La antigua Grecia y el futuro

Del 6 al 9 de abril de 2012

  • Inscripción: talleres.islados@gmail.com
  • Plazas limitadas a 15 alumnos
  • Precio del taller y la estancia: 520 € (incluye desayuno y comida durante los días del taller y opción a 4 noches de estancia en habitación compartida)

Pensador de Rodin. Calle Larios, Málaga

El conocimiento del futuro nos está vedado por completo. La historia evoluciona con frecuencia independientemente de la voluntad de quienes la protagonizan y obedece leyes que no siempre es posible detectar.

Conocer el futuro es un acto inútil, decía Cicerón, pero desconocer el pasado, añadía, es propio de quienes quieren seguir siendo niños. Quizá ésta es una de las razones que han hecho a la humanidad cometer los mismos errores en diferentes épocas, como si la ignorancia de lo que ha sucedido nos impidiera conocer lo que sucede y aun lo que puede suceder.

Así pues, el presente taller intentará penetrar con cierta profundidad en el conocimiento de ciertos acontecimientos que, aun habiendo ocurrido hace mucho tiempo, pueden ayudarnos a comprender el presente e imaginar el futuro. Eso es, al cabo, lo mejor del estudio del pasado: que puede arrojar algún rayo de luz sobre los acontecimientos del presente.

Por lo que respecta a Occidente (y en gran medida a todo nuestro mundo), los acontecimientos decisivos tuvieron lugar en Grecia. Libertad, política, democracia, globalización… son conceptos inventados, experimentados y frecuentemente sufridos en Grecia y, poco después, en Roma. Desde allí, en un verdadero viaje en el tiempo, tales experiencias han llegado hasta un mundo como el nuestro que, de una manera creciente, cree que las vive por primera vez.

PROGRAMA

La antigua Grecia y el futuro, por Bernardo Souvirón

Propuesta de Josep M. Fontserè
Representación alegórica de la fuerza, Kaspar von Zumbusch, Munich 1875
Viernes
INTRODUCCIÓN
– ¿Puede el pasado explicar el presente?
– ¿Qué diferencia a los antiguos griegos de otros pueblos?
¿Por qué en Grecia se desarrolló el espíritu humano como en ninguna otra parte?
– Theoí y ánthropoi: oposición entre dios y hombre
– La Historia como “conglomerado heredado”

Sábado
LOS CIMIENTOS DE LA SOCIEDAD ACTUAL: HOMBRE VERSUS MUJER
Mañana
– Un mundo pacífico: la civilización minoica
– Mujer y paz: el matriarcado preindoeuropeo
– Gilgamés: la civilización del hombre salvaje
– La Tawananna hitita
– Migraciones indoeuropeas: aparición de la guerra
Tarde
– El momento decisivo: la constitución de la sociedad patriarcal en Grecia. Los griegos micénicos.
– Hombre y guerra: la gloria del guerrero
– Una conditio sine qua non: la desaparición social de la mujer
– Un mundo de héroes: la inexistencia del individuo

Domingo
PENSAMIENTO MÍTICO Y PENSAMIENTO RACIONAL. DEL HÉROE AL CIUDADANO
Mañana
– Mito y razón: pensamiento mítico y pensamiento racional
– Homero. ¿Poeta o historiador?
– La Ilíada y la Odisea: mitos para encontrar y comprender la historia
Tarde
– El descubrimiento de la individualidad
– Estado y pólis
– Poesía e individualidad
– Prosa y política
– La razón produce sabios. La contemplación de lo que permanece oculto: la verdad
– Los primeros humanistas: de Tales a Heráclito
– Aparición de una oposición que todavía hoy permanece: phýsis/nómos

Lunes
EL NACIMIENTO DE LA LIBERTAD. SUS CONSECUENCIAS
Mañana
– Individuo y entorno
– Libertad y ciencia
– Libertad y política
– El peso de los dioses
– El origen de la mentalidad democrática
Tarde
– Primer ataque al conglomerado heredado
– Democracia y tragedia
– Crisis de la pólis: la globalización
– ¿Está el futuro escrito en el pasado?
 

CONTACTO
Talleres Islados
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07702 Maó – Menorca
Illes Balears
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Homero, transmisor de modelos

Despedida de Héctor y Andrómaca. El niño, Astianacte ('El señor de la ciudad'), en brazos de la nodriza, se encoge, asustado por el aspecto de su padre.

Homero es el primer escritor de occidente. Utilizando el alfabeto griego, recién creado, fijó por escrito las leyendas de Troya. Desdichadamente no sabemos nada de él, pues pertenece a una época en que la individualidad no existe todavía.

Aedo o rapsoda, poseído por la “locura” poética, Homero era para los antiguos un verdadero adivino; un adivino del pasado. Mas, con el correr del tiempo, llegó a convertirse en el educador del pueblo griego y, a la vez, en el forjador del carácter de los héroes o, lo que es lo mismo, del carácter masculino.

En los versos que les muestro a continuación, extraídos del canto VI de la Ilíada, puede verse con claridad este carácter educador de Homero. Aprovechando la despedida entre Héctor y su esposa, la hermosa Andrómaca, el poeta describe cristalinamente en unos cuantos versos los papeles del hombre y la mujer en la sociedad de los aqueos, es decir, en nuestra propia sociedad. Poco han cambiado las cosas desde entonces.

El gran caudillo de Troya imagina el cruel destino que espera a su esposa, sirviendo como esclava en la casa de cualquier aqueo. Prefiere la muerte antes que contemplar a su mujer en ese estado.

 

Ilíada, 6. 450 y ss:

Mas no tanto el mal de los Troes [1] tras mí que queden me importa
ni de Hécuba ni de Príamo rey la suerte que corran
ni de mis hermanos los muchos y bravos que bajo la horda
de los enemigos caigan al polvo en tal mala hora
cuanto de ti, cuando venga un Aqueo brónciga-cota,
que lagrimeando te arrastra y de libertad te despoja;
y aun puede que en Argos tejiendo el telar te veas de otra
y agua trayendo de fuente tal vez tesalia o laconia,
bien mal de tu grado; mas ley pesará sobre tí poderosa;
y alguno habrá quizá que te diga al verte toda llorosa:
“De Héctor he ahí la mujer, el que era primero en la tropa
de Troes potridomantes, cuando era la guerra de Troya”.
Así dirá alguno, y a ti te entrará una nueva congoja
por falta del hombre que a salvo de vida de esclava te ponga.
mas a mí ¡bien muerto me cubra la tierra en mi fosa,
antes que a ti arrastrada te vea y tus gritos que oiga!

 

El párrafo continúa con una de las escenas más conmovedoras de toda la Ilíada. Héctor toma en sus brazos a su hijo, apenas un bebé. El niño se asusta al ver el aspecto de su padre que, conmovido, se quita el yelmo y acaricia a su hijo entre sonrisas. Entonces reza rogando que aquel niño, al que sostiene entre sus brazos, llegue a ser un hombre digno de Troya y de su linaje. Las palabras que Héctor dirige a Zeus son muy reveladoras, pues muestran que la única gloria que puede ganar un hombre debe conquistarse en el campo de batalla.

 

Ilíada, 6.466 y ss. [2]

Tal en diciendo, al niño fue a hacerle una carantoña
Héctor preclaro; y al aya belcinta el niño chillando
atrás se le echó asustado a la facha del padre
y la sombra, temiendo del bronce y la cresta corcelifosca
al verla terrible del alto del yelmo agitándose en ondas;
y el padre se echó a reír, y con él la madre y señora.
Al punto quitó el bravo Héctor de su cabeza briosa
el yelmo, y en tierra lo puso fulgiendo en toda su gloria;
y ya que a su hijo besó y le hizo hacer en sus manos cabriolas,
a Zeus y a los otros dioses en rezo habló de su boca:
“Zeus y los dioses demás, otorgad que a mis votos responda
este hijo mío, en ser como yo y de los Troes corona
y tal de bravos en sus bríos, y sea rey sobre Troya,
y alguna vez uno diga: ‘mejor que el padre y con sobra’,
al verlo de guerra volver, y armas traiga en sangre aun rojas
de un hombre que haya matado, y se goce la madre en su gloria”.

 

Finalmente, Héctor decide que es hora de volver a la guerra. Pide a su esposa que vuelva a la casa, para que atienda allí a las tareas que le son propias. De nuevo el modelo, esta vez el femenino.

 

Ilíada 6. 490 y ss.

Mas ¡ea, véte a la casa, y allí tu atiende a tus obras,
al huso y la rueca y telar, y ordena a las servidoras
que hagan la jera avanzar!; que a los hombres guerra les toca,
a todos, y a mí el que más, los que son nacidos en Troya”.

 

La escena termina de manera conmovedora. Andrómaca vuelve la cabeza de vez en vez, mientras se encamina hacia su casa. Intuye que no volverá a ver vivo a su marido.

 

Ilíada, 6. 494 y ss.

Tal en hablando tomó el claro Héctor el yelmo de torna
el corcelicrespo; y camino a su casa iba yendo la esposa,
los ojos a trechos volviendo, en florido llanto llorosa.

 

En efecto, Héctor y Andrómaca no vuelven a verse más. La guerra continúa, pues sin ella la mentalidad masculina sería incomprensible. Es la guerra la que pone a cada uno en su sitio, la base de un tipo de sociedad vigente hasta nuestros días.

El triunfo de la sociedad patriarcal, cuyos postulados son transmitidos por Homero, depende de la existencia de la guerra.

 

 


[1] Troyanos.

[2] Utilizo la traducción de A. García Calvo (Ed. Lucina, Zamora, 1995). Es una traducción difícil, dura a veces, llena de neologismos. Es lo más parecido que conozco al lenguaje de Homero. Imprescindible.

 

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Homero y la poesía épica

Homero

Homero es el más extraordinario de los misterios del pasado. Sinceramente, no sé si alguien ha tenido una influencia más profunda y duradera que él a lo largo de toda la historia de occidente, lo que no deja de ser increíble teniendo en cuenta que apenas sabemos de él más que su nombre. Pero ésta es, quizá, una de las características más sobresalientes de la antigüedad: interesa la obra de los hombres, no sus vidas privadas. Por más que alguien investigue, por más que uno se esfuerce por intentar reconstruir la vida privada de alguna de las personas que protagonizaron la historia de Grecia, lo único que encuentra es la frustrante sensación que produce la ausencia de datos.

Sin embargo, las fuentes antiguas son profusas a la hora de ofrecernos información sobre la dimensión pública de quienes tuvieron una influencia relevante en el desarrollo de los hechos históricos. ¡Qué diferencia con nuestro tiempo, en el que parecen importar más los detalles de la vida privada que las aportaciones al desarrollo común! ¡Qué diferencia con nuestro tiempo, en el que buena parte de los medios magnifican los detalles triviales que caracterizan la vida de personajes insignificantes, cuyo único mérito es estar dispuestos a vender cada instante de su existencia!

¿Quién era Homero? ¿Qué podemos decir con seguridad sobre su vida? Veamos.

LA POESÍA DE LOS AEDOS

La Ilíada y la Odisea son obras que la literatura científica califica como “épicas”. El término poesía épica está relacionado con el adjetivo ????? (epiké), utilizado por primera vez por Dionisio de Halicarnaso (historiador y experto en crítica literaria que vivió en Roma a caballo de los siglos I antes y después de Cristo) en su obra Sobre la composición literaria (22). La palabra épica es, en efecto, un derivado del sustantivo ????, término que significa literalmente ‘palabra’ o ‘aquello que se cuenta mediante la palabra’. El propio Homero emplea a veces esta palabra relacionándola con ????? (mýthos), acentuando con ello el carácter narrativo de este tipo de poesía.

Sin embargo, las palabras que definen realmente la poesía homérica no son ???? ni ?????, sino ????? (aeído) ‘cantar’ y ?????? (aoidós) ‘aedo’ o ‘cantor’. Así pues, la primera pregunta que debemos formularnos es ésta: ¿qué era un aedo?

-Lo primero que sabemos es que se trata de un oficio y que, al menos en cierta medida, los aedos son profesionales. Son equiparados muchas veces con otros artesanos, como carpinteros, adivinos o, incluso, curanderos, y muy probablemente pueden organizarse en asociaciones parecidas a lo que conocemos como gremios, como parece demostrar la existencia de los llamados Homéridas de la isla de Quíos. Sin embargo, es un  hecho también que cualquier persona podía cantar canciones épicas, tal como sucede cuando llegan a la tienda de Aquiles los embajadores enviados por los aqueos (Ilíada 9.185), que se encuentran al propio Aquiles cantando al son de una ??????? (fórminx, instrumento de cuerda parecido a un laúd o a una lira pequeña) en compañía de Patroclo, que toma el relevo  ante la llegada de los embajadores.

-Parece que abundaban los aedos ciegos, como Demódoco, el cantor que amenizaba las veladas en la corte de Alcínoo, rey de los feacios (Odisea 8.63).

-Los aedos cantan. Suelen acompañar su canto con un instrumento de cuerda, a cuyo ritmo bailan algunas veces coros de jóvenes (Ilíada 18.590, 8.262, 378).

-Sabemos también que alguna divinidad los inspira. Este hecho no debe extrañarnos, pues el aedo está tocado por una de las “locuras sagradas”, la locura poética, que le permite, igual que a los adivinos, conocer cosas que los demás mortales no pueden saber. Por eso un aedo se parece a un adivino, pues su arte le permite saber lo que ha pasado, igual que la locura mántica (o adivinatoria) permite al adivino sabe lo que va a pasar. Ésta es la razón por la que el aedo es llamado con frecuencia ?????, ‘divino’, o ??????, ‘que habla inspirado por los dioses’.

-Ahora bien, el aedo no es una especie de funcionario del palacio de un rey, como ha llegado a afirmar algún estudioso. Cuando Ulises llega a la corte de Alcínoo, en la isla de Esqueria, el monarca debe enviar a un heraldo para que busque al ????? Demódoco, que no forma parte de la corte. Por el contrario, parece que los aedos llevaban una existencia ambulante yendo de pueblo en pueblo, y que no sólo cantaban en los palacios o en las casas principales, como hace Demódoco en el palacio de Alcínoo o Femio en el de Ulises, sino también en las plazas de los pueblos (Odisea 8.97 y ss, 109 y ss, 256 y ss.), ante auditorios menos refinados.

-Los aedos cantan los ???? ?????? (’gestas de los hombres’). Algunas de estas gestas son antiguas y conocidas, y están perfectamente fijadas por la tradición. Otras, sin embargo, son recientes y producen en la audiencia el asombro de lo desconocido. Por lo demás, es muy probable que la innovación formara parte también del quehacer cotidiano de estos cantores. Así, por ejemplo, Femio narra a los pretendientes de Penélope el “luctuoso regreso” de los aqueos, un tema reciente que tiene poco que ver con gestas heroicas. Ante la extrañeza de su madre, Telémaco le explica cómo las gentes gustan también de oír cantos novedosos.

-Así pues, había un repertorio sobre el que podía innovarse constantemente. El propio Ulises le pide a Demódoco (Odisea 8. 487) que cante el episodio del caballo de madera en la toma de Troya, única referencia en los poemas homéricos a este famosísimo episodio de la guerra. En otra ocasión, el propio Demódoco canta ante el pueblo, no ante la corte, y no elige un tema heroico sino burlesco: los amores furtivos de Ares y Afrodita, sorprendidos in flagranti por el marido de ésta, Héfesto (Odisea 8. 266 y ss).

AEDOS Y RAPSODAS EN GRECIA

En torno al siglo VII a. C. se produjo en Grecia un cambio fundamental en la ejecución de la poesía épica: los poemas dejaron de ser cantados y fueron objeto de simple recitación, casi con toda seguridad sin acompañamiento musical. El recitador fue llamado ????????, ‘rapsoda’, una palabra interesante que merece un pequeño comentario.

???????? es un vocablo compuesto, resultado de la unión de dos términos. El primero de ellos se relaciona sin duda con el verbo ????? (rápto), cuyo significado es ‘zurcir’. El segundo está emparentado con el sustantivo ??? (odé), cuyo significado es ‘canto’. Así pues, rapsoda podría significar literalmente ‘zurcidor de cantos’. Sin duda, la palabra alude a la tarea de “zurcir” o empalmar unos cantos con otros o, incluso, diferentes partes de un mismo canto, lo que daba al rapsoda la posibilidad de alterar el orden de su relato.

A diferencia del aedo, el rapsoda no canta, sino que recita. Para ayudarse en esta tarea, lleva consigo un bastón con el que golpea el suelo para marcar el ritmo del verso. De esta manera, la cadencia de las palabras, el ritmo interno del lenguaje épico, podían sustituir el acompañamiento musical que secundaba siempre el canto del aedo.

La primera mención de un rapsoda está en Heródoto (5.67.1), que nos informa de competiciones basadas en la recitación de poemas homéricos en la región de Corinto, ya en el año 600 a. C. Sin embargo quizá Hesíodo (que vivió probablemente en el siglo VII a. C.) fuera ya un rapsoda, pues él mismo nos dice  (Teogonía 30) que las Musas le dieron un bastón, no una lira.

Así pues, la Ilíada formaba parte de este mundo de la épica griega, cuya historia tiene dos fases: una primera, creadora y oral, propia de los aedos o cantores, y una segunda, reproductora, propia de los rapsodas que recitaban textos fijados por escrito. Como hemos visto, aunque los rapsodas dependían de un texto escrito aprendido de memoria, podían introducir interpolaciones, hacer cambios e, incluso, supresiones.

POESÍA HOMÉRICA, POESÍA ORAL: LOS TRABAJOS DE PARRY Y LORD

La poesía homérica era oral y, probablemente, estaba todavía viva (en fase de creación y recreación) en época del propio Homero. Partiendo de esta hipótesis, Milman Parry, estudioso norteamericano de educación francesa, estableció su teoría de la composición oral y formular de la poesía épica antigua. En realidad, Parry había estudiado ya en su tesis doctoral el mundo de los epítetos homéricos, y había establecido que muchos de ellos se repetían constantemente en el texto, con el firme objetivo de facilitar el trabajo del aedo, que podía así aprenderse de memoria una buena cantidad de ellos y utilizarlos a su antojo, mezclándolos en el texto cuando le parecía adecuado. En realidad, tener en la cabeza un repertorio de fórmulas facilitaba también el trabajo memorístico y, con toda seguridad, daba a los aedos tiempo para recordar los pasajes que pretendían narrar.

Entre los años 1933 y 1935 M. Parry intentó probar su teoría acerca de la naturaleza oral y formular de los poemas homéricos con la ayuda de Albert Lord, profesor de literatura eslava en Harvard. Ambos partieron hacia la antigua Yugoslavia, a la región de Novi Pazar, donde en el año 1389 había tenido lugar la famosa batalla de Kosovo entre los estados cristianos albano-serbios, al mando del príncipe Lazar y los turcos otomanos, al mando del sultán Marad I.

guslari serbios
Parry fundamentó su teoría sobre la poesía oral homérica escuchando y estudiando a los "guslari" serbios.

Parry y Lord comprobaron que la batalla de Kosovo había dado lugar a una cierta cantidad de poemas épicos. Estos poemas solían ser recitados por los guslari (bardos) serbios, auténticos “aedos” que, con frecuencia, eran completamente analfabetos. Sin embargo, la utilización del estilo formular les permitía construir composiciones épicas de miles de versos, gracias al sabio manejo de un repertorio de fórmulas que aplicaban según la técnica que el propio Parry había supuesto en sus estudios anteriores. Aún más, Parry y Lord llegaron a la conclusión de que estos guslari no habrían podido desarrollar nunca su talento exclusivamente mnemotécnico (es decir, basado en el ejercicio de la memoria), si hubiesen aprendido a leer y escribir.

Después de dos años de trabajo, Milman Parry llegó a registrar varios cientos de epopeyas, catalogadas hoy en la Milman Parry Collection de la Biblioteca Widener de Harvard. Desgraciadamente, Parry murió prematuramente en 1935 a causa de un disparo accidental. Este hecho infortunado le impidió proseguir sus investigaciones, fundamentales hoy día para comprender la naturaleza de la épica homérica. Sus trabajos, sin embargo, fueron reunidos en el año 1971 bajo el cuidado de Adam Parry, su hijo, y publicados en 1987 por Oxford University Press bajo el título The Making of Homeric Verse: The collected Papers of Milman Parry.

La investigación, sin embargo, fue continuada por Albert Lord, autor de un sugestivo libro titulado The Singer of Tales (El cantor de cuentos), publicado en   Cambridge, Massachusetts, por Harvard University Press en 1960).

Pues bien, las conclusiones que podemos deducir de los trabajos de investigación de Parry y Lord son las siguientes:

a) La épica viva siempre es cantada, con acompañamiento musical. Con frecuencia es el propio autor quien lo hace.

b) La métrica no se basa en la estrofa, sino en el verso repetido indefinidamente.

c) El aedo dispone de un repertorio de fórmulas que pueden abarcar parte de un verso, un verso entero o, incluso, grupos de versos.

d) Se trata de poesía completamente narrativa, cuyo tema son las gestas de personas del pasado. Incluso Tácito, el gran historiador romano nos informa en su Germania (2-3) de la existencia de este tipo de poesía entre las tribus germanas. Igual ocurre con las literaturas medievales europeas: Cantar de Mío Cid, Chanson de Roland, etc.

e) El cantor no se basa en un texto fijo que haya aprendido de memoria, sino que improvisa con la ayuda de las fórmulas, que sí ha aprendido de memoria. Se ha experimentado en este sentido, grabando a un mismo cantor, y se ha comprobado que la improvisación, sobre tema conocido y con la ayuda de fórmulas aprendidas, es la conducta habitual.

Así pues, la obra de Homero depende en gran medida de la tradición oral anterior, que se remonta muchos siglos atrás. Sólo así puede explicarse el hecho de que la quinta parte de los poemas homéricos esté compuesta por versos que se repiten enteros. Y no sólo eso; entre los 28000 versos atribuidos a Homero hay innumerables frases formularias repetidas.

Otros muchos “desajustes” de los textos homéricos pueden explicarse perfectamente por el carácter oral de su obra. Algunas veces, en efecto, hay referencias a episodios extraños a la propia acción del poema. Tales episodios quizá estuvieron en otros cantos en relación con Troya y,  finalmente, no fueron incluidos en el cuerpo central de los poemas. Así en Ilíada 9.355 Aquiles habla de un duelo con Héctor en el que éste logró escapar a duras penas. Sin embargo, nada sabemos de tal duelo.

Otro rasgo típico de la poesía oral, ajena a la fijación que supone la escritura, es que, algunas veces, hay dos versiones del mismo episodio. Otras veces aparecen contradicciones. Sin embargo, las contradicciones no son ajenas ni siquiera a la literatura escrita. Así, por ejemplo, Cervantes nos presenta en un pasaje de su Quijote a Sancho montado en un asno que le habían robado previamente en Sierra Morena.

Los errores y desajustes de los poemas homéricos son una deuda inevitable, contraída con la fase oral de su contenido, pues la literatura oral está caracterizada por la imposibilidad de volver atrás y corregir. Este hecho explica que en el corpus general de la obra abunden las repeticiones, las frases formulares e, incluso, desajustes y errores de narración.

Somos nosotros, los que, algunos milenios después, leemos atentamente miles de versos que, al estar fijados por escrito desde hace tiempo, no han de sufrir ya más alteraciones. Somos nosotros, que leemos pero no oímos a Homero, los que percibimos unos desajustes que, sin duda, pasaban desapercibidos al auditorio de los aedos.

LA ÉPICA MICÉNICA

La conquista de Troya debió de impresionar tanto a las gentes de la época que, casi de inmediato, empezó a formar parte esencial del repertorio de la poesía épica, eclipsando con su presencia la memoria de otros temas. Es lógico, pues, suponer que la épica homérica arranca de época micénica, pues, además, en los versos de Homero se describen objetos y ciudades que no existían en época posterior y que eran completamente desconocidas para un griego de los siglos VIII o VII a. C.

En presencia de Hermes y Atenea, Áyax carga con el cadáver de Aquiles. Detalle de un vaso del llamado pintor de Antímenes. Siglo VI a. C.

Sin embargo, creo que podemos afirmar que la poesía oral micénica arranca no de la guerra de Troya, sino de mucho antes. Ésta razón explicaría que en los poemas homéricos se mencionen objetos que habían caído en desuso ya antes de la época de la guerra de Troya (en el siglo XII a. C. según la cronología tradicional). Tal es el caso del gran escudo “grande como un castillo” que protege el cuerpo de Áyax, hecho con siete pieles de buey. Hoy sabemos que este tipo de escudo dejó de usarse aproximadamente en el año 1350 a. C. Igual ocurre con el casco que Meriones cede a Ulises (Ilíada 10.260), hecho con colmillos de jabalí sobre una estructura de cuero. Dejó de usarse en el siglo XIV a. C., y ningún aedo de fecha posterior pudo verlo por sí mismo.

Casco hecho con colmillos de jabalí. Museo de Iráklio. Creta.

Hay también argumentos lingüísticos, surgidos de la interpretación de algunos textos del Silabario Minoico Lineal B, la lengua escrita de los micénicos. Así, por ejemplo, el jefe de unidad militar que se apresta para la defensa del palacio de Pilo se llama ????, ‘Troyano’. En otros pasajes aparecen con frecuencia nombres que son atribuidos a famosos  guerreros del ciclo épico: Áyax, Eteocles, Orestes, Aquiles, Héctor…, lo que implica que estos nombres eran conocidos e, incluso, populares.

Así pues, los poemas homéricos hunden sus raíces en una tradición oral que muy probablemente es todavía más antigua que la micénica.

 

HOMERO

En realidad, seguimos ignorando las causas que movieron a un aedo a fijar por escrito los versos objeto de su canto. Quizá la razón esté en la introducción del aulós, la flauta, que obligaba a disociar letra y música, que ya no podían ser ejecutadas por la misma persona.

¿Sería ya el autor de la Ilíada un rapsoda, como algunos han supuesto? ¿Cómo se presentaba por escrito la Ilíada antes de que el gramático Zenódoto, primer director de la biblioteca de Alejandría, primer editor crítico de la obra de Homero, la dividiera en 24 cantos en el siglo III a. C.?

La personalidad de Homero, se nos escapa por completo, pues nunca asoma a través de su obra, y en relación con su época hay tradiciones que van desde considerarlo contemporáneo de la guerra de Troya hasta hacerlo vivir en el S. VIII a. C. o, incluso, en el VII. Unos lo consideran originario de Esmirna, otros de Quíos.

La idea de que Homero es natural de la isla de Quíos nace al considerarlo autor del Himno a Apolo Delio. En efecto, el autor de esa obra habla de sí mismo como “hombre ciego que habita en Quíos”. Al atribuirse este poema a Homero, la tradición lo vinculó con la isla y lo hizo aparecer como ciego. De hecho, sabemos de la existencia (atestiguada desde muy antiguo) en Quíos de una escuela de rapsodas profesionales que se llamaban, como ya he dicho, “Los Homéridas”, los “Hijos de Homero”. Afirmaban con orgullo ser sus descendientes y tener en custodia los textos de sus poemas.

¿Era Homero el tipo de rapsoda ambulante, ciego, pobre, que sólo recibe ingratitud en pago a su talento? Sabemos que Homero significa ‘Rehén’. ¿Hace este nombre referencia a la condición de rehén del autor de la Ilíada? ¿Es Homero uno de los innumerables nombres propios parlantes del griego? Y de ser así ¿de quién o de qué era rehén Homero? [1]

En cualquier caso, el rehén, el prisionero, el hombre que se oculta detrás de un velo de silencio, se convirtió con el tiempo en el educador de Grecia, llegando a ser una de las figuras más influyentes de la historia. Mas, por encima de todo, Homero nos enseñó para siempre que las palabras escritas, el arte de escribir, puede hacer que la historia perviva para siempre.

Homero nos ha abierto a todos el camino de la inmortalidad.

 

 


[1] En Hijos de Homero he tratado este tema con algo más de calma. A sus páginas remito al lector interesado.

 

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La Odisea y Tarteso

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La costa norte de Creta

Vivimos en un planeta que no deja de moverse, que transita imperceptiblemente a través de una ruta fijada por fuerzas extrañas que, sólo recientemente, nos ha sido dado comprender. Vivimos en un planeta viajero que va dejando su rastro en el cielo, un lugar aparentemente desordenado, caótico, que han observado noche tras noche los ojos de muchos hombres deseosos de comprender el mundo en que vivían.

Buena parte de esos hombres curiosos advirtieron muy pronto que en el viaje, en la contemplación de tierras y mares desconocidos, se encerraba buena parte de las claves que, al cabo, habrían de hacer nuestro mundo comprensible. Esos primeros viajeros, asumiendo todo riesgo imaginable y desafiando cuentos y leyendas que invitaban a permanecer en los viejos y estrechos límites de lo conocido, hicieron los primeros mapas, descubrieron que había muchas formas distintas de seres humanos, se plantearon por primera vez la necesidad de convivir con hombres que creían en otros dioses y tenían otros sueños, y nos mostraron las nuevas rutas del conocimiento, embarcándonos en una aventura que va más allá del espacio y del tiempo. De algunos de esos hombres trata este artículo.

Estaño y Edad del Bronce

La llamada Edad del Bronce, (desde 3500 a. C. hasta el año 1000 a. C. aproximadamente, pues la cronología puede variar ostensiblemente de un lugar a otro) fue posible gracias a la aparición de una tecnología que permitió la aleación del cobre y el estaño. El cobre abunda en el Mediterráneo, pero el estaño es un producto difícil de encontrar en esa zona geográfica, por lo que era necesario traerlo de los lugares en que se encontraba. Según las fuentes antiguas, especialmente las griegas, el estaño se encontraba en las llamadas “islas del estaño” o islas Casitérides (del griego kassíteros “estaño”).

En términos generales, la historiografía moderna identifica las islas Casitérides con las islas Británicas o, en general, con lugares situados en el golfo de Vizcaya, entre Finisterre y la Pointe du Raz, el punto más occidental de Francia, en la actual Bretaña. De estos lugares provenía el estaño que entraba en el Mediterráneo para, aleado con el cobre, alimentar la floreciente y lucrativa industria del bronce.

Sabemos que los fenicios, los más eficientes navegantes mediterráneos, introducían el estaño en el Mediterráneo, utilizando sus eficaces naves mercantes para distribuirlo por los lugares en los que la tecnología hacía posible su aleación con el cobre. Esta actividad debió de ser especialmente rentable para los experimentados comerciantes fenicios, hasta el punto de que pusieron en circulación toda una serie de leyendas que hacían del estrecho de Gibraltar, las famosas columnas de Melkart (la divinidad fenicia proveniente de la ciudad de Tiro, metrópoli de Cádiz), más tarde conocidas como columnas de Heracles o Hércules, poco menos que el último lugar de la tierra, la puerta hacia mundos imposibles en los que el océano se desplomaba sobre un abismo insondable.

Sin embargo, difícilmente naves fenicias hubieran podido hacer la travesía desde el promontorio sagrado (actual cabo S. Vicente) hasta las islas Casitérides. La razón es que estaban dotadas de una sola vela cuadrada, con la que resulta prácticamente imposible remontar la costa de Portugal, librar Finisterre y adentrarse por las peligrosísimas aguas del golfo de Bretaña, que suelen convertirse en una auténtica ratonera cuando el viento sopla del noroeste. Las velas cuadradas resultan en esas condiciones casi inútiles, pues no son capaces de hacer que un barco ciña, es decir, que navegue contra el viento.

Pues bien, si los barcos fenicios sólo introducían el estaño en el Mediterráneo desde la zona de Cádiz (ciudad fundada por Tiro en el año 1100 a. C.), ¿qué naves, entonces, eran capaces de enfrentarse con las peligrosísimas costas de Portugal, librar Finisterre y adentrarse con éxito en las duras y traicioneras aguas del golfo de Bretaña? La respuesta a esta pregunta es, según creo, fundamental para entender esta época decisiva de la historia antigua y es el marco, a su vez, de una asombrosa (e ignorada) historia de viajeros y descubridores. Es la historia de un pueblo que hizo de sus naves su razón de ser, y del mar su patria.

El mundo de la Odisea: una ruta hacia el océano

En este punto entra de lleno el relato homérico de la Odisea. Como el lector sabe bien, buena parte de la obra se desarrolla en la isla de Esqueria, lugar donde habita un pueblo misterioso: los feacios. Allí llega Ulises procedente de la isla de Ogigia, la paradisíaca morada de la ninfa Calipso, después de veinte días de navegación con rumbo este (Od. 5. 271 y ss.). El tiempo que dura la singladura de Ulises y el rumbo que sigue son dos datos de gran importancia, que Homero repite en varios pasajes de los cantos V, VI y VII. Durante su estancia en el país de los feacios, invitado por el rey Alcínoo, escucha por primera vez el relato de los sucesos de Troya, especialmente el episodio del caballo, de labios del aedo Demódoco (Od. 8. 486 y ss.), y no puede contener la emoción: sus ojos se llenan de lágrimas a pesar de su esfuerzo por evitarlas. Alcínoo, que está cerca de él se da cuenta, ordena al aedo que cese de cantar y pide a su huésped que revele por fin su identidad.

Ogigia, Esqueria, feacios… son nombres que la mayor parte de los estudiosos han tomado como simple producto de la fantasía del autor de la Odisea. Honestamente, creo que Homero nos ha revelado demasiadas cosas, nos ha guiado con demasiada precisión como para creer que sus relatos son producto de la fantasía. Personalmente dudo mucho que Homero, ni sus contemporáneos, tuvieran la posibilidad de fantasear, es decir, de inventar sin más esos nombres que realmente estaban situados muy lejos de su mundo, en el extremo occidente. La fantasía es un lujo al alcance de quienes tienen ya un sistema, del tipo que sea, tan sólidamente constituido que les permite precisamente fantasear en relación con él. Y este no es el caso de Homero, según creo.

Por el contrario, Homero utiliza nombres aparentemente inventados para describir pueblos y lugares que están al otro lado de su mundo, quizá porque sigue tradiciones que, desdichadamente nosotros hemos perdido. Para que el lector se haga una idea de lo que quiero decir, es como si alguien dijera que ha viajado a Taprobane. ¿Sería justificado decir que es un nombre inventado sólo porque no sabemos que ese topónimo pertenece a una tradición diferente de la nuestra, que ha utilizado el término Ceilán o, actualmente Sri Lanka para designar el mismo lugar? Y, si estoy en lo cierto al suponer que Esqueria o feacios son topónimos homéricos que la tradición posterior ha sustituido por otros, ¿cuáles son esos nombres?

Para intentar averiguarlo debemos empezar por saber qué dice Homero de la situación de Esqueria, la isla de los feacios. Veámoslo. Poco antes de que Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, encuentre a Ulises medio muerto en la playa, les dice a sus siervas:

“ No existe mortal […] ni llegará a nacer […] quien llegue con ánimo hostil al país de los feacios, pues somos amados por los inmortales y vivimos lejos, dentro del mar de agitadas olas, muy apartados, y ningún otro de los mortales tiene relación con nosotros” (Od. 6. 201 y ss.).

Subrayo en negrita cómo la propia Nausícaa enfatiza la lejanía de Esqueria. Mas, poco después, cuando ya ha encontrado a Ulises, vuelve a insistir sobre este hecho cuando le pide que camine apartado de ella, no vaya a ser que alguien, al verlos juntos, murmure diciendo: “¿Quién es ese fuerte y hermoso extranjero que si­gue a Nausícaa? ¿Dónde lo encontró? […] Acaso lo recogió, extraviado, de alguna nave de hombres lejanos, pues nadie vive cerca de nosotros” (Od. 6. 276 y ss.). La característica más señalada es la lejanía. Lejanía, obviamente, del mundo de Homero, es decir, del mundo egeo. Si admitimos las indicaciones del autor de la Odisea, Ulises se encuentra en el extremo occidental del Mediterráneo, y no dando vueltas, perdido, por el mar Egeo o por las costas de Sicilia.

El lector se preguntará qué isla, a la que Homero llama Esqueria, puede haber cerca del extremo occidental del Mediterráneo. Si echa un vistazo al mapa del cartógrafo Abraham Cresques (atlas) verá que el Guadalquivir sale al mar por dos bocas, formando una isla justo en la desembocadura y otra más abajo. No puedo explicar aquí la influencia de los ríos en los cambios de las líneas de costa; sólo pretendo dejar constancia de que un mapa realizado tres mil años después de que ocurrieran los sucesos descritos por Homero, cartografía dos islas justo en la desembocadura del río Tarteso, es decir, el Guadalquivir. Y no es el único mapa que lo hace.  Pero creo que el propio Homero nos precisa todavía más.

Ulises ha llegado al país de los feacios procedente de la isla de Ogigia, hogar de Calipso. Homero nos informa de que tardó veinte días en llegar, navegando siempre hacia el este, “pues le había orde­nado Calipso […] que navegase teniendo siempre la osa a mano izquierda” (Od. 5. 272). Evidentemente, navegar con la estrella polar a la izquierda supone mantener un rumbo este o, lo que es lo mismo, venir desde occidente. La pregunta es clara: si el país de los feacios está en el extremo occidente del Mediterráneo y Ulises llega a él partiendo desde Ogigia, un lugar que está todavía más al oeste, ¿dónde está ese lugar?

Me temo que la respuesta es evidente, aunque perturbadora: Ogigia está en el océano. En el océano Atlántico.

Tarteso: el vértice de dos mundos

El topónimo Esqueria y el gentilicio feacios sólo pueden recubrir, respectivamente, los nombres de Tarteso y sus habitantes, los tartesios. Sólo ese lugar cuadra con todos los datos (de los que, en un artículo como éste, sólo puedo mencionar algunos) que Homero, y no sólo Homero, nos proporciona. Ahora bien, si el país de los feacios es Tarteso, ¿qué se esconde bajo el nombre de Ogigia? Miren un mapa y verán que sólo hay una respuesta posible: Azores. Y es una respuesta cargada de sentido. Permítanme que intente explicar por qué razón.

Cualquier nave que, después de librar el cabo S. Vicente, intentara remontar la costa de Portugal con la intención de dirigirse a las Casitérides en busca de estaño, podía encontrarse con viento del norte. En tales condiciones, la navegación hacia el norte, en busca de Finisterre, obligaría a las naves a desviarse hacia el oeste para encontrar un ángulo de viento más favorable, pues la costa de Portugal impide maniobrar hacia el este. Es muy posible que, con el viento del norte entablado, las naves llegaran a las islas Azores por casualidad (como tantas otras naves de todas las épocas), encontrando así una base fundamental de cara a la navegación hacia las islas Casitérides. No una base logística, sino más que eso, pues la posición de las Azores podía permitir a las naves que viajaban en busca del estaño establecer un triángulo de navegación (S. Vicente-Azores-Finisterre) que posibilitara  a esos esforzados navegantes evitar el obstáculo insalvable de un viento del norte persistente y remontar la costa de Portugal para poder llegar al lugar donde se encontraba el estaño. Pocos especialistas dudan hoy de que los fenicios llegaron a las islas Azores, pues cada vez hay más evidencias de su presencia en las islas.

Ahora bien, llegados a este punto, debemos hacernos las preguntas  decisivas. En efecto, antes de que los fenicios se establecieran en el sur de la península Ibérica, ¿quiénes se atrevían a internarse en el Atlántico? ¿Qué naves eran capaces de hacer tales singladuras? ¿Quiénes traían el estaño desde las islas Casitérides para que los fenicios pudieran introducirlo en el Mediterráneo desde Cádiz? La respuesta, de nuevo, parece clara: los tartesios, y de nuevo Homero puede orientarnos. Veamos.

De las naves feacias se dice que “son tan veloces como las alas o el pensamiento” (Od. 7. 36), o que están tityskómenai fresí, es decir, “dotadas de inteligencia” (Od. 8. 556). Alcínoo se ve en la obligación de explicar a Ulises esa sorprendente afirmación, y añade:

“No hay pilotos entre los feacios ni ninguna clase de timón […] Nuestras naves conocen (ísasi) las reflexiones (noémata) y los pensamientos (fré­nas) de los hombres. […] Recorren rápidamente los abismos del mar incluso cuando están cubiertas por nubes o por niebla, y no tienen miedo ni de sufrir daño ni de perderse. Yo he oído decir a mi padre […] que Poseidón estaba celoso de nosotros porque acompañamos a todos indemnes. Decía que algún día destruiría en el nebulo­so mar una […] nave de los Feacios […] y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.” (Od.  8. 557 y ss.)

El pasaje es verdaderamente perturbador pues, a pesar de que Alcínoo puede exagerar al resaltar las virtudes de sus naves, ningún otro texto de la literatura antigua (al menos que yo conozca)  habla en estos términos.

Así pues, éstas debieron de ser las naves que comenzaron a navegar hacia las lejanas islas Casitérides en busca de un producto que ha marcado buena parte de la historia antigua: el estaño. Las marinos de Tarteso  enseñaron, a bordo de sus impresionantes naves (las “naves de Tarsis” de los textos bíblicos), el camino y la técnica de navegación en las aguas atlánticas a los fenicios, especialmente a los habitantes de Tiro que, decididos a seguir lucrándose gracias al tráfico del estaño, se establecieron en Cádiz y “cerraron” las columnas de Melkart a toda nave que no fuera suya.

Tarteso se convirtió así en el vértice de dos mundos: uno atlántico, cuyos protagonistas vivían en una isla lejana, a la que Homero llama Esqueria; otro mediterráneo, protagonizado por los fenicios. Ambos mundos estaban fijados a través de una ruta, la del estaño, establecida desde los albores de la Edad del Bronce, a través de la cual Ulises, presionado por los acontecimientos que se desarrollaron después de la caída de Troya (la destructiva irrupción de los llamados “pueblos del mar”), se vio obligado a navegar , lejos de su patria. Ulises el astuto, el prototipo del hombre inteligente, nunca se perdió. Más bien se han perdido quienes, en un alarde de falta de respeto con el señor de Ítaca, han considerado que los feacios habitaban en la isla de Corcira, la actual Corfú.

En efecto, la mayor parte de los estudiosos modernos, basándose quizá en un texto de Tucídides (1. 25), han situado el país de los feacios en la isla de Corcira. Mas ¿cómo es posible que Ulises, el navegante caracterizado por su perspicacia e inteligencia, desconociera la existencia de un pueblo que se encontraba a un sólo día de navegación desde su patria? En realidad, decir que la isla de Corcira es el país de los feacios es el mejor ejemplo de geografía fantástica que conozco.

La Odisea es el reflejo literario de todo un hito en la historia de los viajes de descubrimiento, quizá el más importante de la historia antigua. Y no sólo porque nos ayuda a comprender lo que pasó, sino porque es una auténtica guía, un mapa que nos orienta a través de un mundo sin el que la Edad del Bronce sólo podría entenderse de una manera incompleta.

Ulises nunca se perdió. ¿Cómo podría haberlo hecho en un mar como el Egeo, lleno de islas, donde no es fácil perder la tierra de vista? Al contrario, su viaje es de descubrimiento, rumbo a tierras desconocidas. Un viaje cuya etapa principal tuvo lugar en el lejano oeste, en las tierras del ocaso, habitadas por un pueblo de marinos cuyas naves asombraron al propio Ulises.

Unas tierras que nosotros conocemos con el nombre de Tarteso.

 

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