sabios, lo que se avecina, está precedido de una cita de Filóstrato:

Porque los dioses perciben el futuro,
los hombres el presente, y los sabios
lo que se avecina.

(Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, 8.7)

Los hombres conocen el presente.
El futuro lo conocen los dioses,
los plenos, los únicos que poseen todas las luces.
Mas, del futuro, los sabios perciben
lo que se avecina.
Su oído, algunas veces, se alarma
en las horas de hondas reflexiones.
Les llega el clamor secreto
de sucesos que se acercan.
Y los sabios, respetuosos, les prestan atención.
Mientras, en la calle, ahí fuera,
la gente no oye nada.

Finalmente, otro poema que puede ser leído con la misma fuerza, con la misma vigencia (o mayor) que el día en que fue escrito. Su título es Esperando a los bárbaros:

-¿A qué esperamos, congregados en la plaza?
Es que hoy llegan los bárbaros.
-¿Por qué no hay apenas actividad en el Senado?
¿Por qué los senadores permanecen sentados y no legislan?
Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué clase de leyes podrían dictar ya los senadores?
Los bárbaros las dictarán cuando lleguen.

-¿Por qué el emperador ha madrugado tanto
y está sentado en su trono, solemne y coronado,
en la puerta principal de la ciudad?
Porque hoy llegan los bárbaros.
Nuestro emperador espera
para recibir a su jefe.
Para él ha preparado un pergamino
en cuyas líneas le ha otorgado
honores, innumerables títulos.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores
han salido hoy con sus togas adornadas con púrpura?
¿Por qué llevan esos brazaletes de tantas amatistas
y anillos de rutilantes esmeraldas?
¿Por qué empuñan hoy preciosos báculos
maravillosamente labrados en plata y oro?
Porque hoy llegan los bárbaros
y tales espectáculos deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué los brillantes oradores no acuden, como siempre,
a declamar sus discursos o lanzar sus soflamas?
Porque hoy llegan los bárbaros,
y la oratoria y los discursos aburren a los bárbaros.

-¿Por qué nace de pronto esa inquietud,
esa confusión? (¡Graves los rostros se han tornado!)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos vuelven a sus casas cabizbajos?
Porque ya es de noche y los bárbaros no llegan.
Y desde las fronteras ha venido gente
afirmando que los bárbaros no existen.

Y ahora, ya sin bárbaros, ¿qué será de nosotros?
Los bárbaros, al cabo, eran una solución.

 

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1 comentario

  1. No hacía falta ser un sabio para saber lo que se avecinaba, bastaba con no ser un estúpido.
    Los barbaros ya están aquí, y no son la solución, son el problema.