El drama del exilio: Publio Ovidio Nasón

Publio Ovidio Nasón
En el pedestal de la estatua puede leerse el epitafio del poeta, que parece meditar sobre lo profunda que es, con frecuencia, la ironía de la historia: el lugar en el que tanto sufrió, hoy honra su memoria.

 I

El poeta Ovidio vio la luz en el mes de marzo del año 43 a. C. Por lo que sabemos, su vida transcurrió feliz hasta el año 8 d. C, el fatídico año en que Octavio Augusto, el primer emperador romano, lo desterró súbitamente. Hasta ese momento, su obra es un reflejo de su vida. Sus primeros títulos no hablan del pasado ni de gestas heroicas ni de los grandes personajes mitológicos, sino de un presente feliz, a veces embriagadoramente feliz, en donde predomina la alegría de vivir y una despreocupada percepción de los sucesos que, fuera del círculo del poeta,  estaban cambiando para siempre la historia de Roma.

Los títulos de sus primeras obras (Amores, El arte de amar, Remedios amorosos, Sobre la cosmética para del rostro femenino) dan fe de esa posición casi diletante del poeta, aparentemente ajena a la realidad que la ciudad de Roma vivía en los momentos de consolidación del poder de Augusto. Sin embargo, espoleado quizá por la fama  que ya consagraba a poetas como Virgilio u Horacio,  Ovidio acometió la tarea de escribir  otras obras, alejadas ya de la temática que había caracterizado sus primeros libros. Entonces aparece un poeta más reflexivo (Metamorfosis) e, incluso irónico (Fastos).

Mas, como decía al principio, Ovidio sufrió de repente un golpe despiadado que cambió por completo el resto de su vida. Tenía poco más de cincuenta años cuando Octavio Augusto ordenó su destierro a la aldea de Tomi (en la actual Rumania), junto al mar Negro, en territorio de Escitia, prototipo, para un romano como Ovidio, de una tierra salvaje.

En esa aldea desolada, rodeado por gentes extrañas que hablaban una lengua ininteligible, agobiado por un clima hostil y los recuerdos, con el ánimo roto ante la implacable resolución de Augusto (y de su sucesor, Tiberio), Ovidio escribió algunos de los versos más hermosos de la historia de la literatura. Como tantas otras veces, la desgracia personal, la conmoción del destierro, el sufrimiento, en suma, han producido lo que a mi juicio es una verdadera obra de arte: los versos del exilio, contenidos en dos obras: Tristia (“Tristes”) y Ex Ponto (“Pónticas”).

Quizá para alguno de mis lectores sea ésta una afirmación exagerada, pues lo que la tradición recoge sobre Ovidio y su obra puede resumirse en una sola palabra: inmoralidad. En esto los ecos de la acusación en que se fundamentó su destierro han calado hondamente en los autores de todas las épocas. Porque, en efecto, Augusto desterró a Ovidio basándose en una acusación de inmoralidad y aportando para sostenerla una prueba decisiva: el Ars amandi o Arte de amar.

Pero ¿fue ésta, en realidad, la causa de una pena tan severa? ¿Tiene sentido que, en una sociedad como la romana, un escritor como Ovidio, una persona políticamente inofensiva, fuera desterrado a una aldea de la costa del mar Negro por el imperdonable delito de escribir una obra como el Ars amandi? En mi opinión, no.

Sin embargo, como decía antes, buena parte de la tradición considera a Ovidio un “inmoral”. Tal afirmación se repite hasta la saciedad en la obra de muchos autores y, por supuesto, es considerada motivo suficiente (y justificado) para su destierro. El poeta aparece en muchos de estos estudios como un hombre aterrorizado que espera la inapelable sentencia del emperador cargado con el peso de la culpa.

Mas hace tiempo, especialmente desde los días en que impartía clase sobre Ovidio en la UNED, empecé a plantearme que los hechos que podíamos conocer de la vida del poeta no se correspondían con esta visión de la realidad. De hecho, la vida de Ovidio está muy alejada del contenido de su obra maldita, tal como él mismo afirma: “Mis costumbres, créeme, están muy lejos de mi obra. Mi vida es pudorosa, mi Musa, alegre” (Tristia, 1.353-54). Y unos versos más adelante (360), añade: “¿Acaso son guerreros quienes cantan feroces guerras?”

Así pues, él mismo nos dice que sus obras amatorias no son el fruto de la experiencia (357-350) sino de la imaginación. La tradición, empero, (especialmente hasta finales del siglo XIX), es casi unánime: Ovidio es un poeta fácil, autor de versos en los que predomina la erudición mitológica (Metamorfosis) y una excesiva tendencia a la perífrasis.

En relación con sus escritos desde el exilio se dice que son excesivos lamentos sobre sus desdichas o que “nunca pudo renunciar a su frivolidad natural ni a las seducciones mundanas”, como dice J. Bayet en su Literatura latina (Ariel, Barcelona, 1970, p. 306). Hasta tal punto la acusación de inmoralidad impuesta por Augusto ha hecho fortuna en la crítica moderna. En mi opinión, lo decía más arriba, los versos escritos desde el exilio son una muestra verdaderamente conmovedora del talento del poeta.

Mas si, como creo, la acusación de inmoralidad era realmente una excusa, un pretexto que oculta la razón real, ¿podemos saber esa razón, la causa del destierro irrevocable de Ovidio?

El lector comprenderá que se trata de un problema muy difícil de resolver, en relación con el cual creo que todavía no se ha dicho la última palabra. De hecho, estamos delante de uno de los asuntos más debatidos por la crítica de todos los tiempos pues, realmente, parece un verdadero misterio que el propio Ovidio alimenta cuando afirma: “una parte de mis desgracias conviene que muera conmigo. Ojalá pueda yo, con mi silencio, disimularla” (Tristes, 1.5.51-52).

En realidad, el mismo poeta nos define con sólo dos palabras los motivos de su desgracia: carmen et error, “un poema y un error”. Parece claro que el poema es el Arte de amar (en eso están de acuerdo la inmensa mayoría de los estudiosos). Desde luego tiene sentido que Augusto, decidido a restaurar la moral pública romana, castigase a un poeta que se había mostrado en los versos de su obra como obsceni doctor adulterii, “maestro del obsceno adulterio” (Tristes, 2.212). De hecho con estas palabras el propio Ovidio parece asumir que fue el único poeta de su tiempo que permaneció ajeno al tipo de moralidad encarnado por el emperador y difundido profusamente por la propaganda imperial y por las llamadas Leges Iuliae (“Leyes Julias”) sobre el matrimonio.

Sin embargo, soy de los que piensan que la dureza de la condena de Ovidio (un destierro del que nunca fue perdonado ni por Augusto ni por su sucesor, Tiberio) excede con mucho la gravedad de su delito. Más bien parece que los versos de su Arte de amar resultaron ser un oportunísimo pretexto para castigar, en realidad, ese error, esa equivocación fatídica que el propio Ovidio lamenta varias veces. En Pónticas 3.3.70-72 dice:

Ningún crimen late dentro de tu Arte.
¡Ojalá pudiera defenderme!
Tú sabes que otra cosa más grave es lo que te ha perjudicado.

Permítame el lector que me quede aquí. En un próximo artículo abordaré con calma qué fue esa “otra cosa más grave”, ese error que provocó la ruina de Ovidio. Ahora vamos a centrarnos en sus versos.

II

Así pues, en el año 8 d. C., en un momento en que Ovidio se encontraba en la isla de Elba, se abatió sobre él una sentencia inexorable dictada por el propio Princeps, Augusto. Tal sentencia condenaba al indefenso poeta a abandonar Roma de inmediato y a trasladarse a Tomi (o Tomos), actual Constanza, en la costa occidental del mar Negro (Ponto Euxino).

mar negro congelado
El frío congela con frecuencia las aguas del Ponto Euxino (el "Mar Hospitalario") en invierno. Los ojos de Ovidio contemplaron en los días de su destierro el desolado aspecto de un mar que, para él, no fue hospitalario

Quizá, ni la pena de muerte hubiera sido más dura. Para un ciudadano romano, abandonar su patria, a su familia y a sus amigos era peor que la muerte. Mas si, además, su destino era el gélido país de los getas, la ribera del Ponto, helada en invierno, el castigo se convertía en algo verdaderamente insoportable.

Ovidio tenía cincuenta y dos años de edad cuando recibió la noticia. Regresó inmediatamente a Roma y pasó allí su última noche en compañía de su familia y de sus más íntimos amigos. Al amanecer, se embarcó rumbo a un exilio del que no habría de regresar.

En la tercera elegía del libro primero de sus Tristes, evoca la última noche pasada en Roma. Es uno de los poemas más hermosos de toda la obra. Con toda probabilidad fue escrito durante el viaje hacia el Ponto, en alguna de sus tristes escalas, quizá (como cree algún autor) en un puerto del Epiro (actual Albania).

Permítame el lector que lo escriba también en latín para que, aunque no sea conocedor de la lengua latina, pueda percibir el ritmo, la belleza palpitante de estos versos:


Cum subit illius tristissima noctis imago,                1
qua mihi supremum tempus in urbe fuit,
cum repeto noctem qua tot mihi cara reliqui,
labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.
Cuando me asalta el tristísimo recuerdo de aquella noche
en la que viví mi último instante en la ciudad,
cuando recuerdo la noche en que abandoné todo lo que amaba,
todavía hoy una lágrima se desliza desde mis ojos.

 

Iam prope lux aderat, qua me discedere Caesar      5
finibus extremae iusserat Ausoniae.
Nec spatium, nec mens fuerat satis apta parandi:
torpuerant longa pectora nostra mora.
Ya estaba cerca la luz del día en que el César me había ordenado
dejar atrás los últimos confines de Italia.
Ni tiempo, ni ánimo tuve para poder prepararme:
una larga espera había paralizado mi pecho.

[…]

non aliter stupui, quam qui Iouis ignibus ictus        11
uiuit et est uitae nescius ipse suae.
Ut tamen hanc animi nubem dolor ipse remouit
Et tandem sensus conualuere mei,
Adloquor extremum maestos abiturus amicos,         15
Qui modo de multis unus et alter erant.
Quedé atónito, como quien herido por el rayo de Júpiter
vive y, a la vez, no sabe que está vivo.
Mas cuando mi propio dolor disipó esta nube de mi ánimo
y, al fin, el vigor volvió a mis sentidos,
a punto ya de irme, por última vez me dirijo a mis desolados amigos
que de muchos, apenas uno y otro eran.

Éste último verso (qui modo de multis unus et alter erant) es de un dramatismo conmovedor. El hombre que va partir al exilio ve que de sus muchos amigos, aquellos que en los tiempos felices estaban siempre a su lado, solo quedan unus el alter, literalmente “uno y otro”. Creo que sólo el latín, con su concisión casi dolorosa, puede expresar con tal sencillez el sufrimiento de Ovidio.

Mas la noche le da una tregua, un instante para ver por última vez el Capitolio, los edificios de la ciudad en la que ha sido feliz, los lugares sagrados habitados por dioses que quizá no le acompañen. Ovidio describe ese momento de calma con dos versos absolutamente maravillosos, que no pueden traducirse sin perder el ritmo, casi musical, casi sinfónico, de las palabras latinas:

Iamque quiescebant voces hominumque canumque,                  27
lunaque nocturnos alta regebat equos.
Ya callaban las voces de hombres y perros
Y la alta luna guiaba los caballos de la noche.

La luz, empero, el amanecer, llega implacable. Ovidio debe despedirse ya de Fabia, su esposa. Es un instante supremo, pues la aurora anuncia que la partida, el viaje hacia la muerte (pues no otra cosa es el exilio) no puede aplazarse más. Las palabras de Fabia son, quizá, de las más emocionantes que hayan podido escribirse nunca:

Tum uero coniunx umeris abeuntis inhaerens
miscuit haec lacrimis tristia uerba meis:                  50
“non potes auelli. Simul hinc, simul ibimus”. inquit,
“te sequar et coniunx exulis exul ero.
Et mihi facta uia est, et me capit ultima tellus:
accedam profugae sarcina parua rati.
Te iubet e patria discedere Caesaris ira,
Me pietas. Pietas haec mihi Caesar erit”.
Entonces, yéndome ya, mi esposa, aferrándose a mis hombros
mezcló con mis lágrimas estas tristes palabras:
“No pueden arrebatérteme. De aquí juntos, juntos partiremos.
Te seguiré. De un exiliado seré exiliada esposa.
Este viaje también para mí está hecho, también me toma el confín de la tierra.
Leve carga seré en esta nave prófuga.
La ira del César te ordena alejarte de tu patria.
A mí el amor. Este amor será mi César.”

Ya en Tomi, en la ultima tellus, Ovidio no pudo olvidar Roma. El recuerdo de la ciudad, de sus amigos y, especialmente, de su esposa, fueron marchitándolo poco a poco, mientras fue comprendiendo que nunca recibiría el perdón.

Voy a terminar este artículo con algunos versos de la elegía tercera del libro tercero de los Tristes. De nuevo es el recuerdo de Fabia lo que inspira al poeta. Cada vez que leo estos versos, a pesar del tiempo, a pesar de las veces que lo he hecho, la emoción acaba atrapándome.

Lassus in extremis iaceo populisque locisque,
et subit adfecto nunc mihi, quicquid abest.
Omnia cum subeant, uincis tamen omnia, coiunx,   15
et plus in nostro pectore parte tenes.
Te loquor absentem, te uox mea nominat unam;
nulla uenit sine te nox mihi, nulla dies.
Agotado yazgo en extremos lugares, en pueblos extremos,
y ahora, tan débil ya, todo lo ausente me asalta.
Mas, aunque todo me asalte, a todo vences, esposa,
y más que una parte de mi corazón posees.
A ti ausente te hablo, sólo a ti mi voz te nombra;
Ninguna de mis noches llega sin ti, ninguno de mis días.
[…]
Si tamen impleuit mea sors, quos debuit, annos,
et mihi uiuendi tam cito finis adest ,
quantum erat, o magni, morituro parcere, diui,
ut saltem patria contumularer humo?                                    30
[…]
tam procul ignotis igitur moriemur in oris,
et fient ipso tristia fata loco;
nec mea consueto languescent corpora lecto,
depositum nec me qui fleat, ullus erit; 40
nec dominae lacrimis in nostra cadentibus ora
accedent animae tempora parua meae;
nec mandata dabo, nec cum clamore supremo
labentes oculos condet amica manus;
sed sine funeribus caput hoc, sine honore sepulcri     45
indeploratum barbara terra teget.
Mas si mi suerte ha cumplido ya los años que debió
y el final de mi vida está ya tan cerca,
¿tan difícil era, grandes dioses, perdonar al que ha de morir
para que, al menos, fuera enterrado en el suelo de su patria?
[…]
Pero he de morir lejos, en costas desconocidas,
en un lugar que hará aún más triste mi destino.
Mi cuerpo no languidecerá en el familiar lecho
ni habrá nadie que por mí, dispuesto ya, llore.
Las lágrimas de mi esposa cayendo sobre mi rostro
no añadirán a mi vida un poco más de tiempo.
No habrá última voluntad ni, con la última llamada,
una mano amiga cerrará mis ojos desfallecientes.
Sin funerales, sin la honra de un sepulcro
una tierra bárbara cubrirá este cuerpo indeplorado.

Finalmente, Ovidio, desde la inmensa distancia, escribe como si estuviera mirando a su esposa, cara a cara, a los ojos, y le dirige estos últimos versos:

Parce tamen lacerare genas nec scinde capillos:
non tibi nunc primum, lux mea, raptus ero.
cum patria amisi, tunc me periisse putato:
et prior et grauior mors fuit illa mihi.
Nunc si forte potes –sed non potest, optima coniunx-                  55
finitis gaude tot mihi morte malis.
[…]
Ossa tamen facito parua referantur in urna:                   65
sic ego non etiam mortuus exul ero.
No hieras tus mejillas ni cortes tus cabellos:
No es ahora la primera vez, luz mía, que te he sido arrebatado.
Piensa que, en el momento en que abandoné mi patria, entonces perecí:
mayor, más grave muerte me fue aquella.
Ahora, si acaso puedes –sé que no puedes, ¡oh la mejor de las esposas!-
alégrate con mi muerte, pues es la muerte de todos mis males.
[…]
Haz que mis huesos regresen en una pequeña urna:
así, muerto, no seré ya un exiliado.

Todos los intentos llevados a cabo para conseguir el perdón de Ovidio fueron vanos. El poeta dejó de respirar un día del año 17 d. C. en Tomi, lejos de Roma, en la tierra de Escitia.

El esfuerzo de algunos hombres a lo largo de la historia y, también, la casualidad, han obrado el milagro, el increíble milagro, de que podamos hoy, dos mil años después, leer estos versos y sentir, como si fuera nuestro, el drama de Ovidio, el poeta desterrado, el hombre condenado a morir lejos de su mundo por un error del que nunca fue perdonado. Hago mío su epitafio (Tristia, 3.73-76).

El epitafio que él mismo pidió a su esposa que grabara sobre su tumba:

 

HIC EGO QUI IACEO TENERORVM LVSOR AMORUM

INGENIO PERII NASO POETA MEO

AT TIBI QVI TRANSIS NE SIT GRAVE QVISQVIS AMASTI

DICERE NASONIS MOLLITER OSSA CVBENT.

YO QUE AQUÍ YAZGO, CANTOR DE LOS TIERNOS AMORES,

SOY NASÓN EL POETA; POR MI INGENIO HE MUERTO.

MAS A TI QUE PASAS, QUIENQUIERA QUE SEAS, A TI QUE AMASTE,

QUE NO TE RESULTE MOLESTO DECIR:

HUESOS DE NASÓN, EN PAZ DESCANSEN.


Continue Reading

C. P. Cavafis y el siglo XXI

kavafis

Constantinos Petros Cavafis es uno de esos griegos nacidos fuera de Grecia, en una ciudad griega situada lejos de Grecia. Sus padres procedían de otra ciudad griega que había dejado de serlo (Bizancio, Constantinopla, Estambul), de manera que por sus venas corría sangre griega cosmopolita.

Cuando corrían los años centrales del siglo XIX, la familia del poeta se instaló en Alejandría, donde había de nacer Constantinos el 29 de abril del año 1863. El niño Cavafis recibió una esmerada educación inglesa, de forma que el inglés se convirtió en su segunda lengua (si no en la primera, como sostienen algunos especialistas en su obra) y en inglés hizo sus primeros experimentos poéticos.

En los versos de Cavafis habita una belleza extraña, nacida de la cohabitación de varios mundos. De entre todos ellos, el mundo antiguo, el mundo de la antigua Grecia, prevalece, concediendo a la poesía de Cavafis un tono inmortal, un aura atemporal que sobrevuela con simplicidad espartana casi cada uno de sus versos. Confieso que esa mezcla de mundos, ese transitar entre la Ítaca de Ulises y las Ítacas de cada uno de nosotros ha sido lo que me ha mantenido fiel a este poeta, en cuyos versos he encontrado, a lo largo de muchas lecturas, a lo largo de muchos años,  la sensación de hallarme a las puertas de varios mundos reunidos en uno solo.

Si alguien tiene el mérito, la rara habilidad, de encontrar en el mundo antiguo los ejemplos que se repiten en nuestros días, de dotar a sus versos del don de la eterna vigencia, ese es Cavafis.

Ésta es la razón de este artículo. Al releer los versos de Cavafis en estos días, de nuevo he sentido esa sensación de eternidad a la que aludía hace un momento. De nuevo he sentido que sus palabras, escritas hace tiempo para describir sentimientos de otro tiempo, se llenaban de un significado que puede aplicarse no sólo a nuestra época, sino a estos días aciagos en los que toda Europa parece estar empeñada en desvanecerse.

Hace unos días tuve que pronunciar unas palabras en el acto de graduación de los alumnos de bachillerato del Instituto en el que trabajo. El día anterior, sin saber todavía el tono que debía dar a mi intervención, me puse a hojear un libro que contiene los versos de Cavafis. Enseguida tuve delante algunos poemas que, de nuevo, como tantas otras veces, parecían interpretar certeramente, como un oráculo, los sentimientos que, en ese momento, quería transmitir a los jóvenes ante quienes debía hablar. Cuando llegó mi turno, no pude evitar leer, entre las palabras obligadas en un acto solemne, pero alegre, como ése, este poema llamado Murallas:

Sin miramiento, sin pudor, sin lástima
altas, sólidas murallas han levantado a mi alrededor.

Y ahora, aquí estoy, quieto, desesperado.
No puedo pensar en otra cosa: este destino me devora el alma;

porque yo tenía muchos proyectos que realizar ahí, afuera.
¡Ay, cómo no me di cuenta cuando levantaban las murallas!

Mas nunca oí ruido, nunca oí las voces de los albañiles.
Sin que me diera cuenta me han encerrado fuera del mundo.

En medio de invocaciones a la suerte y de palabras que hacían alusión al esfuerzo, a la difícil situación que los espera, deslicé estos versos de Cavafis con la esperanza de que sus ecos perduraran en la memoria de alguno de esos alumnos que me escuchaban en silencio, algo extrañados por el tono, algo sombrío, de ese griego “moderno” nacido en la ciudad de Alejandro.

Sólo leí ese poema. Sin embargo, la tarde anterior leí otros que me parecieron extrañamente vigentes, como si su autor hubiera estado contemplando desde alguna atalaya anclada sobre el tiempo los días de nuestro presente. Uno de ellos, tan a la manera de Cavafis, titulado Los sabios, lo que se avecina, está precedido de una cita de Filóstrato:

Porque los dioses perciben el futuro,
los hombres el presente, y los sabios
lo que se avecina.

(Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, 8.7)

Los hombres conocen el presente.
El futuro lo conocen los dioses,
los plenos, los únicos que poseen todas las luces.
Mas, del futuro, los sabios perciben
lo que se avecina.
Su oído, algunas veces, se alarma
en las horas de hondas reflexiones.
Les llega el clamor secreto
de sucesos que se acercan.
Y los sabios, respetuosos, les prestan atención.
Mientras, en la calle, ahí fuera,
la gente no oye nada.

Finalmente, otro poema que puede ser leído con la misma fuerza, con la misma vigencia (o mayor) que el día en que fue escrito. Su título es Esperando a los bárbaros:

-¿A qué esperamos, congregados en la plaza?
Es que hoy llegan los bárbaros.
-¿Por qué no hay apenas actividad en el Senado?
¿Por qué los senadores permanecen sentados y no legislan?
Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué clase de leyes podrían dictar ya los senadores?
Los bárbaros las dictarán cuando lleguen.

-¿Por qué el emperador ha madrugado tanto
y está sentado en su trono, solemne y coronado,
en la puerta principal de la ciudad?
Porque hoy llegan los bárbaros.
Nuestro emperador espera
para recibir a su jefe.
Para él ha preparado un pergamino
en cuyas líneas le ha otorgado
honores, innumerables títulos.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores
han salido hoy con sus togas adornadas con púrpura?
¿Por qué llevan esos brazaletes de tantas amatistas
y anillos de rutilantes esmeraldas?
¿Por qué empuñan hoy preciosos báculos
maravillosamente labrados en plata y oro?
Porque hoy llegan los bárbaros
y tales espectáculos deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué los brillantes oradores no acuden, como siempre,
a declamar sus discursos o lanzar sus soflamas?
Porque hoy llegan los bárbaros,
y la oratoria y los discursos aburren a los bárbaros.

-¿Por qué nace de pronto esa inquietud,
esa confusión? (¡Graves los rostros se han tornado!)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos vuelven a sus casas cabizbajos?
Porque ya es de noche y los bárbaros no llegan.
Y desde las fronteras ha venido gente
afirmando que los bárbaros no existen.

Y ahora, ya sin bárbaros, ¿qué será de nosotros?
Los bárbaros, al cabo, eran una solución.

 

Continue Reading

Safo de Mitilene

Safo

ο]ἱ μὲν ἱππήων στρότον οἱ δὲ πέσδων
οἱ δὲ νάων φαῖσ’ ἐπ[ὶ] γᾶν μέλαι[ν]αν
ἔ]μμεναι κάλλιστον, ἐγὼ δὲ κῆν’ ὅττω
τις ἔραται.
[…]
κε βόλλοιμαν ἔρατόν τε βᾶμα
κἀμάρυχμα λάμπρον ἴδην προσώπω
ἢ τὰ Λύδων ἄρματα καὶ πανόπλοις
πεσδομ]άχεντας.
(Fragmento 16 LP)

Algunos dicen que nada es más hermoso sobre la negra tierra
que una muchedumbre de jinetes o de infantes o de naves;
Mas yo digo que aquel a quien se ama.
[…]
Cómo desearía ver su andar enamorado,
el chispeante brillo de su rostro
antes que los carros de guerra de los lidios
o una muchedumbre de soldados cargados con sus armas.

Estas palabras de Safo, este pequeño fragmento tan alejado del ideal heroico masculino, puede servirnos de introducción al tema que pretendo tratar en este artículo, que no es otro que el de una de las mujeres que, asombrosamente, se asomó al mundo de la literatura escrita y, por alguna razón difícil de explicar, consiguió que su nombre perdurara.

Pues, como mis lectores saben bien, la literatura griega antigua (y toda literatura) está llena de nombres masculinos y casi vacía, por no decir desierta, de nombres de mujeres. Es lógico, pues la sociedad de la Grecia antigua era una sociedad de hombres en la que las mujeres vivían confinadas en sus casas, dedicadas al trabajo doméstico y, sobre todo, a la producción de hijos. Esta situación de confinamiento era esencial para el asentamiento y la supervivencia de la sociedad patriarcal indoeuropea.

Por eso es verdaderamente sorprendente que nos hayan llegado algunos nombres de mujer vinculados a la literatura, especialmente en el siglo VI a. C.: Telesila, Mirtis, Praxila y la beocia Corina, que vivió en el siglo. V. a. C. Mas entre todos esos nombres hay uno que brilla con luz propia, que ha desafiado leyendas y mentiras, prejuicios e, incluso, ataques inicuos y crueles. Me refiero a Safo, la mujer cuyo nombre y el de su patria (la isla de Lesbos) han sido asociados por la tradición a la práctica del amor homosexual entre mujeres. Voy a detenerme un poco en ella.

¿Quién era en realidad Safo? Sólo puedo decir que era una mujer excepcional que, muy probablemente, desafió buena parte de las convenciones de su época. Quizá por eso la tradición, incapaz de terminar con su recuerdo, intentó hacer de ella un ejemplo asumible. Quizá por eso la tradición ha tenido siempre un enorme interés por hacer de ella un modelo asimilable desde el punto de vista masculino, asociándola sin el más mínimo escrúpulo a la figura de Faón, el hombre del que, según cuentan, se enamoró perdidamente. Como él no correspondió a su amor, Safo se suicidó arrojándose al mar desde una roca.

Nunca he creído esa historia. Siempre me ha parecido un invento interesado cuya finalidad era convertir a Safo en una mujer “normal”, tan sujeta a sus pasiones como para ser capaz de suicidarse por un hombre.

En realidad, lo que la tradición histórica ha debatido siempre es si Safo era, como afirma la Suda, una especie de maestra rodeada de alumnas, una mujer “casera y trabajadora” (P. Oxy. 2506, fr. 48) o, incluso, como se ha dicho con frecuencia, una especie de madame al frente de un grupo de hermosas cortesanas que no sólo se entregaban al placer heterosexual (pagado) con los hombres sino que, en sus ratos libres, no rehuían los placeres homosexuales entre ellas. Ésta opinión, groseramente malvada, está basada en algunos fragmentos de la propia poetisa, como el que reproduzco a continuación. A mi juicio se trata de algunos de los versos más hermosos que se han escrito en griego y, si no me equivoco, de la primera descripción de los síntomas físicos que produce el amor. Safo parece despedirse de una mujer con la que ha mantenido una relación íntima. La razón de la despedida que es la boda de su amiga.

Igual que los dioses me parece ese hombre
que está sentado frente a ti y cautivo te escucha
mientras le hablas con dulzura y le sonríes llena de deseo.
Y eso me ha desmayado el corazón en el pecho:
pues si te miro un solo instante
entonces no puedo, aunque hable, pronunciar ni una palabra;
mi lengua, así callada, se quiebra
y, de repente, debajo de mi piel, un tenue fuego me recorre;
nada veo con mis ojos, mis oídos zumban,
un helado sudor me envuelve, un temblor entera me sacude;
y estoy pálida, más que la hierba.
Siento que me falta poco para quedarme muerta.

(Fragmento 31 LP)

Versos como estos han ligado a Safo para siempre a la práctica del amor homosexual y han llenado su biografía de rasgos negativos. Sin embargo, el “morbo” que esta extraordinaria mujer ha despertado entre sus jueces masculinos no ha conseguido distorsionar irremediablemente su recuerdo.

Safo de Mitilene
Busto de la poetisa Safo de Mitilene. Museo Arqueológico de Estambul. Esmirna. Copia romana de una escultura perteneciente al Período Helenístico. Invt. 358 T Cat. Mendel 626. Dedicada a Luz Elena.

En efecto, la figura de Safo siempre ha estado teñida por colores completamente opuestos. De un lado, fue una mujer apreciada, al menos, por lo que podríamos llamar la comunidad intelectual de Mitilene, capital de la isla de Lesbos, tal como parece desprenderse de un comentario conservado en el P. Colon 5860 (que cita a Calias, un gramático mitilenio del siglo III a. C.). En él se nos dice que solía educar a las jóvenes procedentes de la nobleza de Lesbos y de toda Jonia en general, y que profesaba un auténtico culto a la areté o “virtud”.

Sin embargo, frente a este tipo de informaciones positivas (más bien escasas) aparecen otras de tinte claramente negativo, que finalmente calaron en toda la tradición posterior. Así, por ejemplo, una biografía (conservada en el P. Oxy. 1800, fr. 1) dice que “es acusada por algunos de depravada y amante de mujeres”. Las luces y las sombras adornaron desde el principio el recuerdo de Safo, aunque éstas últimas se fueron alargando cada vez más.

Algunos autores antiguos, como el gramático Dídimo, llegaron a preguntarse sin rubor si Safo había sido simplemente una prostituta, tal y como ha recogido Séneca en una de sus Epístolas (88.37). En esta misma epístola el autor cordobés afirma, de paso, que Dídimo se planteaba también “si Anacreonte (otro poeta lírico, aunque posterior) vivió entregado más a la voluptuosidad que a la bebida”, lo que desgraciadamente parece indicarnos que la costumbre de hurgar en la vida privada de los demás, especialmente si son famosos, tenía ya en la Antigüedad algunos partidarios. De tales individuos, tan presentes en todos los medios de comunicación de nuestro tiempo,  el propio Séneca llega a decir, con la ironía que le caracterizaba, que “nunca aprenden lo necesario por haber aprendido lo superfluo”.

Cuando el cristianismo comenzó a tener influencia oficial en la vida pública, las insinuaciones se trocaron en ataques, hasta el punto que un tal Ninfodoro  afirmaba (en Ateneo 596 F), tratando de hacer equilibrios, que había dos Safos en realidad: una, la poeta, nacida en la ciudad de Mitilene y otra, la prostituta, nacida en Éfeso. En fin, hasta Wilamowitz, el gran filólogo alemán, llegó a decir que era la severa regente de un pensionado de señoritas.

Personalmente, estoy de acuerdo con Máximo de Tiro (hombre del siglo II d. C.) cuando compara a Safo con Sócrates desde el punto de vista pedagógico. Y la comparación la establece de una manera simple y contundente: la pedagogía de Safo está dirigida a las mujeres; la de Sócrates a los hombres.

El delito de Safo es haber sido acusada por la tradición de ser homosexual, una acusación completamente extraña para cualquier griega o griego antiguos. El amor sáfico (o lésbico) es probablemente el amor más puro que pueda imaginarse, pues se planteaba fuera del contexto reglado de la sociedad, fuera del matrimonio.

El amor, desde luego, no formaba parte del universo de razones que inducen a un matrimonio. Por el contrario, el hecho de “ser casadas” (el verbo siempre aparece en pasiva en griego cuando el sujeto es la mujer) equivalía para la mayoría de las mujeres a ser abandonadas en un territorio hostil en el que el hombre, el marido, era un verdadero enemigo armado legalmente hasta los dientes. Y en ese territorio las reglas claves para una mujer tenían que ver con la supervivencia, no con los sentimientos. Las mujeres sobrevivieron en ese territorio hostil, igual que sobrevive un soldado dentro de las líneas del enemigo.

En una sociedad así, si una mujer deseaba amor, amor simplemente, no contaminado, puro, debía buscarlo fuera del matrimonio y, por lo tanto, lejos de los hombres. Debía buscarlo en otra mujer y acostumbrarse a vivir en dos mundos radicalmente diferentes pero forzosamente compatibles. Safo podía amar a otra mujer que formara parte de su grupo y, a la vez, mantener una vida familiar y un matrimonio, pues se trataba de universos completamente diferentes que sólo ocasionalmente establecían puntos de contacto. Safo estuvo casada con Cércilas de Andros, tuvo una hija de nombre Cleis y, a la vez, amó intensamente a las mujeres de su círculo y criticó a rivales como Andrómeda y Gorgo, que debían de dirigir otros grupos de muchachas parecidos al suyo.

La Grecia antigua era otro mundo, muy distinto del nuestro, sin el filtro de una religión (y de una cultura) que habría de condenar cualquier conducta homosexual como una práctica aberrante o, incluso, como una enfermedad.

Quizá el lector entienda mejor ahora los versos que ya ha leído al comienzo de este artículo o el que le propongo a continuación:

Estrella del ocaso, que recoges todo cuanto dispersó
la Aurora clara;
recoges a la oveja,
recoges a la cabra.
Mas de su madre a la hija separas.

(Fragmento 104a LP)

O este fragmento bellísimo, de una sensibilidad exquisita y atemporal:

???? ?? ?????????? ????????? ????? ??’ ?????,
????? ??’ ?????????, ????????? ?? ???????????·
?? ??? ??????????’, ???’ ??? ???????’ ?????????.

Como la manzana que, roja, se empina en la alta rama,
en lo alto de la más alta rama. Los cosecheros la olvidaron.
No, no la olvidaron. No pudieron alcanzarla.

(Fragmento 105a LP)

Y, finalmente, este último fragmento, melancólico, recuerdo de la juventud perdida para siempre:

???????? ???????? ??? ?? ??????’ ???????;
?????? ??? ???? ??, ?????? ???.

– Virginidad, Virginidad. ¿Adónde te has ido, abandonándome?
– Ya nunca volveré a ti, nunca volveré.

 

Continue Reading

El Partenio 1 de Alcmán

exvotos esparta
Exvotos de marfil procedentes de las excavaciones del templo de Ártemis Ortia en Esparta. Se conservan en el Museo Nacional de Atenas.

Independientemente de que Alcmán, tal como veíamos en el artículo anterior dedicado al poeta, fuese lidio o espartano, el hecho es que se trata de un poeta completamente laconio, y no sólo por el dialecto griego que utiliza en sus versos. Sus poemas nos permiten sumergirnos en una ciudad y en un tiempo muy difíciles de rastrear por otras vías: la Esparta del siglo VII a. C.

La Esparta arcaica era, en efecto, muy diferente a la ciudad guerrera, cerrada y conservadora que habría de ser en época clásica. La sociedad militarista (obligada por sus propias decisiones a crear un aparato militar sin parangón que pudiera mantener sometida a toda una sociedad paralela de esclavos) y la ciudad que basó todo su prestigio en la fuerza de su invencible infantería, eran muy diferentes en la época de Alcmán.

En el siglo VII a. C. Esparta debía de ser una ciudad fascinante, en la que convivían arcaísmos antiquísimos con corrientes completamente modernas importadas de Oriente, que tenían su hueco no sólo en la arquitectura y la escultura, sino también en las composiciones literarias. Es fácil entender lo que digo si uno contempla los hallazgos procedentes de las excavaciones del templo de Ártemis Ortia, conservados en el Museo Nacional de Atenas: grotescas máscaras de viejas que danzan en el seno de los coros junto con marfiles de exquisita belleza, de un estilo inspirado muy claramente en Oriente. Éste es el contexto en que cabe situar el llamado partenio de Alcmán, un poema muy sugerente.

Esparta era una ciudad pródiga, llena de fiestas cargadas de esplendor y alegría, en las que se aprecia un cierto culto a la belleza, muy presente en los coros femeninos. Eran fiestas cubiertas de un cierto halo de misterio, celebradas a la luz de la luna o bajo las alas de la luz del ocaso; fiestas en las que se enfrentaban ritualmente coros de viejos y jóvenes, coros de hermosas doncellas y coros de viejas, coros que representaban el esplendor de la primavera y coros que, al contrario, reflejaban la mortecina luz del invierno, siempre derrotado. En el seno de estos coros, que recorrían la ciudad y sus campos, a veces se cantaban melodías hermosísimas, a veces se bailaba frenéticamente; algunas veces el movimiento del coro se acompasaba con un canto melodioso y tranquilo, otras veces la música incitaba a la persecución, a la rivalidad, incluso al frenesí.

Un partenio es un canto de doncellas, de jóvenes vírgenes. Normalmente se cantaba (y danzaba) en el contexto de la competición (????) entre coros femeninos, construidos sobre el canto, la danza, la carrera y la belleza de los vestidos y los cuerpos de las muchachas. A veces un coro ensalzaba la belleza del coro rival con un innegable erotismo buscado por el poeta que, seguramente, celebraba en sus versos la belleza de las mujeres que iban a cantar su composición. Otras veces es la corego de un coro (la jefe o directora de un coro) la que repara en la belleza de su rival.

Me encantaría poder viajar en el tiempo y detenerme, al menos un instante, en esta Esparta del siglo VII a. C., moderna, arcaica, alegre y adusta, rebosante de belleza y de una libertad que, con el paso del tiempo, habría de perder por completo. Ésta es la Esparta que yo visitaría, la de los coros y fiestas, la del esplendor de la lírica coral, la de los coros que compiten mecidos por los primeros flecos del cálido viento de la primavera.

Alcmán es, más que ninguna otra cosa, un poeta compositor de poemas corales concebidos para ser cantados por coros de doncellas en el marco de las fiestas y los cultos. Es decir, un poeta de partenios. Conservamos un fragmento largo del llamado Partenio 1, concebido para ser cantado en la fiesta en honor de la diosa Ártemis Ortia, a la que se le ofrendaba un vestido.

Hay dos coros; uno está encabezado por Hagesícora, otro por Ágido. Probablemente, después de cantar el partenio, los dos coros competían en una carrera nocturna cuyo premio era la ofrenda a la diosa de un peplo o vestido femenino, momento en el que las dos muchachas cantaban de nuevo.

La interpretación de este poema es realmente controvertida, y presenta problemas difíciles de aclarar. No es éste el lugar adecuado para discutir los muchos puntos de vista que se han aportado. Lo que importa verdaderamente es la belleza de los versos de Alcmán, el estímulo que suponen para nuestra imaginación, que intenta visualizar a las muchachas que compiten en esta especie de “carrera-danza”, como la llamó el profesor F. R. Adrados, que se celebra a la luz de la luna:

 

 […] Hay un castigo de los dioses.
Dichoso aquel que, con feliz ánimo,
la trama del día teje sin lágrimas.
Mas yo canto la luz de Ágido.
La veo como al sol
al que ella misma invoca,
testigo de su luz.

 

[…] Hagesícora es distinta;
brillante como si alguien
un caballo colocase en medio de las reses;
un caballo vencedor, de cascos resonantes,
propio de un alado sueño.

 

[…] Ahí está Hagesícora, mírala,
y Ágido, la segunda en belleza,
que corre tras de ella.
Luchan con nosotras
que llevamos un peplo a la diosa,
luchan en medio de la noche inmortal
emergiendo de ella como Sirio.

 

[…] Sigamos a Hagesícora
pues al piloto antes que a nadie
en la nave es preciso obedecer.
Ella no tendrá la dulce voz de las sirenas,
pues son diosas,
pero nosotras somos diez muchachas
cantando igual que once
y ella tiene la voz de un cisne
deslizándose sobre las corrientes del Janto,
sus hermosos, rubios, bucles al viento
[…]

 

Alcmán es el amanecer de la lírica coral de la antigua Grecia. Su arte culminaría por completo en los versos de Píndaro, mucho tiempo después. Sus poemas nos hacen un regalo que nunca podremos agradecerle suficientemente: nos permiten penetrar en el mundo, hermoso, antiguo, moderno, de la Esparta del siglo VII a. C.

 

Continue Reading