Democracia y partidos políticos

El Manuscrito de Paros contiene textos que, hasta ahora, nos eran desconocidos. El que voy a reproducirles esta semana es de un autor de la propia isla de Paros, conocido como Eubeo Pario. De él sabemos que vivió en el siglo IV a. C. y, hasta hoy, que había escrito una sola obra, editada en Leipzig en el año 1888, con el sorprendente título siguiente: Corpúsculo de poesía épica griega divertida.

Sin embargo, nuestro manuscrito nos ha trasmitido un fragmento que nos era desconocido y que, evidentemente, debe de pertenecer a otra obra de Eubeo igualmente desconocida. Su interés es, a mi juicio, muy grande, y su aplicación al mundo de hoy, realmente sorprendente.

Mina de Paros
La galería de la mina se interna hacia el interior de la montaña, preñada con el mejor mármol de la Antigüedad

MANUSCRIPTUM PARIUM, 18. 7

Los partidos políticos pueden acabar con la esencia de la democracia. Con la experiencia que el azar y la voluntad de los dioses me han hecho acumular, creo que puedo afirmar que estas organizaciones políticas tienen una propensión característica a convertirse en verdaderas sectas, en cotos cerrados donde la verdad, la crítica y la excelencia ética son poco a poco desplazadas por el puro interés, privado y faccioso, que suele ocultarse en el ejercicio de un poder bendecido por los votos del pueblo.

Sin duda alguna muchos gobernantes tienden a creer que el voto da legitimidad moral a todos sus actos y, cuando son reelegidos, están convencidos de que su reelección es toda una reválida. Por esta razón, parte importante de sus esfuerzos se centra en inutilizar o manipular la capacidad crítica de los ciudadanos, que de esta forma permanecen pasivos ante el espectáculo de indignidad en el que se va convirtiendo la práctica política.

Y así, estos dirigentes que utilizan las ideas democráticas para justificar sus mañas privadas, no vacilan en utilizar el cinismo como un arma arrojadiza que, apoyada y difundida por quienes viven, engordan y se enriquecen a su sombra, hiere no sólo a ciudadanos de toda índole, sino, sobre todo, a las instituciones del Estado democrático. Si sus prácticas delictivas son descubiertas, dicen que quienes los denuncian están manipulados por sus enemigos; si jueces o tribunales los juzgan, dicen que lo hacen dirigidos y utilizados por sus rivales políticos, especialmente si estos detentan el poder; si son condenados por delitos probados contra el interés general del pueblo, alegan que son víctimas de extrañas tramas urdidas en los sótanos del Estado.

Lo peor es que, dentro de su partido, todos cierran filas en torno a ellos, negando la verdad y ofendiendo la inteligencia de muchos ciudadanos que, atónitos, contemplan el esfuerzo de estos delincuentes por hacer que el pueblo (previamente desmovilizado por su política de dádivas y atenciones) acabe por acostumbrarse a sus mentiras. Cuando lo consiguen, se pavonean como bárbaros, ofreciendo la victoria a sus infames dioses.

A lo largo de mi vida he contemplado la generación y la corrupción de la democracia. He visto cómo los partidos que se llaman a sí  mismos populares se han caracterizado, precisamente, por traicionar los intereses del pueblo al que decían defender. Y sobre todo, he visto que lo hacían casi por nada: por no perder el poder al que se habían acostumbrado igual que un parásito al cuerpo de su víctima.

Para esta clase de dirigentes políticos, la democracia apenas es un sueño. Una coartada que esgrimen con encono contra todo aquel que se atreve a contradecirlos.

 

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El Manuscrito

Entrada a la mina de Paros
Entrada a la mina de Paros

Todavía hoy me sorprende aquel hallazgo fortuito. Aun hoy, tanto tiempo después, siento una impresión honda, como si las palabras que llenan las páginas del manuscrito hubieran sido escritas fuera del tiempo, en un mundo regido siempre por las mismas leyes y perpetuamente habitado por la misma clase de hombres y mujeres.

Sé que se preguntarán de qué estoy hablando y que algunos de ustedes leerán con recelo estas líneas, convencidos de que, escondido, algún sutil engaño late a hurtadillas, esperando ser descubierto. Comprendo esa sensación, porque fue la que me atrapó cuando comencé a leer el manuscrito. En cada página, casi en cada línea, me parecía adivinar una intención oculta, un código de claves que me conducían hasta lugares que, a pesar del tiempo, me resultaban conocidos, como si de alguna imposible manera, yo hubiese estado allí. Aquel manuscrito, perdido en un apartado lugar de Grecia, me mostraba la Historia de una manera atemporal, como si todo lo sucedido hasta ahora fuera un único guión teatral que siempre se repite; un argumento dramático unas veces, cómico otras, pero siempre semejante, en el que, de verdad, sólo cambiamos los actores, protagonistas de un drama del que su desconocido autor nos hurta siempre el desenlace.

El verano declinaba cuando llegué casi de noche a la isla de Paros, uno de esos pequeños paraísos que el mar Egeo ofrece a quienes se adentran en sus aguas. Al alba me dirigí a la aldea de Maráthi, perdida entre los recovecos de una carretera sinuosa. A un lado, un camino de tierra se interna en una zona de montes bajos cuajados de olivos, higueras y toda suerte de arbustos aromáticos. Empecé a caminar intentando absorber con mis sentidos aquel mar de olores penetrantes y suaves, desbordados de la tierra con fuerza incontenible y, mientras caminaba, no tardé en ver, flanqueada por rocas de un extraño color naranja, la entrada del lugar al que me dirigía: la mina de mármol más famosa de la Antigüedad, el lugar del que se extraía el extraordinario mármol de Paros, utilizado por todos los artistas del mundo antiguo.

Sacudido por los ecos del sufrimiento que allí debió acumularse, penetré con una pequeña linterna en el interior de aquel lugar abandonado y solitario. Casi sin luz, envuelto por un creciente frescor, descendí hasta un pequeño ensanchamiento de la galería, un lugar que debió de ser utilizado como dormitorio por los desdichados que, olvidados por la luz del sol, estaban condenados a robar de las entrañas de aquella tierra el preciado tesoro que escondía.

Al lado de una húmeda grieta había un pequeño pozo lleno de esquirlas de mármol. Alumbrando con la linterna metí la mano con la intención de coger una de ellas de recuerdo y, entonces, toqué por primera vez el manuscrito. Lo cogí con sumo cuidado y atónito comencé a pasar sus hojas casi temblando, temiendo que se deshicieran con el contacto de mis dedos. Allí mismo, a la luz de la linterna, pude leer algunas cosas sueltas, pues la mayor parte de las páginas estaban escritas en griego y en latín. Otras, sin embargo, contenían una escritura extraña que entonces no supe ni leer siquiera.

Ahora, pasado el tiempo, he decidido hacer público el contenido de, al menos, una parte del manuscrito. Quienes lo lean quizá vean que aquello que parece suceder por primera vez en nuestros días, en realidad ha ya sucedido.

Quizá comprendan también que incluso lo que todavía parece no haber sucedido, ha ocurrido ya, hace mucho tiempo.

 

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