Eclipse

Eclipse

El libro XII del Manuscrito de Paros está dedicado a temas religiosos. A través de textos de autores diversos, realiza un verdadero estudio comparado que comienza con una reflexión sobre el comportamiento del  clero de Egipto. Aunque el texto, fragmentario, no lo menciona, parece hacer referencia a los sucesos acaecidos durante el reinado de Akenatón (1353-1336 a. C.).

MANUSCRIPTUM PARIUM, 12.6

Los astrónomos del templo habían previsto un eclipse de sol. Era una información reservada, al alcance sólo de los sacerdotes de Amón. Habían dedicado mucho tiempo a calcular exactamente el día y la hora en que sucedería ese fenómeno extraño que, por unos minutos, desvanecería la luz del sol, oculta tras el cuerpo de la luna.

Corrían malos tiempos para el clero: tres años de una sequía que había impedido las necesarias crecidas del Nilo; tres años de gobierno de un faraón extraño que tenía fijada su atención en la pobreza del pueblo, agonizante junto a una tierra que no había recibido el regalo de los limos del río; tres años de una política de separación cada vez mayor entre el Estado y los cultos tradicionales, caracterizada por un ataque frontal a ritos firmemente asentados a lo largo de los siglos.

En un alarde de arrogancia, el faraón había ordenado que parte de los bienes y posesiones del clero fuera repartida entre la población empobrecida. Las reservas de los templos, las cosechas de sus campos, los beneficios de sus escuelas y los ingresos que generaba la explotación de las numerosas redes comerciales controladas por la poderosa casta sacerdotal de Amón, corrían así el riesgo de ser confiscados por el gobierno de aquel faraón insignificante, que había llegado al poder por accidente.

Cuando los más altos representantes del clero se reunieron, sus caras delataban tensión y recelo. Sobre una tarima, en torno a una mesa de madera, la cúpula sacerdotal decidió, con los rostros afilados por la luz de las antorchas, demostrar a aquel faraón advenedizo y confiado cuán grande era todavía su poder.

Todo el pueblo fue convocado en las explanadas de los templos con el pretexto de cumplir las órdenes del faraón y repartir entre la población parte de los bienes que se encerraban en sus sótanos. Era una mañana soleada, sin nubes en el cielo, con el aire preñado de luz. Nada hacía presagiar que el sol pudiera ocultarse; nada que la oscuridad invadiera la tierra muchas horas antes de la llegada de la noche. Sólo los sacerdotes sabían que aquella era la mañana del eclipse.

Minutos antes de que la posición de la luna comenzara a ocultar la luz del sol, los sacerdotes hablaron a las multitudes. Gritaron que Amón era mucho más poderoso que el faraón; que las riquezas de los templos pertenecían al dios, y no al soberano ilegítimo, que el dios estaba profundamente irritado y dispuesto a castigar duramente a Egipto.

Entonces el sol comenzó a empequeñecerse, y una sombra amenazante y fría heló de miedo la mirada del pueblo del Nilo.

Mas los sacerdotes sabían que aquella oscuridad era efímera, y antes de que el sol volviera a lucir de nuevo, aullaron que Amón era misericordioso: si el pueblo abandonaba los templos sin tomar ni uno solo de sus tesoros, si todos comprendían que el faraón era el único responsable de los males que agobiaban al país, entonces el dios ordenaría al astro que, de nuevo, calentara las tierras y las almas.

Los rayos del sol, nacido de nuevo, alumbraron los rostros crispados de la multitud que, iluminada también por la bondad del clero, comenzó a clamar contra el faraón hereje.

 

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