¿Qué es la democracia?

Discurso fúnebre de Pericles
Desde la Pníx, con la Acrópolis al fondo, Pericles se dirige a los atenienses para consolarlos en el entierro de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso.

Los tiempos difíciles propician preguntas y buscan algunas respuestas. Ésta segunda década (recién estrenada) del siglo XXI, es propicia a las preguntas, pues son muchos los sueños que parecen haberse desvanecido y muchas las expectativas que parecen condenadas a no cumplirse.

Una de esas preguntas, sin duda entre las más importantes, tiene que ver con el sistema de convivencia en el que estamos inmersos los ciudadanos de Europa; un sistema, por cierto que nos viene desde muy antiguo.

La historia de las ideas políticas no es, ciertamente, otra cosa que nuestra tentativa por procurarse mecanismos de convivencia. Es, al cabo, la historia de todos nuestros intentos, vanos hasta el día de hoy, por evitar el enfrentamiento y la guerra. Se trata de una historia dramática y, en cierta medida, triste, pues es una historia inacabada.

En efecto, tres mil años después de que la política se iniciara en Grecia, no hemos conseguido hacer que las ideas liberadoras sean universales y que los logros que éstas aportan sean patrimonio de todos los seres humanos de nuestro mundo. Como tantas otras veces, hemos globalizado el beneficio económico, las leyes que santifican la riqueza y perpetúan la pobreza, pero no henos globalizado las ideas que nos han hecho sentir, al menos en algún momento, hombres libres.

De entre todos los sistemas de convivencia, hemos adoptado uno que fue inventado y experimentado por primera vez en Atenas, hace dos mil quinientos años, más o menos. Los propios atenienses lo llamaron democracia, pues gracias a este sistema fueron los primeros en crear un tipo de Estado que exigía la participación real en la vida pública de todos los que formaban parte de él. Llamaron a este Estado ????? (pólis), a quienes formaban parte de él ??????? (polítai, es decir, ‘ciudadanos’), y a la actividad que los ciudadanos desarrollaban en la pólis, ?? ????????, es decir, ‘política’.

La palabra democracia ha sido definida muchas veces, precisada con adjetivos más o menos acertados (radical, cristiana, socialdemocracia, etc.) y traicionada permanentemente por la práctica política. Mas ¿cómo la definían los propios atenienses? ¿Cómo entendían ellos su sistema político de convivencia, al que habían bautizado con el término democracia?

Quizá las palabras del propio Pericles, auténtico conductor de la democracia ateniense durante los años de esplendor del siglo V a. C., nos sirvan para entender lo que, realmente, significaba democracia para los propios atenienses. Tales palabras, pronunciadas con motivo del funeral que el estado ateniense organizó en honor de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso, nos han sido transmitidas por Tucídides, quien en el libro II de su Historia de la guerra del Peloponeso pone en boca de Pericles lo siguiente:

Nuestro sistema de gobierno nada tiene que envidiar a las instituciones de los pueblos vecinos, pues somos nosotros más bien ejemplo que imitadores de otros. El nombre de nuestro sistema de gobierno es democracia, pues el poder de gobernar no está en manos de unos pocos, sino de la mayoría. Y de la misma manera que las leyes son iguales para todos en lo que se refiere a los asuntos privados, así también, en lo que se refiere a las funciones públicas, es preferido aquel ciudadano que goza de la consideración general no por razón de su clase social, sino por su mérito personal. Pues si alguien puede hacer un buen servicio al Estado, entonces ni la pobreza ni la oscura condición social pueden ser un impedimento.

[…] Cumplimos siempre con escrúpulo las disposiciones de nuestro Estado, respetando a las autoridades y obedeciendo las leyes, especialmente las establecidas en favor de quienes sufren injusticia y aquellas que por su propia naturaleza no están escritas [1], pero traen una vergüenza manifiesta a todo aquel que las incumple.

[…] Amamos la belleza con medida y la sabiduría sin relajación. Utilizamos la riqueza más como un medio para la acción que como motivo de jactancia, de manera que, entre nosotros, la pobreza no significa baldón alguno para nadie; el verdadero baldón es, precisamente, no poner todo empeño en evitarla.

Nos ocupamos de nuestros asuntos privados, pero también de los asuntos públicos, y así gente de muy diversos oficios conoce perfectamente tales asuntos públicos (?? ????????), pues somos los únicos que no consideramos ocioso, sino inútil, al ciudadano que no participa de la vida en común.

Así pues, afirmo que Atenas es un modelo para toda Grecia, y creo que cualquier ateniense está en disposición de lograr un desarrollo completo en los más variados aspectos, y de conseguir, al tiempo, una inteligencia flexible […] que le permita enfrentarse con éxito a las situaciones más diversas”.

(Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 2. 37 y ss.)

Estas palabras fueron pronunciadas en el año 431 a. C. A mi juicio, podrían haber sido pronunciadas hoy mismo.

Tal es el valor eterno que encierra su significado.

 

 


[1] Se refiere Pericles a las leyes naturales, no reflejadas en ningún código legal.

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Atenas

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Desde la Pníx, la vista de la acrópolis es verdaderamente impresionante.

El anciano llegó pronto a la colina de la Pnix, pues quería contemplar Atenas desde aquel lugar en el que se reunía la asamblea de todos los ciudadanos. Había cruzado el ágora temprano, cuando todos los comerciantes, los vendedores y los artesanos estaban preparando sus puestos. Un extraño silencio, una tranquilidad especial envolvía los edificios que, a la luz del amanecer, parecían despertar del mismo sueño que los hombres.

Desde la tribuna de oradores de la Pnix los templos de la acrópolis, que parecían vigilar todo el espacio, atraían su mirada como cuerpos vivos, y las estatuas de los frontones del Partenón le parecían, aún vistas desde aquella distancia, de carne y hueso. Atenas se extendía debajo de su acrópolis, protegida y segura, replegada sobre la belleza de aquellos edificios cuya contemplación reconfortaba su espíritu.

Entonces vinieron a su mente las palabras que Pericles había pronunciado muchos años antes:

“Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. No utilizamos la riqueza como pretexto para vanagloriarnos…”

Aquellas palabras resonaron en su imaginación e hicieron que sus pasos se detuvieran un momento, mientras pensaba en su patria, lejana, y sentía, con una intensidad creciente, cómo una suave tristeza lo iba invadiendo. Se sentó en el borde de la cuesta y miró hacia el ágora. La gente empezaba a llenar sus calles: podía oír el eco de lenguas diferentes que, como músicas desconocidas y turbadoras, iban llenando el espacio. Gentes de todas partes del mundo poblaban las calles de Atenas en aquel día luminoso. Gentes venidas de oriente y occidente, de rasgos afilados, de pieles oscuras y ojos profundos, de miradas torvas y ademanes delicados.

Su nostalgia aumentó al recordar de nuevo la lejana y brumosa tierra de sus antepasados, tan distinta de aquella radiante y ardiente Atenas, y sus ojos se entornaron un poco, como para contener la melancolía.

Qué pequeños parecían los hombres vistos desde aquella colina, y qué frágiles; qué expuestos a la cólera y los engaños de los poderosos. Mas, contemplados desde la Pnix, desde el templo de la democracia, todos parecían iguales. ¡Qué insignificantes eran sus diferencias y qué grandes sus similitudes!

Comenzó a bajar la cuesta y se dirigió hacia los propíleos, el pórtico de la acrópolis. Era un lugar que le encantaba, en el que podía pasarse horas y horas contemplando las mismas columnas, los mismos tejados adornados y brillantes. Entonces, otras palabras de Pericles lo asaltaron. Eran palabras que no había tenido nunca presentes en sus pensamientos y que, en realidad, no había evocado nunca. Sin embargo, aquella mañana emergieron con fuerza desde la profundidad de sus recuerdos:

“La tierra entera es la tumba de los hombres ilustres. Su recuerdo pervive. Es un recuerdo no escrito que vive más en los sentimientos que en la realidad de una tumba”.

Entonces la emoción lo embargó por completo. Sintió la vigencia incontenible de aquellas palabras, su validez eterna y, con los ojos nublados por las lágrimas, se entregó al goce de la vida en aquella ciudad mestiza, luminosa, eternamente viva.

 

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