Despedida

Atenas, 1835. Fred Boissonnas

La lectura de los muchos textos antiguos que hacen referencia a la muerte, así como de epitafios escritos por desconocidos, me han hecho siempre contemplar con envidia la posición que los antiguos griegos y romanos tenían en relación con la muerte. Desde los versos de Homero hasta las cartas de Séneca o Cicerón, la muerte se asoma a la vida de aquellos hombres y mujeres como algo completamente natural, como una consecuencia, inevitable y lógica, de la propia vida.

Sin embargo, el texto que les propongo a continuación me fue inspirado no sólo por la lectura de las fuentes antiguas, sino también por la contemplación de las numerosas estelas funerarias que pueblan los museos de Grecia y los pocos caminos que se conservan del Cerámico, (el cementerio de la antigua Atenas), perdido hoy entre la jungla de asfalto que rodea los lugares más conmovedores de la antigua ciudad.

Imaginé esta carta sentado en la terraza de un hotel cuya fachada da, precisamente, al Cerámico. Fue un atardecer, hace ya algunos años.

A mi mente vinieron las palabras de esta carta imaginaria casi sin permiso, de repente.

Es una carta de despedida dirigida a una mujer. Sus palabras, aún hoy, me llenan de melancolía y de nostalgia. No de tristeza.

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Sé, querida mía, que a ti no pueden sorprenderte estas últimas palabras mías que, por lo demás, te escribo sólo porque creo que mereces saber de mi propia voz (te imagino poniendo mi voz a cada palabra de esta carta) lo que otros te contarán en pocos días, cuando ya sólo estaré vivo en el recuerdo de las pocas personas que me amaron.

Te escribo sentado al lado del ágora de Atenas, muy cerca del cementerio del Cerámico, el lugar en el que quiero que, sin lápida, sin estela, sin inscripción que recuerde mi nombre, descanse para siempre este cuerpo arruinado, embalsamado por el tiempo, que ha vivido ya todo lo que deseaba vivir.

Hace unos días decidí que, ya que vine a este mundo involuntariamente, como consecuencia de un acto que no dependió de mí y que no sé si fue fruto de la necesidad o del amor, los dioses aceptarían que en el trance de morir fuera yo quien decidiera, no el arma de un enemigo, ni el azar de un naufragio, ni las garras envenenadas de una enfermedad. No serán, pues, los dioses quienes me reprochen este acto postrero de libertad; serán algunos hombres (especialmente los que nunca cruzaron conmigo una palabra), los que me juzgarán primero y, probablemente, me condenarán después.

En estos momentos, debajo de la luz de Atenas, empapado por el olor del mar Egeo, te recuerdo igual que eras hace ya tantos años, cuando caminabas por las calles de Roma igual que una reina por los pasillos de su palacio, y yo contemplaba el movimiento de tu cuerpo con el dolor de saber que eras igual que una costa lejana, inalcanzable, hermosa, a la que sólo podría arribar como un náufrago agotado.

Alguna clase de fortuna hizo que me cruzara en tu camino, que pudiera contemplar medio mundo a través de tus ojos. Algún dios bondadoso me permitió vivir algunos momentos de felicidad completa en los que me sentí un solo cuerpo contigo, una sola voz. Quizá una sola alma.

Y ahora, a punto de iniciar el viaje definitivo, deseo decirte que aquellos días serán el puerto del que zarpe, el recuerdo palpitante de lo que quise ser y, a la vez, la certeza dolorosa de lo que no fui.

No temo la muerte y, hasta ahora, no me ha incomodado la vejez, pues lo único malo que la acompaña es la certeza de haber sido joven. Tampoco temo la enfermedad que ahora mismo me atenaza, sino la horrible perspectiva a la que me condena: vivir cuando nada de mi cuerpo responda a mis mandatos; vivir cuando la vida sea ya sólo ausencia de la muerte.

Sé que la vejez es como la escena final de una obra de teatro de la cual hemos de evitar el cansancio, especialmente cuando su argumento nos es ya tan previsible que nos hace sentir completamente saciados. Yo lo estoy, pues sabes muy bien, amada mía, que he vivido de manera que puedo decir: “no nací en vano”.

Recuérdame alguna noche e intenta comprender este acto mío de última y profunda libertad. Y consuela tu dolor sabiendo que el camino que voy a iniciar es irrelevante si extingue mi alma enteramente, o deseable si la guía a un lugar en el que ha de ser eterna.

¿Qué puedo temer, pues, si después de la muerte no he de ser desgraciado o, incluso, he de ser, por fin, feliz?

 

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Sueños

E. Chillida. El peine del viento

El texto que les muestro esta semana trata de los sueños. Quizá su autor fuera uno de esos interpretadores de sueños que abundaban incluso en época clásica, o quizá, igual que hizo Aristóteles, sólo reflexionara sobre ese mundo que vive mientras nuestro cuerpo duerme. Aurelia lo incluye en el libro XIII de su Manuscrito, un libro en el que se sumerge en mundos que no están relacionados directamente con la política.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 13.1

A veces creo que nos confundimos al considerar que nuestros sueños forman parte de algo que nos es ajeno, y que, al cerrar los ojos cada noche, entramos en un mundo fugaz, irreal, rodeado de sensaciones ilusorias que se desvanecen con el alba.

Con frecuencia he pensado en la razón que nos hace distinguir de manera taxativa entre sueño y realidad. Esta distinción, que a muchos les parece elemental, no debió de ser tan clara entre nuestros antepasados, especialmente si pienso en la gente común que, igual que ahora, dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos a sobrevivir.

En realidad, ninguna conciencia claramente objetiva nos demuestra que la esfera de lo que llamamos realidad es más significativa que la de los sueños. Con frecuencia, incluso, el ámbito en  el que estos se producen es mucho más gratificante que el de nuestra realidad: los sueños nos permite comunicarnos con nuestros amigos lejanos, con nuestros amores perdidos, con nuestros muertos, y hacer cosas que serían impensables en el territorio de la supuesta realidad.

Si nuestros sueños formaran parte de un mundo irreal, irremediablemente perdido e inútil, ¿por qué habríamos de creer que en ellos se ocultan algunas de las claves que pueden ayudarnos a explicar nuestra manera de ser, nuestra naturaleza? ¿Por qué les contamos nuestros sueños a esos médicos del alma que, enfrascados en nuestras palabras, los analizan e interpretan?

Cada día que pasa me siento más propenso a considerar mis sueños como fracción esencial de esa parte de mí que no tiene nada que ver con el cuerpo, con la carne. Mis sueños, y los de todos los hombres, se producen cuando el cuerpo está inactivo, dormido, así que me es lícito pensar en la existencia de otra naturaleza, distinta al cuerpo, de la que depende esa otra realidad, esa otra experiencia que vivo cuando sueño. A esa naturaleza me aferro en tiempos como estos en que la realidad se me aparece cargada de oscuros presagios.

¿Qué sueñan los reyes, los emperadores, los poderosos? ¿Qué sueños los alcanzan cuando sus cuerpos duermen? ¿De quién huyen? ¿A quiénes persiguen?

Quizá los poderosos, los que desprecian la vida de los demás y glorifican la suya, ya no sueñan. O si lo hacen, olvidan sus sueños un instante después de despertar. O los desprecian y los desechan considerando que no existen.

Mas buena parte de los que sufren las dentelladas de la realidad y de la historia, cierran cada noche sus ojos con la esperanza de soñar, de sumergirse en esa otra realidad que se materializa cuando sus cuerpos están dormidos, quietos, inactivos. Entonces es realmente cuando sus tierras se llenan con el rumor de las cosechas; entonces sus hijos se confunden con el paisaje de su tierra; entonces la sangre y la muerte, el sufrimiento diario, la injusticia eterna, la guerra permanente, se desvanecen por unas horas, y la realidad adopta el rostro de un viaje.

Quizás haya un lugar en el que los sueños nos esperen.

 

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Descanso

“...La nueva ciudad de Atenas cubre todo el valle, escalando el flanco de las colinas circundantes. La ciudad de Atenas es casi un fenómeno. Está todavía en los dolores del parto: es desgarbada, confusa, tosca, poco segura de sí misma. Tiene todas las enfermedades de la infancia y algo de la melancolía y la desolación de la adolescencia. Sin embargo, ha elegido un magnífico sitio para elevarse; a la luz del sol brilla como una joya; durante la noche reluce como un millón de centelleantes luces que parecen encenderse y apagarse con la velocidad del rayo. Es una ciudad de sobrecogedores efectos atmosféricos: no está empotrada en la tierra sino que flota en un constante cambio de luz y su pulso late con ritmo cromático. No se puede hacer otra cosa más que caminar, moverse hacia ese milagro que sin cesar se repliega... Aquí todo habla, ahora como hace siglos, de luz, de jubilosa y cegadora luz. La luz adquiere en este lugar una cualidad transcendental: no es solamente la luz mediterránea, es algo más, algo insondable, algo sagrado”. (Henry Miller)

Algunas de las citas que el autor del Manuscrito de Paros utiliza están sacadas de obras literarias que conocemos bien. Otras, sin embargo, son documentos privados, anotaciones que, por alguna razón, nuestro autor incluyó en su obra. Éste es el caso del texto que voy a reproducirles hoy.

Se trata de una carta que aparece en una página cuya línea final, en la que previsiblemente iría la firma, es ilegible. No sé, por tanto, quién la escribió ni qué clase de relación tenía con el autor del Manuscrito, pero es posible que se trate de una carta dirigida a él. O, mejor, a ella, pues si, en efecto, la carta va dirigida al autor, entonces no habría duda de que en realidad se trata de una autora, quizá romana, cuyo nombre es Aurelia.

La carta me produce tristeza pero, a la vez, sosiego, pues trata el tema de la muerte con una imponente calma.

MANUSCRIPTUM PARIUM, 3.1

[…] Sé, querida Aurelia, que a ti no pueden sorprenderte estas últimas palabras mías que, por lo demás, te escribo sólo porque creo que mereces saber de mi propia voz (te imagino poniendo mi voz a cada palabra de esta carta) lo que otros te contarán en pocos días, cuando ya sólo estaré vivo en el recuerdo de las pocas personas que me amaron.

Te escribo esta carta sentado al lado del ágora de Atenas, muy cerca del cementerio del Cerámico, el lugar en el que quiero que, sin lápida, sin estela, sin inscripción que recuerde mi nombre, descanse para siempre este cuerpo arruinado, embalsamado por el tiempo, que ha vivido ya todo lo que deseaba vivir.

Hace unos días decidí que, ya que vine a este mundo involuntariamente, como consecuencia de un acto que no dependió de mí y que no sé si fue fruto de la necesidad o del amor, los dioses aceptarían que en el trance de morir fuera yo quien decidiera, no el arma de un enemigo, ni el azar de un naufragio, ni las garras envenenadas de una enfermedad. No serán, pues, los dioses quienes me reprochen este acto postrero de libertad. Serán algunos hombres, especialmente los que nunca cruzaron conmigo una palabra, los que me juzgarán primero y, probablemente, me condenarán después.

En estos momentos, debajo de la luz de Atenas, empapado por el olor del mar Egeo, te recuerdo igual que eras hace ya tantos años, cuando caminabas por las calles de Roma igual que una reina por los pasillos de su palacio. Yo te contemplaba, seguía el movimiento de tu cuerpo con el dolor de saber que eras igual que una costa lejana, inalcanzable, a la que, como un náufrago agotado, nunca podría arribar.

Arribé, sin embargo, y ahora, a punto de iniciar el viaje definitivo, deseo decirte que aquellos días que compartí contigo serán el puerto del que zarpe.

No temo a la muerte y, hasta ahora, no me ha incomodado la vejez, pues lo único malo que la acompaña es la certeza de haber sido joven. Tampoco temo la enfermedad, que ahora mismo empieza a atenazarme, sino la horrible perspectiva a la que me condena: vivir cuando nada de mi cuerpo responda a mis mandatos y la vida sea ya sólo ausencia de la muerte.

Hace tiempo un buen amigo me dijo que la vejez es como la escena final de una obra de teatro de la que hemos de evitar cansarnos, aburrirnos, especialmente cuando estamos ya saciados. Yo lo estoy, pues sabes muy bien, amada Aurelia, que he vivido de manera que puedo decir: “no nací en vano”.

Recuérdame alguna noche e intenta comprender este acto mío de última y profunda libertad. Y consuela tu dolor sabiendo, como sé yo, que el camino que voy a iniciar es irrelevante si extingue mi alma enteramente, o deseable si la guía a un lugar en el que ha de ser eterna.

¿Qué puedo temer, pues, si después de la muerte no he de ser desgraciado o, incluso, he de ser, por fin, feliz?

 

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Tiranos

En las obras dramáticas del antiguo teatro griego, las escenas de violencia y muerte nunca sucedían sobre el escenario, a la vista del público, sino que eran narradas por un mensajero que, en su recitación, contaba a los asistentes lo que había sucedido fuera de la escena, lejos de sus ojos.

El autor del Manuscrito de Paros utiliza algunas veces estos relatos de mensajero. Hoy voy a reproducirles uno de obra y autor desconocidos, utilizado por el autor del Manuscrito en un contexto que no está demasiado claro. Parece que el fragmento puede pertenecer a una obra que tenía por título ? ????????, El tirano, desaparecida para nosotros.

Sin duda no pasará desapercibido a los lectores que  la reflexión que incorpora podría haber sido hecha en relación con recientes acontecimientos.

  

MANUSCRIPTUM PARIUM, 8.1

Mensajero:

“El tirano, en el momento de enfrentarse con la muerte, apareció erguido y tranquilo, con el rostro apenas velado por las preocupaciones que, muy pronto, ya no habrían de formar parte de su vida. Sin utilizar apenas las palabras, sólo moviendo los ojos en silencio, impartió sus últimas órdenes a los verdugos, a los  ejecutores de la sentencia que le había condenado a muerte unos días antes.

Rechazó que su rostro fuera cubierto y sus miembros atados con infame cordel, y, sin mudar su semblante ante la inminencia de la muerte, pronunció palabras dirigidas a los dioses mientras la soga que habría de quebrar su vida se enroscaba en su cuello como una serpiente surgida de las grietas del Tártaro.

Observándolo en su hora decisiva, no pude evitar que algunos recuerdos asaltaran mi mente como un latigazo surgido del pasado: los campos yermos tras el paso de sus soldados; las aldeas asaltadas y sus habitantes pasados a cuchillo; el olor de la muerte pegado a mi cuerpo mientras intentaba huir de todos los fanáticos que cumplían sus órdenes; los gritos de las mujeres abrazadas a sus hijos en un vano intento de evitarles la muerte…

Mas hoy, con el tirano ejecutado y la tiranía supuestamente abolida, con otro ejército ocupando las tierras de mi patria, al contemplar el cuerpo sin vida del que creyó ser tan poderoso como un dios, no he sentido alegría; mi ánimo no se ha regocijado, pues, más allá de las paredes que escondían la infame ceremonia de la muerte legal, la otra muerte, la que no entiende de leyes ni de reglas, se ha enseñoreado de mi país como una plaga incontenible.

Oigo los mismos gritos que antes; veo la misma sangre humedeciendo las tierras de mis antepasados. Sobre los saqueados altares de los templos ya no se amontonan las ofrendas, y entre la velada luz de las madrugadas se filtran las oscuras sombras del miedo y la barbarie. Ningún bálsamo, ningún anhelo, ninguna paz me ha llegado con la muerte del tirano. Mi ánimo está más yermo que los desiertos.

Con el cuerpo del opresor caliente todavía, los servidores de los nuevos déspotas han sido arrogantes, han quebrado con su soberbia leyes no escritas y han esparcido con sus alaridos de victoria un nuevo torbellino de odio y de rencor. Un incierto futuro percibo delante de mis ojos mientras estos nuevos conquistadores saquean y destruyen su eterna Troya.

El tirano ha muerto. La soga, empero, de la que cuelga está tensada por manos que sirven a otros tiranos que, desde lejos, iluminados por sus dioses y votados por sus súbditos, promulgan leyes que convierten sus crímenes en gestas”.

 

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