Abrigo

Paros
Navegando desde Nausa (Paros) rumbo a Delos

No he encontrado todavía las páginas del Manuscrito de Paros en las que Marco y Aurelia expresan las sensaciones que les provocó su reencuentro. Por algunas referencias que ellos mismos hacen en otros documentos posteriores a ese momento decisivo de sus vidas, sé que existen. Sé que existen y sé que estoy cerca de dar con ellas. Y las publicaré aquí en cuanto pueda traducirlas.

Hoy quiero mostrar a mis lectores una carta que Marco dirige a su amigo Quinto (que vivía en Roma) desde la casa de Paros. Es decir, es una carta posterior al reencuentro con Aurelia. Aunque publicarla supone un cierto salto en la cronología de los hechos, no he podido resistir la tentación de hacerlo. Estoy seguro de que mis lectores estarán de acuerdo conmigo en que, al leerla, el interés por conocer los detalles del momento en que Marco y Aurelia vuelven a estar juntos no hace más que aumentar.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 3.11

Buena parte de nuestra vida, amigo Quinto, transcurre mientras buscamos abrigo. Igual que una nave estremecida por los vientos, intentamos encontrar un abrigo que nos proteja de los amenazantes escollos y que nos permita descansar, mecidos por la calma.

Como el marino exhausto que ha vencido una vez más a la muerte, creemos contemplar el paraíso cuando el agobio de nuestras preocupaciones, el helado frío que atenaza nuestros recuerdos, desaparece al abrigo de las palabras de un amigo o del cálido abrazo de un cuerpo que nos ama. Sentimos cómo la mirada de nuestros hijos templa nuestro desasosiego y llena nuestro ánimo con la suave carga del amor eterno. Notamos cómo el peso de nuestras responsabilidades se diluye entre las cuatro paredes que conocemos, como si nuestras cosas, nuestras efímeras posesiones, llenaran de sentido cada instante de nuestra vida.

Podemos dominar nuestra sed, templar nuestras ansias e, incluso, doblegar nuestros instintos. Podemos vencer la enfermedad y enfrentarnos con nosotros mismos en una lucha que dura tanto como nuestra propia vida. Podemos pactar con el tiempo, refugiarnos de su despiadada carrera con el dulce fármaco de nuestros recuerdos, como si sumergirnos en lo que fuimos aplacara el curso de los años en un remanso quieto, en un lago tranquilo cuyas orillas se dibujan al abrigo de todos los vientos.

Ahora, querido Quinto, puedo decirte que mi vida ha detenido su carrera. Ya no me atraen los honores ni la fama, ni creo que en el otro mundo, donde la calma parece que ha de presidirlo todo, las glorias pasadas me rediman de las innumerables veces que equivoqué el rumbo de mis actos. Todavía recuerdo las noches que pasamos en vela, poseídos por la venenosa enfermedad del trabajo y desvelados por la equivocada creencia de que estaba en nuestras manos redimir al mundo entero.

Te escribo desde el patio de la casa de Aurelia en Paros, el lugar del que tantas veces te hablé mientras compartíamos el deleite del poder y el amargo don de las responsabilidades. A la luz del candil, rodeado por los ecos del mar y de los pasos de Aurelia, arropado por la brisa y a salvo de los honores de Roma, creo que he encontrado el abrigo definitivo; la calma. La paz.

No tengo remedios que mitiguen tus angustias, ni drogas que alivien tu severa melancolía. Sólo puedo decirte que Roma se ha transformado en una hoguera en la que están ardiendo casi todos los ideales que, en otro tiempo, nos alimentaron. La libertad se ha convertido en una excusa y la ley ha terminado por proteger más al que la incumple que al ciudadano celoso preocupado por su cumplimiento. La política se ha transformado en un ejercicio diario de vileza que ha trocado la res publica en una fortaleza inexpugnable en la que se han atrincherado catervas de rufianes, y los ciudadanos, contagiados por las maneras de sus representantes, han olvidado la razón y han entregado sus esperanzas.

Es difícil, Quinto, abrigarse de los peligros de Roma, pues ¿quién puede evitar que las olas, alimentadas por un viento que no cesa de soplar, acaben por derrumbar los diques que nos protegen de su furia?

Yo estoy lejos ya, amigo mío. Las violentas olas que nutre la política se desventan en el patio de la casa de Paros;  su furor se desvanece ante la presencia de Aurelia y mi corazón late alimentado sólo por mis sueños.

 

Continue Reading

Ítaca (III)

cefalonia sami
Entrada a la acrópolis micénica de Sami, en Cefalonia. En el suelo, una abandonada caja de cervezas sirve de contenedor para el olvidado material arqueológico.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 5.3:

Por fin me acogen, una vez más, las tierras del Peloponeso. Nada mas desembarcar me he dirigido a Olimpia, pues quería pisar de nuevo la ciudad en la que los dos fuimos hace tiempo tan felices. Ayer estuve hasta el anochecer recostado sobre las suaves laderas del estadio, recordando los días en que los dos descubrimos tantas cosas descansando sobre esta misma hierba que, a pesar del sol implacable, resiste verde con una tenacidad casi romana.

Ahora me preparo para regresar a Atenas, en cuyo puerto embarcaré con rumbo hacia ti. Pienso con frecuencia en el pasado, aunque la mayor parte del tiempo me pregunto por los días que me aguardan. Te imagino esperándome en Paros pero, ahora que siento cerca el momento de volver a verte, no estoy seguro de que tus deseos sean los mismos que los míos. Como Ulises, estoy atrapado por la duda, por una duda que siembra en mi corazón mucho más temor que cualquier clase de enemigo.

Cuanto más cerca está el día de nuestro reencuentro más pienso en las incertidumbres que debieron de asaltar a Ulises, y lo imagino consumido por la angustia de no saber si Penélope lo estaba esperando o si, por el contrario, lo habría dado por muerto también en su corazón. Sin ella, sin la certeza de su amor, Ítaca hubiera sido un sueño perdido entre la niebla.

Después de tantas fatigas, de tantas pruebas, de tantos riesgos, después de sufrir la soledad en los desiertos y de conocer el terror en medio de las olas del mar, después de combatir a muerte contra mí mismo para no perder la esperanza, ahora me encuentro solo, convencido de que estoy a punto de emprender la etapa definitiva del viaje de mi vida sin séquito que me acompañe, sin compañeros que remen junto a mí, sin armas con las que defenderme de nadie, pues, al cabo, no hay enemigos acechándome, ni sirenas, ni cíclopes, ni monstruos ni adivinos.

¿Estarás esperándome? ¿Percibiré desde lejos tu presencia en los muelles del puerto de Paros? ¿Notaré tu aliento, tu olor, el eco de tu voz perdida entre el laberinto de lenguas y de cuerpos?

He pasado mi vida entre el polvo de los caminos y el estruendo de las batallas, he visto toda clase de calamidades y he aprendido a sobrevivir después de contemplar las atrocidades que la civilización es capaz de cometer. He conocido los honores, el triunfo, los elogios sinceros y los halagos fingidos; he pasado noches aterido de frío rodeado de gritos incomprensibles y feroces, y he visto mi vida en peligro en infinidad de ocasiones. Mas es ahora cuando me encuentro inerme, infinitamente angustiado, temeroso como nunca no de ser vencido o de morir, sino de haber sido olvidado por una mujer que me amó en un tiempo en el que yo no era capaz de intuir siquiera la importancia de sus besos, de sus gestos, de su presencia.

Releo tus cartas, cada una de tus palabras, e intento ver en ellas la señal inequívoca, la prueba indiscutible. Sé que me esperas, pero ahora, cuando por fin estoy llegando, el miedo me ataca como a un soldado que va a librar su última batalla.

El mismo miedo que robó a Ulises la paz de su regreso.

 

Continue Reading

Ítaca (II)

murallas micenicas
En Cefalonia, que muy probablemente formaba parte del reino de Ítaca en época micénica, enormes muros micénicos recorren las montañas.

Prosigo mi viaje, Aurelia. He recalado en Ítaca, donde llevo unos cuantos días intentando con todas mis fuerzas llenar mis recuerdos con sus límpidas costas, con sus montes cuajados de árboles y de matorrales olorosos. Me he bañado en sus aguas con tu imagen en mi mente, recordando los días en que nadábamos juntos en las costas de Paros, al otro lado de Grecia.

Por todas partes me parece intuir el reflejo de Ulises, el rey de estas tierras que (cada día lo veo con más claridad) debían de formar parte de un mundo más poderoso que el de Agamenón o Menelao. Donde quiera que miro, Aurelia, los restos del pasado afloran de manera impresionante: murallas gigantescas que recorren montañas, sepulcros imponentes que debieron de guardar los cuerpos de poderosos señores, necrópolis enormes llenas de tumbas.

Contemplando todo este mundo empiezo a comprender la razón que impulsó a Homero a hacer de Ulises el héroe superviviente por naturaleza, capaz de afrontar todas las dificultades y de convertir en simples contrariedades los apuros que detuvieron a otros hombres más fuertes que él: quizá ninguno de los destructores de Troya se vio obligado a abandonar una tierra tan hermosa.

Por eso, ahora que estoy a punto de embarcarme hacia el continente y de emprender el viaje que me hará cruzar toda Grecia en busca del mar Egeo, empiezo a creer que, si los hombres somos capaces de conservar para el futuro las obras de Homero, Ítaca acabará por convertirse en el símbolo de todos los viajes. He visto pocos lugares tan seductores, tan propensos a invadir de nostalgia a todo aquel que lo contempla.

Un pastor que sirve al dueño de la casa en que me alojo me llevó el otro día al lugar en el que, según decía, había estado la casa de Ulises. Me hablaba con un entusiasmo difícil de creer, con una franqueza que me recordó al porquero Eumeo. Es uno de esos hombres que tu llamarías indefinible, en cuyos ojos parece habitar una sabiduría velada y, a la vez, transparente. Me condujo a través de senderos de cabras, entre olivos centenarios que retorcían sus troncos asediados por el griterío de las chicharras. Un exquisito frescor nos envolvía; una paz serena.

Nos sentamos al lado del aprisco en el que guardaba sus cabras y, mientras yo intentaba recuperar el ritmo de mi respiración (y de mis emociones), comenzó a recitar en un griego perfecto algunos versos de Homero. Lo hacía con calma, casi cantando, como si esos versos formaran parte de su naturaleza y brotaran de su boca con la misma naturalidad que la más común de las palabras. Yo miraba alrededor mientras lo escuchaba, contemplando al oeste las costas de la cercana Cefalonia y al este una de las numerosas bahías de Ítaca: los versos de Homero parecían describir con precisión el lugar que contemplaban mis ojos, conformarse al ritmo de los versos, identificarse con cada uno de sus acentos, con su ritmo y con su significado. Tuve la misma sensación que he tenido en esos breves y escasos momentos de mi vida en que he presentido la contemplación de la verdad.

Cuando descendimos de nuevo a la pequeña ciudad en que habito, el pastor se despidió de mí con un gesto, no con palabras. Me pareció ver en sus ojos y en todo su rostro una invitación, una sugerencia, y el calor de sus manos al estrechar las mías todavía perdura en mi recuerdo.

Te escribo esta carta un día antes de embarcarme rumbo al Peloponeso. El deseo de volver a verte se mezcla con otro que no había previsto: contemplar estas tierras contigo, con tus ojos; a través de tus ojos. Mientras tanto, mi Ítaca, el mundo al que pertenezco, mi patria verdadera, comienza a dibujarse con una precisión que a mí mismo me sorprende.

Tú eres mi patria, Aurelia. La Ítaca a la que debo volver después de todo el viaje de mi vida.

 

Continue Reading

Ítaca

corfú

El libro V del Manuscrito de Paros recoge también parte de la correspondencia entre Marco y Aurelia. Por lo que he podido ver hasta ahora, se trata de las cartas que ambos se escribieron antes de su previsible reencuentro. Hoy les reproduzco la primera de estas últimas cartas, escrita por Marco desde la isla de Corcira, la actual Corfú.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 5.1

Ya estoy en el mar Jónico, Aurelia. Poco a poco la distancia se va acortando y los recuerdos se avivan a cada paso que doy hacia la isla de Paros. No sé qué fuerza es la que me impele hacia ti, ni si al llegar por fin al puerto de tu isla (siempre me ha parecido que Paros era tu isla) notaré ese calor interno que percibo siempre en los momentos decisivos.

A mi alrededor oigo ya hablar griego. Sé que es la lengua que amas, la lengua en la que mejor expresas tus sentimientos y tus emociones. En estos últimos días he recordado con placer las conversaciones en las que me decías que la lengua de Homero era capaz de expresar el amor, la pasión y las dudas con la dulzura de una caricia o con la aspereza de una roca. Ahora me complazco en recordarla, en hablarla de nuevo ya cerca de la tierra que hiciste tuya hace tiempo. Aquí, en Grecia, las palabras suenan con una cadencia distinta, con un eco que parece nacer de un mundo presente y ausente a la vez, como si el tiempo no fuera materia absoluta y pudiera ir y venir, avanzar y retroceder con la facilidad con que un arbusto es agitado por vientos contrarios.

No tengo prisa. Avanzo un poco cada día porque deseo acercarme a ti despacio, disfrutando de la sensación que me produce saber que estoy más cerca de mi destino. Perdona, amada Aurelia, el exceso de la palabra, pero sé muy bien que mi destino eres tú. Lo sé desde hace tiempo, pero sólo ahora lo he aceptado. No te asustes: es la verdad, independientemente de lo que nos parezca a los dos. Ahora sé que cumpliré mi destino el día que vuelva a verte.

Estoy en Corcira, la isla que la tradición define como la patria de los feacios, ese pueblo misterioso que acogió al agotado Ulises y lo llevó, por fin, a su patria Ítaca. Sé que tú la conoces, así que no voy a descubrirte su belleza, el verdor de sus bosques y la frescura de sus noches. Sumergido entre las laderas de sus colinas me he sentido igual que en los bosques de Germania o de Britania: rodeado por la sombra, acariciado por el olor de las umbrías de un paraíso.

Ayer estuve todo el día en la playa en que el náufrago Ulises fue rescatado de la muerte por la hermosa Nausícaa, la hija del rey de los feacios. Tumbado sobre sus redondos guijarros no pude evitar sentirme, si me permites esta comparación desproporcionada, como el propio Ulises: náufrago, perdido, abandonado por los dioses. Pero, igual que él, también sentí que todo lo he aprendido en el transcurrir de este viaje; que mi vida es este viaje.

Ahora que he visto el mundo entero sé que hay multitud de cosas sagradas y hermosas, lugares que sobrecogen, hombres de una extremada bondad y mujeres de una belleza casi dolorosa. Mas algo sé sobre todo lo demás: nada más hermoso para un hombre que su propio mundo, el lugar al que, por fin, pertenece.

Ahora sé que tú eres mi mundo, Aurelia. Ahora lo sé de manera definitiva. Mi Ítaca es la isla de Paros, en la que ni siquiera sé si ya me esperas. Tú eres mi Penélope, aunque algunas veces me torturo imaginándote seducida por las promesas de los voraces pretendientes.

Espero que Atenea me ayude, como a Ulises, a recuperar algo más que tu recuerdo.

 

Continue Reading