Breve historia de la escritura. Una carta de Hipatia

Lo que sigue es una ficción, una carta de Hipatia dirigida al futuro, es decir, a nosotros mismos. En ella nos explica lo que fue la Biblioteca de Alejandría y nos hace una pequeña historia de la escritura, el gran invento de los seres humanos. Si alguna vez me encuentro con Hipatia en el lugar al que todos debemos llegar tarde o temprano, le pediré perdón por haber imaginado que es la autora de esta carta. Estoy seguro de que ella me disculpará con una sonrisa.

i nombre es Hipatia, aunque mi nombre es lo de menos. No he venido aquí para hablar de mí misma, sino del lugar al que dediqué buena parte de mi vida.

Sí os voy a decir, sin embargo, que soy griega, o mejor quizá, fui griega. Aunque una griega un tanto especial, pues nací lejos de Grecia hace mucho tiempo, unos 1600 años, en una ciudad cuyo nombre, aún hoy, después de tantos años, sigue evocando en mi mente mágicos recuerdos: Alejandría.

Alejandría fue quizá el sueño de otro griego que vivió mucho tiempo antes que yo: Alejandro. Ese Alejandro que la historia conoce como Alejandro el Grande, Alejandro Magno. Su sueño, aunque eso es algo que no todos vosotros habéis entendido bien, no fue conquistar el mundo, sino unirlo, hacer que griegos y bárbaros convivieran en paz. Por eso fundó Alejandría, lejos de su patria. Y la verdad es que, poco tiempo después de su nacimiento, Alejandría se convirtió en una de las ciudades más grandes e importantes de todo el mundo.

A la muerte de Alejandro, uno de sus generales (quizá el más querido por él), decidió instalarse en Alejandría. Allí fundó una dinastía que gobernó durante mucho tiempo, hasta que los romanos hicieron de Egipto una de sus provincias. Durante ese tiempo, Ptolomeo y sus descendientes impulsaron la creación y el desarrollo de la gran Biblioteca de Alejandría, el lugar al que consagré mi vida.

En realidad hacéis mal en llamarle biblioteca. Aquello no fue sólo una biblioteca, sino lo más parecido a eso que hoy conocéis con el nombre de universidad. Entre sus edificios había laboratorios, un observatorio astronómico, un zoológico, aulas… El pensamiento y el conocimiento universales germinaron plenamente en Alejandría.

Pero lo más importante de todo, lo que hizo de esa universidad la más famosa e importante de toda la Antigüedad fue su biblioteca, su colección de libros. O, mejor dicho, su colección de rollos de papiro. Durante mucho tiempo los gobernantes de Alejandría pagaron para que llegaran a la biblioteca todos los libros del mundo. Fletaron naves, crearon funcionarios que buscaran e, incluso, requisaran por todo el Mediterráneo, todos los libros de todas las clases. Y una vez en la biblioteca, fueron copiados y transliterados.

Sí, en la biblioteca se inventaron unas letras, más adecuadas al fino tacto del papiro, que facilitaron enormemente la lectura. Son esas letras que vosotros llamáis minúsculas. Cada libro, cada referencia, cada noticia que tuviera que ver con el saber, se copió sobre papiro en letras minúsculas y se puso al alcance de todos, abandonando la arcilla, la cera y otros materiales mucho más incómodos.

Es verdad que la mayor parte de quienes han recordado el trabajo de la Biblioteca han recalcado el papel que tuvo dentro de ella la investigación relacionada con la ciencia práctica, especialmente la matemática, la geometría y la astronomía. Pero aquí, entre estos muros, hicimos un esfuerzo que, según creo, va más allá de lo que fueron todas las investigaciones, todos los logros en cualquier materia.

En la biblioteca griega de Alejandría nos interesamos, en efecto, por el logro más audaz del ser humano, por la magia más duradera de todas, quizá por la única magia verdadera: la escritura. Estudiamos todos los textos, todos los idiomas, todos los formatos, desde los más antiguos hasta los más modernos, creados, como ya os he dicho, por algunas de las personas que trabajaron en la biblioteca. La Biblioteca de Alejandría fue el final de un viaje que había empezado mucho tiempo antes. Permitidme que os lo cuente en unas pocas líneas.

Entre 3300 y 3100 a. C., en algunas ciudades ribereñas del río Éufrates, aparece un sello cilíndrico en negativo que puede proyectarse sobre la arcilla cuantas veces se quiera. Quizá su aparición se deba a la necesidad de “firmar” o de llevar registros, especialmente de las actividades de los templos. El sello podía rodar por la tablilla de arcilla cuantas veces se quisiera y plasmar los signos con una exactitud sorprendente; después la tablilla se cocía en un horno y la escritura, la primera escritura de la historia, quedaba plasmada para siempre. Algunos de estos documentos han perdurado para siempre.

Sin embargo, pronto hubo necesidad de expresar algo más que registros contables u operaciones comerciales. Los hombres que vivían en las orillas de los grandes ríos Tigris y Éufrates idearon los primeros sistemas de escritura propiamente dichos, que ya no estaban fijados en sellos cilíndricos. Y así, aparecieron los pictogramas. Era una escritura concreta, en la que cada símbolo significaba exactamente lo que representaba: una cabeza de vaca, por ejemplo, seguida de tres palotes significaba “tres vacas”.

Después aparecieron los ideogramas, que implicaban ya un primer esfuerzo de abstracción: un círculo con unas líneas a su alrededor podía representar el sol, pero también la luz o el día; el dibujo de la luna podía representar la oscuridad o la noche. Algunos de estos tipos de escritura fueron practicados también en Egipto.

Con el paso del tiempo, los signos se volvieron cada vez más esquemáticos, alejándose de sus modelos originales. Así apareció la escritura cuneiforme, caracterizada por unos signos que parecen cuñas. Sobre el año 3100 a. C. los habitantes de la tierra de Mesopotamia tenían un sistema completamente elaborado, el primero del mundo: más de 2000 ideogramas. Es la lengua escrita más antigua del mundo.

Sin embargo, la cantidad de signos planteaba un serio problema a la memoria y aumentaba, por tanto, el poder de quienes poseían el secreto de la escritura: los sacerdotes. Este problema, que alejaba a la inmensa mayoría de la población del conocimiento, comenzó a resolverse en la isla de Creta, el lugar en que comienza propiamente la historia de Europa. Allí se elaboró un primer sistema de escritura que iba más allá de los pictogramas o los ideogramas. Era un sistema que representaba sílabas, no ideas o imágenes. Por eso ha sido llamado silabario, porque cada signo, cada símbolo, representa una sílaba.

En Creta se desarrollaron dos silabarios. El primero, conocido con el nombre de Silabario Minoico Lineal A representa una lengua que todavía no hemos logrado entender. Sus signos, desconocidos y misteriosos, permanecen mudos para nosotros, aunque sabemos que muy probablemente representan la lengua de la última sociedad pacífica de occidente.

Poco después, una civilización guerrera, llegada de muy lejos, utilizó el segundo silabario cretense para notar su propia lengua. Es el Silabario Minoico lineal B. Debajo des sus signos, escritos en el año 1500 a. C., se encuentra la primera representación escrita del griego. El Silabario Minoico Lineal B representa la lengua de los griegos micénicos (a los que Homero llamó aqueos) y en sus textos aparecen algunos de los nombres más representativos de la historia de Grecia: dioses como Zeus, Ártemis, Poseidón; héroes como Aquiles, Áyax, Ulises…

Los silabarios representaron un gran avance, pues reducían notablemente el número de signos y posibilitaban que más personas pudieran conocer el secreto de la escritura. Pero el gran paso estaba todavía por darse. Y no se dio por razones culturales sino por una necesidad vinculada con los negocios comerciales. En la costa de Siria, los fenicios, los primeros comerciantes (en sentido moderno) de la historia, se vieron obligados a crear un sistema de signos que les permitiera llevar el control de sus operaciones comerciales, conscientes de que un comercio desarrollado es imposible sin contabilidad. Y la contabilidad es imposible sin la escritura. Así nació el primer alfabeto, el primer sistema de signos que representaban no una idea, ni una imagen, ni una sílaba, sino un sonido, lo que hoy día llamamos un fonema.

El primer alfabeto de occidente apareció en la ciudad de Ugarit, en la costa de Siria, y era simplemente una adaptación de los antiguos signos cuneiformes a las necesidades fonéticas del alfabeto. Con esos signos, los fenicios comenzaron a llevar la contabilidad de sus numerosos negocios.

El número de signos se redujo drásticamente. Pero todavía se redujo mucho más cuando el sistema alfabético comenzó a utilizar lo que propiamente llamamos ya letras. La historia del alfabeto, del primer alfabeto de occidente, es la historia de la aparición de una treintena de letras que sirvieron no para contar una historia o para narrar la secuencia de un descubrimiento, sino para llevar la contabilidad de las operaciones comerciales.

Mas los fenicios dieron el primer paso, pero no el paso definitivo. El momento clave tuvo lugar en Grecia, a finales del s. VIII a. C., quizá en la isla de Rodas. Los signos fenicios fueron adaptados a las necesidades de la lengua griega lo que hizo que se redujeran a sólo 24 letras, entre las que se encontraban algunas que los fenicios desconocían: las vocales. Los griegos inventaron las vocales, sin las que su lengua no hubiera podido representarse por escrito.

Con los signos del alfabeto griego (A, Β, Γ, Δ, Ε, Ζ, Η, Θ, Ι, Κ, Λ, Μ, Ν, Ξ, Ο, Π, Ρ, Σ, Τ, Υ, Φ, Χ, Ψ, Ω) la escritura, que hasta entonces había sido patrimonio de unos pocos privilegiados, pasó a ser patrimonio de todos. El alfabeto griego puso al alcance de cualquiera todo el conocimiento. En realidad, el alfabeto griego hizo que los hombres fueran, por primera vez, verdaderamente libres.

Por eso, poco después de su invención, Homero, el poeta ciego, inició el camino de la literatura en occidente al utilizar los signos tomados del alfabeto fenicio no para llevar las cuentas de ningún negocio, sino para contarnos la historia de un amor y de una guerra. Otros griegos utilizaron el alfabeto para contar la historia, los descubrimientos científicos, la manera de curar una enfermedad o la descripción de los átomos. También para fijar por escrito, para siempre, los primeros códigos de leyes de occidente. En los 24 signos del alfabeto griego se encierra el secreto del conocimiento, de la ciencia, de la justicia y de la libertad. Y, también, el deseo más profundo de la especie humana: su afán por perdurar en el tiempo.

Durante más de 1000 años, los griegos nos esforzamos por escribir sobre todo tipo de materiales: piedra, hojas de palmera, barro, cera, madera…  El esfuerzo de escribir se completó entre los muros de esta biblioteca, donde copiamos en letras minúsculas (α, β, γ, δ, ε, ζ, η, θ, ι, κ, λ, μ, ν, ξ, ο, π, ρ, σ, ς, τ, υ, φ, χ, ψ, ω) todas las obras que habían sido escritas hasta entonces. Y las guardamos con la esperanza de que llegaran hasta vosotros. Las toscas y lineales letras del alfabeto griego se redondearon y dieron paso a un tipo de escritura que ha perdurado hasta vuestros días.

De todos los alfabetos locales griegos (muy parecidos entre sí), quizá el que más trascendencia tuvo fue el que se utilizaba en la localidad de Calcis, en la isla de Eubea; los habitantes de esta ciudad fundaron en el sur de Italia una colonia bien conocida, de nombre Cumas. A través de esta colonia el alfabeto griego de Calcis se convirtió en la matriz de todos los sistemas de escritura itálicos, incluido el etrusco y, por supuesto, el latín.  Y ya sabéis la trascendencia de este hecho.

La historia posterior la conocéis ya perfectamente.

Todo se copió en la biblioteca. Todo se guardó. Todo el conocimiento que había hasta entonces; sobre cualquier materia; sin importar creencias, ni religiones, ni países. Aquella operación verdaderamente gigantesca, comenzó realmente bajo la dirección de un hombre extraordinario, nacido en el norte de Grecia: Dionisio Tracio. Él hizo con la lengua, con la gramática, lo mismo que Euclides hizo con la geometría. En realidad, creo que puedo decir sin exagerar que Dionisio Tracio inventó la gramática. Con él nació lo que vosotros llamáis filología.

Pero también se investigaron los cielos y la tierra. En los estantes dedicados al conocimiento astronómico había un libro de Hiparco con el primer dibujo de las constelaciones y de la luz de las estrellas. Siguiendo las indicaciones de un astrónomo griego de la isla de Samos, Aristarco, empezamos a plantearnos cómo era el lugar en que vivíamos: el planeta tierra. Y nos dimos cuenta de que formábamos parte de un sistema más amplio cuyo centro, según Aristarco, era el sol, no la tierra. Era muy difícil aceptar eso en una época como la mía. Vosotros, dos mil quinientos años después de Aristarco, seguís diciendo que “el sol sale, el sol se pone…” como si todavía no hubierais sido capaces de asumir que es la tierra la que se mueve, no el sol.

Pero hemos perdido los libros de Hiparco, de Aristarco y de muchos otros. Si multiplicáis por cien mil esas pérdidas, os haréis una idea de la grandeza de la civilización griega clásica, y de la enorme tragedia que supuso su desaparición.

Porque todo desapareció. O casi todo. Habéis discutido mucho sobre cómo fue el final de la Biblioteca de mi ciudad y, en realidad, no sabéis lo que pasó. La verdad es que ahora, cuando ha pasado tanto tiempo, creo que todos fuimos responsables de su destrucción, porque todo lo que hicimos allí dentro, todo lo que supimos, todo lo que investigamos y descubrimos, no sirvió para cambiar la dura vida de la gente común. Cuando las llamas acabaron con el edificio que albergaba los libros, el pueblo no tuvo consciencia de lo que se perdía. No podía tenerla, pues el conocimiento que albergaba la biblioteca no sirvió para liberarlo de sus desdichas cotidianas.

Si la ciencia no es conocida por el pueblo, si lo que se investiga y descubre en los laboratorios y en los centros de investigación (las nuevas bibliotecas de Alejandría) no se pone al alcance de la gente, al servicio de los pueblos, la biblioteca de Alejandría volverá a arder de nuevo ante la indiferencia de la gente.

Está en vuestras manos evitarlo.

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Calendario romano (II)

Julio Cesar
  • La reforma de Julio César

El deseo, largamente perseguido, de terminar con el desfase entre el año solar y el calendario lunar de Numa, siguió estando presente. Ésta fue la razón por la que Julio César acometió la tarea de reformar el calendario de tal manera que este problema desapareciera para siempre. El historiador Suetonio lo cuenta de la siguiente manera:

Entonces Julio César se dedicó a la organización de la república: reformó el calendario, tan desordenado por culpa de los pontífices y del abuso, ya antiguo, de las intercalaciones, por lo que las fiestas de la recolección no coincidían ya en verano ni las de la vendimia en otoño. Distribuyó el año según el curso del sol y lo compuso de 365 días y aumentó un  día cada 4 años. (Suetonio, Vidas de los doce Césares, 1.49)

César, pues, acometió la tarea de reformar definitivamente el calendario. Para conseguirlo, llamó a Sosígenes, un astrónomo griego al que se atribuye la redacción de algunos tratados de astronomía, hoy desaparecido. Sabemos, sin embargo, que en esos tratados Sosígenes enunciaba la rotación de Mercurio alrededor del Sol.

En el año 46 a. C. el astrónomo se puso a la tarea. Después de un período de estudio, estableció la duración del año en 365 días y 6 horas, distribuidos de la siguiente manera:

Februarius: 29 días

Aprilis. Iunius, Sextilis, October; December (meses pares): 30 días.

Iannuarius, Martius, Maius, Quintilis; September, Mouember (impares): 31 días.

Las 6 horas restantes se iban acumulando y, cada cuatro años, se añadía un día más a Februarius. Sin embargo tal añadido no se hacía a final de mes, como hacemos nosotros; los romanos repetían el día 24 que, como veremos, se llamaba ante die sextum Kalendas Martias. El día extra se denominó, por tanto, ante diem bis sextum Kalendas Martias. Por tal razón seguimos llamando bisiestos a estos años especiales.

  • Tras la muerte de Julio César

Una vez muerto César, Marco Antonio propuso que le fuera dedicado el mes en el que había nacido. Así, Quintilis pasó a llamarse desde entonces Iulius (julio). Algunos años después, en el 8 d. C., ocurrió algo parecido con el mes Sextilis, pues un decreto del Senado cambió su nombre para poder dedicárselo a Octavio Augusto, pues fue justamente en Sextilis cuando el emperador había conseguido sus victorias más importantes. Así, el mes pasó a llamarse Augustus (agosto).

Sin embargo, se planteó un problema, pues el mes dedicado a Julio César tenía un día más. Para resolver este agravio, se le añadió un día tomado de Februarius, que pasó a tener sólo 28.

Finalmente, para evitar que hubiera tres meses seguidos con 31 días, se alteraron los días de los meses posteriores a Agosto.

Éste calendario se mantuvo inalterado hasta 1528, en el que se introdujeron algunas leves reformas ideadas por el astrónomo italiano Luigi Lilio por encargo del papa Gregorio XIII. Es la fecha de nacimiento del calendario gregoriano.

  • La semana y los días

La semana tardó en imponerse. Al principio, hasta bien entrada la época republicana, no existía, de manera que Roma no se regía por semanas sino por nundinae. Una nundina es un día de mercado, y, para los romanos, el período de nueve días comprendido entre dos días de mercado (dos nundinae) era el más importante. Siempre se hablaba de “la próxima nundina” o “dentro de dos nundinae”, etc.

La semana de siete días, no obstante, se fue aceptando poco a poco y consiguió imponerse en época imperial. Probablemente surgió por influencia de Egipto, cuyo calendario había dedicado un día a cada uno de los siete grandes astros conocidos en su tiempo, distribuyéndolos desde el más lejano al más cercano a la tierra: Saturno, Júpiter y Marte, por un lado, y Sol, Venus, Mercurio y Luna.

Los romanos llamaron así a los días de la semana:

1.- Saturni dies o ‘día de Saturno’

2.- Solis dies o ‘día del Sol’

3.- Lunae dies o ‘día de la Luna’, nuestro lunes.

4.- Martis dies o ‘día de Marte’, nuestro martes.

5.- Mercurii dies o ‘día de Mwercurio’, nuestro miércoles.

6.- Iouis dies o ‘día de Iove (Júpiter)’, nuestro jueves.

7.- Veneris dies o ‘día de Venus’, nuestro viernes.

Esta denominación ha sufrido algunas alteraciones en algunas lenguas: así, el día de Saturno cambió su nombre por el de Sábado, palabra derivada de Sabbath ‘descanso’. Y el día del Sol, en el que se produjo la resurrección de Cristo, fue llamado Dominicus dies ‘día del Señor’. Esta denominación se debe al emperador Constantino que, en el año 321, implantó definitivamente la semana de siete días, que empezaba en el Domingo. Sin embargo, en otras lenguas, como el inglés, no prosperó la reforma de Costantino y sigue utilizándose la antigua denominación:

Saturday (Día de Saturno) y Sunday (Día del Sol). 

Constantino decretó que el Domingo fuese día de descanso, dedicado a adorar a Dios, en lugar del sábado, como era costumbre entre los judíos. Quizá buscaba de esta manera satisfacer a los numerosos seguidores de Mitra, adoradores del sol.

  • Las horas

Se debe a los sumerios la división del día en 24 horas, de las horas en 60 minutos y de los minutos en 60 segundos.

Después de otros sistemas (basados en los nombres de los días de la semana) los romanos dividieron el día en doce partes (no iguales), a las que llamaron horas. El punto de partida era la salida del sol, de manera que la hora sexta coincidía con el mediodía. La hora sexta, por cierto, es la que utilizaban para descansar durante el día. De ahí deriva el nombre de Siesta. En cualquier caso, para paliar la relativa imprecisión de este sistema, utilizaban las frases ante meridiem (‘antes del mediodía’) y post meridiem (‘después del mediodía’).

La noche se dividió primero en cuatro partes iguales, llamadas uigiliae (‘vigilias’), cuatro períodos de aproximadamente tres horas de duración, al modo de las guardias militares. Más tarde,  la noche se dividió también en un período de 12 horas.

En un próximo artículo intentaré explicar de una manera sencilla la, aparentemente compleja, manera de fechar de los romanos. Hoy, terminaré con unos versos de Persio sobre el tiempo:

Indulge genio, carpamus dulcia, nostrum est
quod uiuis. Cinis et manes et fabula fies.
Uiue memor leti. Fugit hora, hoc quod loquor inde est
.

‘No seas duro con tu genio; tomemos las cosas dulces.
Sólo lo que vivimos es nuestro. Te convertirás en cenizas, en una sombra, en palabras.
Vive recordando la muerte. El tiempo huye.
Este momento en el que hablo, ya es pasado’ (Persio, Sátiras ,5. 150)

 

Leer: Calendario romano I
 

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Calendario romano (I)

Utilizamos un calendario que, con levísimas alteraciones, debemos a Julio César. Nuestro calendario está entre los mejores legados que heredamos de Roma, y ha facilitado nuestra vida de una manera decisiva.

El empeño de los hombres por controlar y dirigir el paso y la distribución del tiempo es muy antiguo, y siempre ha resultado difícil y complejo. Los calendarios más antiguos estaban basados en los ciclos de la luna, no del sol, y solían estar divididos en períodos de diez meses, lo que propiciaba un desplazamiento constante de las fechas, de manera que una fiesta de otoño podía, con el paso de los años, acabar celebrándose en verano o en primavera.

La necesidad de ajustar el tiempo real con las necesidades de los hombres sin la exigencia de hacer ajustes permanentes, se consiguió finalmente en Roma, en tiempos de Julio César. Veamos.

  • El año y los meses

En un principio, el calendario romano estaba basado en los ciclos de la luna. Se trataba, pues, de un calendario lunar, dividido en años de diez meses, que estaba atribuido, como tantas otras cosas, a Rómulo, el legendario fundador de la ciudad. Los meses tenían los siguientes nombres:

1º.   Martius (nuestro Marzo). En honor al dios Marte, padre de Rómulo y Remo, fue dedicado el primer mes del calendario.

2º.   Aprilis (Abril). Este segundo mes del año estaba consagrado a Apru, nombre etrusco de la diosa Venus.

3º.   Maius (Mayo). Todavía hoy se discute la atribución de este mes. Puede estar dedicado a Maya, la madre del dios Mercurio, diosa agraria identificada con el crecimiento de la vegetación. Sin embargo, hay autores que defienden que este mes está dedicado a los Maiores, igual que el mes siguiente a sus descendientes, los Iuniores. Éste punto de vista es defendido por Plutarco en su obra Cuestiones romanas, 86.

4º.   Iunius (Junio). Consagrado a la diosa Juno, esposa de Júpiter.

A partir de aquí, los meses deben su nombre al lugar que ocupan en la sucesión del calendario: Quintilis (quinto), Sextilis (sexto), September (séptimo), October (octavo), Nouember (noveno) y December (décimo).

Con esta distribución, el año tenía 304 días, lo que planteaba numerosos problemas prácticos, entre los que estaba el desplazamiento de las fechas de las estaciones. La mentalidad práctica de los romanos intentó buscar una solución.

  • La reforma de Numa Pompilio

Numa fue uno de los legendarios reyes de Roma. Su origen es sabino y reinó, según la tradición, desde el año 717 hasta el 673 a. C. Hizo una reforma muy importante que dividió el año en doce meses. El historiador Tito Livio nos lo cuenta:

Como la luna no cubre 30 días completos cada mes y faltan 6 días para la totalidad del año determinado por el movimiento del sol, intercaló unos meses complementarios y consiguió que cada 20 años los días coincidieran con la misma posición del sol con que se había empezado… También estableció unos días fastos y otros nefastos, porque algunas veces habría de ser útil no llevar asuntos ante el pueblo. (T. Livio, Historia de Roma desde su fundación, 1.19.6 y ss.)

La reforma de Numa consistió, fundamentalmente en la adición de dos meses más: el 11º llamado Ianuarius (Enero), en honor de Jano, y el 12º llamado Februarius (Febrero), en honor de Februo, dios de las purificaciones. El año terminaba, pues, con un mes dedicado a las purificaciones y, de paso, a los buenos deseos de cara al nuevo año.

La reforma también determinaba el número de días correspondiente a cada mes, de manera que el calendario romano pasó a distribuirse de la siguiente manera:

1º.  Martius, 31 días

2º.  Aprilis, 29 días

3º.  Maius, 31 días

4º.  Iunius, 29 días

5º.  Quintilis, 31 días

6º.  Sextilis, 29 días

7º.  September, 29 días

8º.  October, 31 días

9º.  Nouember, 29 días

10º. December, 29 días

11º.  Ianuarius, 29 días

12º. Februarius, 28 días

El resultado de esta distribución de los meses era un año de 355 días. Evidentemente el problema del desplazamiento de las fechas, aunque menor, seguía produciéndose, a pesar de que se intercalaban días para compensar tal desplazamiento. Durante mucho tiempo Roma se rigió por este calendario, basado en las reformas de Numa Pompilio.

Mis lectores se preguntarán entonces, con razón, cuál es la causa por la que en el calendario actual hay algunos meses que han sido desplazados de su lugar, de manera que nuestro Octubre, por ejemplo, no es el octavo mes, como correspondería a su nombre, sino el décimo. Es más ¿por qué Noviembre (el 9º) es el 11º? ¿Y por qué Diciembre (el 10º) es actualmente el 12º? La respuesta nos lleva a la Hispania del siglo II a. C.

  • Los sucesos de Hispania y el cambio en el orden de los meses

Después del gobierno de Tiberio Sempronio Graco, la provincia de Hispania se había mantenido en calma. En el año 170 a. C., Graco había llegado a ser un gobernador popular entre la nobleza y las tribus hispanas, a quienes trató con decencia. Sin embargo, las cosas cambiaron mucho con la llegada de otros gobernadores, menos sensibles que Graco con los problemas locales. El hecho es que en el año 154 estalló una revuelta en el país de los lusitanos, parte de la actual Portugal. La semilla de la rebelión prendió pronto entre los celtíberos de la Hispania central y otras tribus, y llegó a ser tan fuerte que el senado romano se alarmó ante la posibilidad de que los suministros llegados de Hispania, vitales para Roma, pudieran verse afectados.

Así pues, un decreto del propio senado ordenaba el envío a Hispania de uno de los dos cónsules del año 153 a. C. Su nombre era Quinto Fulvio Nobilior y sus órdenes, acabar con la revuelta. Y éste es el momento en que surge el problema con el calendario. Intentaré explicarlo.

Corría el mes de Diciembre, es decir, el décimo mes del calendario romano. Este hecho planteaba un conflicto muy importante para la mentalidad ultraconservadora del senado romano, pues la urgencia de mandar al cónsul a Hispania chocaba con el hecho, establecido fuertemente por la mos maiorum (la ‘costumbre de los antepasados’) de que la toma de posesión de los nuevos cónsules debía hacerse indefectiblemente en el primer mes del nuevo año, es decir, el mes de Martius (Marzo).

El nuevo cónsul debía esperar, pues, más de dos meses antes de partir a Hispania. Este hecho resultaba suicida en relación con la situación explosiva de la provincia, de manera que el senado romano tomó una decisión que caracteriza muy profundamente su mentalidad: aunar las necesidades prácticas con la mos maiorum de manera tal que la costumbre, la sagrada costumbre transmitida por los padres de Roma, no se viera alterada.

La decisión fue cambiar el orden de los meses. Dado que era Diciembre y urgía la partida del cónsul, se decretó que el mes siguiente fuera considerado a partir de entonces como el primer mes del año. De esta manera, Ianuarius (Enero) pasó a ser el primer mes del año, y el cónsul Nobilior pudo partir a Hispania con todas las de la ley, pues el día en que debía asumir el cargo, fijado en Marzo, se adelantó al 1 de Enero, día que, a partir de ese momento, quedó establecido para siempre como el primer día del año.

El nombre de los meses, sin embargo, se mantuvo por inercia (a pesar de que alguno de ellos resultaba claramente incongruente), y se fijó de la manera en que, todavía hoy, lo seguimos utilizando.

Ésta es la razón por la que octubre, noviembre y diciembre no son el octavo, noveno y décimo meses del año. El orden de los meses quedó establecido de la siguiente manera:

1º.   Ianuarius

2º.   Februarius

3º.   Martius

4º.   Aprilis

5º.   Maius

6º.   Iunius

7º.   Quintilis

8º.   Sextilis

9º.   September

10º.   October

11º.   Nouember

12º.   December

Los sucesos de Hispania cambiaron el calendario de todo occidente para siempre.

Pero el deseo de hacer que el calendario reflejase con exactitud la correspondencia de los días y la sucesión de las estaciones propició nuevos cambios que, finalmente, lo consiguieron por completo.

Éste será el motivo de un próximo artículo: Calendario romano II

 

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Delfos: el ombligo del mundo

Delfos
El templo de Apolo visto desde su lado oeste. Este es uno de los lugares más impresionantes del mundo antiguo. Las Fedríades, rocas de aspecto amenazante, parecen rodear el templo con su manto de piedra.

La historia ha ocurrido en lugares que no siempre parecen reflejar los sucesos que se fraguaron sobre ellos, como si no estuvieran a la altura de su fama. Con frecuencia, el viajero que busca algo más que la vacía contemplación de un paisaje, de un templo o de un campo de batalla, parece no reconocer el lugar que tiene delante de sus ojos, defraudado quizá por la magnitud de lo que había imaginado y desorientado por la austeridad, la pequeñez o la aparente fragilidad de lo que contempla.

Mas éste no será el caso de quien contemple Delfos por primera vez, pues quizá ningún lugar de Grecia refleja tan imponentemente la importancia que la historia habría de reservarle. Delfos, el ombligo del mundo, el santuario panhelénico al que acudían gentes, ciudades y Estados de todo el mundo, la sede del oráculo más importante de la Antigüedad, el hogar del enigmático dios Apolo, se alza sobre uno de los emplazamientos geográficos más impresionantes de toda Grecia, flanqueado al norte por las nevadas cumbres del monte Parnaso y al sur por un mar de olivos que se extiende inmenso hasta las costas del golfo de Crisa, un lugar de aguas transparentes, un pequeño paraíso acariciado por las olas del mar Jónico.

En este lugar, antiguo y desconcertante, se escribió buena parte de la historia de la antigua Grecia.

1.- MITO

  • El ombligo del mundo

Después de su nacimiento en la inhóspita isla de Delos y de su viaje al lejano país de los hiperbóreos, en el lejano norte, Apolo buscaba un lugar en el que fijar la sede de su culto. Deambuló por toda Grecia sin saber con claridad dónde habría de escribirse su destino. Su padre Zeus, que contemplaba los afanes de su hijo con la calma de quien conoce el significado de las cosas, decidió ayudarlo en la elección del lugar en que habría de levantar su templo.

Tomó en sus manos dos águilas: lanzó una hacia poniente y otra hacia el sol naciente. Las dos aves volaron raudas como el viento, impulsadas por el poderoso remar de sus alas: atravesaron mares, océanos, tierras habitadas y desiertos, y, a punto de encontrarse, lanzaron sus agudos gritos al sobrevolar una las cumbres del Parnaso, otra los campos y barrancos del golfo de Corinto. Justo sobre Delfos, las dos águilas de Zeus juntaron sus garras y danzaron en círculo, anunciando a todos que aquel lugar en el que se habían encontrado después de rodear con su vuelo el orbe entero de la tierra, era el centro, el ombligo del mundo.

Delfos era ya la sede de un pequeño y modesto santuario, vinculado a Gea, la Tierra, y a Temis, la diosa de las leyes eternas, la sabia consejera del propio Zeus. Sobre ella había recaído hasta entonces la dura tarea de predecir el futuro, de adentrarse en los secretos del porvenir para comunicárselos a hombres y dioses que, confiados en su sabiduría, acudían a ella, agobiados por los trabajos del presente y los enigmas del futuro.

Apolo vio el encuentro de las dos aves encima del cielo de Delfos. Eufórico y agradecido, dijo:

Aquí me procuraré un templo hermosísimo que sea por siempre oráculo para los hombres. Aquí vendrán todos los hombres, ya desde el sur, del fértil Peloponeso, ya desde Europa, la fértil, o desde las islas ceñidas por las corrientes del mar. Todos vendrán a mi oráculo a consultarme y yo les mostraré mi infalible determinación”. [1]

  • Lucha por la posesión de Delfos

Mas el dios, joven todavía, ignoraba que su templo habría de levantarse sobre los ecos de una dura lucha. En efecto, no lejos del lugar en el que había decidido edificarlo, una grieta penetra en la tierra. De ella brota un manantial fresco y cristalino que desciende desde el Parnaso por una fisura que se asienta entre los escarpados picos de Nauplia e Hiamia. El lugar invita a los caminantes a calmar la sed y el calor, pues, al lado del camino, brota una fuente de aguas transparentes, frías y dulces. Mas al lado de la fuente [2], junto a su corriente, vivía una gigantesca serpiente, de nombre Pitón. Apolo supo en seguida que aquella serpiente representaba un peligro mortal para su santuario y, a la vez, un  recuerdo incómodo del mundo del pasado. Decidió enfrentarse a ella y comenzar su dominio sobre Delfos con un gesto incuestionable de autoridad y de poder.

Fue una decisión que todos habrían de aplaudir, especialmente los asustados habitantes de aquellas tierras, pues Pitón, hija de Gea, cruel y sanguinaria, ocupaba su tiempo exterminando a todo aquel que se acercaba a la fuente, enturbiando las aguas de los otros manantiales que fluían desde el Parnaso y asustando a las ninfas, habitantes de los sombreados parajes de los cercanos bosques. Acechaba el ganado, quebraba las cepas de las viñas y las ramas de los olivos.

Apolo, acompañado por su hermana Ártemis, se acercó a la fiera con una flecha dispuesta sobre la tensada cuerda de su arco. Sin mediar palabra, sin dedicar a la bestia un solo gesto, disparó certero. Herida de muerte, Pitón comenzó a jadear profusamente y, rodando por el suelo, abrumada por los dolores de la muerte, lanzó un grito indescriptible, exhalando su último aliento con la boca ensangrentada. [3]

Entonces, lleno de orgullo, se jactó Apolo, poseído por la gloria de aquella primera victoria. Con displicencia, sin un ápice de piedad, mirando a la serpiente con el desprecio de quien se siente superior, le dirigió estas palabras:

Púdrete [4] ahora sobre la tierra que nutre a los hombres. Ya no serás más una carga aciaga para los hombres, que, comiendo los frutos de la fértil tierra, me harán aquí hermosos sacrificios. En este lugar te pudrirá la negra tierra y los radiantes rayos del sol”. [5]

Una alegría sin nombre invadió el corazón de quienes poblaban la fértil llanura de Crisa. Agradecidos, instauraron en honor del dios que había liberado sus tierras unos juegos que recibieron, en recuerdo de la hazaña de Apolo, el sobrenombre de “píticos”. Durante siglos, gente procedente de todos los rincones de Grecia habría de viajar a Delfos para conmemorar esta prueba del afán civilizador de Apolo: la derrota y muerte de la serpiente Pitón, símbolo del pasado, de un mundo que ya no habría de volver nunca.

Vencida Pitón, nada detuvo al dios. Delfine, el otro ser guardián de Delfos, huyó sin enfrentarse con Apolo. Su cuerpo mitad mujer, mitad serpiente, desapareció para siempre de los recuerdos de la gente.

Temis tampoco opuso resistencia, vencida por el convencimiento de que su tiempo había terminado. Caminó con Apolo por los lugares que siempre habían sido su hogar desde los lejanos tiempos en que Gea, la Tierra, había alumbrado el mundo en medio de terribles convulsiones, y se rindió al poder de aquel dios joven, henchido de energía. Sin temor, sin angustia, con la sensación de que liberaba su mente de un peso que ya era insoportable, comunicó al hermoso Apolo los secretos del futuro.

Cuando se fue, no miró hacia atrás. El paisaje que poblaba sus ojos era todo el horizonte.

  • El oráculo de Apolo

Apolo era ya el dueño de la tierra délfica. Sobre las quebradas de las Fedríades, rodeado por cientos de cornejas que graznaban a su alrededor, intentó contemplar el futuro, penetrar en el interior del templo que habría de alzarse sobre una terraza, encima del valle.

Delfos. Templo de Apolo
Entrada principal al templo de Apolo, corazón del oráculo. La niebla y la nieve cubren en invierno el santuario de Delfos, quizá el lugar religioso más importante de toda la Antigüedad.

Cierra los ojos. Ve entonces el dios su templo, y se fija en la inscripción que resalta sobre su entrada: ??????????? “Conócete a ti mismo”. Arruga su tersa frente, preguntándose por el significado de aquellas palabras que serían en el futuro uno de sus símbolos. Camina hacia el interior del edificio cargado de un olor dulce y penetrante, y en el ádyton, la parte más recóndita, el lugar más sagrado, consagra un trípode al lado de un laurel cuajado de hojas, recuerdo de su infortunado amor por Dafne [6]. Coloca el trípode sobre una grieta de la tierra; una grieta de la que mana un soplo imperceptible para los mortales. El soplo que hará posible a los hombres el conocimiento del futuro.

Ve entonces a la pitia [7], una mujer sentada sobre el trípode sagrado: parece sumida en un trance, poseída por el deseo de penetrar en el futuro. Es una anciana de gesto inexpresivo, está pálida y tiene el cuerpo agarrotado, los ojos en blanco, y no deja de masticar hojas de laurel mientras respira profundamente el soplo que surge de la grieta de la tierra. [8]

Cuando su trance parece llegar al punto culminante, su rostro se crispa, sus labios se entreabren dejando al descubierto el verde espumarajo en que se ha convertido el laurel, fermentado en su boca. Entonces, rígida como una columna, deja escapar del interior de su boca un rugido que no parece surgido de las entrañas de su cuerpo, sino de alguna sima de la tierra. Es la voz del futuro, la respuesta de Apolo a los enigmas que los hombres le plantean. Sólo unos pocos sacerdotes, servidores del templo igual que ella, tienen el privilegio de escuchar aquella voz. Todavía son menos los que alcanzan a entenderla.

2.- HISTORIA

  • Siglos de olvido

Sobre las ruinas de lo que fue el antiguo santuario oracular, se alzó un pueblo llamado Castri. Utilizando material de los antiguos edificios, la gente construyó sus casas, sus establos y sus corrales. Durante mucho tiempo los ecos de la historia de este lugar apenas resonaron en este grandioso paisaje, junto a la sagrada fuente Castalia, cuyo manantial discurre entre las impresionantes Fedríades, los dos salientes rocosos del Parnaso que dominan el valle sobre el que se asentó el santuario de Delfos.

Mas en el siglo XIX, con el auge de la arqueología, se crearon en Grecia una serie de instituciones extranjeras cuyo objetivo era promover la investigación arqueológica. Entonces el santuario de Apolo, enterrado por la acción combinada del tiempo, los terremotos y la actividad humana, comenzó a ser rescatado del olvido: la Escuela Francesa de Atenas obtuvo un permiso del gobierno griego para poder realizar una excavación completa en Delfos.

La hora de confrontar el mito con la historia había llegado.

  • Una excavación titánica

El primer problema que planteaba la excavación arqueológica de Delfos era verdaderamente difícil: había que destruir por completo la aldea de Castri para poder tener acceso a los niveles arqueológicos. Sólo la intervención del gobierno francés hizo posible que el proyecto siguiera adelante. En 1891, la Cámara aprobó un crédito de 400.000 francos (una cantidad de dinero muy importante para la época) para poder cubrir las indemnizaciones que debían cobrar los habitantes de Castri.

En 1893 comenzó a escribirse una de las páginas más impresionantes de la historia de la arqueología. La aldea fue borrada del mapa y el lugar cubierto con una red de vías de ferrocarril que sirvió para evacuar miles de metros cúbicos de escombros. Numerosas cuadrillas de obreros se turnaron casi sin descanso a las órdenes de E. Bourget, P. Pedrizet y otros miembros de la Escuela Francesa. En el lugar había la tensión que late en los momentos previos a los grandes descubrimientos. En realidad, los hechos confirmaron (y aun rebasaron) muy pronto todas las expectativas.

La excavación siguió más o menos el curso de la llamada Vía Sacra, el camino que seguían los peregrinos que llegaban a Delfos. Muy pronto se descubrió un pequeño edificio (el tesoro de los atenienses) que llenó de esperanza a todos los que participaban de los trabajos. A este descubrimiento siguieron otros todavía más importantes: el tesoro de los sifnios, el teatro y el templo de Apolo, además de un número importante de estatuas, entre las que se encuentra el famoso auriga de Delfos, una obra en bronce que es considerada hoy día como una de las piezas maestras de la estatuaria griega.

El Auriga de Delfos
El rostro enigmático y melancólico del Auriga de Delfos.

Por todas partes, en los muros que flanquean la Vía Sacra, en las bases de las estatuas y en cualquiera de las muchas piedras talladas que yacen desperdigadas por todo el recinto, aparecieron inscripciones de todo tipo. Muchas son frases de agradecimiento al dios, escritas por toda suerte de fieles a los que Apolo había ayudado de alguna manera. Otras tienen notaciones musicales que, todavía hoy, siguen sin ser definitivamente interpretadas. Delfos es un verdadero libro cuyas hojas de piedra guardan secretos que están todavía por contar.

Finalmente, fueron sacados a la luz otros dos recintos: uno de ellos es un estadio, ubicado en la parte más alta del área de excavación del santuario; el otro es un santuario, situado más abajo que el de Apolo, al otro lado del camino. Se trata de un espacio dedicado a la diosa Atenea, que es conocido hoy día con el nombre de Atenea Pronaía. En su interior se encuentra una thólos, edificio circular que forma parte de las imágenes más conocidas de Delfos.

Por fin, en el año 1903 el lugar fue entregado solemnemente a las autoridades griegas. Se había construido un museo para albergar los tesoros descubiertos. A pesar de que la Escuela Francesa dio por concluida la “gran excavación”, los trabajos nunca han cesado hasta nuestros días.

3.- UN LENGUAJE OBLICUO DEL ORÁCULO

El hecho de que Delfos atrajera la atención de los arqueólogos se debe a que es uno de los lugares angulares de la civilización griega. Su presencia es permanente en todas las muestras del espíritu griego: arte, literatura… Su excepcional importancia se debe, sobre todo, al oráculo, que funcionaba en el lugar mucho antes de la época en que fue asociado con el dios Apolo. La posibilidad de penetrar en el futuro debió de ser un poderoso imán que atrajo a gente de todo tipo, deseosa de conocer lo que el porvenir habría de depararlos en un mundo presidido por la violencia.

La importancia política del santuario fue tal que toda decisión que afectara a cualquiera de las ciudades-estado griegas se tomaba tras haber consultado antes el oráculo. Los reyes persas y los faraones egipcios llevaron ofrendas al templo e, incluso, se procuraron su benevolencia en no pocos conflictos con los griegos. Desde el punto de vista político, Delfos fue también un lugar de jerarquía internacional.

Mas las respuestas del dios eran siempre ambiguas, enigmáticas y, con frecuencia, difíciles de interpretar correctamente.

Temístocles, estratego ateniense durante los difíciles días de la segunda guerra contra los Persas (480 a. C.), consultó al oráculo de Delfos cuando el ataque persa contra Atenas parecía completamente inevitable. Apolo, a través de la pitia, contestó: “buscad refugio en la ciudad (o en el muro) de madera”. Tal respuesta parecía aludir claramente a la acrópolis, cuyos edificios eran entonces, en su mayoría, de madera. Mas Temístocles, hombre hábil e inteligente que había comprendido desde hacía tiempo que la salvación de Atenas estaba en el poder de su flota de guerra, convenció a la Asamblea de que el dios se refería no a la acrópolis sino a los barcos. La “ciudad de madera” era la flota. Los atenienses abandonaron su ciudad, desembarcaron a las mujeres, ancianos y niños en las playas de la isla de Salamina y esperaron a los persas en los angostos estrechos que separan sus costas del continente. En la batalla de Salamina (septiembre de 480 a. C.) los persas fueron completamente derrotados y la historia de occidente tomó un rumbo que todavía no ha abandonado en nuestros días. Temístocles interpretó bien el oráculo.

Muchos otros no tuvieron tanta suerte.

 

 


[1] Himno a Apolo 287 y ss.

[2] Esta fuente fue conocida después con el nombre de Castalia. Desde su manantial, en el que debían purificarse todos los peregrinos, partía la Vía Sacra que conducía hasta el oráculo del dios. Todavía hoy sigue manando.

[3] Himno a Apolo 357 y ss.

[4] El significado exacto de la palabra Pitón se nos escapa. En el texto del Himno a Apolo (versos 372 y ss.) parece que hay un juego de palabras con el verbo pýtho, que significa “pudrirse”. En efecto, quizá la relación entre el nombre de la serpiente y el sobrenombre “Pitio” que adopta Apolo se debe a que fue allí mismo donde el calor del sol hizo que se pudriera el cadáver de la serpiente. Sin embargo, ya en la Antigüedad se proponían otras etimologías, como la que relaciona el nombre de la serpiente con pythésthai ‘informarse’, significado que cuadra muy bien con la historia oracular del lugar.

[5] Himno a Apolo 363 y ss.

[6] Dafne (palabra que en griego significa “laurel”) es hija de la Tierra y del río tesalio Peneo. Apolo se enamoró perdidamente de ella y la persiguió con el deseo de poseerla. La muchacha, ajena al deseo amoroso, pidió a su padre ayuda antes de caer en los brazos del dios. Entonces, cuando Apolo iba a abrazarla, se transformó en laurel.

[7] Pitia es el nombre con el que era conocida la mujer que entraba en trance para comunicarse con Apolo. El nombre recuerda la época en que Pitón, la serpiente vencida por Apolo, era la guardiana del santuario.

[8] Una antigua tradición refería que en Delfos había un khásma gês, es decir, una “grieta de la tierra” de la que emanaba un gas (pneûma) de efectos más bien inexplicables. Plutarco nos da detalles muy interesantes sobre esta tradición (completamente verídica, a mi juicio) en su obra La desaparición de los oráculos. Personalmente he tratado este asunto en mi libro El rayo y la espada I, Alianza Editorial, Madrid 2008, en cuyas páginas puede encontrar el lector interesado una exposición amplia sobre las causas externas e internas que, a mi juicio, explican el trance adivinatorio de la pitia.

 

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