La amenaza de la democracia (V)

“La clase de ataque que Europa ha empezado a sufrir desde hace unos años es muy difícil de parar. No tenemos la suerte de poder mirar a los ojos de nuestro enemigo y combatirlo de frente. Es un ataque que tiene que ver con las leyes de la Historia y se dirige contra la democracia y la educación.”

Con estas palabras finalizaba el anterior artículo de esta serie. Cuando terminé de escribir ese artículo, corría el mes de febrero. Conscientemente he dejado que pasara el tiempo antes de afrontar la tarea de escribir el que ha de ser el último artículo de esta serie. En estos tres meses transcurridos han sucedido muchas cosas: la celebración de elecciones generales en España (con el triunfo por mayoría absoluta del Partido Popular) y en Grecia (con un resultado complejo que ha impedido la formación de un gobierno), la consolidación de un modelo de política económica basado en el ataque frontal al llamado estado del bienestar, el empobrecimiento creciente de amplias capas de la población en los llamados países periféricos (los PIGS, según la insultante terminología de los analistas económicos) y, sobre todo, la generalización de un desánimo creciente, producido por el convencimiento de que los responsables de una situación de crisis generalizada, mas allá de la económica, no sólo no están haciendo frente a sus responsabilidades, sino que están desviando tal responsabilidad sobre millones de ciudadanos que, atónitos, no saben cómo escapar del huracán que amenaza con dejarlos en  la calle.

El ataque que está sufriendo Europa, decía, “es muy difícil de parar” porque “tiene que ver con las leyes de la Historia y se dirige contra la democracia y la educación”. Veamos.

EL ATAQUE A LA EDUCACIÓN

En términos generales, el ataque que los gobiernos de los últimos años han perpetrado contra la educación lo he analizado en el capítulo II de esta serie. En España todo estudio humanístico, en el sentido literal, ha sido claramente excluido de las líneas maestras del sistema educativo. Desde hace años, el cinismo de los políticos que nos dirigen parece haberse hecho más ladino, si cabe, en asuntos de educación. Siempre, los responsables del PSOE o del PP se han llenado la boca con frases hechas del tipo “invertir en educación es invertir en el futuro”, “la inversión en educación aumenta cada año”, “los jóvenes son el futuro”, etc.

Frases huecas que contrastan con la realidad: en mis más de treinta años como profesor no he visto más que un deterioro sistemático del sistema educativo. Un deterioro de la calidad medida en términos “humanos”, no en términos estadísticos. Ese deterioro puede analizarse, pues está basado en la misma ideología que ha desplazado sistemáticamente la concepción humanística de la educación para sustituirla por otra, basada en algo que en los artículos anteriores llamé “las nuevas humanidades”, atentas a la estadística, a las cifras y a las comparaciones absolutas más que a la calidad y la excelencia. Hay sin duda más profesores que antaño, más institutos, más aulas. Y, sin embargo, los estudiantes actuales, en contra de lo que se dice demagógicamente, están peor preparados que nunca. Saben menos, en una palabra. ¿Por qué?

La respuesta es relativamente sencilla: se ha sacrificado la calidad en nombre de la cantidad. Y se ha hecho en todos los aspectos: más alumnos, peor preparados. Más profesores, peor preparados. Más edificios, peor dotados. El resultado de esta práctica produce un efecto que agrada a nuestros dirigentes: una estadística decente basada en una realidad humanamente indecente.

Desde la entrada en vigor de las últimas leyes que rigen el sistema educativo no universitario (la LODE, la LOGSE y su epítome, la LOE, todas ellas promulgadas por el PSOE), los antiguos Institutos de Bachillerato han vivido (y están viviendo) una lenta y dolorosa agonía. No es éste el lugar para explicar en detalle las causas que justifican y explican tal agonía, pero creo que están en la mente de buena parte de mis lectores. Quizá me anime a explicarlo pormenorizadamente en un artículo próximo.

El hecho es que la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años, de manera universal, sin ninguna contrapartida por parte del alumno, ha distorsionado gravísimamente la vida de los centros educativos que, poco a poco, con la coartada de una jerga pedagógica y psicológica ad hoc, se han ido convirtiendo en auténticas guarderías de adolescentes en las que lo prioritario, lo más importante, no es la transmisión del conocimiento y el desarrollo práctico de mecanismos intelectuales que hagan que cada alumno desarrolle plenamente todas sus capacidades.

Y en un contexto como éste, en el que los conocimientos (y la exigencia de los mismos) se han visto relegados por otros conceptos como los “procedimientos” y las “actitudes”, el profesorado ha cambiado notablemente. Desde mediados de los años ochenta se han ido instaurando sistemas de selección que han culminado con una especie de parodia de lo que eran antes una oposición o un concurso-oposición. Una verdadera parodia en la que ni siquiera se exige un ejercicio práctico a quien pretende convertirse en profesor. Lo sé muy bien, pues yo mismo he tenido que formar parte de esos tribunales que seleccionan a los nuevos profesores. El resultado es fácil de constatar: el nivel de los profesores se ha deteriorado al mismo ritmo que el de los alumnos.

Todo el sistema se ha degradado, y los profesores no son una excepción. Se han puesto al nivel de sus alumnos.

Sin embargo, para la mayor parte de nuestros dirigentes (y de nuestros conciudadanos) el sistema va mejor. Es difícil explicar esto pero creo que, en realidad, toda nuestra sociedad está sufriendo lo que Sócrates llamaría un error de perspectiva. Un error basado en el hecho de que, en consecuencia con el destierro de la concepción humanística de la educación y de la sociedad, lo que importa no es la perspectiva humana, sino la perspectiva de las cifras.

En efecto, la implantación de las nuevas leyes educativas, la puesta en funcionamiento de sistemas de evaluación pintorescos (que permiten promocionar de curso a alumnos que no han aprobado el anterior), el acceso a los cuerpos de profesores de profesionales que jamás han demostrado su nivel de conocimientos y, como decía, el destierro de las humanidades y de la concepción humanística de todo ámbito educativo, ha empezado a producir los efectos que, desde hace tiempo, algunos de nosotros nos temíamos.

Uno de esos efectos, quizá el más dañino de todos, es que el ser humano ha sido desplazado del centro de nuestras concepciones. Por decirlo de una manera que los antiguos griegos entenderían muy bien, nuestra civilización ha dejado de ser antropocéntrica en el sentido en que la entendía Protágoras cuando afirmaba que “el ser humano es la medida de todas las cosas, de las que existen y de las que no existen” (?????? ??? ???????? ?????? ????? ? ????????, ??? ??? ????? […], ??? ?? ??? ????? […]).

En nuestra sociedad, en toda la sociedad europea, el ser humano (????????) ya no es la medida (??????) de todas las cosas. Al adoptar este punto de vista, que significa una ruptura radical con la tradición humanística heredada de Grecia y Roma, nuestra sociedad ha comenzado a transformarse de una manera radical, pues ha abandonado un modelo para tomar otro basado en la preponderancia de los números, de las estadísticas, de la tecnología y de la inhumanidad.

Así puede entenderse que toda la política europea se esté llevando a cabo a costa del sufrimiento de las personas, del ????????. El caso de la Grecia actual es especialmente doloroso, pues es allí (donde la concepción antropocéntrica del mundo fue concebida, desarrollada y legada a toda la humanidad), donde los nuevos tiempos parecen estar experimentando el cambio de rumbo decisivo: da igual el sufrimiento humano; da igual la desesperación de toda una generación que ve su futuro amenazado de muerte; da igual que un jubilado se suicide delante de las puertas del parlamento; da igual que los neonazis consigan entrar en el parlamento de Atenas; da igual que el orgullo de todo un pueblo se vea pisoteado a diario por los comentarios maledicentes de analfabetos con poder. Da igual que los responsables de la situación sigan en el parlamento, en sus despachos de los bancos o en sus casas de lujo. Todo da igual si las cifras, los números, las estadísticas cuadran. Todo da igual si las cifras de déficit son las que Bruselas dice que deben ser. Da igual. El ser humano, el ánthropos ya no es lo importante.

En efecto, lo importante ya no es el ser humano. Lo importante es una moneda que evoca una vieja idea de unidad entre los pueblos. Lo importante es el euro. En su nombre, en pro de su estabilidad, de su cambio, de su existencia, todo sufrimiento humano es secundario.

El tipo de bárbaros que nos gobiernan hoy son los hijos de una concepción del mundo que ha basado su preponderancia en la extensión de sistemas educativos que han denostado, ridiculizado y perseguido los estudios humanísticos. Al cabo del tiempo, las ideologías que dignificaron la Europa de la postguerra, la socialdemocracia y la democracia cristiana, han sido abandonadas en su esencia por aquellos que más obligación tenían de recordar el contexto terrible en el que surgieron. Ésta es, en realidad, la consecuencia más dramática de la historia, que pasa por encima de aquellos que olvidan sus orígenes.

Lo peor de la falta de memoria de nuestra clase dirigente (y de buena parte del pueblo de toda Europa) es que propicia una idea completamente errónea: creer que en la historia hay situaciones que están superadas para siempre y logros que son una ganancia permanente.

Por el contrario, la única característica inmutable de la libertad, de la verdadera libertad, es que puede perderse en cualquier momento. Una de las pocas  consecuencias inmutables que cabe extraer del estudio de la historia, especialmente de la historia europea, es que los logros conseguidos a través de generaciones, de años de esfuerzo, de sudor y de sangre, pueden desaparecer; pueden perderse cuando el rumbo de la nave en que viajamos es trazado por las manos de gente que ha dejado de lado, ignorado y maltratado los principios sobre los que una vez se asentó el prestigio, la superioridad moral y la prosperidad de Europa.

LA AMENAZA DE LA DEMOCRACIA

El humanismo, la concepción antropocéntrica que impregna cada rincón de la civilización griega, es el soporte natural de la democracia, sus cimientos. Sin esta idea de partida, sin el convencimiento de que la educación era el vehículo con el que el mundo podía cambiarse, la democracia ateniense no hubiera visto nunca la luz.

Mucha gente, como Protágoras, llegó a creer en la Atenas del siglo V a. C., que podía dejarse atrás lo que Heródoto había llamado “necedad bárbara” y entrar en un nuevo mundo a través de la enseñanza de la ?????, es decir, de la “virtud” o “excelencia”. Se trataba de todo un descubrimiento que, quizá por primera vez, valoraba la importancia de la educación de los jóvenes, lo que los griegos antiguos llamaron paideía (???????). En la educación se depositaba buena parte de las esperanzas del futuro, de tal manera que el propio Platón ( Protágoras 327 d) llega a escribir:

Así pues, Sócrates, […] te he expuesto un razonamiento en relación con el hecho de que la virtud puede enseñarse (así lo creen los propios atenienses). Así que no es de extrañar que de buenos padres nazcan hijos mediocres y de padres mediocres hijos excelentes. Los hijos de Policleto, por ejemplo, no son nada en comparación con su padre. […] Mas en ellos hay esperanza, pues son jóvenes.

Es la educación, la posibilidad de enseñar la areté, lo que hace a Protágoras afirmar que “hay esperanza, pues son jóvenes”. Son jóvenes y pueden aprender.

Esta idea, como decía antes, llevó a los atenienses a la democracia. Democracia y educación forman parte de una misma cosa, de un mismo anhelo. Durante un tiempo (desde la época de Solón hasta el comienzo de la guerra del Peloponeso, en el último tercio del siglo V a. C.) Atenas creyó que todo era posible: la victoria sobre los persas, el desarrollo económico, la construcción de una confederación marítima de aliados liderada por ella misma…

Mas, poco a poco, aquellos que habían dejado su vida para construir el estado democrático, aquellos que habían forjado el ideal de la paideía y de la democracia sobre los ásperos y duros tiempos en que los nobles tenían poder sobre la vida y la muerte de cualquiera, fueron desapareciendo de la escena política. Y fueron sustituidos por otros hombres, la mayoría de los cuales sólo habían conocido los tiempos del esplendor de Atenas.

Algunos de esos hombres cometieron el error de creer que las conquistas de Atenas eran irreversibles; que el poder de su ciudad, basado en la democracia y en la igualdad ante la ley, era algo conseguido para siempre. Los que sobrevivieron a la guerra contra Esparta pudieron ver, empero, con sus propios ojos el final de la Atenas democrática, la demolición de los muros que habían hecho inexpugnable a la ciudad y la instauración de un gobierno oligárquico promovido por los espartanos. La lucha titánica que protagonizaron en el pasado hombres como Dracón, Solón o Clístenes para terminar con los privilegios de unos pocos, la feroz batalla contra un régimen gentilicio, absolutamente cerrado, que era capaz de esclavizar a los hombres libres que no podían pagar sus deudas, las reformas legislativas que hicieron a todos los ciudadanos atenienses iguales ante la ley, se vinieron abajo en un suspiro.

Pues bien, Atenas nos ha dejado no sólo el legado impagable de la generación de la democracia, sino también multitud de pruebas en relación con su corrupción y desaparición.

Si atendemos a ese legado, vemos con claridad que la situación actual de nuestro país y de Europa entera sólo puede corregirse a través de la educación, primero, y de la aplicación de la propia democracia, después. Sin embargo, he intentado explicar cómo los sistemas educativos modernos han generado un tipo de ciudadano acrítico, que ha terminado por aceptar que “la economía no tiene ideología”, que la política debe subordinarse a las leyes económicas y que, finalmente, su participación en las decisiones fundamentales debe ceñirse al hecho de votar cada cuatro años en unas elecciones.

La solución política a la situación que vive toda Europa hoy pasa, a mi juicio inexcusablemente, por la recuperación de hábitos democráticos que, desgraciadamente, son casi desconocidos por la mayor parte de los ciudadanos. Esos hábitos deben comenzar por evitar lo que evitó, hace dos mil quinientos años, la democracia ateniense: un régimen gentilicio basado en la preponderancia de una casta política cuyos miembros se retroalimentan en un círculo de “familias” cerradas.

En efecto, nuestros dirigentes son una casta, una oligarquía que, con frecuencia, no tiene ni ha tenido otra actividad que la política. Desde esa perspectiva de poder vitalicio (bendecido por la coartada de unas elecciones en las que sólo votamos la lista que nos impone un partido), los dirigentes se perpetúan durante décadas en ámbitos de poder de todo tipo. La consecuencia es un sistema que excluye las responsabilidades personales y que facilita todo tipo de corrupción.

El ejercicio democrático de los ciudadanos debería exigir, a mi juicio de manera inexcusable, la eliminación de todo vestigio de casta política. Para conseguirlo, el ejercicio de la política (en el ámbito que sea) con sueldo a cargo del erario público debería limitarse a un período improrrogable de cuatro años. Pasado este período todo cargo público debería reincorporarse a su actividad profesional anterior sin excepciones.

Esta medida, elemental para una democracia como la ateniense, acabaría por sí sola con la mayor parte de las prácticas políticas fraudulentas y corruptas que, en el día de hoy, asolan todo el territorio de nuestro país y de Europa. Acabar con la casta política es una conditio sine qua non de toda democracia.

Sin embargo, proponer tal medida parece utópico en el mundo de hoy. Un mundo en el que los políticos son profesionales, viven cegados por sus propios privilegios, jamás rinden cuentas ante los ciudadanos de su gestión y, en el colmo de la desvergüenza, intentan salvar su situación de práctica inmunidad cargando sin pudor contra quienes no tienen la más mínima responsabilidad en la desastrosa realidad en que nos encontramos.

Pagados por lobbys de todo tipo, entregados a quienes financian sus campañas y satisfacen sus caprichos, afiliados a partidos que se han convertido en sectas dirigidas por quienes no han hecho otra cosa que vivir de la política, arrodillados ante los mercados, renunciando a los principios básicos de sus propias ideologías, los dirigentes gobiernan la nave de Europa atraídos por el canto de las sirenas que se esconden detrás de los escollos.

La democracia real es una amenaza para el actual sistema político. Una amenaza para quienes nos gobiernan.

Una esperanza (quizá la única, quizá la última) para quienes somos gobernados.

 

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La amenaza de la democracia (IV)

En los tres artículos precedentes he ido desgranando alguna de las ideas que, según creo, pueden ayudar a comprender el proceso que ha llevado a las sociedades avanzadas, como la europea, a una situación de crisis generalizada como la actual. En el último de esos artículos decía que la solución de esta situación (que en algunos países, como Grecia, empieza a ser casi de emergencia) pasa por la democracia y la educación.

En las líneas que siguen intentaré explicar las razones que me han llevado a esta convicción, aunque voy a detenerme hoy un poco en la historia moderna de Europa. No quiero alargar desmesuradamente la extensión de estos artículos. Ésta es la razón por la que los estoy publicando en una serie de la que éste artículo es la cuarta entrega. Confío en no alargarme mucho más y en no aburriros demasiado.

DEL SIERVO AL TRABAJADOR. LA IRRUPCIÓN DE LA IZQUIERDA

Desde siempre, pero especialmente a partir de la gran revolución industrial del siglo XIX, la base del desarrollo económico y de la riqueza ha estado asentada en lo que conocemos por economía productiva. Por esta razón, el equilibrio político y social de los países occidentales se ha sustentado, desde finales del siglo XIX y principios del XX, en el pacto, más o menos explícito, entre quienes creaban riqueza invirtiendo su capital y quienes la producían, invirtiendo la fuerza de su trabajo. Esta oposición entre capital y trabajo ha conseguido equilibrarse a lo largo de los últimos cien años de la historia de Europa Occidental de una manera lenta y, a veces, dolorosa, basada en la mutua dependencia entre el capital y el trabajo, de manera que ambos han entendido que el modelo de crecimiento, de progreso y de generación de  riqueza y bienestar era imposible sin llegar a una cierta armonía entre las fuerzas del capital y del trabajo.

Naturalmente, tal equilibrio no se ha conseguido de manera voluntaria. Los poseedores del capital, miembros de las clases dominantes desde tiempos inmemoriales, no cedieron, como ha ocurrido en todas las épocas de la historia, parte de su poder sin graves disturbios sociales, protagonizados por trabajadores organizados en sindicatos que, conscientes de su posición clave dentro del esquema de la economía productiva, iniciaron en toda Europa una serie de movilizaciones reivindicativas que, en último término, están en la base de una de las conquistas más nobles de la humanidad: la desaparición del esclavo y el nacimiento del trabajador.

Los antiguos aristócratas, terratenientes, nobles y toda clase de poseedores de riqueza, no tuvieron más remedio que aceptar, a medio plazo, una situación que les era impuesta no por el hecho de que los antiguos esclavos estuvieran cargados de razón, sino porque sin la mano de obra, sin la fuerza del trabajo, toda economía productiva era imposible.

Los poseedores de las tierras, de las minas, de las fábricas, no aceptaron, pues, la nueva situación gracias a un proceso de reflexión que les hiciera asumir que la explotación del trabajo de esclavos era moral y éticamente inasumible; aceptaron la nueva situación porque, de no hacerlo, su posición política y social, y, especialmente, su riqueza, habrían de venirse abajo sin la participación de una mano de obra prestada por trabajadores con derechos, no por esclavos.

Sin embargo, no toda la nobleza europea fue capaz de entender este proceso inevitable. En la Rusia zarista los nobles llevaron la situación hasta el extremo, incapaces de comprender y aceptar que el esquema medieval, basado en la posesión de la vida, el cuerpo y el alma del siervo, había llegado definitivamente a su final. Mientras la mayor parte de la población moría de hambre, de frío o de enfermedades, en el palacio del zar y en las mansiones de los nobles el caviar se servía en cuencos de plata mientras la música vienesa llenaba de un eco incomprensible las heladas calles de San Petersburgo. Pocos nobles fueron capaces de prever la tempestad que, nacida de vientos que ellos mismos habían sembrado a lo largo de siglos de completa arrogancia, se les venía encima.

La revolución bolchevique de 1917 convirtió Rusia en la Unión Soviética. Todas las potencias occidentales se pusieron en guardia, especialmente Inglaterra, Francia y Alemania, alarmadas por la irrupción de un nuevo poder que amenazaba con exportar hacia occidente la revolución bolchevique. Ese nuevo poder fue canalizado a través de los partidos comunistas que, poco a poco, empezaron a penetrar en el sustrato ideológico de los nuevos trabajadores que, en toda la Europa occidental, se habían agrupado en torno a los llamados partidos socialistas.

La izquierda, aglutinada fundamentalmente en torno a las ideologías socialista y comunista, había echado raíces en toda Europa.

EL CAPITALISMO HUMANO: LA SOCIALDEMOCRACIA Y LA DEMOCRACIA CRISTIANA

El equilibrio entre el trabajo y el capital ha sido verdaderamente difícil e inestable a lo largo de toda la historia del siglo XX. En muchos aspectos, la búsqueda de este equilibrio me recuerda, salvando mucha distancia y no pocas disimilitudes, a otra búsqueda que, en realidad, estuvo presente siempre a lo largo de la historia de la antigua Roma. También fue la búsqueda de un equilibrio, el que inevitablemente debía producirse entre los patricios y los plebeyos romanos.

En el caso de la Europa del siglo XX, la necesidad de tal equilibrio vino impuesta, a mi juicio, por dos razones. Una de naturaleza económica; la otra política y social. Veamos.

No es posible, en efecto, una economía productiva sin la presencia del capital y del trabajo. La aparición de los partidos socialistas y de las organizaciones sindicales obligó a los patronos a llegar a acuerdos con sus trabajadores, que presionaron con el ejercicio de una nueva práctica letal para toda economía productiva: la huelga. En este sentido, las huelgas de los mineros en Gales, por ejemplo, y la aparición en el parlamento inglés del partido del trabajo (el actual Partido Laborista), modificaron para siempre el panorama económico no sólo de Inglaterra, sino de toda Europa. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

La otra razón (política y social, como decía) tuvo que ver con el miedo que en toda Europa occidental produjo la posibilidad de que la influencia del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) se extendiera, como una mala hierba, por todo el territorio de los países europeos. Tal miedo hizo que en el prólogo de la Segunda Guerra Mundial las potencias occidentales estuvieran dispuestas, incluso, a considerar a Hitler un mal menor frente a Stalin y el PCUS.

Así pues, una necesidad económica (aunar los intereses del capital y del trabajo como único medio de mantener una economía productiva) y otra política (evitar la penetración de las ideas comunistas propiciadas por el PCUS) hicieron que, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, se desarrollara en Europa una tercera vía política dispuesta a consagrar para siempre los derechos de los trabajadores a cambio de evitar, también para siempre, el peligro de los partidos comunistas y de una ideología que, a la luz  de los crímenes cometidos en la Unión Soviética por Stalin, debía desecharse por completo. Mis lectores saben que en la Historia rara vez de consigue algo “para siempre”.

Esta tercera vía, empero, tuvo dos versiones, ambas caracterizadas por una doble idea de base: de un lado, hacer desaparecer el rostro inhumano de un pasado caracterizado por el abuso de una nobleza política y militar que había sumido a Europa en un período terrible de hambre, explotación y guerras. Es la vía de la llamada Democracia Cristiana, surgida en el seno de la llamada doctrina social de la Iglesia y basada en la encíclica Rerum Novarum, publicada por el Papa León XIII en el año 1891. En torno a esta vía se agrupa, todavía hoy, la derecha europea.

De otro lado, hacer desaparecer también la práxis que caracterizaba al comunismo practicado por Stalin en la Unión Soviética. En una palabra, conseguir una dignificación de la izquierda, que hiciera olvidar en occidente el llamado “socialismo real”. Esta alternativa apareció en el seno del movimiento obrero y el socialismo, y aceptaba (y postulaba a la vez) que no existe conflicto entre la economía capitalista de mercado y lo que, a partir de entonces, comenzó a llamarse sociedad o estado de bienestar, siempre que el Estado tenga poder y medios suficientes para garantizar a todos los ciudadanos una amplia protección social. Ésta es la propuesta de la llamada Socialdemocracia.

Ambas corrientes tuvieron, como decía, una característica común: centrar todo su modelo en el ser humano; dignificar el concepto del hombre e intentar que todos los ciudadanos, fuera cual fuese su condición económica o social, viesen en el poder del Estado un halo protector, no opresor ni perseguidor. Por eso ambas corrientes hicieron de la democracia no sólo su bandera, sino su credo político irrenunciable.

La irrupción de la Democracia Cristiana acabó con la derecha fascista que, con algunas excepciones (España y Portugal) fue barrida del mapa político de la nueva Europa surgida de la Segunda Guerra Mundial.

La irrupción de la Socialdemocracia y su llegada al gobierno en algunos países europeos (especialmente los llamados países nórdicos) puso en dificultades a los partidos comunistas, que, ya desde 1956, cuando comenzaron a conocerse algunos contenidos del famoso “informe secreto” de N. Jrushchov en el seno XX Congreso del PCUS (en el que se denunciaban sin tapujos los excesos criminales de Stalin), se vieron gravemente heridos. En la medida en que la socialdemocracia parecía imponer su modelo, los partidos comunistas hicieron un último esfuerzo por sobrevivir, creando la famosa corriente “eurocomunista” que, en cualquier caso, sólo fue el preludio de su práctica desaparición de la escena política europea, polarizada entre estas dos grandes corrientes políticas: la socialdemócrata y la democratacristiana.

Éste ha sido, a grandes rasgos, el origen de la Europa moderna. Y la verdad es que la aplicación de modelos políticos basados en el respeto por el ser humano, y la creación de un Estado, llamado de bienestar, caracterizado por la extensión de los servicios sociales básicos (educación, sanidad, justicia) a todos los ciudadanos, han hecho de la llamada Europa Occidental un referente ético y moral en todo el mundo.

¿Qué ha ocurrido para que quienes se siguen llamando hoy socialdemócratas y cristianodemócratas hayan decidido renunciar a los principios que los hicieron nacer, primero, y triunfar, después?

¿Qué clase de ataque está haciendo tambalearse a la Europa que nuestros abuelos y padres crearon después de sufrir innumerables horrores en los campos de batalla, en los campos de exterminio, en las cárceles de Hitler o en los Gulags de Stalin?

La clase de ataque que Europa ha empezado a sufrir desde hace unos años es muy difícil de parar. No tenemos la suerte de poder mirar a los ojos de nuestro enemigo y combatirlo de frente. Es un ataque que tiene que ver con las leyes de la Historia y se dirige contra la democracia y la educación.

Intentaré explicarlo en el próximo artículo.

 

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Violencia de guante blanco

Pedro Olalla, Atenas. 13/02/2012

Violencia de guante blanco. Pedro Olalla

Ayer, una vez más, los informativos de medio mundo transmitieron la imagen de una Atenas en llamas y exhibieron el rostro compungido de algunos políticos condenando la violencia. Esa violencia que condenan –y que, en el fondo les favorece–, la hemos condenado repetidamente, no sólo con palabras sino también con actos, quienes acudimos una y otra vez a manifestarnos desde la no-violencia contra la desmedida violencia de guante blanco ejercida impunemente por quienes de iure y de facto nos gobiernan.

Ayer, desde las cinco de la tarde, había en la plaza Syntagma de Atenas más de cien mil personas tratando de impedir de forma no violenta que avanzara aún más el funesto plan que está dejando a Grecia hundida en la miseria y sometida a la voluntad de sus controvertidos acreedores. Esa no-violencia no llenó las pantallas ni los periódicos. Sin ir más lejos, pasó desapercibida la imagen de los ancianos Mikis Theodorakis y Manolis Glezos tratando de hablar con los antidisturbios y teniendo que ser evacuados entre una nube de gases lacrimógenos. Yo estaba allí, a su lado, junto a otros muchos que tragamos de lleno la primera bocanada. Corrimos todos haciendo arcadas y tratando de abrir paso para sacar a Theodorakis en su silla de ruedas pegado a una máscara antigás.

Violencia policial contra Mikis Theodorakis y protestantes pacíficos

Media hora después, ya recuperados, los dos respetados personajes trataron de acercarse de nuevo mientras, en uno y otro punto de la plaza, la policía continuaba lanzando gases contra una masa compacta de manifestantes pacíficos que retrocedía y volvía a avanzar según la densidad del humo, sin intención de abandonar la plaza. Todo esto –de lo que poco se informa–, sucedió mucho antes de los disturbios en las calles circundantes, mucho antes de que cayera la noche y, lamentablemente, instigadores y alborotadores –cuya tesitura moral guarda nula relación con la del grueso de los manifestantes– hicieran arder varios edificios del centro.

Esta violencia de reyerta la condenamos todos. Pero hay que condenar también la otra: la de un gobierno que, lejos de garantizar el derecho a la manifestación pacífica, gasea sistemáticamente a quienes tratan de ejercerlo para no sentirse cómplices de la injusticia; la de unos “representantes” de oídos sordos que no se atreven a asomarse siquiera a la ventana del parlamento para ver que, desde hace ya tiempo, gobiernan de espaldas a una ciudadanía cada vez más desesperada; la violencia de estar mintiendo reiteradamente a esa ciudadanía y de escamotearle un referéndum para pronunciarse sobre pactos que la comprometerán durante largos años y que están siendo firmados en su nombre por un gobierno colaboracionista de muy dudosa legitimidad democrática; la violencia de haber dejado a 30.000 personas sin hogar durmiendo entre cartones este invierno; la violencia de haber situado ya al 28% de la población del país bajo el umbral de la pobreza; la violencia de condenar a una generación al paro, o a la miseria de ser contratado por 500 euros y acribillado a impuestos; la violencia de cortar el suministro eléctrico a las familias mientras se subvenciona a fondo perdido a la banca; la violencia de estar desmantelando el Estado social y democrático para pagar la insensatez de los políticos y el descontrol de la especulación. Esta es la violencia que hay que condenar, la impune violencia de guante blanco, la violencia impoluta de los hipócritas que callan sabiéndose cómplices de un sistema que produce a manos llenas misera, explotación, colonialismo, guerra y muerte, y, sin embargo, hacen un consternado gesto de repulsa cuando ven arder un contenedor de basura.

 

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La amenaza de la democracia (III)

En este tercer artículo de la serie dedicada a estudiar las raíces de la crisis que nos atenaza, voy a tratar de explicar alguna más de las causas que, a mi juicio, han hecho entrar a nuestro país en un camino del que nos va a ser muy difícil salir. En el artículo anterior analizaba las amargas consecuencias de la desaparición de los estudios de humanidades de los planes de estudio, y cómo la irrupción en ellos de lo que he llamado “nuevas humanidades” ha asentado las bases de un nuevo tipo de sociedad en la que el ser humano ha sido desplazado del centro del sistema, arrinconado por los criterios que esas nuevas humanidades han considerado prioritarios.

EL ORO DEL BECERRO

La Biblia cuenta (Éxodo, 32) que los hebreos, poco después de salir de Egipto conducidos por Moisés, cometieron un acto de idolatría que irritó profundamente a Moisés y a su dios, Yahvé. Mientras Moisés permanecía en el monte Sinaí, a cuya cumbre había subido para hablar con Yahvé, los hebreos se sintieron solos, desamparados ante la ausencia del hombre que les había conducido hasta allí. Los días pasaban y el sentimiento de soledad se acentuó hasta tal punto que, reunidos ante Aarón, el hermano de Moisés, le pidieron que les construyera la imagen de un nuevo dios, pues Yahvé los había abandonado.

Aarón pidió que le entregasen el oro que llevaban (pendientes, anillos…), lo fundió y construyó con él la imagen de un becerro, al que los hebreos adoraron y en cuyo honor hicieron sacrificios.

Supongo que mis lectores saben cómo sigue este relato bíblico, vinculado con la aparición de los diez mandamientos. No es mi intención centrarme en él sino, como suelo hacer con cualquier otra narración mítica, en el fondo, en el sustrato que hace posible su misma existencia. La imagen, en efecto, del pueblo hebreo sintiéndose abandonado por su líder (Moisés) y por su dios (Yahvé) es, a mi juicio, muy ilustrativa, y evoca muy vívidamente la situación en la que nos encontramos hoy día.

En su maravilloso libro El miedo a la libertad, el humanista Erich Fromm explica con extraordinaria brillantez los riesgos a los que el ser humano se enfrenta cuando se siente solo (sin líderes ni dioses que lo tutelen y lo guíen), y se ve abocado a gestionar por sí mismo su propia libertad. Los hebreos, recién salidos de Egipto, se sintieron solos cuando Moisés se retiró para hablar con Yahvé, y, ante la perspectiva de marchar sin su líder hacia el futuro, sintieron tanto miedo que, inmediatamente, se procuraron un dios al que adorar, un nuevo dios que justificara su miedo y su desesperanza, como si la inexistencia de un líder en la tierra y un dios en el cielo les hubiera inundado de un sentimiento de insoportable orfandad.

En estos momentos, la sociedad occidental se encuentra en un momento difícil. Los valores que la han hecho prosperar en todos los sentidos, han sido puestos en cuestión y, en cierta medida, abandonados. Países de larga historia parecen haber olvidado de repente las razones que los hicieron grandes. Por otra parte, las creencias religiosas han perdido fuerza y ha prosperado un tipo de persona, religiosa sólo en apariencia, “no practicante” ni comprometida con los ritos o con las obligaciones impuestas por la religión.

La experiencia, el conocimiento, el rigor y, en suma, el humanismo (tal como lo habíamos entendido hasta la etapa final del siglo XX), han sido desplazados o situados en un segundo término. El criterio de lo útil, de lo práctico, se ha impuesto al amparo de una nueva tecnología, la informática, que ha cambiado radicalmente nuestra forma de vida y ha transformado el universo de las relaciones humanas.

En una palabra, hemos demolido la casa en la que habíamos vivido durante buena parte de nuestra historia. Y lo hemos hecho antes de construir otra nueva, antes de tener un sitio en el que, al menos, refugiarnos. Llevamos años viviendo al raso, sin poder protegernos del sol y de las heladas, mirando hacia un horizonte que no sabemos dónde está. En una situación así los bandidos prosperan.

Mas, poco a poco, el nuevo mundo, la nueva casa en la que habrán de vivir nuestros hijos y nuestros nietos, parece que empieza a vislumbrarse. Como los hebreos expulsados de Egipto, hemos comenzado a moldear un único dios al que adorar, al que seguir. Y, si se me permite el juego de palabras que da título a este artículo, nuestro nuevo y todopoderoso dios no es el becerro de oro, sino el oro del becerro. El dinero ha pasado de ser el poderoso caballero de Quevedo a ser la omnipotente divinidad en cuyo nombre todo es posible, todo es plausible, todo es legal.

Los nuevos sacerdotes de ese dios no tienen rostro ni viven en templos; habitan en las bolsas de Nueva York, Londres, Pekín…, en los locales de las agencias de calificación (Standard & Poor’s, Fitch, Moody’s), en los despachos de los bancos, en las cloacas de los edificios gubernamentales, en las redacciones de los periódicos, en las emisoras de televisión y en el lado oscuro de cada uno de nosotros. No entienden de sufrimiento ni de justicia, y no conocen otra obligación que acumular dinero, aunque a su alrededor el resto del mundo se desmorone poco a poco.

Estos son los sacerdotes que nos gobiernan,  los prelados adoradores del oro del becerro: los bancos, los “mercados” y quienes obedecen sus dictados como si se tratara de preceptos y mandatos de una nueva religión cuyo dios supremo, el dinero, no tiene rostro humano, pues el hombre ya no presta su semblante, como antaño, para forjar la imagen de los dioses.

En España, y en Europa, ese nuevo dios tiene nombre: Euro. Está prohibido abandonarlo, volverle la espalda, abdicar de su fe. Si alguno de los países europeos se atreve a plantearse abandonarlo, los sacerdotes, sus adoradores, amenazan con castigos terribles: el infierno de la pobreza, el calvario de la marginación, la condena a una eterna indigencia. Cualquier cosa antes que abandonar al dios Euro, pues sin él pronto declinaría el negocio de sus poderosos servidores.

En nuestro país, la religión del dios Euro parece haber calado hondo, pues, bajo la teatral mirada de quienes nos dirigen (que hablan de tragedia sin verter una sola lágrima) la cifra del paro aumenta cada día. El drama de familias enteras que no ingresan ya ni un solo euro para poder subsistir es claramente secundario frente al equilibrio de las cifras, frente a la austeridad en los presupuestos. Ninguno de los dirigentes de los grandes bancos ni, por supuesto, ninguno de los dirigentes políticos, sus monaguillos, está dispuesto a poner en cuestión la raíz de la desigualdad, la raíz de la injusticia de una religión que asume sin pestañear que los dirigentes de las grandes empresas ganen ¡mil veces más que sus empleados!, disfruten de pensiones de retiro propias de magnates y ni siquiera se planteen asumir ni una mínima parte del coste de una situación que, en grandísima medida, han provocado ellos mismos.

Predican la austeridad, como los Papas, desde los balcones de sus palacios. Congelan el salario mínimo, reducen el sueldo de los empleados públicos, cierran guarderías, suprimen subvenciones a centros de ancianos, a dependientes impedidos, y, poco a poco, van haciendo que el desánimo se adueñe de toda la sociedad y que la mayor parte de la gente acepte que la única manera de salir de la crisis es volver a una especie de estado de vasallos, basado en la aceptación de reformas retrógradas, salarios de miseria y trabajo propio de esclavos.

¿Qué hacer para frenar a estos nuevos reyes-sacerdotes? ¿Cómo puede pararse ésta lenta e inexorable muerte de la sociedad de los derechos que nuestros abuelos y padres forjaron a base de sangre y sudor? ¿Cómo sacar del poder a los adoradores del oro del becerro? ¿Hay esperanza?

La respuesta es, a mi juicio, una sola: democracia y educación. Mas ¿qué clase de democracia? ¿Qué clase de educación? ¿Una democracia como la que tenemos? ¿Un sistema educativo como el que tenemos?

Intentaré contestar a estas preguntas en el próximo artículo de esta serie.

 

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