Biografía

Bernardo Souvirón
Junto a la muralla de Troya

Nací en Córdoba, en el lejano año de 1953. Mis recuerdos de Córdoba están vinculados con algunas imágenes del patio de la casa de mis padres y con un chivo negro que me acompañaba en mi deambular por los pasillos de aquella casa. Apenas recuerdo nada más ni de mi casa ni de la ciudad, pues la prematura y repentina muerte de mi padre convenció a mi madre de que debíamos (ella, mi hermana y yo) instalarnos en Madrid, ciudad a la que llegamos cuando apenas tenía cinco años.

Eran tiempos difíciles para una viuda joven y sola que apenas contaba con los ingresos que provenían de la pensión de viudedad de mi padre, militar de profesión. Sin embargo, convencida como estaba de que debíamos estudiar a toda costa, decidió matricularnos en el Colegio de Huérfanos de Oficiales del Ejército (CHOE), donde ambos permanecimos internos nueve años, el tiempo que por entonces se tardaba en estudiar el llamado preparatorio y el bachillerato.

Ahora, tantos años después, recuerdo los internados militares como un sueño difuso en el que se mezclan tristezas y alegrías, imágenes sobre las que mi memoria ha tejido un velo de agradecimiento y cariño. Igual que con los hechos históricos, he aprendido a juzgar las muchas privaciones de entonces en el contexto del momento que las produjo, y creo haber conseguido valorar justamente todo lo que aprendí entre los muros húmedos, aparentemente hostiles, de aquellos colegios militares.

Entre clases, estudios, rezos, castigos y amores apenas inventados, empecé a tocar el bajo con una guitarra española. Le quité dos cuerdas, para que su aspecto se pareciera al del instrumento que me fascinaba. Allí formé mi primer grupo de música y, en el interior de una caja de zapatos, hice, con la ayuda inestimable de un colega al que llamábamos (no sin razón) Galeno, mi primer amplificador. Es verdad que sólo amplificaba ruidos, pero tenía un sonido que, en mi imaginación al menos, se acercaba al de una guitarra eléctrica.

A los 18 años, cuando las puertas de la universidad estaban a mi alcance, ocurrió algo decisivo. Era verano, y la Escuela de Ingenieros Navales (ya por entonces los barcos me fascinaban) me esperaba en octubre. Escogí algunos libros de la estantería que mi madre había ido llenando poco a poco para leer en los ratos libres de aquel verano, preludio de mi primer curso lejos del CHOE. Uno de ellos era la Ilíada, en la edición de Clásicos Vergara. La suerte quiso que la traducción fuera de Luis Segalá, quizá la más clásica de todas las traducciones de Homero al español. Desde el primer momento quedé fascinado por los versos, el ritmo, las palabras de aquel poeta tan antiguo, padre de toda la literatura occidental. Enseguida noté en mi interior el cosquilleo de los sucesos determinantes. Abandoné la Escuela de Ingenieros Navales y me matriculé en la que entonces se llamaba Facultad de Filosofía y Letras. Creo que mi madre ya me lo ha perdonado.

Desde entonces hasta hoy no he dejado nunca de convivir con la antigua (y la moderna) Grecia. Con 21 años conseguí viajar hasta Atenas (entonces era harto difícil) en un barco turco que, milagrosamente, hacía escala en el Pireo. Dormí absolutamente conmocionado al abrigo de un olivo, en los Propíleos de la Acrópolis, con la imagen del Partenón iluminada por una luna que parecía encender con sus haces de luz hasta el último recodo de mis sueños. Aquella lejana noche supe que me encontraba en la tierra de mis padres. Nunca he dejado de tener esa sensación cada vez que he pisado, tantas veces ya, la tierra de Grecia.

Creo que he recorrido ya parte del camino. He publicado artículos, libros, he dado innumerables clases en Universidades e Institutos, he colaborado en diferentes medios de información (especialmente de las manos de Manolo HH en los programas de RNE De la noche al día y La noche menos pensada, y de José Luis Balbín en su revista La clave), me he sentido querido por mis alumnos y, según creo, he conseguido el respeto de los que fueron mis maestros. Grecia me ha dado un hermoso pretexto para llenar muchas horas de mi vida y me ha ayudado a ser mejor persona de lo que nunca soñé ser.

En estos tiempos en que se habla de la deuda de Grecia, en que se trata a los griegos como al enfermo de Europa y se insiste cada día en la inminencia de su quiebra, me siento avergonzado. Creo que soy yo el que no podrá nunca pagar a Grecia todo lo que me ha dado. Creo que somos todos nosotros los que debemos a Grecia más de lo que nunca podremos pagar. Aunque, ciertamente, la deuda que hemos contraído con la antigua Hélade no puede cotizarse en los mercados, ni puede ser calificada por alguna de las Agencias dedicadas a borrar de nuestra memoria todo rastro que no sea el del dinero. Grecia nunca ha quebrado.

Mi deuda, nuestra deuda con Grecia, sólo puede valorarse en el intangible libro del conocimiento histórico.

 

 


Atenea

Ilíada de Homero

Éstas son las primeras líneas de la literatura occidental: los primeros siete versos de la Ilíada de Homero.