Violencia de guante blanco

Pedro Olalla, Atenas. 13/02/2012

Violencia de guante blanco. Pedro Olalla

Ayer, una vez más, los informativos de medio mundo transmitieron la imagen de una Atenas en llamas y exhibieron el rostro compungido de algunos políticos condenando la violencia. Esa violencia que condenan –y que, en el fondo les favorece–, la hemos condenado repetidamente, no sólo con palabras sino también con actos, quienes acudimos una y otra vez a manifestarnos desde la no-violencia contra la desmedida violencia de guante blanco ejercida impunemente por quienes de iure y de facto nos gobiernan.

Ayer, desde las cinco de la tarde, había en la plaza Syntagma de Atenas más de cien mil personas tratando de impedir de forma no violenta que avanzara aún más el funesto plan que está dejando a Grecia hundida en la miseria y sometida a la voluntad de sus controvertidos acreedores. Esa no-violencia no llenó las pantallas ni los periódicos. Sin ir más lejos, pasó desapercibida la imagen de los ancianos Mikis Theodorakis y Manolis Glezos tratando de hablar con los antidisturbios y teniendo que ser evacuados entre una nube de gases lacrimógenos. Yo estaba allí, a su lado, junto a otros muchos que tragamos de lleno la primera bocanada. Corrimos todos haciendo arcadas y tratando de abrir paso para sacar a Theodorakis en su silla de ruedas pegado a una máscara antigás.

Violencia policial contra Mikis Theodorakis y protestantes pacíficos

Media hora después, ya recuperados, los dos respetados personajes trataron de acercarse de nuevo mientras, en uno y otro punto de la plaza, la policía continuaba lanzando gases contra una masa compacta de manifestantes pacíficos que retrocedía y volvía a avanzar según la densidad del humo, sin intención de abandonar la plaza. Todo esto –de lo que poco se informa–, sucedió mucho antes de los disturbios en las calles circundantes, mucho antes de que cayera la noche y, lamentablemente, instigadores y alborotadores –cuya tesitura moral guarda nula relación con la del grueso de los manifestantes– hicieran arder varios edificios del centro.

Esta violencia de reyerta la condenamos todos. Pero hay que condenar también la otra: la de un gobierno que, lejos de garantizar el derecho a la manifestación pacífica, gasea sistemáticamente a quienes tratan de ejercerlo para no sentirse cómplices de la injusticia; la de unos “representantes” de oídos sordos que no se atreven a asomarse siquiera a la ventana del parlamento para ver que, desde hace ya tiempo, gobiernan de espaldas a una ciudadanía cada vez más desesperada; la violencia de estar mintiendo reiteradamente a esa ciudadanía y de escamotearle un referéndum para pronunciarse sobre pactos que la comprometerán durante largos años y que están siendo firmados en su nombre por un gobierno colaboracionista de muy dudosa legitimidad democrática; la violencia de haber dejado a 30.000 personas sin hogar durmiendo entre cartones este invierno; la violencia de haber situado ya al 28% de la población del país bajo el umbral de la pobreza; la violencia de condenar a una generación al paro, o a la miseria de ser contratado por 500 euros y acribillado a impuestos; la violencia de cortar el suministro eléctrico a las familias mientras se subvenciona a fondo perdido a la banca; la violencia de estar desmantelando el Estado social y democrático para pagar la insensatez de los políticos y el descontrol de la especulación. Esta es la violencia que hay que condenar, la impune violencia de guante blanco, la violencia impoluta de los hipócritas que callan sabiéndose cómplices de un sistema que produce a manos llenas misera, explotación, colonialismo, guerra y muerte, y, sin embargo, hacen un consternado gesto de repulsa cuando ven arder un contenedor de basura.

 

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¿Qué es la democracia?

Discurso fúnebre de Pericles
Desde la Pníx, con la Acrópolis al fondo, Pericles se dirige a los atenienses para consolarlos en el entierro de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso.

Los tiempos difíciles propician preguntas y buscan algunas respuestas. Ésta segunda década (recién estrenada) del siglo XXI, es propicia a las preguntas, pues son muchos los sueños que parecen haberse desvanecido y muchas las expectativas que parecen condenadas a no cumplirse.

Una de esas preguntas, sin duda entre las más importantes, tiene que ver con el sistema de convivencia en el que estamos inmersos los ciudadanos de Europa; un sistema, por cierto que nos viene desde muy antiguo.

La historia de las ideas políticas no es, ciertamente, otra cosa que nuestra tentativa por procurarse mecanismos de convivencia. Es, al cabo, la historia de todos nuestros intentos, vanos hasta el día de hoy, por evitar el enfrentamiento y la guerra. Se trata de una historia dramática y, en cierta medida, triste, pues es una historia inacabada.

En efecto, tres mil años después de que la política se iniciara en Grecia, no hemos conseguido hacer que las ideas liberadoras sean universales y que los logros que éstas aportan sean patrimonio de todos los seres humanos de nuestro mundo. Como tantas otras veces, hemos globalizado el beneficio económico, las leyes que santifican la riqueza y perpetúan la pobreza, pero no henos globalizado las ideas que nos han hecho sentir, al menos en algún momento, hombres libres.

De entre todos los sistemas de convivencia, hemos adoptado uno que fue inventado y experimentado por primera vez en Atenas, hace dos mil quinientos años, más o menos. Los propios atenienses lo llamaron democracia, pues gracias a este sistema fueron los primeros en crear un tipo de Estado que exigía la participación real en la vida pública de todos los que formaban parte de él. Llamaron a este Estado ????? (pólis), a quienes formaban parte de él ??????? (polítai, es decir, ‘ciudadanos’), y a la actividad que los ciudadanos desarrollaban en la pólis, ?? ????????, es decir, ‘política’.

La palabra democracia ha sido definida muchas veces, precisada con adjetivos más o menos acertados (radical, cristiana, socialdemocracia, etc.) y traicionada permanentemente por la práctica política. Mas ¿cómo la definían los propios atenienses? ¿Cómo entendían ellos su sistema político de convivencia, al que habían bautizado con el término democracia?

Quizá las palabras del propio Pericles, auténtico conductor de la democracia ateniense durante los años de esplendor del siglo V a. C., nos sirvan para entender lo que, realmente, significaba democracia para los propios atenienses. Tales palabras, pronunciadas con motivo del funeral que el estado ateniense organizó en honor de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso, nos han sido transmitidas por Tucídides, quien en el libro II de su Historia de la guerra del Peloponeso pone en boca de Pericles lo siguiente:

Nuestro sistema de gobierno nada tiene que envidiar a las instituciones de los pueblos vecinos, pues somos nosotros más bien ejemplo que imitadores de otros. El nombre de nuestro sistema de gobierno es democracia, pues el poder de gobernar no está en manos de unos pocos, sino de la mayoría. Y de la misma manera que las leyes son iguales para todos en lo que se refiere a los asuntos privados, así también, en lo que se refiere a las funciones públicas, es preferido aquel ciudadano que goza de la consideración general no por razón de su clase social, sino por su mérito personal. Pues si alguien puede hacer un buen servicio al Estado, entonces ni la pobreza ni la oscura condición social pueden ser un impedimento.

[…] Cumplimos siempre con escrúpulo las disposiciones de nuestro Estado, respetando a las autoridades y obedeciendo las leyes, especialmente las establecidas en favor de quienes sufren injusticia y aquellas que por su propia naturaleza no están escritas [1], pero traen una vergüenza manifiesta a todo aquel que las incumple.

[…] Amamos la belleza con medida y la sabiduría sin relajación. Utilizamos la riqueza más como un medio para la acción que como motivo de jactancia, de manera que, entre nosotros, la pobreza no significa baldón alguno para nadie; el verdadero baldón es, precisamente, no poner todo empeño en evitarla.

Nos ocupamos de nuestros asuntos privados, pero también de los asuntos públicos, y así gente de muy diversos oficios conoce perfectamente tales asuntos públicos (?? ????????), pues somos los únicos que no consideramos ocioso, sino inútil, al ciudadano que no participa de la vida en común.

Así pues, afirmo que Atenas es un modelo para toda Grecia, y creo que cualquier ateniense está en disposición de lograr un desarrollo completo en los más variados aspectos, y de conseguir, al tiempo, una inteligencia flexible […] que le permita enfrentarse con éxito a las situaciones más diversas”.

(Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 2. 37 y ss.)

Estas palabras fueron pronunciadas en el año 431 a. C. A mi juicio, podrían haber sido pronunciadas hoy mismo.

Tal es el valor eterno que encierra su significado.

 

 


[1] Se refiere Pericles a las leyes naturales, no reflejadas en ningún código legal.

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Descanso

“...La nueva ciudad de Atenas cubre todo el valle, escalando el flanco de las colinas circundantes. La ciudad de Atenas es casi un fenómeno. Está todavía en los dolores del parto: es desgarbada, confusa, tosca, poco segura de sí misma. Tiene todas las enfermedades de la infancia y algo de la melancolía y la desolación de la adolescencia. Sin embargo, ha elegido un magnífico sitio para elevarse; a la luz del sol brilla como una joya; durante la noche reluce como un millón de centelleantes luces que parecen encenderse y apagarse con la velocidad del rayo. Es una ciudad de sobrecogedores efectos atmosféricos: no está empotrada en la tierra sino que flota en un constante cambio de luz y su pulso late con ritmo cromático. No se puede hacer otra cosa más que caminar, moverse hacia ese milagro que sin cesar se repliega... Aquí todo habla, ahora como hace siglos, de luz, de jubilosa y cegadora luz. La luz adquiere en este lugar una cualidad transcendental: no es solamente la luz mediterránea, es algo más, algo insondable, algo sagrado”. (Henry Miller)

Algunas de las citas que el autor del Manuscrito de Paros utiliza están sacadas de obras literarias que conocemos bien. Otras, sin embargo, son documentos privados, anotaciones que, por alguna razón, nuestro autor incluyó en su obra. Éste es el caso del texto que voy a reproducirles hoy.

Se trata de una carta que aparece en una página cuya línea final, en la que previsiblemente iría la firma, es ilegible. No sé, por tanto, quién la escribió ni qué clase de relación tenía con el autor del Manuscrito, pero es posible que se trate de una carta dirigida a él. O, mejor, a ella, pues si, en efecto, la carta va dirigida al autor, entonces no habría duda de que en realidad se trata de una autora, quizá romana, cuyo nombre es Aurelia.

La carta me produce tristeza pero, a la vez, sosiego, pues trata el tema de la muerte con una imponente calma.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 3.1

[…] Sé, querida Aurelia, que a ti no pueden sorprenderte estas últimas palabras mías que, por lo demás, te escribo sólo porque creo que mereces saber de mi propia voz (te imagino poniendo mi voz a cada palabra de esta carta) lo que otros te contarán en pocos días, cuando ya sólo estaré vivo en el recuerdo de las pocas personas que me amaron.

Te escribo esta carta sentado al lado del ágora de Atenas, muy cerca del cementerio del Cerámico, el lugar en el que quiero que, sin lápida, sin estela, sin inscripción que recuerde mi nombre, descanse para siempre este cuerpo arruinado, embalsamado por el tiempo, que ha vivido ya todo lo que deseaba vivir.

Hace unos días decidí que, ya que vine a este mundo involuntariamente, como consecuencia de un acto que no dependió de mí y que no sé si fue fruto de la necesidad o del amor, los dioses aceptarían que en el trance de morir fuera yo quien decidiera, no el arma de un enemigo, ni el azar de un naufragio, ni las garras envenenadas de una enfermedad. No serán, pues, los dioses quienes me reprochen este acto postrero de libertad. Serán algunos hombres, especialmente los que nunca cruzaron conmigo una palabra, los que me juzgarán primero y, probablemente, me condenarán después.

En estos momentos, debajo de la luz de Atenas, empapado por el olor del mar Egeo, te recuerdo igual que eras hace ya tantos años, cuando caminabas por las calles de Roma igual que una reina por los pasillos de su palacio. Yo te contemplaba, seguía el movimiento de tu cuerpo con el dolor de saber que eras igual que una costa lejana, inalcanzable, a la que, como un náufrago agotado, nunca podría arribar.

Arribé, sin embargo, y ahora, a punto de iniciar el viaje definitivo, deseo decirte que aquellos días que compartí contigo serán el puerto del que zarpe.

No temo a la muerte y, hasta ahora, no me ha incomodado la vejez, pues lo único malo que la acompaña es la certeza de haber sido joven. Tampoco temo la enfermedad, que ahora mismo empieza a atenazarme, sino la horrible perspectiva a la que me condena: vivir cuando nada de mi cuerpo responda a mis mandatos y la vida sea ya sólo ausencia de la muerte.

Hace tiempo un buen amigo me dijo que la vejez es como la escena final de una obra de teatro de la que hemos de evitar cansarnos, aburrirnos, especialmente cuando estamos ya saciados. Yo lo estoy, pues sabes muy bien, amada Aurelia, que he vivido de manera que puedo decir: “no nací en vano”.

Recuérdame alguna noche e intenta comprender este acto mío de última y profunda libertad. Y consuela tu dolor sabiendo, como sé yo, que el camino que voy a iniciar es irrelevante si extingue mi alma enteramente, o deseable si la guía a un lugar en el que ha de ser eterna.

¿Qué puedo temer, pues, si después de la muerte no he de ser desgraciado o, incluso, he de ser, por fin, feliz?

 

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La amenaza de la democracia (I)

Atenas, vista desde la Pníx.

LA AMENAZA DE LA DEMOCRACIA (I)

Este artículo tendrá dos partes. La razón es que el análisis que pretendo hacer ocupa un espacio que excede la longitud razonable de un solo artículo. Bajo el título genérico de “LA AMENAZA DE LA DEMOCRACIA”, aparecerán dos trabajos. El primero, debajo de estas líneas, llevará por título: “Democracia antigua y democracia moderna”; el segundo: “La conjura de los necios y la religión del euro”.

 

DEMOCRACIA ANTIGUA Y DEMOCRACIA MODERNA

 

1. LA DEMOCRACIA ATENIENSE

La idea de una Europa unida es antigua. Cuando Alejandro, en la segunda mitad del siglo IV a. C. creyó que era posible unir culturalmente a Europa y Asia, posiblemente no pudo imaginar que esa idea, incomprensible y rechazable para la inmensa mayoría de sus contemporáneos, sería recogida y llevada a la práctica por un pueblo que, en la fecha en que Alejandro dejó de existir, luchaba por crear lo que hoy llamamos un estado de derecho.

Ciertamente, la idea de una Europa unida, aún más, de un mundo unido, fue llevada a la práctica por Roma de una manera verdaderamente eficaz, hace casi dos mil años. Aun así, la única globalización que ha existido jamás, caracterizada por la extensión de la ley romana a todas las naciones que estaban dentro de los límites del imperio, fracasó por la incapacidad de Roma para hacer universales no sólo las normas, las leyes o la moneda, sino también las ideas que habían posibilitado el desarrollo de su propia civilización.

Sin embargo, Roma nunca fue una potencia democrática. Los escaños del Senado nunca se mezclaron con los de la Asamblea de la plebe y, finalmente, el sentido de casta, de pertenencia a un compartimento social completamente impermeable, perduró desde el inicio de su historia hasta su final. En pocas palabras, Roma nunca supo resolver el drama de los pobres, de los desheredados ni, mucho menos, el de los esclavos. En consecuencia, las desigualdades y, especialmente, el deseo de los olvidados por acceder a un mundo que se les negaba de continuo, acabaron con Roma  y nos sumergieron a todos en la Edad Media. La denominación con que la literatura histórica conoce estos sucesos es ingenuamente ambigua: la invasión de los bárbaros.

La idea democrática surgió mucho antes, en la Atenas de comienzos del siglo V a. C. Para los atenienses de esa época, democracia era una palabra sencilla que significaba, literalmente, «poder del pueblo». No había segundas lecturas, interpretaciones coyunturales o sesgadas; en la Atenas de aquella época todo ciudadano inscrito en un démo tenía el derecho y el deber de tomar las decisiones que pudieran afectarle, ya fueran éstas de política interne o externa.

Los ciudadanos de Atenas, reunidos en la Asamblea (Ecclesía), decidían sobre la guerra y la paz, sobre el pago de impuestos, sobre el establecimiento de relaciones diplomáticas, sobre la promulgación o suspensión de las leyes y sobre cualquier otra materia considerada esencial para el presente o futuro de su pólis. Y para hacerlo, se basaban en tres principios básicos, irrenunciables, en los que se forjaban los cimientos de su sistema político: isegoría (igualdad en el uso de la palabra en público), isonomía (igualdad ante la ley) y parresía (libertad de expresión).

La aplicación de la isonomía como principio básico de la democracia hizo que el procedimiento de designación más común de los cargos públicos (casi el noventa por ciento) fuera el sorteo. Este hecho suponía en realidad toda una declaración de principios que trataba de evitar la generación de una clase política perpetuada en el poder mediante un sistema de elecciones.

Para los atenienses, además, “una característica de la libertad es gobernar y ser gobernado por turno” tal como dice Aristóteles en su Política 1317b. Y el  mismo autor continúa diciendo que “en las democracias la opinión de la mayoría es la autoridad soberana, siendo éste un rasgo distintivo de la libertad, que todo demócrata considera como elemento definidor de este régimen político”.

Las palabras de Aristóteles resultan cristalinas. Sin embargo, las democracias modernas las han perdido de vista por completo. En mi libro Hijos de Homero (pp. 428-29 de la edición de bolsillo, Alianza Editorial, Madrid 2008) escribí a propósito de las reformas políticas propiciadas por Solón en el siglo VI a. C.:

Al basar el acceso de los cargos públicos […] en los procesos de designación o de elección, las democracias modernas han generado una clase política […] que ha alejado al pueblo de la tarea de gobernar para constreñirlo, exclusivamente, al ámbito de ser gobernado. Probablemente Solón vio este peligro cuando estableció el sorteo como sistema de acceso a las magistraturas. Y no sólo este peligro, sino otro que es una de sus consecuencias: el riesgo de que una clase dirigente, refrendada por el voto del pueblo, acabe transformándose en una auténtica oligarquía.

No mucho tiempo después de las medidas emprendidas por Solón, Clístenes estableció, en el siglo V a. C., el mecanismo del ostracismo, que pretendía terminar con todo riesgo de poder personal, algo que los griegos identificaban con la tiranía. Cada comienzo de año se planteaba a la Ecclesía si había que recurrir al ostracismo. Si era el caso, se procedía a la votación escribiendo el nombre de la persona que podía ser ostraquizada en un tejuelo u óstrakon. Si el recuento de votos era favorable al procedimiento de ostracismo, el destierro era inevitable.

La inmensa mayoría de nuestros representantes políticos, acostumbrados al poder durante décadas, educados en la costumbre de vivir del erario público durante décadas, habrían sido objeto de ostracismo hace ya mucho tiempo.

2. LA PRÁCTICA POLÍTICA DEMOCRÁTICA

Aristóteles define en su Política (1317b y ss.) las características esenciales de la práxis democrática. En esencia son las siguientes:

  • “Una de las características de la libertad es gobernar y ser gobernado por turno” (1317b1).

Establecido este principio y siendo así la naturaleza del poder, estos son los procedimientos democráticos (1317b5):

  • “Elegir todas las magistraturas entre todos”
  • “Que todos manden sobre cada uno y cada uno, por turno, sobre todos”
  • “Que los cargos públicos se designen por sorteo, todos o los que no requieran experiencia y conocimientos técnicos”
  • “Que la misma persona no ejerza dos veces el mismo cargo público o sólo en casos excepcionales”
  • “Que la misma persona ocupe pocos cargos públicos, con excepción de los relacionados con la guerra”
  • “Que todos los cargos públicos sean de corta duración, o al menos aquellos en los que sea posible”
  •  “Que todos los ciudadanos, elegidos entre todos, administren justicia. Y que lo hagan sobre todas las materias o sobre la mayoría, y, en cualquier caso, sobre las más importantes y primordiales: la rendición de cuentas, la constitución y los contratos privados”
  • “Que la Asamblea del pueblo tenga soberanía sobre todas las cosas, o sobre las más importantes. Ningún cargo público tendrá soberanía sobre nada o, en todo caso, sobre asuntos de escasa importancia”
  • “Que ningún cargo público sea vitalicio, y si alguno queda, procedente de alguna costumbre antigua,  debe despojársele de su poder y hacer que sea sorteable en lugar de electivo.

Estos son los puntos fundamentales de la práctica democrática según el criterio de Aristóteles. He procurado traducir con esmero (a costa incluso del brillo literario) cada una de las palabras del original griego. Creo sinceramente que no hace falta comentario alguno, pues cada uno de los puntos se comenta por sí mismo.

Me pregunto cuáles de estas características esenciales de la democracia se cumple en cualquiera de los países que hoy día son llamados democráticos.

3.- LA SITUACIÓN ACTUAL

La democracia ateniense fracasó, no obstante. A pesar de los mecanismos de control, a pesar de que se trataba de lo que hoy llamaríamos una democracia directa, la sucesión de los acontecimientos históricos hizo que, en relativamente poco tiempo, todo el entramado democrático se desplomara. El estudio de las causas que provocaron este hundimiento excede por completo los límites de este artículo, aunque lo afrontaré en otro momento. Empero, buena parte de tal estudio fue abordado ya por el propio Aristóteles en el libro V de su Política cuando, a la manera de Hipócrates, el médico, estudia los factores de la «patología» política.

Desde mi punto de vista, las democracias actuales están en un momento decisivo de su historia. Igual que ocurrió en la antigua Atenas, la práctica política ha generado hábitos completamente antidemocráticos que en muy poco tiempo, están poniendo en grave riesgo la propia supervivencia del sistema, incapaz de resistir ya las tensiones a las que ha sido y está siendo sometido. A mi juicio, hay tres razones que explican esta situación.

-Las elecciones son la primera de estas razones. Se trata, además, de una característica común a todos los sistemas democráticos de hoy, y no de una característica más, sino de «la característica».

En efecto, las elecciones dan carta de naturaleza a la democracia. Esta idea ha calado tan hondo en la mentalidad del hombre contemporáneo que difícilmente alguien consideraría democrático un sistema que no estuviera basado en las elecciones, sean éstas del tipo que sean.

Sin embargo, un sistema electivo no sólo supone una delegación de derechos por parte de los ciudadanos; supone también (y esto es lo más importante) la no aplicación de uno de los tres principios esenciales de la democracia ateniense: la isonomía. La igualdad ante la ley no sólo implica, ciertamente, igualdad de derechos, sino también igualdad de deberes, especialmente si, como afirma Aristóteles «nadie es ciudadano por habitar una ciudad determinada» (1275a3) sino «por participar en las tareas de gobierno y en las judiciales» 1275a6).

Esta concepción de la ciudadanía, tan alejada de la sensibilidad y la práctica modernas, es lo que realmente carga de significado el concepto de isonomía: los ciudadanos, para serlo realmente, tienen la obligación de participar en los asuntos del Estado, no delegando su opinión en otros a través de un mecanismo electivo, sino ejerciendo directamente sus derechos. Por eso, el verdadero ciudadano es aquel que «participa del poder legislativo y judicial del Estado, y llamamos Estado al conjunto de tales ciudadanos» (1275b12).

Es verdaderamente notable que Aristóteles considere a los poderes legislativo (al que literalmente llama «deliberativo») y judicial como las partes verdaderas del Estado, no al poder ejecutivo, representado por los cargos públicos. La razón es que el poder ejecutivo debe de estar sometido a los otros dos poderes, puesto que son los ciudadanos quienes están implicados directamente en ellos y quienes dan valor a la palabra Estado. Sin ciudadanos (en el sentido en que entiende el término Arsistóteles) no hay Estado. Por eso los cargos públicos están al servicio de los ciudadanos, ante quienes deben, además, rendir cuantas cada año.

-La segunda razón a la que me refería antes es precisamente ésta: la rendición de cuentas. Todos los cargos públicos atenienses estaban obligados a rendir cuentas ante el pueblo, representado en el llamado Consejo de los Quinientos, la Boulé (?????). La palabra griega que designa este procedimiento esencial de la democracia ateniense es ?????? (euthýna), un término que deriva del verbo ??????, que significa “corregir, enmendar, poner derecho”.

La rendición de cuentas implicaba no sólo la justificación de los gastos que cada magistrado había hecho de los fondos públicos, sino que suponía también una defensa de su gestión, política o judicial. Tenemos ejemplos perfectamente documentados de cargos públicos que pagaron con su vida el haber defraudado al pueblo ateniense, incluso cuando las circunstancias en que tuvieron que desarrollar su gestión fueran consideradas como un atenuante que justificaba en parte sus acciones.

¿Puede imaginar el lector de estas líneas una práctica semejante en las democracias actuales? ¿Puede imaginar el lector a un político de nuestro país rindiendo cuentas directamente ante el pueblo cuando ni siquiera éste es responsable de su presencia en las listas electorales de su partido político? Y, en consecuencia, ¿no se sentirá cada político proclive a rendir cuentas de su gestión sólo ante el jerarca de su partido, puesto que ha sido éste, y no el pueblo, quién lo ha colocado la lista electoral? ¿Podrá negarse ése mismo político a votar en el Parlamento contra las órdenes de su portavoz parlamentario sin poner en riesgo su escaño en el presente o en el futuro?

Éstas no son preguntas retóricas. De hecho podrían hacerse muchas más cuya respuesta es igualmente clara. Nuestros representantes políticos deben su lealtad al aparato de sus partidos, no al pueblo. El pueblo sólo vota al final del proceso (y sólo a un partido político), sin haber podido decidir, de ninguna manera, quiénes son las personas que han de representarlo. Los votos de la ciudadanía son la coartada de los partidos para santificar su gestión, propia de oligarcas, en nombre de la sagrada democracia.

-La tercera razón, y no la menos importante, es que no existe ninguna ley (salvo la excepción que se hace en algunos países con los cargos de Presidente o Primer Ministro) que limite el período de mandato de los cargos públicos. Cualquier persona puede eternizarse en el ejercicio de un cargo público sin límite de tiempo, contraviniendo así uno de los principios básicos de la libertad, según Aristóteles: gobernar y ser gobernado. Una enorme cantidad de políticos, en efecto, no ha dejado nunca de gobernar. Permítame el lector que ponga el ejemplo de los dos líderes de nuestros dos partidos políticos más importantes.

El Sr. Rodríguez Zapatero nació en el año 1960. A la edad de 26 años fue elegido diputado. Desde entonces no ha hecho otra cosa que dedicarse al ejercicio de la política ocupando diferentes cargos públicos, entre los que se encuentra el de Presidente del gobierno, la más alta magistratura ejecutiva de nuestro sistema político. Es decir, el Sr. Rodríguez Zapatero lleva 25 años dedicado a la política.

El Sr. Mariano Rajoy, llamado a sustituirle, nació en 1955. En el año 1981 fue elegido diputado por primera vez, también a la edad (qué coincidencia) de 26 años. Desde entonces ha sido, entre otros cargos públicos, ministro de Administraciones Públicas, ministro de Educación y Cultura, ministro del Interior y ministro de la Presidencia. Lleva 30 años dedicado a la política.

Pues bien, ninguno de nuestros dos máximos representantes políticos hubiera podido ejercer durante esa cantidad de tiempo en la antigua Atenas sin haber sido acusado de oligarca, de abuso de poder, de inclinación a la tiranía. Los dos hubieran sido sometidos a una votación de ostracismo y, con toda seguridad, hubieran sido desterrados de Atenas.

¿Ante quién rendirá cuentas de su gestión al frente del gobierno el Sr. Rodríguez Zapatero? Quizá ante los llamados “mercados”; quizá ante quienes marcan el rumbo de la Unión Europea, el Sr. Nicolás Sarcozy y la Sra. Ángela Merkel; quizá ante los representantes del sistema financiero; pero desde luego no ante su pueblo. Dejará su cargo y seguirá desempeñando otro dentro del entramado oligárquico de la casta dirigente. Difícilmente podría hacer otra cosa cuando, desde su juventud, no ha tenido otra experiencia profesional que la política.

Lo más triste es que no son sólo los líderes de los partidos. Al contrario, la mayor parte de la casta política de nuestro país (y de todos los países democráticos de nuestro entorno) vive de la política, es decir, de un sueldo que les es pagado por todos los ciudadanos; incluso por aquellos que han sido desposeídos de parte de sus derechos por quienes dicen representarlos.

Mientras las leyes no limiten radicalmente el ejercicio de la actividad política (¡en Atenas y en Roma el período de mandato era un año!), mientras las leyes no prohíban ejercer los mismos cargos públicos más de una vez en la vida, nuestra clase política, acostumbrada a vivir del erario público, olvidada de cualquier otro ejercicio profesional que no sea el del poder en cualquiera de sus facetas, educada en una práctica política impune que evita a toda costa la rendición de cuentas ante el pueblo soberano, y persuadida de que su lealtad se debe a los jefes de sus partidos y de sus grupos parlamentarios (de quienes depende su modus uiuendi), hará que la democracia sea un remedo, una caricatura; los restos ruinosos de lo que fue un día.

 

Palabras desde Grecia

Pedro Olalla es, entre otras cosas, escritor, helenista y fotógrafo. Vive desde hace tiempo en Atenas, donde ha fijado su residencia, y desde allí, ha sido capaz de dirigirnos unas palabras que, al menos, harán que, incluso los más optimistas, tengan un momento de desasosiego.

Gracias, Pedro.

 

4. EL PÁNICO A LA DEMOCRACIA

Las razones que he expuesto más arriba explican que, en realidad, la democracia supone una amenaza para los oligarcas que nos gobiernan. Es lógico, pues pone a los políticos ante situaciones incómodas.

¿Cómo explicar si no el pánico desatado en toda Europa cuando, en los días pasados, el primer ministro griego, Sr. Papandreu, sugirió la posibilidad de convocar un referendum en Grecia? ¿Cómo explicar si no que toda la clase política europea considerase tal sugerencia como una amenaza, una catástrofe, algo parecido a una hecatombe? ¿Qué clase de democracia es ésta que tiembla ante la posibilidad de que hable el pueblo soberano?

En cualquier caso, Papandreu (el último eslabón de una casta familiar dedicada a la política en Grecia desde hace mucho tiempo) ha demostrado su verdadera talla de estadista al convertir la convocatoria de referéndum en una amenaza de hecho. La consulta a su pueblo, al que se está sometiendo a una presión insoportable por parte de quienes lo han llevado al borde del abismo, no ha sido una baza leal, un arma democrática que devolviera a los griegos algo de su soberanía; ha sido en realidad una verdadera amenaza con la que Papandreu ha pretendido ganar tiempo. En apenas unos días, cuando su chantaje había surtido efecto, cuando el pánico a la democracia había dejado atónitos a todos los líderes europeos, Papandreu, con la mayor desfachatez del mundo, retiró su propuesta, igual que esos pésimos jugadores de mus que se acobardan ante las consecuencias de su propio órdago.

Mientras tanto, el pueblo griego tendrá que afrontar, durante esta generación y la siguiente al menos, las consecuencias de la práctica política de quienes lo han considerado simplemente una coartada para su gestión. No sólo Papandreu, un supuesto socialista, sino también los conservadores de la Néa Demokratía de K. Karamanlís (otro oligarca hereditario, sustituido hoy por A. Samáras), que han gobernado Grecia en los últimos años igual que lo hubieran hecho los antiguos caciques, convencidos de que todo el país era una finca privada y todos los habitantes sus sirvientes.

¿Quiénes son, con nombre y apellidos, los responsables de la situación de Grecia, de España, de Italia, de Islandia…? ¿Quién de entre todos estos políticos codiciosos, sin escrúpulos, sin el más mínimo respeto ni por la democracia ni por los ciudadanos a quienes perjuran representar y defender, ha rendido cuentas de su gestión? ¿Es posible delimitar responsabilidades y desenmascarar a quienes se ocultan detrás de los “mercados”?

La antigua ?????? de la democracia ateniense lo hubiera hecho. Cada cargo público hubiera sido juzgado, cada gestión fiscalizada. Cada responsabilidad depurada.

Quizá no sea casualidad que la derecha griega llame a su partido Néa Demokratía, “Nueva Democracia”. Sin duda tiene poco que ver con la ?????? ??????????, la antigua democracia nacida de las entrañas de una ciudad que, sin duda, sobrevivirá, como lo hizo en el pasado, a la tragedia que suponen sus dirigentes.

 

Nuestro mundo, encaminado a esclavizar a toda la humanidad a traves de la deuda

 

 

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