Piratas

Encima de este párrafo hay una acotación que, en griego, dice: “Sueño”. Es posible que sea un título o, quizá, sólo una anotación posterior surgida tras la lectura del texto. Quizá el lector compruebe, cuando acabe la lectura de este fragmento del manuscrito, lo pertinente de tal observación.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 20.2

El pueblo desbordaba la capacidad de la plaza del foro. Desde todos los lugares de la ciudad había llegado una multitud atraída por el anuncio solemne que se había hecho unos días antes: el gobierno había por fin decidido poner coto a las actividades de los piratas.

Una sensación de alivio había recorrido los barrios de los puertos de toda Italia: las familias de pescadores y marineros, los armadores dueños de barcos, las empresas dedicadas a la contratación de toda suerte de fletes y de mercancías (incluyendo esclavos y animales) parecieron respirar con algo de calma en aquellos días en que, por primera vez, un decreto del Senado de Roma parecía tomarse en serio el gravísimo problema de la seguridad en los mares y de la viabilidad de las rutas comerciales.

Aquella tarde de primavera, con el sol calentando los rostros y la brisa haciendo ondear las telas de los vestidos, el gobierno de Roma iba a revelar solemnemente el nombre de la persona encargada de llevar a cabo un ambicioso plan contra las prácticas de los piratas: el problema de los robos, las amenazas, los secuestros y los asesinatos cometidos por las hordas de desheredados dedicados al lucrativo negocio de la piratería iba a ser atacados de frente. Definitivamente.

Mas, cuando los senadores comenzaron a descender las escaleras del edificio del senado, la multitud no prorrumpió en gritos de alabanza ni de júbilo. Las inmaculadas togas ribeteadas de púrpura, la caterva de  guardaespaldas y de clientes, el desfile de las literas portadas por exóticos esclavos no ocasionó esta vez el estrépito y las ovaciones de otras días; ni siquiera se oyeron gritos de reprobación. Sólo silencio; un espeso silencio que, repentinamente, se adueñó de aquel espacio, normalmente bullicioso, cuya agitación reflejaba muy bien el estado de ánimo del pueblo romano.

Muchos senadores dirigieron su atónita mirada hacia el corazón del foro, donde más abigarrada parecía la multitud. Escudriñaban los rostros, los cuerpos, los movimientos de la gente, como quien mira una masa informe, estúpida, carente de inteligencia y de poder. Mas no fueron capaces de percibir ninguna señal que les hiciera comprender el origen, la explicación de aquel tenso silencio que se había abatido de repente sobre el corazón de Roma.

Realmente, aquellos senadores, aquellos dirigentes que regían el mundo a impulsos de sus propias necesidades, no comprendían que algún misterio había hecho al pueblo percibir que ellos eran los que provocaban las carestías y las hambrunas; ellos subían o bajaban el valor de las monedas según el discurrir de sus propios intereses; ellos gobernaban las provincias como si fueran sus fincas; ellos sostenían tiranos y alimentaban guerras.

El pueblo por fin había entendido que aquellos hombres, rectores del mundo, administradores del dolor, del hambre y de la muerte, eran los piratas.

 

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Eclipse

Eclipse

El libro XII del Manuscrito de Paros está dedicado a temas religiosos. A través de textos de autores diversos, realiza un verdadero estudio comparado que comienza con una reflexión sobre el comportamiento del  clero de Egipto. Aunque el texto, fragmentario, no lo menciona, parece hacer referencia a los sucesos acaecidos durante el reinado de Akenatón (1353-1336 a. C.).

MANUSCRIPTUM PARIUM, 12.6

Los astrónomos del templo habían previsto un eclipse de sol. Era una información reservada, al alcance sólo de los sacerdotes de Amón. Habían dedicado mucho tiempo a calcular exactamente el día y la hora en que sucedería ese fenómeno extraño que, por unos minutos, desvanecería la luz del sol, oculta tras el cuerpo de la luna.

Corrían malos tiempos para el clero: tres años de una sequía que había impedido las necesarias crecidas del Nilo; tres años de gobierno de un faraón extraño que tenía fijada su atención en la pobreza del pueblo, agonizante junto a una tierra que no había recibido el regalo de los limos del río; tres años de una política de separación cada vez mayor entre el Estado y los cultos tradicionales, caracterizada por un ataque frontal a ritos firmemente asentados a lo largo de los siglos.

En un alarde de arrogancia, el faraón había ordenado que parte de los bienes y posesiones del clero fuera repartida entre la población empobrecida. Las reservas de los templos, las cosechas de sus campos, los beneficios de sus escuelas y los ingresos que generaba la explotación de las numerosas redes comerciales controladas por la poderosa casta sacerdotal de Amón, corrían así el riesgo de ser confiscados por el gobierno de aquel faraón insignificante, que había llegado al poder por accidente.

Cuando los más altos representantes del clero se reunieron, sus caras delataban tensión y recelo. Sobre una tarima, en torno a una mesa de madera, la cúpula sacerdotal decidió, con los rostros afilados por la luz de las antorchas, demostrar a aquel faraón advenedizo y confiado cuán grande era todavía su poder.

Todo el pueblo fue convocado en las explanadas de los templos con el pretexto de cumplir las órdenes del faraón y repartir entre la población parte de los bienes que se encerraban en sus sótanos. Era una mañana soleada, sin nubes en el cielo, con el aire preñado de luz. Nada hacía presagiar que el sol pudiera ocultarse; nada que la oscuridad invadiera la tierra muchas horas antes de la llegada de la noche. Sólo los sacerdotes sabían que aquella era la mañana del eclipse.

Minutos antes de que la posición de la luna comenzara a ocultar la luz del sol, los sacerdotes hablaron a las multitudes. Gritaron que Amón era mucho más poderoso que el faraón; que las riquezas de los templos pertenecían al dios, y no al soberano ilegítimo, que el dios estaba profundamente irritado y dispuesto a castigar duramente a Egipto.

Entonces el sol comenzó a empequeñecerse, y una sombra amenazante y fría heló de miedo la mirada del pueblo del Nilo.

Mas los sacerdotes sabían que aquella oscuridad era efímera, y antes de que el sol volviera a lucir de nuevo, aullaron que Amón era misericordioso: si el pueblo abandonaba los templos sin tomar ni uno solo de sus tesoros, si todos comprendían que el faraón era el único responsable de los males que agobiaban al país, entonces el dios ordenaría al astro que, de nuevo, calentara las tierras y las almas.

Los rayos del sol, nacido de nuevo, alumbraron los rostros crispados de la multitud que, iluminada también por la bondad del clero, comenzó a clamar contra el faraón hereje.

 

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Sibilas

Entrada al antro de la Sibila
Entrada al antro de la Sibila

Publico hoy una carta que Aurelia envió a Marco desde Cumas, al sur de Italia, durante el trascurso del viaje que realizó después de su reencuentro. Mientras, sigo buscando en el Manuscrito los textos que nos hablen de ese momento del reencuentro. Confío en que muy pronto podré publicarlos en esta página.

Cumas es el lugar en que se encontraba la cueva de la sibila que, según la tradición, guió a Eneas en su descenso a los infiernos.

MANUSCRIPTUM PARIUM. Lib. III, cap. III:

Querido Marco:

Sé que sigues esperándome pacientemente. Estoy deseando terminar este viaje para poder regresar a Paros y pasar contigo el resto de mis días. Ten paciencia, un poco más de paciencia, y deja que ate para siempre los últimos cabos sueltos que, todavía, me unen al pasado.

Estoy en Cumas, la primera que los griegos fundaron en Italia. Es una ciudad maravillosa, llena de evocadores paisajes, bañada por una luz que me recuerda a Grecia. En realidad, bien lo sabes tú, todo este sur de Italia es Grecia.

Te escribo sentada sobre uno de los muros que sujetan las terrazas de la acrópolis. Hace sol, la brisa es templada y, a lo lejos, resuena el galope de los caballos que se entrenan en la playa, lejana y abierta.

Acabo de visitar el antro de la Sibila, la famosa Sibila de Cumas, uno de esos seres que, según cree todo el mundo, poseen la certeza del futuro, el secreto del destino. Tengo sensaciones encontradas y me encantaría que estuvieses aquí, mirarte a los ojos, buscar en ellos el abrigo que siempre me han brindado y leer contigo los pasajes de la Eneida que describen este inquietante lugar.

¿No crees, Marco, que en el rincón más recóndito de nuestro cerebro sabemos que el futuro no existe? Sólo podemos imaginarlo, sentir que se materializa por un instante, igual que un sueño. Quizá esta furtiva certeza, la sensación de que el futuro nunca será nuestro, nos ha llevado a confiar en esos oscuros personajes que, rodeados por el halo de la extrañeza, dicen poseer los secretos del porvenir.

En el tenebroso y profundo interior de los templos o en los húmedos antros en que el tiempo parece detenerse, las sibilas, extrañas mujeres que conocen las disposiciones de los dioses, palpitan y rugen, como si su conocimiento, el reflejo que en ellas vive del tiempo futuro, las hubiera contagiado para siempre de una enfermedad maldita.

En Asia, en Grecia, en Italia, estas mujeres desgraciadas, recuerdo de un tiempo deformado por la memoria de los hombres, hijas de un pasado que ya nunca habrá de volver, ven (¡extraña paradoja!) el futuro. A su alrededor pulula, como aves de presa, toda una caterva de interpretadores de oráculos, de sacerdotes iluminados, capaces de comprender los ininteligibles sonidos que escapan de las gargantas de las sibilas cuando el trance de la adivinación posee sus sentidos. Escriben en versos, componen acrósticos que encierran oscuros secretos, recónditos designios que, al cabo, no importa que se cumplan, pues la naturaleza esencial del futuro es su absoluta inexistencia.

Los hombres, empero, acuden a Delfos o Cumas, a Samos o Dídima, a Babilonia o a Sardes. Preguntan por el futuro con la esperanza de poder tocar por un  instante la esencia de un tiempo que, indefectiblemente, habrá de robarles una parte del escaso turno de su vida. ¡Qué raza absurda! ¡Qué linaje extraño el de los hombres, que, desde el tiempo presente, pretende conocer lo que no es posible haber vivido todavía!

Nuestra vida sólo respira el aire del pasado, Marco. Sólo el pasado es nuestro, vive con nosotros, igual que un amante que espera cada día contemplar junto a su amada el aire del ocaso. Sólo el pasado nos hace como somos.

Ojalá algún templo, algún antro húmedo y oscuro albergara los gritos de una sibila capaz de conocer, de adivinar, el pasado del hombre. Ojalá algún oráculo, algún libro de arcanos, algún acróstico tejido en la mente de alguna de las sibilas del mundo pudiera explicarnos no el futuro, sino el origen, el nacimiento, la razón de nuestra existencia.

 

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Buceador

tumba tuffatore

Aurelia emprendió un último viaje a Italia después de su reencuentro con Marco. Probablemente trataba de poner en orden algunas cosas para no tener que volver a salir de Paros. En esta carta, camino quizá del puerto de Brindisi, nos habla de unas pinturas que, milagrosamente, han llegado hasta nosotros. Todavía pueden verse en el museo de Paestum.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 3.3

El camino desde Nápoles hacia el sur serpentea entre árboles frutales y flores silvestres, flanqueado por el mar y dominado por la presencia imponente del Vesubio. Todo parece pleno, fresco, como si la primavera estuviese aliada con las demás estaciones y una tregua suave y cálida presidiera el paso del tiempo. La paz parece amiga de esta tierra.

Sé que es una fantasía, Marco. Sé que la paz es un sueño, un deseo que nunca parece estar dispuesto a realizarse. Sin embargo, ahora que, lejos de mi casa de Paros, vuelvo a reencontrarme con Italia, siento una sensación de paz profunda, como si la contemplación de algunos de los restos del pasado me hubiera proporcionado una pequeña dosis de inmortalidad.

He intentado caminar con tus pasos, ver con tus ojos, imaginar mi casa habitada sólo por ti. Disfruto con calma sabiendo que, quizá por primera vez, estás haciendo lo que yo he hecho durante buena parte de mi vida: esperar. Ahora eres tú quien espera mi regreso, y sonrío al imaginarte echándome de menos.

Caminando a través de estas ciudades del sur veo más claramente que nunca lo grande que es Grecia, Marco. Estoy en Italia, pero es Grecia la que asoma en cada etapa del camino: Cumas,  Nápoles, Posidonia, Tarento, Regio… Toda esta tierra habla griego. Me recreo en la contemplación de los templos antiguos, de las avenidas, de los restos diseminados del alma griega. No sé por qué, pero me conmueven cada vez más los cementerios, esos lugares cargados de recuerdos, poblados por rostros que, igual que los nuestros, fueron queridos, acariciados, besados en otro tiempo.

Mas de todo lo que he visto, una cosa me ha impresionado especialmente, Marco: un dibujo sobre una tumba de Paestum. No sé muy bien lo que representa, pero da la impresión de que es un hombre que bucea en aguas tranquilas, flanqueado por algunas plantas marinas y por lo que parecen unas columnas, los restos de un edificio sumergido, igual que él. Sin darme cuenta imaginé que el pintor de esa tumba había querido simbolizar el tránsito de un mundo a otro, de una vida a otra. Un tránsito suave, casi placentero, como la sensación que un buceador siente al deslizarse por el suave universo de las aguas, dispuesto a sentir sobre su piel la caricia de lo desconocido. Nunca he contemplado una representación más sencilla, más conmovedora de la muerte.

Cuando me llegue la hora, amado Marco, quiero sentirme como el buceador de Paestum: ingrávida, flotando entre las aguas tranquilas de un mundo acogedor. Quiero descansar en ellas de todo el sufrimiento que, más allá, enturbia el dulce aliento de nuestro mundo.

 

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