Los cimientos del Humanismo

Teatro de Mileto
La ciudad de Mileto está hoy rodeada por marismas que hacen muy difícil visitarla.

EL NACIMIENTO DEL PENSAMIENTO RACIONAL

Los antiguos griegos utilizaban una palabra cuando querían referirse a lo que nosotros llamamos ‘pensamiento racional’. La palabra era λόγος (lógos). De esta palabra deriva nuestra lógica y toda esa caterva de términos más o menos técnicos que acaban en –logía, -lógico, –logo, etc. En realidad, con el uso de lógos en el sentido de ‘pensamiento racional’, ‘razón’, los griegos nos dieron una muestra realmente extraordinaria de su pensamiento interno, pues la palabra λόγος proviene del verbo λέγω, cuyo significado es literalmente ‘decir’. Así pues, la primera y más literal traducción de λόγος es ‘palabra’, lo que nos autoriza a deducir que para quienes inventaron tal término, la razón, el pensamiento racional, estaba profundamente unido a la palabra.

Ciertamente, siempre he creído que la palabra es el alma del pensamiento y, en ese sentido, he repetido muchas veces a mis alumnos la certera frase de L. Wittgenstein (Tractatus, 5.6): “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pensamiento y palabra caminan de la mano a lo largo de la historia, especialmente en Grecia, pues la lengua griega se adapta a las necesidades del pensamiento quizá como ninguna otra.

Pero ¿por qué en Grecia? ¿Por qué allí?

Creo que hay varias razones que pueden explicar este hecho. La primera de ellas es la ausencia de libros sagrados y, en general, de sacerdotes que velaran por el acatamiento y cumplimiento de un cuerpo doctrinal único y fijo. Este hecho permitió muy pronto la libre circulación de las ideas, sin el ceñidor de una religión y un clero oficiales como en Egipto, por ejemplo.

La colonización, especialmente del Mediterráneo oriental, explica también este proceso. Por necesidades de distinto tipo, los antiguos griegos entraron en contacto desde el siglo VIII a. C. con multitud de pueblos diferentes, lo que les obligó (y les enseñó) a contrastar costumbres, religiones, teorías…, y, de paso, propició la aparición de conflictos sociales. En aparente paradoja, los conflictos sociales hicieron posible la intervención de los ciudadanos en la vida pública y favorecieron un ambiente creciente de libertad. En este ambiente se inició por primera vez la actividad política.

Finalmente, en una sociedad cada vez más compleja (como ocurre con la nuestra), en un mundo cuya cotidianeidad había cambiado para siempre, se hizo necesario un tipo de conocimiento que permitiera hacer ciertos cálculos (de navegación, por ejemplo) para los que ya no servían los antiguos adivinos. El pensamiento racional surgió por la necesidad de resolver problemas cotidianos de naturaleza muy diversa, y en todos los ámbitos: sociales (el Estado); políticos (la pólis); ciéntíficos (navegación, física…).

La ciencia y la libertad nacieron del mismo vientre, en el mismo suelo y en la misma época. Y, sin ruido, casi de puntillas, una expresión se abrió paso hasta aparecer con asiduidad en los textos de Heródoto, Platón o Jenofonte: Τα ανθρώπινα (tà anthrópina) ‘las cosas humanas’ o, mejor, ‘lo humano’. Es un nuevo concepto que rápidamente se introduce, desde el ámbito religioso, en todos los contextos.

UNA NUEVA FORMA DE PENSAR

Así pues, en Grecia, especialmente en la costa de Asia Menor (actual Turquía) vio la luz una nueva manera de pensar basada en la razón y en el lenguaje (lógos), no en la imaginación (mýthos). Poco a poco se fue abriendo paso el concepto de individuo, que puso a los hombres en el camino de aceptar su propia responsabilidad, prescindiendo de la tutela de unos dioses que hasta entonces, habían estado omnipresentes.

No fue fácil, pues la responsabilidad individual y la libertad todavía hoy nos siguen produciendo un cierto miedo. Mas, a pesar de todo, a pesar de las enormes dificultades que entrañaba un mundo completamente desconocido y, repentinamente, vaciado de las explicaciones religiosas que habían dado sentido a todas las preguntas, algunos griegos fueron comprendiendo primero y acuñando después las palabras que habrían de alumbrar un mundo nuevo. Entre todas ellas, dos brillan, y siguen brillando, con una fuerza cada vez más poderosa.

La primera es φύσις (phýsis), una palabra muy compleja, que solemos traducir por ‘naturaleza’. Por primera vez se buscan y estudian las leyes de la naturaleza; comienza a percibirse que el mundo cambia constantemente y se entiende tal cambio como una generación: todo nace, surge, se desarrolla y muere, para volver a surgir de nuevo. La phýsis es todo aquello que se genera ante nuestros ojos, lo que las cosas son, independientemente de las apariencias y de los cambios. En muy poco tiempo, apenas un suspiro en términos históricos, la palabra phýsis designa todo aquello que permanece a través de los cambios.

Y en este momento, cuando el estudio de la naturaleza y sus leyes ocupa una parte principal de las preocupaciones y los anhelos de algunos griegos, esos mismos hombres, habitantes casi todos ellos de la Jonia asiática, de la costa de Asia menor, entienden que debe de haber también una ἀνθρωπίνη φύσις, una ‘naturaleza humana’, con sus propias leyes, sus propios cambios y su propia esencia. A partir de entonces comienza de verdad, en un sentido profundo, el humanismo, la corriente de pensamiento que habrá de impregnar hasta nuestros días buena parte de la esencia de nuestro pensamiento. ¿Hay una naturaleza humana? ¿Existe tal naturaleza a pesar de los cambios políticos, sociales y personales que el ser humano experimenta permanentemente? ¿Puede identificarse esa ἀνθρωπίνη φύσις, definir sus características, su comportamiento? ¿Puede preverse la naturaleza humana? Estas preguntas resonaron con frecuencia en las conversaciones, en los mercados, en las escuelas.

La otra gran palabra es ἀλήθεια (alétheia), ‘la verdad’. La verdad que antes era revelada por los dioses, parece ahora que puede conocerse sin ellos. La alétheia puede ser revelada al hombre a través no de los oráculos, sino del estudio y la razón, y puede hacer que conozcamos un mundo oculto desde siempre. El papel que en el mito juegan los dioses y los adivinos, lo juega ahora el σοφός, ‘el sabio’, esa clase especial de persona a quien se revela lo que permanece oculto a los demás. El sabio es el hombre que no se queda en la diversidad de las cosas o de los fenómenos, sino que es capaz de descubrir el principio (ἀρχή) que los constituye.

En este sentido, la palabra alétheia es muy expresiva pues, relacionada con el verbo λανθάνω ‘pasar desapercibido’ (igual que λόγος con el verbo λέγω), significa literalmente ‘lo que no pasa desapercibido’.

Así pues, en Grecia se produjo, sobre todo a partir del siglo VII a. C., un intento de sustitución del mýthos por el lógos, es decir, la voluntad de sustituir las narraciones mítico-poéticas por otras de naturaleza racional que intentaban explicar el mundo y al hombre no como fruto de los caprichos de los dioses sino como fruto de un orden, de un kósmos regido por leyes que se pueden descubrir y entender.

Éste es, a mi juicio, el origen del humanismo. Y por eso los primeros sabios son también los primeros humanistas.

PRIMEROS SABIOS. PRIMEROS HUMANISTAS

Los primeros sabios nacieron, sobre todo, en ciudades prósperas, transformadas por el comercio y habituadas a enfrentarse con los nuevos problemas: Éfeso y Mileto. No eran sólo filósofos, como los conoce la tradición, sino sabios, los primeros hijos del lógos, hombres preocupados por conocer la phýsis (no en vano Aristóteles los llama φυσικοί, es decir ‘físicos’), para quienes es posible acceder a la verdad (alétheia).

El primero de esos sabios fue Tales, de la ciudad de Mileto. Sabemos relativamente poco de él, a parte de algunos tópicos que se han transmitido desde antiguo. Uno de esos tópicos hace de él un típico sabio despistado, ensimismado en sus asuntos:

Igual que se dice también de Tales, que mientras estudiaba los astros y miraba hacia arriba, cayó en un pozo, y que una hermosa y graciosa esclava tracia se burló de que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía al lado de sus pies. (Transmitido por Platón, Teeteto 174 a).

Sin embargo, el hecho que asentó su fama entre sus coetáneos fue la predicción de un eclipse de sol. Según parece, utilizó su conocimiento del eclipse para evitar el enfrentamiento entre los ejércitos medo y lidio, a punto de entrar en batalla, y logró que se retiraran asustados. Hoy sabemos que el único eclipse de sol ocurrido en Asia Menor en época de Tales tuvo lugar en el año 585 a.C., por lo que aquella batalla (¡abortada por un sabio!) es el primer acontecimiento histórico fechado con absoluta certeza.

Tales también mantuvo que la luz de la luna provenía del hecho de reflejar la luz del sol, y explicó correctamente las fases de la luna y los eclipses de ésta y el sol basándose en el movimiento de ambos. Los dioses no tienen sitio en su explicación de la φύσις.

Otro de los primeros sabios fue Anaximandro, también de la ciudad de Mileto, que vivió entre los siglos VII y VI a. C. Algunos de los escasos fragmentos que conservamos de sus obras me han resultado siempre asombrosos. En uno de ellos trata de dar una explicación de los terremotos sin acudir a Poseidón y sus caballos que, en su galopar permanente, agitan la tierra bajo sus cascos.

Anaximandro dice que la tierra, al disecarse por una excesiva sequedad o después de la humedad de las lluvias, se abre en grandes hendiduras por las que penetra desde arriba un viento muy fuerte y constante que, a través de ellas, produce un estremecimiento de los propios cimientos de la tierra. Esta es la razón por la que se producen terremotos en tiempo de evaporaciones o de excesivas lluvias. (Transmitido por Amiano Marcelino 17.7.12)

En otro texto, transmitido esta vez por Cicerón, se nos dice que predijo un terremoto:

Los lacedemonios fueron advertidos por el físico Anaximandro de que abandonaran la ciudad y las casas, y pasaran la noche preparados en el campo, porque era inminente un terremoto. En aquella ocasión la ciudad entera se derrumbó y la cumbre del monte Taigeto se desgajó como la popa de un navío. (Transmitido por Cicerón, Sobre la adivinación 1. 50. 112)

En la introducción a esta sección he incluido otro texto de Anaximandro en el que intenta dar una explicación del origen del hombre de una manera que me parece casi inaudita, teniendo en cuenta la época en que la formuló. No resisto la tentación de repetir tal texto:

Anaximandro dice que el hombre se generó de animales de otras especies deduciéndolo de que las demás especies se alimentan pronto por sí mismas, mientras que el hombre necesita de un largo tiempo de amamantamiento. Por ello, si el hombre hubiera sido al principio tal como es ahora, no habría sobrevivido. (Transmitido por Ps. Plutarco 2 (12 A 10).

La aparición de hombres como Tales y Anaximandro nos puso a todos nosotros en una senda que, desgraciadamente, hemos empezado a abandonar desde hace algún tiempo. Deslumbrados por el esplendor de la tecnología, seducidos por el poder del dinero y del bienestar material, hemos tomado otro camino, más llano, aparentemente más fácil.

La historia de los hombres que inventaron el humanismo (Tales, Anaximandro y otros de los que seguiré hablándoles) es la historia de una aventura épica, más deslumbrante aun que la aventura de los héroes homéricos, de quienes sabios como Heráclito de Éfeso se sentían muy alejados.

Ojalá su recuerdo pueda seguir alimentando la esperanza de un resurgimiento de las ideas basadas en la preponderancia del hombre y de la anthropíne phýsis frente al poder de los mercados, las cifras de la economía y las calificaciones de las Agencias de rating. Si no es así, el futuro será tan irreconocible como el rostro de un fantasma.

 

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Filosofía y Ciencia

En los tiempos en los que el conocimiento racional comenzó a desarrollarse en la Grecia antigua, los términos filosofía y ciencia apenas podían distinguirse. Los primeros filósofos eran en realidad auténticos científicos, preocupados por explicar el mundo que los rodeaba sin acudir al mito ni a los dioses. En este sentido, fueron auténticos humanistas, los primeros humanistas en realidad, pues su afán fue siempre comprender lo humano, sin atender demasiado al difuso mundo de los dioses. Comenzaron a preocuparse por lo que ellos mismos llamaron ?? ????????? (tá anthrópina), es decir, «las cosas humanas». Sus contemporáneos no los llamaron filósofos, ni científicos. Los llamaron sabios. Corría el siglo VII a. C.

La preocupación de aquellos hombres extraordinarios fue intentar comprender lo que ellos llamaron ????? (phýsis), una hermosa palabra que podríamos traducir por «naturaleza». Y se esforzaron sin tregua por conocer la phýsis, toda phýsis pero, especialmente, la anthropíne phýsis, la naturaleza humana. Para conseguirlo, intentaron encontrar un método que les llevara a conocer la ??????? (alétheia), la «verdad», sin acudir a explicaciones religiosas, ni siquiera a explicaciones míticas.

Muchos de sus contemporáneos percibieron en ellos un don especial, un don que les hacía «ver» la naturaleza de las cosas incluso cuando ésta estaba alterada por cualquier clase de suceso o de fenómeno. Los llamaron sabios porque «no les pasaba desapercibido» (alétheia en griego significa literalmente «lo que no pasa desapercibido») lo que ni siquiera despertaba la curiosidad de la mayoría de sus contemporáneos. Los nombres de aquellos primeros sabios, capaces de percibir la naturaleza de las cosas, centrados en comprender la naturaleza humana, nos son conocidos: Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito… Todos ellos nacieron en las luminosas costas griegas de Asia Menor, en ciudades como Éfeso o Mileto.

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El teatro de Éfeso, visto desde el gimnasio

Sus obras, sin embargo, nos son casi completamente desconocidas. Apenas unos cuantos fragmentos transmitidos indirectamente por autores posteriores (a veces muy posteriores). Unos cuantos fragmentos que apenas nos dejan entrever las maravillas que debieron encerrarse en cada uno de sus escritos.

En esta sección, a la que he llamado filosofía y ciencia, me propongo mostraros  algunos de esos fragmentos que, sin duda, habrán de impresionaros. Lo poco que conservamos de aquellos sabios, de aquellos primeros sabios, es suficiente para deslumbrarnos, para hacernos valorar como un milagro que hoy, casi tres mil años después, podamos esforzarnos por comprender, atónitos, lo que ellos comprendieron.

El primero de esos textos es de ANAXIMANDRO de Mileto, un hombre que vivió entre los siglos VII y VI a. C. Es un texto que hubiera firmado, sin duda, el propio Ch. Darwin, veintiséis siglos después.

Ps. Plutarco 2:
Anaximandro dice que el hombre se generó a partir de animales de otras especies. Y lo deduce de que las demás especies se alimentan pronto por sí mismas, mientras que el hombre necesita amamantarse durante un largo período de tiempo. Por ello, si el hombre hubiera sido en su origen tal como es ahora, no habría podido sobrevivir. (12 A 10).

El otro fragmento con el que quiero inaugurar esta sección es de HERÁCLITO de Éfeso, que vivió entre los siglos VI y V a. C. y a quien sus contemporáneos llamaban «el oscuro», pues sus pensamientos y sus escritos no estaban, según parece, al alcance de la comprensión de todos. En un tiempo en que la esclavitud era considerada por muchos un hecho natural, Heráclito escribió estas palabras que siempre me han parecido no propias de hoy sino de mañana.

La guerra es el padre de todos; el rey de todos: a unos los presenta como dioses, a otros como hombres; a unos los hace esclavos, a otros libres(22 B 53).

 

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