Futuro

Todavía era joven y nunca había sido capaz de imaginarse lejos de las llanuras salpicadas de palmeras que rodeaban la choza en la que vivía con toda su familia. Ese era su mundo. Se había acostumbrado al hambre, al frío y a la húmeda mirada que, cada día, lanzaban sobre su aldea los ojos velados de la muerte. Había visto esos ojos cada día de su vida y había aprendido a evitarlos casi por despecho, como quien cumple una rutinaria obligación consigo mismo.

Mas al otro lado del mar había otro mundo. Algunos de sus vecinos contaban que en él no había chozas sino casas, calientes en invierno; que las enfermedades eran vencidas gracias a la magia de personas poderosas; que los niños no morían de frío ni de hambre; que, a cambio del trabajo cotidiano, cualquiera (incluso un extranjero) podía conseguir cobijo, comida y salario; que había normas que protegían a todos por igual, ricos y pobres, jóvenes o ancianos.

Efectivamente aquel debía ser un mundo de prodigios, pensaba, un mundo en el que incluso alguien como él podía vivir lo que hasta entonces apenas había podido vislumbrar en sus sueños. Quizá allí, en ese mundo, lograría pensar en el futuro.

Su esposa no se extrañó al verle el rostro bañado con la luz de la esperanza. Conocía su inquietud y sus ilusiones, su espíritu indómito, sus ansias de felicidad. Notaba que esta vez se iría. Se iría a Europa.

Una noche cogió las pocas cosas que le ayudarían a no sentirse perdido en ese nuevo  mundo. Besó a sus hijos dormidos, apretujados sobre el suelo, y miró a su esposa con los ojos húmedos, luchando por contener el llanto y la tristeza. Nada se dijeron con palabras.

Tardó muchos días en llegar al puerto. Nunca se había alejado demasiado de su aldea y se sentía abrumado, fascinado por las construcciones portuarias, las enormes grúas, los chirridos de los engranajes. Por primera vez contemplaba las naves atracadas en los muelles, sus enormes cascos, sus sólidas cubiertas, sus desconocidos nombres dibujados en las amuras o esculpidos en las popas. Pero era imposible embarcarse en ninguna de ellas. Jamás podría pagar el precio de un pasaje.

Vagando por el puerto, se fijó en una escena que ya había visto en sus sueños. En un muelle alejado, sórdido, un hombre estaba embarcando a gente de su raza. Se acercó a él. Apenas hablaron. Los gestos eran explícitos; su significado, indudable.

Miró al hombre a los ojos (brillantes como los de un chacal) y le entregó lo único que llevaba que podía valer algo: una pieza de marfil y oro que había encontrado hacía mucho tiempo en el desierto. Algunos en su aldea le habían dicho que era antigua, hecha por extranjeros que habían ocupado su país hacía mucho tiempo, en la época en que ni siquiera existían sus antepasados. Nunca supo por qué razón la había guardado durante tanto tiempo. Tras unos instantes, el tipo con el que negociaba la aceptó como pago. “La venderé cuando vuelva de este viaje. Embarca”, le dijo secamente.

Se sentó sobre el húmedo y maloliente suelo de la barca. Aunque apenas podía ver el cielo por encima de la borda, no pudo evitar pensar que estaba ya en la antesala del futuro. Aquél era el último paso, el último fleco de sus desgracias.

Zarparon de noche, a escondidas. La nave era pequeña, con una corta vela oscura y un motor oxidado que gruñía con desgana. El mar le pareció inhóspito, frío, preñado de peligros.

No supo con claridad qué es lo que sucedió, pero pronto percibió que algunos de los hombres y el piloto estaban preocupados. Algo relacionado con el viento. Cuando notó el agua fría no sintió miedo. Una maravillosa paz lo fue envolviendo poco a poco, una paz que no había conocido hasta entonces.

Cerró los ojos y se dejó arropar por un sueño dulce mientras su cuerpo se hundía hacia un abismo desconocido: el abismo del futuro.

 

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La nave del tiempo

Néa Kaméni, en Santorini (antigua Tera).

LA NAVE DEL TIEMPO

Los puertos de algunas ciudades de la Antigüedad debieron de ser, igual que hoy, el destino soñado de muchos hombres y mujeres abandonados por la fortuna. Como si se tratara de fantasmas sin presente ni futuro, quienes huían de la miseria, de las guerras, de las enfermedades y, en suma, de la muerte, vagaban por mares inhóspitos en embarcaciones miserables que casi nunca encontraban un puerto de destino.

Estos hechos no aparecen en los libros de historia, pues nunca han interesado a quienes sólo se fijan en los procesos, no en los individuos. Sin embargo, un capítulo entero del Manuscrito de Paros, está dedicado a ellos. Su autora lo tituló: “La patria de los que huyen es el tiempo”.

Digo autora y no autor porque este fragmento, igual que otros que el lector irá conociendo, está narrado en primera persona. Y esa primera persona es una mujer.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 4.2

En el puerto nada parecía distinto de otros días. El mismo bullicio, el mismo trasiego, la misma inquietud en los rostros de quienes iban a zarpar. Las naves, atracadas en los muelles o fondeadas en la dársena, ofrecían, con su tensa quietud, la impresión de un frágil equilibrio.

El viento del sur traía hacia las costas aromas del desierto, flecos de aire templado que anunciaban con su súbita tibieza la dulzura de la primavera. Sentada en un recodo del camino que lleva a la ciudad alta, aspiraba aquel viento, me dejaba abrigar por él y oía el silbido aflautado de mis cabellos y el dulce rumor de los recuerdos. A lo lejos, aproximándose con dificultad, los barcos enfilaban la bocana del puerto como en una danza tranquila y monótona, propia de ensimismados bailarines.

Mas una nave llamaba la atención de todos los que, en aquella tarde soleada, tratábamos de envolvernos con la calma del mar y la vida del puerto. Navegaba a duras penas, escorada, semihundida por el exceso de peso. No era fácil adivinar quiénes la gobernaban, si eran griegos, fenicios o romanos, pero su carga, exclusivamente humana, se hacía perfectamente visible.

Sobre el muelle en que se abarloaban las naves de guerra, una actividad frenética, casi histérica, tuvo lugar de repente, y en apenas unos minutos, los bancos de remos de una trirreme, verdadera flecha sobre la superficie del mar, hervían con el sudor de sus remeros. En muy poco tiempo, lanzada a toda velocidad por el empuje de los remos, la trirreme de guerra enfilaba la bocana del puerto y ponía rumbo directo hacia la extraña embarcación que, en ese instante, estaba ya muy cerca de la costa. Ahora podía ya contemplar con claridad el aspecto de sus tripulantes y la ruina, casi final, que roía todo su casco. No era una nave de carga, ni de pesca, ni de guerra. Era un barco de hombres desesperados que intentaban ganar la costa de la esperanza.

Pronto le fue negada la entrada al el puerto, y en unos minutos, el ruido de la cadena del ancla llegó a mis oídos con claridad. Pensé que aquella cadena ataba el barco al fondo del mar, y enterraba la esperanza de aquellos hombres en la profundidad del olvido.

No pude evitar permanecer allí hasta que la noche borró la silueta de aquel barco fantasma. De vez en cuando, algún grito, algunas voces, algunas palabras que no entendía llegaban hasta mí como el eco lejano de otro tiempo, como el lamento de un perro solitario que olfatea el vacío.

Abandonada, rechazada, casi definitivamente hundida, aquella nave sólo tenía un rumbo posible. No a otro puerto; no a otro lugar.

A otro tiempo.

 

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