Listas

Cada facción de las que han de entrar en campaña electoral prepara las listas de sus candidatos. En la sombra, reunidos en velados antros rodeados de silencio, los aspirantes a candidatos ofrecen a sus jefes todo un catálogo de sumisiones: obediencia, sometimiento, lealtad, memoria…

Los jefes reciben a los aspirantes sentados en sus sillas labradas, contemplando a quienes se postulan para ser incluidos en las listas como se contempla a un animal inferior, a un ser dependiente; a un pequeño eslabón, molesto pero necesario, de la cadena del poder político. Escuchan con el gesto inexpresivo de las estatuas, y ponen sobre la mesa las condiciones que el aspirante a candidato ha de cumplir y las reglas que ha de respetar para poder ser incluido en las listas: toda la larga serie de servicios que habrá de prestar a la facción y a sus jefes.

Los aspirantes inclinan la cabeza, asienten con presteza a cada indicación de sus jefes, y exponen sin rubor la lista de sus méritos: los favores ofrecidos, los logros conseguidos, las virtudes que adornan su trayectoria al servicio de la facción. Es casi un rito, una ceremonia que no se oficia en los templos, ni en el foro, ni en los lugares que el pueblo frecuenta, sino en rincones rodeados por la oscuridad que envuelve los actos infames.

Poco a poco el pueblo, que habrá de ratificar con sus votos las listas de cada facción, va conociendo sus nombres. Despacio, como las gotas que resbalan de la junta de una tubería, su identidad va haciéndose pública; los nombres, los rostros, van apareciendo ante el pueblo con el mismo cálculo con que el autor de una obra de teatro va presentando a sus personajes, despacio, sin desvelar del todo la trama, buscando el efecto cautivador que la sorpresa tiene entre el público que contempla la representación.

Sin apenas inquietarse, ocupado permanentemente en sus tareas cotidianas, el pueblo permanece al margen, sin tener la más mínima influencia en la elaboración de las listas electorales ni en la presentación de unos candidatos que nunca habrán de rendir cuentas ante él, sino ante su facción. Sin saberlo, sin comprender del todo la trama en la que está atrapado, el pueblo cree que, el día de los comicios, tendrá en sus manos los resortes del poder.

Adormecido por los ecos de las campañas electorales, seducido por las promesas de libertad, educación, cultura, obras públicas, subvenciones y otras muchas palabras evocadoras, el pueblo ignora que los comicios son sólo una coartada, un trámite necesario para ratificar, sancionar y bendecir las decisiones que los partidos toman a sus espaldas.

En  los oscuros antros en que se elaboran las listas de los candidatos, también se construye la política que éstos habrán de seguir una vez que hayan sido ratificados por los votos del pueblo. Consumada la elección, sancionado el nombramiento, los jefes de las facciones comenzarán a exigir a los candidatos elegidos el pago por los favores concedidos.

Un pago que siempre sufraga el pueblo.

 

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1 comentario

  1. Lección magistral sobre las listas cerradas, posiblemente abiertas serian parecidas. Gracias por sus reflexiones.
    Salud!os.