Tales de Mileto: el sabio misterioso

tales de mileto
El rostro reflexivo, profundo, de Tales.

El presente artículo versa sobre un hombre que fue considerado unánimemente por los antiguos uno de los llamados “siete sabios”. La tradición científica lo ha encuadrado, como a otros hombres no menos sabios, dentro del grupo de los llamados “filósofos presocráticos”, es decir, anteriores a Sócrates.

Ya he dicho otras veces que llamar filósofos a estos hombres es claramente inexacto, aunque es una denominación prácticamente imposible de desterrar ya de los libros. Aristóteles (fuente de primerísima importancia para el estudio de la filosofía presocrática) los llamó, no sin razón, ??????? (physikoí), convencido de que el conocimiento de la ?????, la naturaleza, era, en su más amplio sentido, el objeto de su estudio.

Uno de esos sabios a los que Aristóteles llamaba ???????, quizá el primero, quizá el más desconocido, se llamaba Tales, y era originario de la ciudad de Mileto. Lo primero que siempre me ha llamado la atención de Tales es la unanimidad de los antiguos en considerarlo uno de los siete sabios, pues las noticias sobre su vida y su obra son escasísimas. Y digo “su obra” de una manera completamente convencional, pues tengo, como gran parte de los estudiosos, la casi plena seguridad de que nuestro sabio (igual que Sócrates) no escribió una sola línea. O al menos, ni una sola línea que fuera conocida por el propio Aristóteles.

Así pues, no han llegado hasta nosotros, ni siquiera fragmentos de ninguna obra de Tales. Lo que ha llegado a nuestras manos son escritos de otros autores, en los que se le atribuyen cosas realmente extraordinarias como el cálculo de la altura de las pirámides de Egipto, la división de un círculo por su diámetro en dos mitades iguales, la predicción de un eclipse…

Como puede ver fácilmente el lector se trata de algo que hoy consideraríamos muy alejado del ámbito de la filosofía, tal como ésta se entiende en nuestros días. Sin embargo, como intenté explicar en el artículo citado, los caminos del conocimiento humano no estaban en la Grecia antigua tan separados como lo están hoy.

Pero ¿sabemos algo de Tales? ¿Qué podemos decir con cierta seguridad?

Nacimiento

El interés de los antiguos por la vida privada de las personas, aunque éstas fueran notables, es más bien escaso. En términos generales es muy difícil para el investigador moderno hacerse con un puñado de datos que puedan permitirle hablar con una cierta seguridad sobre la vida de tal o cual personaje. En este sentido, como en tantos otros, los antiguos mostraron un respeto real por la vida privada de la gente (incluso de la gente famosa) infinitamente mayor que el que profesan muchos de nuestros contemporáneos, fascinados por conocer los detalles de la vida privada de personajes insignificantes que, en un acto de auténtica prostitución, son capaces de mostrar ante cualquiera, por un puñado de monedas, los detalles sórdidos de su irrelevante existencia.

De Tales sabemos con certeza que nació o vivió en Mileto (como Anaximandro y Anaxímenes) y que, también como ellos, miró con sistemática curiosidad hacia el cielo buscando allí la explicación de algunas de las cosas que ocurrían en la tierra. En realidad, intentó algo que caracterizó a muchos griegos de su tiempo y de tiempos posteriores: buscar pautas, sistematizar conocimientos, encontrar un orden (??????) que hiciera inteligible el cielo, más inteligible de lo que podía suponerse atendiendo a los conocimientos de Egipto o Babilonia.

Quizá ese interés por “ordenar” los cielos hizo que Tales fuera considerado el primero de los siete sabios y que Aristóteles considerara que era el iniciador de una corriente de pensamiento (de una filosofía, al cabo) que después continuaron otros.

Es muy poco lo que podemos afirmar en relación con la fecha de nacimiento de Tales. De hecho, atendiendo a los datos de las fuentes antiguas, no a la imaginación (con frecuencia desbocada) de las modernas, sólo lo siguiente. Diógenes Laercio (autor del siglo III d. C.) dice en su Vidas de los filósofos 1. 37 que, según las Cronologías de Apolodoro, “Tales había nacido en el primer año de la Olimpíada 35”, es decir, en el año 640 a.C.

Éste dato concuerda con lo que puede leerse en la Suda (o Suidas), una enciclopedia del siglo X d. C. escrita en griego por eruditos bizantinos, donde se dice que “el milesio Tales […] nació antes que Creso durante la Olimpíada 34, es decir, entre 640 y 637 a. C.”. El texto continúa diciendo que “murió viejo mientras presenciaba una competición deportiva, aplastado por la multitud y agobiado por el calor”.

Esto es todo lo que sabemos de la fecha de nacimiento de Tales. Pero las fuentes antiguas nos dicen algo más en torno a los detalles de su vida.

Estancia y aprendizaje en Egipto

Para los griegos antiguos Egipto, y especialmente sus templos, era un lugar en el que abundaban los sabios. Muchos autores viajaron al país del Nilo con la intención de aprender sobre todo tipo de cosas, y Tales no fue una excepción. La Suda dice que fue educado en Egipto por los sacerdotes y que, como todos los griegos que reflexionaron por primera vez sobre los asuntos del cielo (entre los que se encontraban Ferécides de Siro y Pitágoras) fue discípulo de los egipcios y caldeos.

Plutarco (Isis y Osiris 364 D) afirma que “también creen que Homero y Tales, tras haberlo aprendido de los egipcios, consideraban que el principio y origen de todo era el agua, pues el Océano es Osiris y Tetis es Isis”. Es cierto que Homero llama al océano “origen de los dioses” y “origen de todas las cosas” en Ilíada 14.201 y 246, y en ambas ocasiones utiliza la palabra ??????? (génesis), pero fue realmente Tales quien formuló el pensamiento de que la fuente de todo debía de estar en el agua, dado que toda la tierra flotaba sobre ella.

En relación con la estancia de Tales en Egipto hay otro texto que quiero mostrar a mis lectores no sólo porque incide también en la importancia que tuvo para nuestro misterioso sabio su estancia en Egipto, sino porque es el mismo Tales el que parece estar convencido de que, gracias a ella, era considerado sabio por muchos. El texto es de Jámblico (siglo IV d. C.), Vida pitagórica, 2.12:

Tales acogió a Pitágoras complacido, viendo claramente lo distinto que era a los demás jóvenes y lo mucho que superaba la fama que lo había precedido. Compartió con él todos los conocimientos que pudo y, después de pedirle disculpas por su mala salud y su vejez, le instó a que pusiera rumbo a Egipto y a que se relacionara todo lo que le fuera posible con los sacerdotes de Menfis y Tebas. En efecto, al lado de aquellos sacerdotes él mismo había aprendido aquellas cosas por las que la gente lo tenía por sabio. […] Y así se difundió la buena noticia: si Pitágoras se relacionaba con aquellos sacerdotes sería el más divino y el más sabio, por encima de todos los hombres.

Así pues, el viaje a Egipto y la relación con los sacerdotes egipcios, depositarios en exclusiva de un saber que se encerraba en textos y tradiciones que no compartían con el pueblo egipcio, parece que influyeron decisivamente no sólo en la vida de Tales de Mileto, sino en la de Pitágoras y otros muchos de los antiguos griegos. Para buena parte de los autores antiguos, y para el propio Tales, según Jámblico, esta relación con los sacerdotes egipcios es la explicación de que fuera considerado un hombre sabio.

Pero en la vida de nuestro sabio pueden rastrearse otras anécdotas.

Anécdotas

Poco más que anécdotas indirectas podemos deducir, ciertamente, de los textos de las fuentes antiguas. Algunas son conocidas; otras no. Entre éstas últimas hay algunas que muestran la implicación de Tales en los asuntos públicos de su época.

Por ejemplo, Heródoto (Historia, 1. 170) dice que Tales instó a los jonios a constituir un Consejo único (una especie de Parlamento) que debía tener su sede en Teos, localidad que se haya en el centro de Jonia. Lo interesante es que, según Heródoto, Tales proponía que las demás ciudades “continuaran siendo habitadas sin disminuir su población y siendo consideradas como distritos”. Es curioso que nuestro sabio, tan atento a los fenómenos celestes, centrara la atención también en los asuntos públicos (algo que no debía de ser tan raro entonces como lo es ahora) y propusiera en el territorio de Jonia una organización política integrada por estados federados dependientes de un gobierno central con sede en Teos.

Pero hay otra anécdota, transmitida también por Heródoto (1. 75) que ilustra muy bien cómo Tales podía poner su talento de sabio, su alma de científico, al servicio de los hombres. Concretamente al servicio de Creso, el rey de Lidia, en guerra contra Ciro, rey de los persas. El texto de Heródoto dice lo siguiente:

Creso había enviado a preguntar al oráculo si debía atacar a los persas. A pesar de que recibió una respuesta ambigua, él la consideró favorable y se lanzó contra el territorio de los persas. Al llegar al río Halis, hizo que el ejército cruzara, en mi opinión, por los puentes allí existentes. Sin embargo, la versión más difundida entre los griegos es que fue Tales de Mileto quien le facilitó el paso. Ciertamente, se dice que cuando el rey Creso estaba junto al río, preguntándose cómo podría vadearlo (pues entonces no existían los puentes a los que me he referido), Tales, que se encontraba en el campamento, hizo que el río, cuyo cauce discurría por el lado izquierdo del ejército, fluyera también por el derecho. Y lo consiguió de la siguiente manera: ordenó cavar un profundo canal desde un punto situado río arriba, y lo prolongó en semicírculo, de modo que el río, desviado de su antiguo cauce en aquel punto gracias al canal, rodeara por detrás el sitio en el que acampaba el ejército y, rebasado ya el campamento, volviera de nuevo a su cauce. Así, en el momento en que el río se dividió en dos brazos, pudo ser vadeado a través de ambos. Algunos afirman que el cauce primitivo quedó completamente seco, pero yo no me lo creo. Pues ¿cómo lo hubieran atravesado en el camino de regreso?

Se trata, como ven, de toda una obra de ingeniaría con fines militares. A pesar de las reservas de Heródoto (algo natural en una mente inquisitiva como la suya), la anécdota es verdaderamente ilustrativa y nos ayuda a imaginar la figura de un hombre como Tales. La pregunta final que se hace Heródoto tiene sentido pues, tras la batalla que Creso libró contra Ciro, tuvo que retirarse a marchas forzadas, sin tiempo para repetir una operación de ingeniería de tal envergadura.

Finalmente, hay otra anécdota que quiero relatarles, relacionada con la supuesta forma de morir de nuestro sabio. Esta vez es Platón el que nos la transmite (Teeteto, 174a):

Tales, cuando estudiaba ensimismado los astros sin parar de mirar hacia arriba, se cayó a un pozo. Y se dice que entonces una esclava tracia, simpática e ingeniosa, se burló de él, pues estaba tan preocupado por conocer las cosas del cielo que se había olvidado de las que tenía delante, a sus pies.

G. S. Kirk y J. E. Raven se percataron ya en su obra Los filósofos presocráticos (traducción española, Madrid, 1969) de que ésta es una de las versiones más antiguas de un tópico universal: el filósofo distraído, el sabio despistado.

Sin embargo, por ser justos con el propio Tales, Aristóteles (Política 1259a), nos ha legado otra anécdota que va en sentido completamente opuesto, mostrándonos cómo el filósofo puede tener una faceta completamente práctica, comercial y rentable. Aristóteles nos dice que Tales, dolido porque muchos lo injuriaban por su pobreza y por  la inutilidad de sus conocimientos y de la filosofía en general, utilizó justamente sus conocimientos astronómicos para enriquecerse. En efecto, sabiendo por el estudio de los cielos que iba a producirse una gran cosecha de aceituna, tomó bajo fianza todas las prensas de aceite de Mileto y Quíos cuando era todavía invierno, y las alquiló a un precio muy bajo, pues en ese momento del año no había competencia. Cuando llegó el tiempo de la cosecha y todo el mundo buscaba a la vez las prensas, las alquiló al precio que quiso, ganando muchísimo dinero y demostrando, a la vez, “lo fácil que resulta a los filósofos enriquecerse si quieren hacerlo”.

Su obra

Ya he dicho que no ha llegado hasta nosotros ni un solo fragmento de una obra de Tales, y que es muy posible que no escribiera absolutamente nada. Sin embargo, algunas fuentes le atribuyen obras de títulos muy sugerentes. Éste es el caso de Diógenes Laercio, quien escribe (1.23) que “según algunos no dejó ningún escrito, y se dice incluso que la Astronomía náutica que se le atribuye no es suya sino de Foco de Samos. Sin embargo, otros afirman que escribió sólo dos obras: Sobre el solsticio y Sobre el equinoccio.”

Ya ve el lector que, incluso en la antigüedad, había quien creía que nuestro sabio no había escrito nada. Simplicio (siglo VI d. C.), en su obra Comentarios a la física de Aristóteles (23.32-33) afirma que “según se dice, no dejó nada escrito, excepto la Astronomía Náutica.”

Así pues, es muy probable que, aun en el caso de que hubiera escrito alguna obra, ni una sola línea de ella llegara, como decía antes, a los tiempos de Aristóteles. En cualquier caso, el debate continúa entre los especialistas que, ya desde la antigüedad, siguen fascinados por la figura de este hombre misterioso.

En esta tradición de debate en torno a la figura de Tales deben enmarcarse los escritos de autores antiguos, que le atribuyen opinión sobre asuntos de muy variada naturaleza. Y son precisamente sus opiniones, no su obra, lo que hizo que la gente lo tomara por sabio. Algo que no es de extrañar, por otra parte, pues la difusión de las obras escritas en la antigüedad era muy escasa, por no decir inexistente, y en el caso que nos ocupa, como ya he dicho, ni siquiera sabemos si hubo en realidad una obra.

Así pues, los antiguos tuvieron muy en cuenta las opiniones de Tales en relación con campos tan diversos como estos:

  • Principios del cosmos. Aristóteles (Metafísica 1.3, 983b) y Simplicio (23. 21-29; 36. 10-11; 90. 14-16; 458.23-25) afirman que para Tales de Mileto el agua es el principio de todas las cosas. Aristóteles afirmaba que “la mayoría de los que reflexionaron por primera vez consideran que debe de haber alguna clase de naturaleza, única o múltiple, a partir de la cual se ha generado todo, conservándose, sin embargo, ella. No todos, empero, dicen lo mismo […] sino que Tales, el que inició semejante filosofía, sostiene que es el agua, y por eso mismo afirmó que la tierra está sobre agua”.
  • Los dioses y el alma. Entre los testimonios que nos han llegado en este sentido, quiero subrayar el del romano Cicerón, quien en su obra Sobre la naturaleza de los dioses (1.10.25) dice que “el milesio Tales, el primer hombre que investigó tales cosas, dijo que el agua es el principio y que dios es la inteligencia que hace absolutamente todas las cosas a partir del agua”.
  • Principios de Geometría. El conocimiento que en esta materia tenía nuestro filósofo fue caricaturizado en el siglo V a. C. Parece como si todos los verdaderos innovadores tuvieran que pasar por el tamiz, a veces grosero, de los cómicos para que su figura e, incluso, sus opiniones llegaran de verdad a la gente común y corriente. Aristófanes, el irreverente comediógrafo ateniense, hizo de Tales diana de sus burlas en dos pasajes de sus obras: en Las nubes (177-180) y en Las aves (995-1009), donde aparece un tal Metón, urbanista, que pretende explicar a Pistetero, uno de los protagonistas, cómo ha de medirse el aire para poder “urbanizar” la nueva ciudad. Ante el asombro de su interlocutor el urbanista dice:

Tomaré las medidas con una cuerda puesta en línea recta, inscribiendo el círculo en un cuadrado; en medio estará la plaza, a la que conducirán calles directas y, como los rayos de una estrella (pues la plaza será circular) saldrán de ella las espléndidas calles rectas hacia todas partes.

Ante tal despliegue de geometría, el atónito Pistetero  afirma: “¡Este hombre es un verdadero Tales!”, justo antes de emprenderla a golpes con el pobre Metón, a quien considera un simple charlatán.

A pesar del contexto cómico, es significativa la respuesta de Pistetero, pues parece demostrar que el nombre de Tales era asociado, incluso en el contexto burlesco de una comedia, con la sabiduría.

  • Medición de las pirámides. Plutarco (Banquete de los siete sabios, 147a) y el romano Plinio (Historia Natural, 36.82) nos ofrecen las dos explicaciones que los antiguos daban con respecto a la medición de la altura de las pirámides por parte de Tales. De las dos, la más verosímil es la que ofrece Plinio:

El milesio Tales descubrió la forma de averiguar cuál era la medida de la altura de las pirámides, midiendo la sombra de éstas a la hora en que la suya propia medía lo mismo que su cuerpo.

Un procedimiento de medida tan fácil (la facilidad del genio) como ingenioso.

  • Teoremas. En este aspecto es Proclo (siglo V d. C.) nuestra fuente más importante. Él nos dice que la geometría fue descubierta en Egipto debido a una necesidad práctica de medición de tierras, ya que los desbordamientos del Nilo borraban las marcas de los límites de la tierra. Proclo dice (Elem. 64. 17-65, 11) que “Tales, tras viajar a Egipto, fue el primero en introducir esta ciencia en Grecia”.

Les Luthiers – Teorema de Tales

En otro pasaje de su misma obra (299. 1-4), Proclo afirma: “este teorema muestra ciertamente que, de dos líneas rectas que se cortan entre sí, los ángulos opuestos por el vértice son iguales. Según dice Eudemo, fue descubierto primero por Tales”. Más adelante, afirma que Eudemo (siglo IV a. C., alumno de Aristóteles, considerado por muchos como el primer historiador de la ciencia) atribuye en su Historia de la geometría este teorema a Tales porque “es necesario hacer uso de él para calcular la distancia de las naves en el mar de la forma en que dicen que la calculó”.

  • Astronomía y meteorología. Muchas son las referencias que tenemos de las fuentes antiguas en relación con los conocimientos astronómicos y meteorológicos de Tales. Desde que predijo un eclipse de sol en tiempos de Darío (Suda) hasta que fue el primero en descubrir que “el sol se eclipsa cuando la luna, que tiene una naturaleza semejante a la de la tierra, se sitúa perpendicularmente debajo de él” (Aecio, 2. 24.1).

Pero quizá el pasaje más conocido sea uno que nos ha transmitido Clemente de Alejandría (Siglo II-III d. C.) en Stromateis 1. 65, donde afirma que “Eudemo, en su Historia de la astronomía, dice que Tales predijo el eclipse de sol que tuvo lugar durante la lucha entre medos y lidios cuando reinaba entre los medos Ciaxares, padre de Astiages, y sobre los lidios Aliates, padre de Creso. […] Fue durante la 50ª olimpíada”. Es decir, entre 580 y 577 a. C.

Se atribuyeron a Tales otros conocimientos de astronomía. Así, por ejemplo, se decía que había sido el primero de entre los griegos en conocer los solsticios y lo relativo al tamaño y la naturaleza del sol (escolio a Platón, República, 600a) y que afirmaba (Aecio 2. 13. 1) que los astros “son similares a la tierra, pero inflamados”.

En fin, creo que es suficiente para mostrar a mis lectores lo que de verdad sabemos de Tales. No conservamos obras suyas, ni siquiera fragmentos (si es que las escribió), pero conservamos el recuerdo que las generaciones posteriores tuvieron de él: el recuerdo de un hombre sabio que intentó con todas las fuerzas de su mente conocer el mundo en el que vivía. Comprenderlo.

Ésa es nuestra deuda con él y con todos los que, como él, nos mostraron el camino de la investigación y el conocimiento.

Tales de Mileto. Apuntes de Historia de las MatemáticasTales de Mileto. Apuntes de Historia de las Matemáticas (Universidad de Sonora)
 

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Los cimientos del Humanismo

Teatro de Mileto
La ciudad de Mileto está hoy rodeada por marismas que hacen muy difícil visitarla.

EL NACIMIENTO DEL PENSAMIENTO RACIONAL

Los antiguos griegos utilizaban una palabra cuando querían referirse a lo que nosotros llamamos ‘pensamiento racional’. La palabra era λόγος (lógos). De esta palabra deriva nuestra lógica y toda esa caterva de términos más o menos técnicos que acaban en –logía, -lógico, –logo, etc. En realidad, con el uso de lógos en el sentido de ‘pensamiento racional’, ‘razón’, los griegos nos dieron una muestra realmente extraordinaria de su pensamiento interno, pues la palabra λόγος proviene del verbo λέγω, cuyo significado es literalmente ‘decir’. Así pues, la primera y más literal traducción de λόγος es ‘palabra’, lo que nos autoriza a deducir que para quienes inventaron tal término, la razón, el pensamiento racional, estaba profundamente unido a la palabra.

Ciertamente, siempre he creído que la palabra es el alma del pensamiento y, en ese sentido, he repetido muchas veces a mis alumnos la certera frase de L. Wittgenstein (Tractatus, 5.6): “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pensamiento y palabra caminan de la mano a lo largo de la historia, especialmente en Grecia, pues la lengua griega se adapta a las necesidades del pensamiento quizá como ninguna otra.

Pero ¿por qué en Grecia? ¿Por qué allí?

Creo que hay varias razones que pueden explicar este hecho. La primera de ellas es la ausencia de libros sagrados y, en general, de sacerdotes que velaran por el acatamiento y cumplimiento de un cuerpo doctrinal único y fijo. Este hecho permitió muy pronto la libre circulación de las ideas, sin el ceñidor de una religión y un clero oficiales como en Egipto, por ejemplo.

La colonización, especialmente del Mediterráneo oriental, explica también este proceso. Por necesidades de distinto tipo, los antiguos griegos entraron en contacto desde el siglo VIII a. C. con multitud de pueblos diferentes, lo que les obligó (y les enseñó) a contrastar costumbres, religiones, teorías…, y, de paso, propició la aparición de conflictos sociales. En aparente paradoja, los conflictos sociales hicieron posible la intervención de los ciudadanos en la vida pública y favorecieron un ambiente creciente de libertad. En este ambiente se inició por primera vez la actividad política.

Finalmente, en una sociedad cada vez más compleja (como ocurre con la nuestra), en un mundo cuya cotidianeidad había cambiado para siempre, se hizo necesario un tipo de conocimiento que permitiera hacer ciertos cálculos (de navegación, por ejemplo) para los que ya no servían los antiguos adivinos. El pensamiento racional surgió por la necesidad de resolver problemas cotidianos de naturaleza muy diversa, y en todos los ámbitos: sociales (el Estado); políticos (la pólis); ciéntíficos (navegación, física…).

La ciencia y la libertad nacieron del mismo vientre, en el mismo suelo y en la misma época. Y, sin ruido, casi de puntillas, una expresión se abrió paso hasta aparecer con asiduidad en los textos de Heródoto, Platón o Jenofonte: Τα ανθρώπινα (tà anthrópina) ‘las cosas humanas’ o, mejor, ‘lo humano’. Es un nuevo concepto que rápidamente se introduce, desde el ámbito religioso, en todos los contextos.

UNA NUEVA FORMA DE PENSAR

Así pues, en Grecia, especialmente en la costa de Asia Menor (actual Turquía) vio la luz una nueva manera de pensar basada en la razón y en el lenguaje (lógos), no en la imaginación (mýthos). Poco a poco se fue abriendo paso el concepto de individuo, que puso a los hombres en el camino de aceptar su propia responsabilidad, prescindiendo de la tutela de unos dioses que hasta entonces, habían estado omnipresentes.

No fue fácil, pues la responsabilidad individual y la libertad todavía hoy nos siguen produciendo un cierto miedo. Mas, a pesar de todo, a pesar de las enormes dificultades que entrañaba un mundo completamente desconocido y, repentinamente, vaciado de las explicaciones religiosas que habían dado sentido a todas las preguntas, algunos griegos fueron comprendiendo primero y acuñando después las palabras que habrían de alumbrar un mundo nuevo. Entre todas ellas, dos brillan, y siguen brillando, con una fuerza cada vez más poderosa.

La primera es φύσις (phýsis), una palabra muy compleja, que solemos traducir por ‘naturaleza’. Por primera vez se buscan y estudian las leyes de la naturaleza; comienza a percibirse que el mundo cambia constantemente y se entiende tal cambio como una generación: todo nace, surge, se desarrolla y muere, para volver a surgir de nuevo. La phýsis es todo aquello que se genera ante nuestros ojos, lo que las cosas son, independientemente de las apariencias y de los cambios. En muy poco tiempo, apenas un suspiro en términos históricos, la palabra phýsis designa todo aquello que permanece a través de los cambios.

Y en este momento, cuando el estudio de la naturaleza y sus leyes ocupa una parte principal de las preocupaciones y los anhelos de algunos griegos, esos mismos hombres, habitantes casi todos ellos de la Jonia asiática, de la costa de Asia menor, entienden que debe de haber también una ἀνθρωπίνη φύσις, una ‘naturaleza humana’, con sus propias leyes, sus propios cambios y su propia esencia. A partir de entonces comienza de verdad, en un sentido profundo, el humanismo, la corriente de pensamiento que habrá de impregnar hasta nuestros días buena parte de la esencia de nuestro pensamiento. ¿Hay una naturaleza humana? ¿Existe tal naturaleza a pesar de los cambios políticos, sociales y personales que el ser humano experimenta permanentemente? ¿Puede identificarse esa ἀνθρωπίνη φύσις, definir sus características, su comportamiento? ¿Puede preverse la naturaleza humana? Estas preguntas resonaron con frecuencia en las conversaciones, en los mercados, en las escuelas.

La otra gran palabra es ἀλήθεια (alétheia), ‘la verdad’. La verdad que antes era revelada por los dioses, parece ahora que puede conocerse sin ellos. La alétheia puede ser revelada al hombre a través no de los oráculos, sino del estudio y la razón, y puede hacer que conozcamos un mundo oculto desde siempre. El papel que en el mito juegan los dioses y los adivinos, lo juega ahora el σοφός, ‘el sabio’, esa clase especial de persona a quien se revela lo que permanece oculto a los demás. El sabio es el hombre que no se queda en la diversidad de las cosas o de los fenómenos, sino que es capaz de descubrir el principio (ἀρχή) que los constituye.

En este sentido, la palabra alétheia es muy expresiva pues, relacionada con el verbo λανθάνω ‘pasar desapercibido’ (igual que λόγος con el verbo λέγω), significa literalmente ‘lo que no pasa desapercibido’.

Así pues, en Grecia se produjo, sobre todo a partir del siglo VII a. C., un intento de sustitución del mýthos por el lógos, es decir, la voluntad de sustituir las narraciones mítico-poéticas por otras de naturaleza racional que intentaban explicar el mundo y al hombre no como fruto de los caprichos de los dioses sino como fruto de un orden, de un kósmos regido por leyes que se pueden descubrir y entender.

Éste es, a mi juicio, el origen del humanismo. Y por eso los primeros sabios son también los primeros humanistas.

PRIMEROS SABIOS. PRIMEROS HUMANISTAS

Los primeros sabios nacieron, sobre todo, en ciudades prósperas, transformadas por el comercio y habituadas a enfrentarse con los nuevos problemas: Éfeso y Mileto. No eran sólo filósofos, como los conoce la tradición, sino sabios, los primeros hijos del lógos, hombres preocupados por conocer la phýsis (no en vano Aristóteles los llama φυσικοί, es decir ‘físicos’), para quienes es posible acceder a la verdad (alétheia).

El primero de esos sabios fue Tales, de la ciudad de Mileto. Sabemos relativamente poco de él, a parte de algunos tópicos que se han transmitido desde antiguo. Uno de esos tópicos hace de él un típico sabio despistado, ensimismado en sus asuntos:

Igual que se dice también de Tales, que mientras estudiaba los astros y miraba hacia arriba, cayó en un pozo, y que una hermosa y graciosa esclava tracia se burló de que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía al lado de sus pies. (Transmitido por Platón, Teeteto 174 a).

Sin embargo, el hecho que asentó su fama entre sus coetáneos fue la predicción de un eclipse de sol. Según parece, utilizó su conocimiento del eclipse para evitar el enfrentamiento entre los ejércitos medo y lidio, a punto de entrar en batalla, y logró que se retiraran asustados. Hoy sabemos que el único eclipse de sol ocurrido en Asia Menor en época de Tales tuvo lugar en el año 585 a.C., por lo que aquella batalla (¡abortada por un sabio!) es el primer acontecimiento histórico fechado con absoluta certeza.

Tales también mantuvo que la luz de la luna provenía del hecho de reflejar la luz del sol, y explicó correctamente las fases de la luna y los eclipses de ésta y el sol basándose en el movimiento de ambos. Los dioses no tienen sitio en su explicación de la φύσις.

Otro de los primeros sabios fue Anaximandro, también de la ciudad de Mileto, que vivió entre los siglos VII y VI a. C. Algunos de los escasos fragmentos que conservamos de sus obras me han resultado siempre asombrosos. En uno de ellos trata de dar una explicación de los terremotos sin acudir a Poseidón y sus caballos que, en su galopar permanente, agitan la tierra bajo sus cascos.

Anaximandro dice que la tierra, al disecarse por una excesiva sequedad o después de la humedad de las lluvias, se abre en grandes hendiduras por las que penetra desde arriba un viento muy fuerte y constante que, a través de ellas, produce un estremecimiento de los propios cimientos de la tierra. Esta es la razón por la que se producen terremotos en tiempo de evaporaciones o de excesivas lluvias. (Transmitido por Amiano Marcelino 17.7.12)

En otro texto, transmitido esta vez por Cicerón, se nos dice que predijo un terremoto:

Los lacedemonios fueron advertidos por el físico Anaximandro de que abandonaran la ciudad y las casas, y pasaran la noche preparados en el campo, porque era inminente un terremoto. En aquella ocasión la ciudad entera se derrumbó y la cumbre del monte Taigeto se desgajó como la popa de un navío. (Transmitido por Cicerón, Sobre la adivinación 1. 50. 112)

En la introducción a esta sección he incluido otro texto de Anaximandro en el que intenta dar una explicación del origen del hombre de una manera que me parece casi inaudita, teniendo en cuenta la época en que la formuló. No resisto la tentación de repetir tal texto:

Anaximandro dice que el hombre se generó de animales de otras especies deduciéndolo de que las demás especies se alimentan pronto por sí mismas, mientras que el hombre necesita de un largo tiempo de amamantamiento. Por ello, si el hombre hubiera sido al principio tal como es ahora, no habría sobrevivido. (Transmitido por Ps. Plutarco 2 (12 A 10).

La aparición de hombres como Tales y Anaximandro nos puso a todos nosotros en una senda que, desgraciadamente, hemos empezado a abandonar desde hace algún tiempo. Deslumbrados por el esplendor de la tecnología, seducidos por el poder del dinero y del bienestar material, hemos tomado otro camino, más llano, aparentemente más fácil.

La historia de los hombres que inventaron el humanismo (Tales, Anaximandro y otros de los que seguiré hablándoles) es la historia de una aventura épica, más deslumbrante aun que la aventura de los héroes homéricos, de quienes sabios como Heráclito de Éfeso se sentían muy alejados.

Ojalá su recuerdo pueda seguir alimentando la esperanza de un resurgimiento de las ideas basadas en la preponderancia del hombre y de la anthropíne phýsis frente al poder de los mercados, las cifras de la economía y las calificaciones de las Agencias de rating. Si no es así, el futuro será tan irreconocible como el rostro de un fantasma.

 

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Filosofía y Ciencia

En los tiempos en los que el conocimiento racional comenzó a desarrollarse en la Grecia antigua, los términos filosofía y ciencia apenas podían distinguirse. Los primeros filósofos eran en realidad auténticos científicos, preocupados por explicar el mundo que los rodeaba sin acudir al mito ni a los dioses. En este sentido, fueron auténticos humanistas, los primeros humanistas en realidad, pues su afán fue siempre comprender lo humano, sin atender demasiado al difuso mundo de los dioses. Comenzaron a preocuparse por lo que ellos mismos llamaron ?? ????????? (tá anthrópina), es decir, “las cosas humanas”. Sus contemporáneos no los llamaron filósofos, ni científicos. Los llamaron sabios. Corría el siglo VII a. C.

La preocupación de aquellos hombres extraordinarios fue intentar comprender lo que ellos llamaron ????? (phýsis), una hermosa palabra que podríamos traducir por “naturaleza”. Y se esforzaron sin tregua por conocer la phýsis, toda phýsis pero, especialmente, la anthropíne phýsis, la naturaleza humana. Para conseguirlo, intentaron encontrar un método que les llevara a conocer la ??????? (alétheia), la “verdad”, sin acudir a explicaciones religiosas, ni siquiera a explicaciones míticas.

Muchos de sus contemporáneos percibieron en ellos un don especial, un don que les hacía “ver” la naturaleza de las cosas incluso cuando ésta estaba alterada por cualquier clase de suceso o de fenómeno. Los llamaron sabios porque “no les pasaba desapercibido” (alétheia en griego significa literalmente “lo que no pasa desapercibido”) lo que ni siquiera despertaba la curiosidad de la mayoría de sus contemporáneos. Los nombres de aquellos primeros sabios, capaces de percibir la naturaleza de las cosas, centrados en comprender la naturaleza humana, nos son conocidos: Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito… Todos ellos nacieron en las luminosas costas griegas de Asia Menor, en ciudades como Éfeso o Mileto.

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El teatro de Éfeso, visto desde el gimnasio

Sus obras, sin embargo, nos son casi completamente desconocidas. Apenas unos cuantos fragmentos transmitidos indirectamente por autores posteriores (a veces muy posteriores). Unos cuantos fragmentos que apenas nos dejan entrever las maravillas que debieron encerrarse en cada uno de sus escritos.

En esta sección, a la que he llamado filosofía y ciencia, me propongo mostraros  algunos de esos fragmentos que, sin duda, habrán de impresionaros. Lo poco que conservamos de aquellos sabios, de aquellos primeros sabios, es suficiente para deslumbrarnos, para hacernos valorar como un milagro que hoy, casi tres mil años después, podamos esforzarnos por comprender, atónitos, lo que ellos comprendieron.

El primero de esos textos es de ANAXIMANDRO de Mileto, un hombre que vivió entre los siglos VII y VI a. C. Es un texto que hubiera firmado, sin duda, el propio Ch. Darwin, veintiséis siglos después.

Ps. Plutarco 2:
Anaximandro dice que el hombre se generó a partir de animales de otras especies. Y lo deduce de que las demás especies se alimentan pronto por sí mismas, mientras que el hombre necesita amamantarse durante un largo período de tiempo. Por ello, si el hombre hubiera sido en su origen tal como es ahora, no habría podido sobrevivir. (12 A 10).

El otro fragmento con el que quiero inaugurar esta sección es de HERÁCLITO de Éfeso, que vivió entre los siglos VI y V a. C. y a quien sus contemporáneos llamaban “el oscuro”, pues sus pensamientos y sus escritos no estaban, según parece, al alcance de la comprensión de todos. En un tiempo en que la esclavitud era considerada por muchos un hecho natural, Heráclito escribió estas palabras que siempre me han parecido no propias de hoy sino de mañana.

La guerra es el padre de todos; el rey de todos: a unos los presenta como dioses, a otros como hombres; a unos los hace esclavos, a otros libres(22 B 53).

 

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