La circunnavegación de África (II)

nave fenicia

Decía en el anterior artículo dedicado a la circunnavegación de África que muchos estudiosos creen que este hecho, un verdadero hito en la historia humana, fue protagonizado por navegantes portugueses en el siglo XV. Una de las razones que justifican este punto de vista es la suposición, errónea a mi juicio, de que las naves antiguas eran incapaces de acometer una navegación de altura y se limitaban a costear, tomando como referencias fundamentales algunos hitos terrestres visibles desde la posición de la nave: montañas, ciudades, bahías, etc.

Esta suposición, basada, como tantas otras, en la supuesta incapacidad e impericia de los antiguos para acometer ciertas empresas. No hace falta que explique aquí que no comparto en absoluto este punto de vista y, según creo, el texto de Heródoto que vamos a analizar a continuación contribuirá no poco a explicar a los lectores el porqué.

Heródoto es un hombre sorprendente desde muchos puntos de vista. Con el paso del tiempo, su obra me ha ido interesando cada vez más y he llegado a convencerme de que se trata de un investigador verdaderamente sagaz, inteligente y, contra la opinión de muchos eruditos, ciertamente escrupuloso.

En el ámbito geográfico los conocimientos de Heródoto eran verdaderamente sorprendentes. En un mundo por descubrir, de límites desconocidos, los hombres que se lanzaban a mares y tierras inexploradas comenzaron a “escribir” la tierra (ése es el significado exacto de la palabra geografía) movidos por un afán indestructible por conocer el mundo que habitaban.

Heródoto nos habla en su obra de tierras lejanas con una precisión difícil de creer:

Las tierras situadas hacia el oriente lejano, situadas más allá de los persas, medos, saspires y colcos, tienen al sur el mar Eritreo, mientras que al norte se extiende el mar Caspio y el río Araxes, cuyo curso se dirige hacia el oriente. Asia está habitada hasta la India, pero al este de dicho país se extiende un desierto desconocido, del que nadie puede decir, aunque sólo sea aproximadamente, ni su extensión ni sus características. (Heródoto, Historia, 4.40)

El mar Eritreo es el Océano Índico. Heródoto consideraba al mar Caspio un mar cerrado, en contra de la opinión general que, hasta Ptolomeo, lo consideraba comunicado con el lago Mayátide, actual mar de Azov, y con el Océano que rodeaba la tierra por el norte. Después de Ptolomeo, los cartógrafos medievales siguieron creyendo que el mar Caspio tenía comunicación con otro mar. Una vez más, como tantas otras, Heródoto estaba en lo cierto.

Para Heródoto, el límite oriental del mundo conocido estaba en ese desierto que “se extiende al este de la India”. Se trata del desierto de Thar o Gran Desierto Indio. Me admira el grado de precisión con el que, en el siglo V a. C., el historiador era capaz de ubicar en el mundo algunos lugares que, como en el caso de la India situada al este del Ganges, fueron realmente conocidos sólo a partir de época romana.

Pues bien, en relación con la circunnavegación de África, Heródoto (Historia, 4.42) escribe lo siguiente:

Es claro que Libia está rodeada de agua por todas partes, salvo por el lado en que limita con Asia. Que nosotros sepa­mos, el rey de Egipto Neco (o Nekao, que reinó desde el 609 hasta el 594 a. C.) fue el primero que lo demostró, ya que, tras interrum­pir la excavación del canal que, desde el Nilo, se dirigía al golfo arábigo, envió en unos navíos a ciertos fenicios, con la orden de que, a su regreso, atravesaran las Columnas de Hera­cles hasta alcanzar el mar del norte y llegar de esta manera a Egipto.

Partieron, pues, los fenicios del mar Eritreo y navega­ron por el mar del sur. Y cuando llegaba el final del otoño, atraca­ban en el lugar de Libia en que, a la sazón, se encontraran. Sembraban  entonces la tierra y aguarda­ban la cosecha. Y, una vez recogida ésta, reemprendían la navegación. Y así, en el tercer año de travesía doblaron las Columnas de Heracles y arribaron a Egipto.

Y contaban algo que,  a mi juicio no es digno de crédito (aunque quizá lo sea para otras personas): que al contornear Libia, habían tenido el sol a mano derecha”.

Éste es el texto que merece comentar con un poco de calma. Veamos.

En primer lugar, Heródoto afirma que Libia, el nombre con que el historiador designa a toda África, “está rodeada de agua por todas partes, salvo por el lado en que limita con Asia” es decir, con el istmo de Suez. Esta afirmación, completamente correcta, cayó en el olvido hasta los tiempos de Vasco de Gama.

El historiador nos dice que los fenicios a quienes Nekao había encargado la empresa, partieron del mar Rojo (el mar Eritreo) y se internaron en el océano Índico (el mar del Sur) para finalmente entrar en el Mediterráneo a través del estrecho de Gibraltar (las Columnas de Heracles) al tercer año de travesía.

Muchos autores antiguos (Aristóteles, Estrabón, Polibio…) se mostraron abiertamente escépticos ante esta afirmación de Heródoto y no dieron demasiado crédito a lo esencial de su relato. Sin embargo, la narración del padre de la historia tiene todo el aspecto de ser cierta por muchas razones. Todos los datos, en efecto, son perfectamente verosímiles: en primer lugar, la elección de fenicios para llevar a cabo una empresa semejante, pues se trataba de marineros realmente avezados, siempre dispuestos a abrir nuevas rutas comerciales y decididos (como los españoles, portugueses y holandeses siglos después) a guardar celosamente en secreto sus rutas de navegación.

Por lo demás, la travesía pudo empezar en el mar Rojo, en noviembre, para llegar al canal de Mozambique probablemente en primavera. En junio la expedición alcanzaría el sur de África, donde vararían los barcos para poder sembrar la cosecha y recogerla en noviembre. Así se cumpliría el primer año de travesía. Botarían de nuevo las naves para librar el cabo de Buena Esperanza y llegar a comienzos de la primavera al golfo de Biafra, a comienzos de verano a Liberia y, finalmente, a Marruecos, donde se detendrían por segunda vez para sembrar.

Los fenicios entrarían en el mar Mediterráneo antes de cumplirse el tercer año de travesía, después de un viaje de 25.000 Km, en el año 600 a. C.

El último párrafo del texto que les he reproducido es, a mi juicio, la prueba de que el relato de Heródoto es verídico. En efecto, el historiador considera imposible que en, el momento de contornear África con rumbo oeste (es decir, desde el índico hacia el Atlántico), el sol estuviera a la derecha, tal como afirmaban los navegantes fenicios. Se trata de una objeción perfectamente razonable pues, en efecto, el sol no puede estar nunca a la derecha de cualquier habitante del hemisferio norte que siga una dirección este-oeste. En tal caso, el sol estaría delante, encima o detrás, según el momento del día en que se hiciera la observación.

Sin embargo la descripción de los fenicios, en la que Heródoto no cree, es la prueba que necesitábamos para comprobar la veracidad de su relato. En efecto, en el hemisferio sur, al librar el cabo de Buena Esperanza con rumbo oeste, los fenicios no tuvieron más remedio que tener el sol a mano derecha desde el amanecer hasta el ocaso. Ningún habitante del hemisferio norte que no estuviera en la posición que dicen los fenicios hubiera podido tener esa experiencia.

Incluso cuando cree abiertamente que su fuente se equivoca, Heródoto nos suministra información de un valor incalculable. En el caso que nos ocupa, su crítica al comentario de los fenicios en relación con la posición del sol en el momento de librar el cabo de Buena Esperanza nos proporciona la prueba decisiva que demuestra algo casi increíble: que naves fenicias circunnavegaron África en el siglo VI a. C.

 

Continue Reading

La circunnavegación de África (I)

Mundo. Eratóstenes
Eudoxo debía de tener este mapa en la cabeza (quizá no sólo en la cabeza) cuando planeó su viaje a la India

LA HISTORIA DE EUDOXO DE CÍCICO

Son muchas las hazañas que los antiguos realizaron en el mar. Cualquiera que haya navegado en alta mar a bordo de un velero sabe lo difícil que resulta avanzar en un medio en el que sólo hay un dueño y señor: el viento. Mi admiración por los hombres que se embarcaban hacia rumbos desconocidos, sin saber lo que les esperaba a lo largo de su ruta o al final de ella, con el principal afán de conocer el mundo en que vivían, sigue siendo infinita. Y no sólo la admiración, también la envidia.

En efecto, en un mundo como el que habitamos, en que todo parece estar a nuestro alcance, accesible, en el que la tecnología nos guía, nos marca el rumbo y nos indica nuestra posición con una precisión casi milagrosa, la fantasía del viaje, la inquietud por saber dónde estamos y si nuestra ruta ha sido alguna vez transitada, ha desaparecido en buena medida. Por eso los viajes de nuestros antecesores siguen ejerciendo sobre nosotros una atracción irresistible, como si supiésemos que el mundo que aquellos viajeros contemplaron se ha desvanecido para siempre.

Mas hay un lugar en el que las cosas sólo han cambiado superficialmente: el mar. Si alguno de nosotros desea experimentar sensaciones parecidas a las que debieron de sentir nuestros antepasados, el mar es el único lugar del planeta en que puede hacerlo, pues no se ha transformado, como lo ha hecho la tierra, irreconocible hoy para cualquiera de nuestros abuelos. En el mar no hay indicaciones, no hay “caminos”: sólo agua, viento, olas y estrellas en el cielo de la noche. Navegar contra el viento sigue siendo tan trabajoso como hace miles de años. Soportar las encalmadas, capear o correr los temporales, tan peligroso o tan estimulante como ha sido desde siempre.

Uno de los intentos viajeros más fascinantes de la Antigüedad es la circunnavegación de África. Desde muy antiguo, la necesidad de averiguar si África era una isla formó parte de los sueños de algunos hombres que, con suerte dispar, se empeñaron en intentar circunnavegar lo que, ciertamente, podía ser una isla gigantesca. Este deseo se tradujo en una serie de expediciones; tenemos noticias de algunas de ellas, de otras apenas sabemos nada.

Conocemos, por ejemplo, la historia de un tal Eudoxo, natural de Cícico, una ciudad situada en la Propóntide (actual mar de Mármara). Eudoxo vivió en el siglo II a. C., y su historia fue transmitida por Posidonio (contemporáneo de Eudoxo) y recogida por el geógrafo Estrabón, en el libro segundo de su Geografía. Según ese relato, Eudoxo llegó a Egipto en calidad de embajador durante el reinado de Ptolomeo VIII, que estuvo en el trono desde el año 146 hasta el 117 a. C. Bien admitido en la corte, procuró informarse con detalle de las navegaciones que tenían lugar a lo largo del Nilo y, seguramente, de otros muchos detalles relacionados con la navegación, pues, según dice Estrabón, “era admirador de las particularidades locales y no carecía de educación” (todas las citas que van entrecomilladas pertenecen a Estrabón, Geografía 2.3.4) .

Pues bien, estando Eudoxo en la corte egipcia sucedió que un hombre fue llevado ante la presencia del rey. Los guardias declararon que lo habían encontrado medio muerto en una playa como único superviviente de un barco que había naufragado, y añadieron que no sabían quién era ni de dónde venía, “pues no entendían su lengua”. Intrigado por la presencia de aquel desconocido procedente de tierras extrañas, Ptolomeo ordenó que le fuera enseñada la lengua griega, y lo puso en manos de los maestros más expertos.

Al cabo de un cierto tiempo, el desconocido relató que procedía de la India, desde donde había llegado navegando, que se había extraviado y que se he había salvado tras perder a sus compañeros por causa del hambre. Sin embargo, se mostró tan agradecido por el trato que le habían dispensado, que se declaró dispuesto a guiar hasta la India una expedición integrada por las personas que el rey tuviera a bien designar. Entre esas personas se encontraba nuestro Eudoxo, deseoso de participar en una expedición en la que estaba empeñado desde hacía tiempo.

Por lo demás, el empeño que Eudoxo demostró por intentar la circunnavegación de África y llegar directamente a la India estaba basado en el esquema geográfico elaborado por Eratóstenes de Cirene, el extraordinario director de la biblioteca de Alejandría que calculó con precisión extraordinaria el diámetro de la tierra en el siglo III a. C. En el mapa de Eratóstenes, que fue aceptado por muchos de los geógrafos de la época, el continente africano estaba representado en forma de un trapecio cuya base unía dos puntos situados al sur del río Lixo y del Cuerno del Sur, término éste que Estrabón emplea para designar el actual cabo Guardafuí, es decir, el vértice del llamado Cuerno de África.

Partió, pues, Eudoxo hacia la India. Nada dice Estrabón acerca del viaje, ni de la ruta seguida ni de las dificultades a las que, sin duda, debieron de enfrentarse sus miembros. Pero sí nos dice que a su regreso, Eudoxo traía una rica carga de perfumes y piedras preciosas, “algunas de las cuales son arrastradas por los ríos, mezcladas con guijarros, y otras permanecen enterradas, igual que líquidos solidificados parecidos a los cristales que se encuentran en nuestra tierra”. No pudo disfrutar de esta riqueza, sin embargo, pues toda ella le fue arrebatada por el rey, que se quedó con todo el cargamento.

Ahora bien, desde mi punto de vista, lo más interesante del relato que nos hace Estrabón sobre los viajes de Eudoxo, está en lo que ocurrió a continuación. En efecto, muerto el rey, fue sucedido por su esposa, Cleopatra III, quien envió de nuevo a Eudoxo con recursos aún mayores. Sin embargo, a su viaje de regreso “fue desviado por los vientos más allá de Etiopía”. Deambuló por tierras desconocidas ganándose a sus habitantes con habilidad, pues les daba frutos secos y pan a cambio de provisiones de agua y, sobre todo, guías que pudieran reconducir la expedición hacia la ruta de regreso a Egipto. Entonces, Estrabón escribe:

Descubrió Eudoxo un mascarón de proa hecho de madera, pecio de un naufragio. Tenía esculpido un caballo y averiguó que procedía de gentes que habían navegado desde el oeste. Lo cogió y, al embarcarse para la travesía de regreso, lo llevó con él. Cuando llegó de nuevo, sano y salvo a Egipto, […] llevó el mascarón al mercado, lo mostró a diferentes armadores y averiguó que procedía de Gadira. Ciertamente, mientras que los comerciantes de aquella ciudad fletaban grandes barcos, los pobres fletaban unos mucho más pequeños a los que llamaban  ????? (‘caballos’) justamente por el distintivo que llevaban en sus proas. Con estos barcos navegaban hasta el río Lixo, en Marusia, para pescar. Algunos de los armadores reconocieron el mascarón como perteneciente a un barco que, al navegar más allá del río Lixo, no regresó jamás. (Estrabón Geografía 2.3.4).

Este texto de Estrabón es extremadamente interesante, pues nos habla de una navegación que va mucho más allá de las necesidades de pesca. Los híppoi o ‘caballos’ faenaban en la costa atlántica de Marruecos (Marusia), junto a la desembocadura del Lixos (actual Lucas). Justamente aquí, los fenicios habían fundado una colonia llamada Lixus (otras veces llamada Lixa o, incluso, Lyns), al lado de la actual Larache. El propio Estrabón nos cuenta en otro lugar de su obra (Geografía, 17.3.8) que allí se encontraba la legendaria tumba que guardaba el gigantesco esqueleto de Anteo, el gigante que fundó en el estrecho de Gibraltar una ciudad a la que puso el nombre de su esposa, Tingis (actual Tánger).

Así pues, barcos de pequeño calado, llamados “caballos” navegaban desde Cádiz (Gadira) hasta la costa atlántica de Marruecos con intención de pescar ‘caballas’ entre otras especies de peces. Muy probablemente, algunos de ellos debían de continuar su navegación hasta el sur, probablemente con la intención de pescar en la zona del actual golfo de Guinea. Esta práctica explicaría que uno de esos barcos, el citado por Estrabón, se aventurara a navegar todavía más al sur, bien impelido por el viento, bien por cualquier otra razón, librando el cabo de Buena Esperanza para internarse en el océano Índico.

El texto de Estrabón nos muestra la aparición del pecio de un barco de Cádiz en el Índico, en una época anterior al siglo II a. C., aunque no podemos concretar la fecha del naufragio del ‘caballo’ gaditano. El hecho es que esta noticia hizo que Eudoxo imaginara, tal como cuenta Estrabón, que era posible hacer el periplo de África, así que volvió a su patria y, como tantos otros hombres prácticos y valientes de todas las épocas, después de invertir toda su fortuna en preparar la expedición, se hizo a la mar.

Partió de Cícico. Hizo escala en Dicearquia (la latina Puteoli, hoy Pozzuoli, al lado de Nápoles), Masalia (Marsella) y Cádiz, desde donde partió con “un gran navío y dos chalupas parecidas a las que utilizan los piratas, embarcó a jóvenes cantantes, médicos y artesanos y zarpó rumbo a la India impulsado por un viento constante del oeste”. Como suele suceder en este tipo de expediciones, el mar, el viento, el sol y el cansancio hicieron que la tripulación claudicase, pidiendo a Eudoxo tocar tierra. El barco embarrancó en una costa desconocida.

Refractario al desaliento, Eudoxo construyó una nueva chalupa (“semejante a un barco de cincuenta remeros”), con la que navegó hasta un lugar en que “los hombres eran de la misma raza que los etíopes y vivían en la frontera del reino de Bogo” (Geografía, 2.3.4). Muy probablemente Estrabón se refiere a Bocco I, rey de Mauritania, el rey que ayudó a los romanos en la guerra contra Yugurta.

En este punto, Eudoxo abandonó la idea de llegar hasta la India, dio media vuelta y “encontró una isla muy rica en agua y árboles, tomando nota de su posición”. Llegó, por fin sano y salvo de nuevo a Marusia, vendió la chalupa y fue por tierra al encuentro del rey Bogo, al que intentó convencer de que se hiciera cargo de  su expedición. Como tantos otros navegantes de todas las épocas, no tuvo éxito en esta ocasión, pues algunos consejeros del rey le inspiraron el temor de que el país podía ser fácil de atacar si se enseñaba el camino a extranjeros.

Según cuenta Estrabón, Eudoxo se pasó a territorio romano para terminar en Iberia donde, mostrando de nuevo su determinación, armó dos naves, una para navegar en alta mar y otra para navegar costeando, con la intención de llegar hasta la India. Cargó en las naves herramientas agrícolas y semillas, pues tenía la idea, si la navegación se alargaba, de invernar en la isla que había anotado en su anterior viaje.

En este punto Estrabón nos dice que Posidonio interrumpe su relato, de manera que no sabemos si los planes de Eudoxo llegaron o no a cumplirse. Lo que sí sabemos es que Posidonio, tal como nos dice Estrabón más adelante, creyó en la veracidad de este relato, y que (como creen algunos autores) el propio Posidonio podría haberse encontrado en Gadira en el momento en el que todavía no se sabía el resultado final del segundo viaje de Eudoxo. También consideraron veraz el relato Pomponio Mela (3. 90-92), el geógrafo romano oriundo de Algeciras y contemporáneo del emperador Claudio, y el propio Plinio (Historia Natural, 2. 169).

El hecho es que estos textos nos hablan de un mundo en el que la navegación formaba parte ya de las gestas de los hombres. Parece que Eudoxo no logró circunnavegar África, pero su fracaso, si es que puede llamarse así, no empequeñece en lo más mínimo su inquebrantable voluntad ni su valentía.

Ciertamente, muchos estudiosos creen (y lo expresan en sus escritos, algunos de ellos muy recientes) que la circunnavegación de África es un acontecimiento protagonizado por los navegantes portugueses del siglo XV, y que el mundo antiguo no pudo conocer tal gesta.

En el siguiente artículo intentaré demostrar que se equivocan y que, mucho antes que Eudoxo, algunas naves fenicias circunnavegaron el continente africano.

 

Continue Reading

La Odisea y Tarteso

creta_mar
La costa norte de Creta

Vivimos en un planeta que no deja de moverse, que transita imperceptiblemente a través de una ruta fijada por fuerzas extrañas que, sólo recientemente, nos ha sido dado comprender. Vivimos en un planeta viajero que va dejando su rastro en el cielo, un lugar aparentemente desordenado, caótico, que han observado noche tras noche los ojos de muchos hombres deseosos de comprender el mundo en que vivían.

Buena parte de esos hombres curiosos advirtieron muy pronto que en el viaje, en la contemplación de tierras y mares desconocidos, se encerraba buena parte de las claves que, al cabo, habrían de hacer nuestro mundo comprensible. Esos primeros viajeros, asumiendo todo riesgo imaginable y desafiando cuentos y leyendas que invitaban a permanecer en los viejos y estrechos límites de lo conocido, hicieron los primeros mapas, descubrieron que había muchas formas distintas de seres humanos, se plantearon por primera vez la necesidad de convivir con hombres que creían en otros dioses y tenían otros sueños, y nos mostraron las nuevas rutas del conocimiento, embarcándonos en una aventura que va más allá del espacio y del tiempo. De algunos de esos hombres trata este artículo.

Estaño y Edad del Bronce

La llamada Edad del Bronce, (desde 3500 a. C. hasta el año 1000 a. C. aproximadamente, pues la cronología puede variar ostensiblemente de un lugar a otro) fue posible gracias a la aparición de una tecnología que permitió la aleación del cobre y el estaño. El cobre abunda en el Mediterráneo, pero el estaño es un producto difícil de encontrar en esa zona geográfica, por lo que era necesario traerlo de los lugares en que se encontraba. Según las fuentes antiguas, especialmente las griegas, el estaño se encontraba en las llamadas “islas del estaño” o islas Casitérides (del griego kassíteros “estaño”).

En términos generales, la historiografía moderna identifica las islas Casitérides con las islas Británicas o, en general, con lugares situados en el golfo de Vizcaya, entre Finisterre y la Pointe du Raz, el punto más occidental de Francia, en la actual Bretaña. De estos lugares provenía el estaño que entraba en el Mediterráneo para, aleado con el cobre, alimentar la floreciente y lucrativa industria del bronce.

Sabemos que los fenicios, los más eficientes navegantes mediterráneos, introducían el estaño en el Mediterráneo, utilizando sus eficaces naves mercantes para distribuirlo por los lugares en los que la tecnología hacía posible su aleación con el cobre. Esta actividad debió de ser especialmente rentable para los experimentados comerciantes fenicios, hasta el punto de que pusieron en circulación toda una serie de leyendas que hacían del estrecho de Gibraltar, las famosas columnas de Melkart (la divinidad fenicia proveniente de la ciudad de Tiro, metrópoli de Cádiz), más tarde conocidas como columnas de Heracles o Hércules, poco menos que el último lugar de la tierra, la puerta hacia mundos imposibles en los que el océano se desplomaba sobre un abismo insondable.

Sin embargo, difícilmente naves fenicias hubieran podido hacer la travesía desde el promontorio sagrado (actual cabo S. Vicente) hasta las islas Casitérides. La razón es que estaban dotadas de una sola vela cuadrada, con la que resulta prácticamente imposible remontar la costa de Portugal, librar Finisterre y adentrarse por las peligrosísimas aguas del golfo de Bretaña, que suelen convertirse en una auténtica ratonera cuando el viento sopla del noroeste. Las velas cuadradas resultan en esas condiciones casi inútiles, pues no son capaces de hacer que un barco ciña, es decir, que navegue contra el viento.

Pues bien, si los barcos fenicios sólo introducían el estaño en el Mediterráneo desde la zona de Cádiz (ciudad fundada por Tiro en el año 1100 a. C.), ¿qué naves, entonces, eran capaces de enfrentarse con las peligrosísimas costas de Portugal, librar Finisterre y adentrarse con éxito en las duras y traicioneras aguas del golfo de Bretaña? La respuesta a esta pregunta es, según creo, fundamental para entender esta época decisiva de la historia antigua y es el marco, a su vez, de una asombrosa (e ignorada) historia de viajeros y descubridores. Es la historia de un pueblo que hizo de sus naves su razón de ser, y del mar su patria.

El mundo de la Odisea: una ruta hacia el océano

En este punto entra de lleno el relato homérico de la Odisea. Como el lector sabe bien, buena parte de la obra se desarrolla en la isla de Esqueria, lugar donde habita un pueblo misterioso: los feacios. Allí llega Ulises procedente de la isla de Ogigia, la paradisíaca morada de la ninfa Calipso, después de veinte días de navegación con rumbo este (Od. 5. 271 y ss.). El tiempo que dura la singladura de Ulises y el rumbo que sigue son dos datos de gran importancia, que Homero repite en varios pasajes de los cantos V, VI y VII. Durante su estancia en el país de los feacios, invitado por el rey Alcínoo, escucha por primera vez el relato de los sucesos de Troya, especialmente el episodio del caballo, de labios del aedo Demódoco (Od. 8. 486 y ss.), y no puede contener la emoción: sus ojos se llenan de lágrimas a pesar de su esfuerzo por evitarlas. Alcínoo, que está cerca de él se da cuenta, ordena al aedo que cese de cantar y pide a su huésped que revele por fin su identidad.

Ogigia, Esqueria, feacios… son nombres que la mayor parte de los estudiosos han tomado como simple producto de la fantasía del autor de la Odisea. Honestamente, creo que Homero nos ha revelado demasiadas cosas, nos ha guiado con demasiada precisión como para creer que sus relatos son producto de la fantasía. Personalmente dudo mucho que Homero, ni sus contemporáneos, tuvieran la posibilidad de fantasear, es decir, de inventar sin más esos nombres que realmente estaban situados muy lejos de su mundo, en el extremo occidente. La fantasía es un lujo al alcance de quienes tienen ya un sistema, del tipo que sea, tan sólidamente constituido que les permite precisamente fantasear en relación con él. Y este no es el caso de Homero, según creo.

Por el contrario, Homero utiliza nombres aparentemente inventados para describir pueblos y lugares que están al otro lado de su mundo, quizá porque sigue tradiciones que, desdichadamente nosotros hemos perdido. Para que el lector se haga una idea de lo que quiero decir, es como si alguien dijera que ha viajado a Taprobane. ¿Sería justificado decir que es un nombre inventado sólo porque no sabemos que ese topónimo pertenece a una tradición diferente de la nuestra, que ha utilizado el término Ceilán o, actualmente Sri Lanka para designar el mismo lugar? Y, si estoy en lo cierto al suponer que Esqueria o feacios son topónimos homéricos que la tradición posterior ha sustituido por otros, ¿cuáles son esos nombres?

Para intentar averiguarlo debemos empezar por saber qué dice Homero de la situación de Esqueria, la isla de los feacios. Veámoslo. Poco antes de que Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, encuentre a Ulises medio muerto en la playa, les dice a sus siervas:

“ No existe mortal […] ni llegará a nacer […] quien llegue con ánimo hostil al país de los feacios, pues somos amados por los inmortales y vivimos lejos, dentro del mar de agitadas olas, muy apartados, y ningún otro de los mortales tiene relación con nosotros” (Od. 6. 201 y ss.).

Subrayo en negrita cómo la propia Nausícaa enfatiza la lejanía de Esqueria. Mas, poco después, cuando ya ha encontrado a Ulises, vuelve a insistir sobre este hecho cuando le pide que camine apartado de ella, no vaya a ser que alguien, al verlos juntos, murmure diciendo: “¿Quién es ese fuerte y hermoso extranjero que si­gue a Nausícaa? ¿Dónde lo encontró? […] Acaso lo recogió, extraviado, de alguna nave de hombres lejanos, pues nadie vive cerca de nosotros” (Od. 6. 276 y ss.). La característica más señalada es la lejanía. Lejanía, obviamente, del mundo de Homero, es decir, del mundo egeo. Si admitimos las indicaciones del autor de la Odisea, Ulises se encuentra en el extremo occidental del Mediterráneo, y no dando vueltas, perdido, por el mar Egeo o por las costas de Sicilia.

El lector se preguntará qué isla, a la que Homero llama Esqueria, puede haber cerca del extremo occidental del Mediterráneo. Si echa un vistazo al mapa del cartógrafo Abraham Cresques (atlas) verá que el Guadalquivir sale al mar por dos bocas, formando una isla justo en la desembocadura y otra más abajo. No puedo explicar aquí la influencia de los ríos en los cambios de las líneas de costa; sólo pretendo dejar constancia de que un mapa realizado tres mil años después de que ocurrieran los sucesos descritos por Homero, cartografía dos islas justo en la desembocadura del río Tarteso, es decir, el Guadalquivir. Y no es el único mapa que lo hace.  Pero creo que el propio Homero nos precisa todavía más.

Ulises ha llegado al país de los feacios procedente de la isla de Ogigia, hogar de Calipso. Homero nos informa de que tardó veinte días en llegar, navegando siempre hacia el este, “pues le había orde­nado Calipso […] que navegase teniendo siempre la osa a mano izquierda” (Od. 5. 272). Evidentemente, navegar con la estrella polar a la izquierda supone mantener un rumbo este o, lo que es lo mismo, venir desde occidente. La pregunta es clara: si el país de los feacios está en el extremo occidente del Mediterráneo y Ulises llega a él partiendo desde Ogigia, un lugar que está todavía más al oeste, ¿dónde está ese lugar?

Me temo que la respuesta es evidente, aunque perturbadora: Ogigia está en el océano. En el océano Atlántico.

Tarteso: el vértice de dos mundos

El topónimo Esqueria y el gentilicio feacios sólo pueden recubrir, respectivamente, los nombres de Tarteso y sus habitantes, los tartesios. Sólo ese lugar cuadra con todos los datos (de los que, en un artículo como éste, sólo puedo mencionar algunos) que Homero, y no sólo Homero, nos proporciona. Ahora bien, si el país de los feacios es Tarteso, ¿qué se esconde bajo el nombre de Ogigia? Miren un mapa y verán que sólo hay una respuesta posible: Azores. Y es una respuesta cargada de sentido. Permítanme que intente explicar por qué razón.

Cualquier nave que, después de librar el cabo S. Vicente, intentara remontar la costa de Portugal con la intención de dirigirse a las Casitérides en busca de estaño, podía encontrarse con viento del norte. En tales condiciones, la navegación hacia el norte, en busca de Finisterre, obligaría a las naves a desviarse hacia el oeste para encontrar un ángulo de viento más favorable, pues la costa de Portugal impide maniobrar hacia el este. Es muy posible que, con el viento del norte entablado, las naves llegaran a las islas Azores por casualidad (como tantas otras naves de todas las épocas), encontrando así una base fundamental de cara a la navegación hacia las islas Casitérides. No una base logística, sino más que eso, pues la posición de las Azores podía permitir a las naves que viajaban en busca del estaño establecer un triángulo de navegación (S. Vicente-Azores-Finisterre) que posibilitara  a esos esforzados navegantes evitar el obstáculo insalvable de un viento del norte persistente y remontar la costa de Portugal para poder llegar al lugar donde se encontraba el estaño. Pocos especialistas dudan hoy de que los fenicios llegaron a las islas Azores, pues cada vez hay más evidencias de su presencia en las islas.

Ahora bien, llegados a este punto, debemos hacernos las preguntas  decisivas. En efecto, antes de que los fenicios se establecieran en el sur de la península Ibérica, ¿quiénes se atrevían a internarse en el Atlántico? ¿Qué naves eran capaces de hacer tales singladuras? ¿Quiénes traían el estaño desde las islas Casitérides para que los fenicios pudieran introducirlo en el Mediterráneo desde Cádiz? La respuesta, de nuevo, parece clara: los tartesios, y de nuevo Homero puede orientarnos. Veamos.

De las naves feacias se dice que “son tan veloces como las alas o el pensamiento” (Od. 7. 36), o que están tityskómenai fresí, es decir, “dotadas de inteligencia” (Od. 8. 556). Alcínoo se ve en la obligación de explicar a Ulises esa sorprendente afirmación, y añade:

“No hay pilotos entre los feacios ni ninguna clase de timón […] Nuestras naves conocen (ísasi) las reflexiones (noémata) y los pensamientos (fré­nas) de los hombres. […] Recorren rápidamente los abismos del mar incluso cuando están cubiertas por nubes o por niebla, y no tienen miedo ni de sufrir daño ni de perderse. Yo he oído decir a mi padre […] que Poseidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos indemnes. Decía que algún día destruiría en el nebulo­so mar una […] nave de los Feacios […] y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.” (Od.  8. 557 y ss.)

El pasaje es verdaderamente perturbador pues, a pesar de que Alcínoo puede exagerar al resaltar las virtudes de sus naves, ningún otro texto de la literatura antigua (al menos que yo conozca)  habla en estos términos.

Así pues, éstas debieron de ser las naves que comenzaron a navegar hacia las lejanas islas Casitérides en busca de un producto que ha marcado buena parte de la historia antigua: el estaño. Las marinos de Tarteso  enseñaron, a bordo de sus impresionantes naves (las “naves de Tarsis” de los textos bíblicos), el camino y la técnica de navegación en las aguas atlánticas a los fenicios, especialmente a los habitantes de Tiro que, decididos a seguir lucrándose gracias al tráfico del estaño, se establecieron en Cádiz y “cerraron” las columnas de Melkart a toda nave que no fuera suya.

Tarteso se convirtió así en el vértice de dos mundos: uno atlántico, cuyos protagonistas vivían en una isla lejana, a la que Homero llama Esqueria; otro mediterráneo, protagonizado por los fenicios. Ambos mundos estaban fijados a través de una ruta, la del estaño, establecida desde los albores de la Edad del Bronce, a través de la cual Ulises, presionado por los acontecimientos que se desarrollaron después de la caída de Troya (la destructiva irrupción de los llamados “pueblos del mar”), se vio obligado a navegar , lejos de su patria. Ulises el astuto, el prototipo del hombre inteligente, nunca se perdió. Más bien se han perdido quienes, en un alarde de falta de respeto con el señor de Ítaca, han considerado que los feacios habitaban en la isla de Corcira, la actual Corfú.

En efecto, la mayor parte de los estudiosos modernos, basándose quizá en un texto de Tucídides (1. 25), han situado el país de los feacios en la isla de Corcira. Mas ¿cómo es posible que Ulises, el navegante caracterizado por su perspicacia e inteligencia, desconociera la existencia de un pueblo que se encontraba a un sólo día de navegación desde su patria? En realidad, decir que la isla de Corcira es el país de los feacios es el mejor ejemplo de geografía fantástica que conozco.

La Odisea es el reflejo literario de todo un hito en la historia de los viajes de descubrimiento, quizá el más importante de la historia antigua. Y no sólo porque nos ayuda a comprender lo que pasó, sino porque es una auténtica guía, un mapa que nos orienta a través de un mundo sin el que la Edad del Bronce sólo podría entenderse de una manera incompleta.

Ulises nunca se perdió. ¿Cómo podría haberlo hecho en un mar como el Egeo, lleno de islas, donde no es fácil perder la tierra de vista? Al contrario, su viaje es de descubrimiento, rumbo a tierras desconocidas. Un viaje cuya etapa principal tuvo lugar en el lejano oeste, en las tierras del ocaso, habitadas por un pueblo de marinos cuyas naves asombraron al propio Ulises.

Unas tierras que nosotros conocemos con el nombre de Tarteso.

 

Continue Reading